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Susurros de Sangre y Deseo - Capítulo 34

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Capítulo 34: Capitulo 34

“Hay mañanas que sonríen como si nada hubiera pasado… pero debajo de la mesa, todos recuerdan dónde empezó el fuego.”

La mañana llegó sin pedir permiso, filtrándose entre las cortinas claras del departamento familiar. La luz se deslizaba suave, casi engañosa, iluminando el azul infinito del mar que seguía ahí, paciente, inmóvil, como si nada hubiera ocurrido la noche anterior. A lo lejos, el faro aún parpadeaba, lanzando su último destello cansado antes de rendirse ante el día.

Danica despertó primero.

Tenía la cabeza pesada y el cuerpo enredado entre sábanas de seda fría. Durante un segundo, su corazón se detuvo; no reconocía la recámara. El techo alto, los tonos neutros, el aroma limpio que no le pertenecía… pero el recuerdo llegó enseguida: estaban en la suite de Carlo.

Suspiró despacio.

De algún modo resultaba fascinante —y al mismo tiempo desconcertante— que Carlo tuviera tantas residencias repartidas como si fueran simples extensiones de su poder. Y que ella, sin haberlo pedido, tuviera siempre una habitación esperándola en cada una de ellas: en las casas, en los viajes, incluso su propio departamento y una habitación asignada en la escuela. Despertar en un lugar distinto cada día se había vuelto casi una rutina… aunque para alguien que no estaba acostumbrada a ello, siempre implicaba una breve sacudida de realidad.

Se movió con cuidado… y entonces notó otro peso junto a ella.

Sofía dormía a su lado.

Estaba boca arriba, el cabello oscuro desordenado sobre la almohada, una mano descansando sobre su vientre como si protegiera algo invisible. Su respiración era tranquila, profunda. Danica la observó unos segundos, sintiendo una punzada de envidia silenciosa. A Sofía nada parecía afectarle realmente; el mundo podía arder y ella seguiría durmiendo. Danica, en cambio, cargaba siempre con una inquietud constante, una necesidad de anticiparse a todo… demasiado aprensiva, incluso para sí misma.

Frunció el ceño.

—¿Y Melisa…? —murmuró, más para sí que para Sofía.

Sofía abrió los ojos lentamente, como quien emerge de un sueño incómodo. Parpadeó un par de veces antes de ubicarse y luego giró la cabeza, recorriendo la habitación con la mirada: la cama, las sábanas revueltas, el silencio demasiado denso.

—No está —dijo, seca.

El vacío se volvió incómodo.

Danica se incorporó de golpe, el corazón acelerándose con esa sensación conocida que siempre llegaba antes de las malas noticias. Tomó su celular de la mesa de noche y marcó el número de Melisa.

Una vez.

Dos veces.

Nada.

Era como si el aparato estuviera muerto, desconectado del mundo.

Sofía ya estaba sentada, marcando también desde su teléfono.

—Contesta… —susurró Danica, mordiéndose el labio—. Por favor.

Entonces el teléfono vibró.

Pero no en sus manos.

Ambas se quedaron inmóviles.

El sonido provenía del suelo.

Danica bajó de la cama y encontró el celular de Melisa tirado junto al sillón, la pantalla encendida, una notificación a medias… y manchas que olían claramente a alcohol.

Y ahí estaba Melisa.

Medio derrumbada entre el sillón y el suelo, en una postura incómoda que seguramente le pasaría factura en cuanto despertara. El vestido arrugado, el cabello revuelto, un brazo extendido como si hubiera intentado aferrarse a algo antes de caer.

Sofía y Danica intercambiaron una mirada silenciosa, cómplice. Sin decir una palabra, cada una tomó un extremo: Danica la sostuvo de las piernas, Sofía de los brazos. Avanzaron con torpeza, arrastrándola poco a poco por la habitación.

A mitad del camino, Melisa emitió un quejido bajo y se removió entre los brazos de sus amigas.

Danica y Sofía se quedaron completamente inmóviles.

El aire pareció detenerse dentro de la habitación. Ninguna se atrevió a respirar mientras observaban su rostro, esperando cualquier señal de que despertara. El mar, allá afuera, seguía rompiendo contra la costa con una calma burlona, ajeno a la tensión silenciosa que se había instalado entre ellas.

Melisa frunció el ceño, murmuró algo ininteligible —una mezcla confusa de palabras sin sentido— y volvió a caer en un sueño profundo, pesado.

Ambas soltaron el aire al mismo tiempo.

