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Susurros de Sangre y Deseo - Capítulo 33

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Capítulo 33: Capitulo 33

“Hay pecados que no se confiesan… porque se cometen con plena conciencia.”

Danica despertó en plena madrugada, envuelta en una suave frazada que apenas lograba mitigar el frío que le recorría el cuerpo. Aún llevaba puesto el ridículo vestido que se había obligado a usar solo para provocar a Alessandro, una elección impulsiva que ahora le pesaba como una confesión mal hecha.

Se sonrojó al recordar las miradas de Valentino.

La había observado como se mira a una mujer de verdad, sin reservas ni cautela, haciéndola sentir deseada… única. Como si en ese instante no existiera nadie más para sus ojos ni para la curva hambrienta de sus labios.

Pero el recuerdo se torció de inmediato.

Las palabras que él le lanzó a Alessandro, descaradas, afiladas, usadas como armas, le dejaron un nudo áspero en el pecho. El deseo convertido en provocación ajena le supo amargo.

Con un gesto brusco, lanzó la frazada a un lado, con más furia de la necesaria. El pecho le ardía, no de pasión, sino de confusión. Caminó hacia la puerta lateral y abrió el baño, dejándose envolver por el reflejo tenue de la luz nocturna.

Corrió las cortinas que protegían el enorme ventanal con vista directa al mar. Afuera, la oscuridad respiraba al ritmo de las olas. Abrió la llave de la bañera.

El agua comenzó a correr con un murmullo constante, hipnótico.

La bañera —amplia, de mármol pulido, con delicados detalles en oro— ocupaba el centro del baño como un altar privado. Danica abrió un frasco de sales aromáticas y luego tomó una de esas bombas de baño extravagantes que tanto le gustaban. La dejó caer en el agua y observó cómo se disolvía lentamente, tiñendo el líquido de un rosa suave mientras el aroma a fresas y vapor cálido llenaba el ambiente.

Cerró la puerta tras de sí y apoyó la frente contra la madera fría durante unos segundos. El silencio de su habitación resultaba casi irreal después del caos del pasillo, como si la noche misma le hubiera concedido una tregua frágil… y temporal.

Se desabrochó el vestido con manos lentas, torpes.

La tela resbaló hasta el suelo, quedando a sus pies como una piel ajena que ya no quería cargar.

El espejo le devolvió una imagen que no reconoció del todo: los ojos aún enrojecidos, las mejillas marcadas por un rubor que no sabía si era vergüenza o rabia, los labios ligeramente hinchados… sellados por un recuerdo que se negaba a desaparecer.

Suspiró.

Largo.

Tembloroso.

Cuando terminó de bañarse, el vapor había cubierto el baño como una neblina espesa, tibia, envolvente. El aire olía a fresas y sal, a algo limpio… nuevo. Danica cerró la llave y permaneció un momento sentada, dejando que el agua escurriera por su piel como si intentara borrar lo que no sabía nombrar.

Se envolvió en una toalla suave y salió del baño con pasos lentos. El departamento estaba en silencio, apenas acompañado por el rumor lejano del mar. Abrió el cajón del armario y tomó su pijama de verano: un conjunto ligero de algodón rosa pálido, con pequeños detalles blancos y tirantes finos. Cute. Inofensiva. Todo lo contrario a la tormenta que llevaba dentro.

Se la puso con cuidado, como si ese gesto sencillo fuera una forma de volver a sí misma.

Caminó hasta la cama y se dejó caer entre las sábanas frescas. El colchón la recibió con un suspiro silencioso, y Danica se giró de lado, abrazando una almohada contra el pecho. El cansancio la golpeó de pronto, pesado, absoluto, como si su cuerpo hubiera estado sosteniéndose solo por pura inercia.

El faro seguía girando afuera, su luz entrando y saliendo por el ventanal en un ritmo constante. Blanco. Oscuro. Blanco. Oscuro.

Sus pensamientos se volvieron lentos, difusos.

Valentino.

Alessandro.

Las miradas.

Las palabras.

La tensión.

Todo comenzó a desdibujarse.

Sus párpados se cerraron sin que se diera cuenta. La respiración se volvió más profunda, más tranquila. Por primera vez en horas, su cuerpo dejó de estar en guardia.

Danica cayó en los brazos de Morfeo con el ceño aún levemente fruncido, como si incluso dormida supiera que nada estaba resuelto. Pero esa noche, al menos esa noche, el sueño la reclamó antes de que la culpa, el deseo o el miedo pudieran alcanzarla.

Y mientras dormía, el mar siguió rugiendo abajo…

como un presagio paciente, esperando.

Esa misma noche… algunas horas antes.

Las manos de Marco descendieron con decisión, firmes, hasta el centro húmedo de Sofia, reclamándola sin pedir permiso. Sofía contuvo un gemido cuando el contacto de sus manos callosas contra sus suabes pliegues, la hizo arquearse contra él, como si su cuerpo lo hubiera estado esperando desde siempre. Era una chispa demasiado fuerte para esconderla.

