Susurros de Sangre y Deseo - Capítulo 32
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Capítulo 32: Capitulo 32
“Cuando la familia arde, el corazón se vuelve un arma.”
El pasillo —estrecho, silencioso, iluminado solo por luces cálidas que temblaban como velas— parecía contener la respiración. Las paredes blancas reflejaban las sombras de los cuatro, alargándolas, deformándolas… convirtiéndolas en algo más oscuro de lo que eran. El eco distante de la música del salón apenas llegaba, como si el mundo real hubiera quedado detrás de la puerta cerrada.
El silencio se quebró en el instante en que Alessandro dio un paso al frente.
Su sombra cayó sobre todos antes que su cuerpo, un monstruo de furia contenida que se proyectaba alargado en la pared.
Su respiración era pesada.
Sus ojos… dos pozos de obsidiana hirviendo.
—¿Qué estábamos haciendo? —repitió, con esa voz baja que dolía más que un grito—. Yo te lo digo. No estás respetando a la familia.
Valentino soltó una risa suave, lenta, maldita.
El eco de esa risa chocó contra las paredes del pasillo como una provocación deliberada.
Se apoyó de espaldas en la pared, cruzando los brazos sobre el pecho. Su postura era relajada, descaradamente insolente, como si estuviera viendo una obra de teatro.
—¿La familia? —repitió, inclinando la cabeza—. Curioso… porque a mí me parece que tus celos no son muy de hermanos.
Danica sintió que el mundo se le achicaba alrededor.
El corazón le latía en el cuello, en las manos, en las rodillas.
La garganta se le cerró tanto que apenas podía tragar.
—Valentino… —murmuró, casi en un ruego—. Basta.
Pero él era chispa.
Y Alessandro era dinamita.
Alessandro avanzó.
Un solo paso.
Lo suficiente para que el aire cambiara de temperatura.
Leandro reaccionó como un resorte, interponiéndose entre ellos dos. Su brazo salió disparado, apoyando la mano contra el pecho de Alessandro para frenarlo.
—¡No! —gruñó, su voz grave resonando en las paredes del pasillo—. No vas a hacer esto. No aquí. No hoy. No vamos a arruinar la noche de nuestros padres.
Pero Alessandro ya no escuchaba.
Su pecho subía y bajaba con violencia, su mandíbula marcada de tanta tensión, las venas en su cuello latiendo como espejos de su rabia.
—Muévete —escupió—. Muévete, Leandro. Ese imbécil tiene que aprender a respetar a la familia y a la nostra signorina della casa.
El dedo de Alessandro seguía apuntando a Valentino, temblando con una ira que no buscaba intimidar… buscaba destruir.
El pasillo entero parecía inclinarse hacia él, como si su furia fuera un imán que deformaba el aire.
—¿Y tú quieres que yo me quede quieto? —repitió, la voz tan baja que se sentía más en la piel que en los oídos.
Valentino ladeó la cabeza.
Y sonrió.
Una sonrisa insolente, torpe, descarada… la sonrisa de un hombre que no teme a los monstruos porque quiere ver cómo muerden.
—Si te molesta tanto —dijo con un suspiro aburrido—, quizá deberías haberla cuidado tú.
O… —sus ojos descendieron sin pudor al cuello de Danica, al borde húmedo de sus labios— ¿no te alcanza para mantenerla interesada?
El alma de Danica pareció encogerse.
La piel se le erizó, ardiendo y congelándose a la vez.
El estómago le dio un vuelco que casi la hizo doblarse.
Sintió el rubor subirle en un golpe brutal, tan caliente que le quemó las mejillas. Sus dedos se crisparon en la tela de su vestido, intentando aferrarse a algo que la mantuviera de pie.
—Valentino… por favor… —murmuró.
La voz apenas salió, como si la vergüenza le estuviera apretando la garganta.
Él le guiñó un ojo.
Un gesto pequeño, mínimo… pero cargado de dinamita.
Ahí fue cuando Leandro dejó de ser el mediador.
Su mirada se giró hacia Valentino con una precisión quirúrgica, lenta, helada.
El último rastro de paciencia se extinguió.
La calma se transformó en filo.
Puro acero.