Como la chica no dio más señales de despertar, continuaron con la pequeña travesura mañanera. Con pasos cuidadosos, arrastraron a Melisa hasta el baño. La suite era amplia, elegante, con mármol claro y superficies pulidas que reflejaban la luz del amanecer. El eco suave de sus movimientos resonaba en el espacio silencioso.

Con sumo cuidado, la sentaron dentro de la regadera. Sofía fue la primera en incorporarse y, con una sonrisa maliciosa, giró la perilla del grifo.

El agua fría salió disparada con fuerza.

Melisa despertó al instante.

Se incorporó de golpe, jadeando, con los ojos abiertos de par en par y un grito ahogado escapándole de la garganta mientras el agua la empapaba sin piedad.

—¡¿QUÉ—?!

Danica y Sofía no pudieron contener la risa. Salieron corriendo del baño justo cuando Melisa, empapada y furiosa, logró ponerse de pie y salió tras ellas, decidida a vengarse.

Las risas se propagaron por la habitación mientras Melisa las alcanzaba y se lanzaba sobre ellas, abrazándolas sin piedad, mojándolas por completo. Las tres terminaron cayendo al suelo, entrelazadas, riendo sin control, con la ropa empapada y el cabello pegado al rostro.

Por un momento, no existió nada más.

Solo ellas.

La vida las había unido de una forma extraña, caótica, y ninguna imaginaba un futuro en el que no estuvieran juntas.

—¿Qué tal te fue con Cedric ayer? —preguntó Danica aún riendo, girándose hasta quedar boca abajo sobre la alfombra, apoyada en los antebrazos.

—Fue increíble —respondió Melisa, imitándole la postura—. Es un caballero y…

—Un idiota —interrumpió Sofía, sentándose con las piernas cruzadas y una expresión escéptica.

Melisa puso cara de pocos amigos y rodó los ojos.

—No es un idiota —bufó—. De hecho, es muy inteligente. Le ofrecieron una beca fuera del país.

Danica y Sofía la miraron, estupefactas.

—No lo puedo creer —dijo Danica, incorporándose también.

—Ha estado desarrollando un nuevo tipo de marcapasos —continuó Melisa, dejándose caer de espaldas—. Más potente, menos invasivo. Se irá de la ciudad cuando termine la preparatoria.

El comentario quedó flotando en el aire.

Danica estuvo a punto de decir algo cuando un golpe seco en la puerta las hizo sobresaltarse.

Aún con el ambiente relajado y las risas recientes vibrándole en el pecho, Danica se levantó y abrió la puerta de golpe.

Su sonrisa se congeló.

Alessandro estaba parado en el marco, impecable incluso a esa hora. Su expresión era relajada, con una sonrisa traviesa danzando en sus labios. Sus ojos recorrieron a Danica con lentitud, deteniéndose apenas lo suficiente para hacerla consciente de sí misma.

Las mejillas se le sonrojaron al instante.

La corta pijama de algodón estaba completamente mojada, pegándose a su cuerpo, y su cabello caía desordenado sobre sus hombros, aún goteando. En ese momento, Danica fue dolorosamente consciente de su estado… y de la mirada de Alessandro, que no se perdía ningún detalle.

Danica seguía de pie en el umbral, sosteniendo la puerta con una mano, como si ese simple gesto pudiera mantener una distancia que su cuerpo ya traicionaba.

Alessandro no se movió de inmediato.

La observó un segundo más, con esa calma peligrosa que siempre la desarmaba. Luego dio un paso al frente, apenas uno, lo suficiente para invadir su espacio sin que pareciera una invasión. El aroma limpio de su loción, mezclado con algo más oscuro, más suyo, le llegó antes que cualquier palabra.

—Buenos días, principessa —murmuró, con voz baja.

Danica tragó saliva.

Detrás de ella, Sofía y Melisa seguían en el suelo, discutiendo algo trivial entre risas apagadas, demasiado absortas en su propio mundo como para notar el cambio en el aire.

Alessandro apoyó una mano en el marco de la puerta, inclinándose apenas hacia ella. No la tocó. No hacía falta. La cercanía era suficiente para tensarle la espalda y acelerar su pulso.

—Carlo pidió que bajen a desayunar —dijo en un tono perfectamente normal… hasta que bajó la voz solo para ella—. No deberías hacerlo esperar

Danica asintió, pero no se movió.

Él sonrió de lado, una sonrisa que no llegó a sus ojos.

Entonces se acercó un poco más.

Lo justo para que solo ella pudiera escucharlo.

—Y tú —susurró, inclinado hacia su oído— deberías cambiarte antes de salir así.

El calor de su aliento le recorrió la piel como una descarga lenta. Danica sintió un estremecimiento involuntario, pequeño, traicionero.