Marco estaba tenso, duro de deseo y de culpa, y aun así no se detuvo. Con un movimiento rápido, deshizo de la ropa interior de ella, guardándola dentro de su bolsillo. El gesto fue brutal, impulsivo… condenado

Sofía jadeó, aferrándose a su cuello mientras él la besaba con hambre, bajando sin prisa, marcando un camino que la hacía perder la noción del lugar y del riesgo. encontró una mesa en la parte posterior del pequeño armario y la sentó allí, como si el mundo entero hubiera sido reducido a ese punto exacto

Ella se subió el vestido sin vergüenza, abriéndose para él con una necesidad que no fingía. Marco se detuvo un segundo, apenas un latido, observándola como si fuera un pecado que estaba a punto de cometer sabiendo perfectamente las consecuencias.

Cuando volvió a acercarse, lo hizo con devoción peligrosa. Con su lengua experta, lamio para parte de su centro, con la devoción de alguien que esta comiendo su última cena. Sofía se aferró a su cabello, desesperada, temblando, perdida en una sensación que crecía sin control. Marco la sostuvo de las caderas con fuerza, como si intentara anclarla… o castigarse a sí mismo.

Sabía que no podía quedarse.

Sabía que debía volver a la fiesta.

Sabía que aquello estaba mal.

Pero Sofía era una tentación que no conocía el arrepentimiento.

La adrenalina le corría por las venas como una droga dulce y violenta. Cada sensación la empujaba más al borde, y ella lo amaba. Amaba el riesgo, el lugar equivocado, el hecho de que aquello no debía estar pasando. Su respiración se volvió errática, el pecho subiendo y bajando con un temblor que no era fragilidad, sino hambre.

Marco percibió el sabor del pecado incluso antes de comprenderlo. Dulce. Intenso. Prohibido. Como si Sofía se estuviera deshaciendo en su boca solo para recordarle que no todo lo que quema destruye… algunas cosas marcan. No se permitió pensar. Pensar significaba detenerse.

Pero Sofía era una tentación que no pensaba perdonarle nada

Y detenerse ya no era una opción.

Ella se aferró a él con la desesperación de quien no quiere ser salvada, sino empujada más adentro del abismo. Cada gemido contenido era una confesión muda: el peligro la hacía sentirse viva. Marco lo entendió con una claridad brutal… y eso fue lo que más lo enfureció consigo mismo.

Hundió su lengua con más furia dentro de Sofia, ella gimió y una explosión sabor durazno y caramelos inundo la boca de Marco, el pecho de Sofia subía y bajaba con la adrenalina reventándole en los odios, Marco no perdió ni una gota de los deliciosos jugos que salían de ella, arrancándole más gemidos de placer y corrientes eléctricas mientras la succionaba por completo.

Cuando se apartó, lo hizo de golpe, como si el aire se hubiera vuelto insuficiente. Sus ojos ardían. No de placer. De culpa.

Salió primero.

El instinto tomó el control antes que la razón. Escaneó el pasillo con precisión militar, cada sombra, cada esquina. Vacío. Silencioso. Tal como Sofía había dicho. Esa certeza —el hecho de que ella lo hubiera calculado todo— le revolvió el estómago.

Marco avanzó hacia el salón, recomponiendo el rostro, la postura, la máscara.

Y entonces lo vio.

Primero a Valentino.

Caminaba hacia la salida lateral con una sonrisa torcida que ya no era burla… era algo más peligroso. Orgullo herido. Victoria a medias. La chaqueta colgándole del hombro, los pasos lentos, medidos, como si cada uno fuera una amenaza muda

Detrás de él, Leandro.

El cuerpo rígido.

La mandíbula tensada hasta el dolor.

La mirada clavada en la espalda de Valentino con una promesa que no necesitaba palabras

Y entre ellos, Danica.

Pálida. Vulnerable. Atrapada en una guerra que no pidió.

El estómago de Marco se cerró.

Algo había pasado.

Algo grande.

Apretó los puños con fuerza. Mientras él se perdía en un juego que podía costarle la vida, el equilibrio de la familia se había resquebrajado. Si Leandro decidía sentenciarlo por lo que había hecho con Sofía, Marco lo aceptaría de pie. Como un hombre. Porque sabía que había fallado.

Y detrás, Alessandro… ardiendo.

La furia le brotaba de los poros, a punto de incendiarlo todo si alguien respiraba mal.

Las puertas privadas se cerraron tras ellos con un sonido suave.

Demasiado suave.

Demasiado limpio para lo que acababa de ocurrir.

Sofía apareció a su lado segundos después, ajustándose el vestido con una calma que no coincidía con el caos reciente. Exhaló despacio, los ojos atentos, analíticos. Nadie los había notado. Nadie había preguntado. El mundo seguía girando como si no acabaran de cruzar una línea peligrosa.

Ella no miró atrás.

Se mezcló entre los invitados con una elegancia impecable, como una serpiente deslizándose entre la multitud, dejando atrás solo el rastro invisible de la tentación.

Marco se quedó un segundo más quieto.

Y supo, con una certeza que le heló la sangre, que esa noche no había terminado.

Ni para él.

Ni para Sofía.

Ni para ninguno de ellos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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