—Valentino —su voz era un cuchillo quieto—. Cierra. La. Boca.
Valentino sonrió más.
Su descaro era gasolina.
—Oh, ya veo. Ahora ustedes dos son los hermanitos protectores. Qué lindo. Lástima que ella no es tan inocente como creen que…
Danica reaccionó como si le hubieran arrancado el aire de los pulmones.
Le ardieron las orejas, el cuello, la cara entera.
Intentó dar un paso atrás, pero chocó con la pared, y un pequeño gemido tembló en su garganta.
Su pecho subía y bajaba rápido, demasiado rápido, y sintió que las lágrimas le picaban detrás de los ojos, humillantes, incontrolables.
Pero Valentino no terminó la frase.
Porque el estruendo fue seco, violento, brutal.
Alessandro se había quitado el agarre de Leandro de un tirón que sonó como si el tendón de su hombro fuera a romperse. Leandro chocó contra la pared, y Alessandro avanzó como un animal sin cadena, con el rostro desfigurado por una rabia que no era rabia… era dolor, era celos, era un quiebre.
—¡TE VOY A MATAR! —rugió.
El grito salió desgarrado, como si viniera de un sitio roto dentro de él.
Valentino no retrocedió.
Ni un paso.
Ni un pestañeo.
—Inténtalo, príncipe —susurró, inclinándose apenas hacia él—. A ver si puedes ganarle a alguien que ella sí quiso besar.
Danica soltó un sonido ahogado, un sollozo chiquito que intentó cubrir con sus dedos.
Sus labios aún sensibles le punzaban como si Valentino los hubiera besado hace un segundo.
El pasillo se cerró a su alrededor, estrecho, asfixiante, lleno del olor peligroso de Alessandro y la tensión metálica del miedo.
Leandro volvió a moverse.
Esta vez, sin paciencia.
Sin suavidad.
—¡YA BASTA! —tronó, empujando a ambos con una fuerza que no se esperaba de alguien tan controlado—. ¡LOS DOS! ¡PAREN, CARAJO!
El sonido rebotó por el pasillo privado, sacudiendo polvo, estremeciendo el aire.
Alessandro forcejeó contra él con el pecho subiendo y bajando como si fuera a estallar.
—Suéltame —gruñó—. Solo necesito un segundo. Uno. UNO para cerrarle esa boca de mierda.
Leandro apretó más su agarre, clavando los dedos en su brazo.
—No —respondió, firme, inflexible—. No vas a joderlo aquí.
Ni vas a joderte tú tampoco.
La tensión entre los cuatro era tan espesa que se podía oler: hierro, rabia, deseo mal colocado.
Una cuerda enroscada alrededor de sus gargantas, a punto de reventar y cortarlos a todos.
Danica sintió el rubor subirle desde el cuello hasta las mejillas, quemándole la piel.
El beso —su beso— ahora era munición en manos ajenas, un pecado expuesto bajo esas luces frías.
—Valentino, cállate… —susurró, la voz hecha un hilo roto—. Por favor.
Pero él no la escuchó.
Y Alessandro tampoco.
Eran dos bestias ciegas chocando en un pasillo que parecía demasiado estrecho para tanto odio.
El forcejeo estalló como una bomba silenciosa.
Alessandro empujó a Leandro con el hombro, tratando de abrirse paso; Valentino lo esquivó solo para provocarlo más; Leandro atrapó a ambos por la ropa, un muro de músculos, rabia y cansancio.
Los tres chocaron contra la pared, gruñendo, respirando fuerte, sosteniéndose como animales que no sabían si pelear o destrozarse.
Danica retrocedió un paso, luego otro.
El aire estaba tan cargado que dolía respirarlo, como si cada inhalación fuera una confesión.
Sus dedos se cerraron en su vestido con tanta fuerza que los nudillos se pusieron blancos.
Las lágrimas le temblaron en las pestañas, silenciosas, humilladas.
—Valentino… —repitió, esta vez con un susurro que se rompió en el centro—. Por favor… vete. Ya no quiero verte más esta noche.
El mundo pareció inhalar al mismo tiempo.
Valentino se detuvo, la sonrisa torcida congelándose a mitad del gesto.
Sus ojos —oscuros, deliciosamente arrogantes— vacilaron por primera vez.