—Alessandro… —advirtió en un murmullo, sin mirarlo.

—Tranquila —respondió él, casi divertido—. Nadie está mirando.

Sus dedos rozaron apenas la muñeca de Danica. Un contacto breve, calculado, que no podía considerarse nada… y lo era todo. Luego se apartó, enderezándose como si nada hubiera pasado.

—Los espero abajo —anunció en voz más alta, girándose hacia el pasillo.

Sofía levantó la vista justo a tiempo para verlo alejarse.

—¿Era Alessandro? —preguntó, casual.

—Sí —respondió Danica demasiado rápido—. Dice que bajemos a desayunar.

Melisa se estiró en el suelo, quejándose.

—Qué hombre tan puntual… debería aprender a dormir hasta tarde.

Sofía rió, levantándose

—Tenemos que cambiarnos — Dijo sofia lanzando una mirada acusadora a melisa.

—¿Yo que culpa tengo? – espeto Melisa — Ustedes me metieron un la regadera.

Las chicas avanzaron hacia la habitacion a tomar sus cosas, mientras Danica aun contra la puerta forzó una sonrisa, Alessandro le alteraba todo el sistema nervioso, su muñeca todavía ardía donde la habita tocado.

El comedor se llenaba de luz natural. Los ventanales abiertos dejaban entrar el sonido del mar y el aroma salado que se mezclaba con el café recién hecho y el pan caliente dispuesto sobre la mesa larga de madera clara. Todo parecía… normal. Demasiado normal para lo que había ocurrido la noche anterior.

Danica entró con Sofía y Melisa, ya cambiadas, más tranquilas, riendo por alguna tontería que solo ellas entendían. Sus risas eran suaves, genuinas, y contrastaban con la rigidez casi imperceptible de los hombres sentados al otro extremo de la mesa.

—Necesito azúcar urgente —se quejó Melisa, sirviéndose jugo—. Nunca más vuelvo a mezclar alcohol así.

—Eso dices siempre —respondió Sofía, empujándola con el hombro—. Y siempre terminas igual.

Danica sonrió, tomando asiento entre ellas. Por un momento, se permitió fingir que todo estaba bien.

Pero lo sintió.

La mirada de Alessandro.

No necesitaba levantar la vista para saber que estaba observándola. Lo hacía con esa calma provocadora, calculada, como si cada segundo fuera una forma silenciosa de reclamar territorio. Cuando por fin alzó los ojos, lo encontró recargado en su silla, una mano rodeando la taza de café, los labios curvados apenas en una sonrisa lenta.

Sostuvo su mirada un segundo de más.

Danica apartó la vista primero, concentrándose en su plato, aunque el calor le subió por el cuello.

Al otro lado de la mesa, Leandro estaba serio. Demasiado. No había tocado su desayuno. Su mandíbula se tensaba cada vez que alguien mencionaba la noche anterior, aunque fuera de forma indirecta. No había responsables. No había nombres. Solo ecos de una tensión que nadie parecía dispuesto a explicar.

—Hoy es un gran día —anunció Nicole con una sonrisa radiante, entrando al comedor—. No saben lo feliz que me hace verlas así… juntas.

Se acercó a Danica y le besó la cabeza con ternura.

—Mi niña se ve preciosa —dijo con emoción sincera—. Esta noche empieza una nueva etapa para todos.

Danica le devolvió la sonrisa, aunque algo dentro de ella se encogió.

Fue entonces cuando Marco apareció.

Entró sin hacer ruido, con el saco perfectamente colocado y la expresión controlada. Caminó directo hacia Carlo, inclinándose apenas para susurrarle algo al oído. Carlo no cambió el gesto, pero sus ojos se endurecieron un instante, lo suficiente para que Marco entendiera que había sido escuchado.

Antes de retirarse, Marco levantó la vista.

Sus ojos se cruzaron con los de Sofía.

Solo un segundo.

Fue suficiente.

Una mirada cargada de algo indebido, eléctrico, peligroso. Un recuerdo silencioso que se coló entre ambos como una chispa viva. Sofía no bajó la mirada de inmediato. Sus labios se curvaron apenas, casi imperceptible.

Leandro no lo notó.

Estaba demasiado concentrado en Alessandro, en la forma en que este miraba a Danica como si el mundo se redujera a ella.

Marco salió del comedor sin decir más.

El ambiente volvió a llenarse de conversaciones suaves, de cubiertos chocando contra la porcelana, de risas que intentaban sostener la calma.

Pero debajo de la mesa, bajo las miradas, bajo las palabras no dichas…

Todos lo sabían.

Estaban jugando con fuego.

Y el día apenas comenzaba.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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