Retrocedió un paso.
Luego otro.
Hasta chocar con la pared del fondo, como si el rechazo de Danica fuera el único golpe real de toda esa pelea.
Leandro no esperó más.
La tomó del brazo con una firmeza suave, una de esas sujeciones que dicen “estás a salvo” sin necesidad de palabras.
—Vamos —dijo, con una voz baja que podía quebrar huesos—. Ella ya habló.
Alessandro intentó dar un paso, pero Leandro le clavó una mirada tan fría que lo dejó inmóvil.
Un solo segundo, un solo gesto… y Alessandro entendió que, si se movía, Leandro lo partiría al medio sin dudar.
Valentino levantó las manos en falso gesto de paz, pero sus ojos…
Sus ojos seguían clavados en Danica.
Como si se estuviera llevando algo de ella en silencio, como un ladrón satisfecho.
Danica avanzó con pasos temblorosos.
Sentía el corazón latiendo en todo el cuerpo, incluso en la punta de los dedos.
Leandro la siguió de cerca mientras ella presionaba el botón del elevador privado, ese que solo la familia podía usar.
Las puertas se abrieron con un sonido suave, y Danica entró primero; Leandro se colocó a su lado como un muro humano.
El elevador ascendió hasta el último piso.
La cabina era de acero pulido, la luz tenue reflejaba sus rostros tensos.
Danica veía su propio reflejo: mejillas rojas, ojos húmedos, labios marcados por un beso que ahora sabía a peligro.
Las puertas se abrieron revelando el departamento familiar: un refugio secreto en lo alto, diseñado solo para emergencias, reuniones privadas… o momentos como este.
El lugar era amplio y silencioso.
Pisos de madera oscura, paredes color arena, grandes ventanas que daban directamente al mar.
La noche se extendía afuera como un manto azul profundo, y a lo lejos, un faro giraba lentamente, enviando destellos blancos que iluminaban los barcos anclados.
Cada rayo cortaba la oscuridad del océano… como una advertencia.
Danica caminó por el pasillo central.
El sonido de las olas subiendo desde la playa llegaba amortiguado, cálido, casi reconfortante.
El departamento tenía dos niveles: la planta principal con sala y comedor, y un segundo piso más íntimo donde estaban las habitaciones familiares.
Leandro la acompañó escaleras arriba, siempre un paso detrás de ella, vigilante, con la postura de quien está preparado para atacar si algo se mueve fuera de lugar.
La llevó hasta la última habitación, la que daba directamente a la playa.
La puerta se abrió con un clic suave, como si el departamento reconociera su presencia.
Dentro, el aire era distinto.
Más cálido.
Más seguro.
Lámparas bajas iluminaban la habitación en tonos oro y ámbar; las sombras se movían sobre las paredes como si quisieran abrazarla.
Un ventanal enorme ocupaba toda la pared frontal: desde ahí podía verse el mar, el faro girando, y las luces lejanas de los barcos flotando como estrellas caídas.
Danica se dejó caer sobre la cama.
El colchón cedió bajo ella, y el vestido se arrugó como un suspiro desesperado.
Cerró los ojos, tratando de calmar el pulso frenético que aún la atravesaba.
Leandro se ubicó en un sillón cercano, los hombros tensos, la mandíbula trabada.
Parecía exhausto… pero listo para matar sin pestañear si alguien intentaba abrir esa puerta.
Ella levantó la mirada hacia él, los ojos brillosos, vulnerables.
—Gracias… —murmuró, apenas audible.
Leandro ladeó la cabeza, su expresión una mezcla de rabia contenida y protección feroz.
Se inclinó apenas hacia ella y posó su mano sobre la suya, firme, cálida, un ancla en medio de la tormenta.
—No tienes que agradecer —dijo con voz grave, profunda, más oscura que la noche detrás del ventanal—.
Ya estás acá. Las sombras quedaron abajo.
Danica exhaló por primera vez desde el pasillo, no sabia que estaba pasando con Valentino; últimamente cada que veía a Alessandro ellos siempre intercambiaban palabras, se agredían o se lanzaban miradas de advertencia.
Y Danica odiaba estar en el centro de todo eso.
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