Susurros de Sangre y Deseo - Capítulo 35
- Inicio
- Todas las novelas
- Susurros de Sangre y Deseo
- Capítulo 35 - Capítulo 35: Capitulo 35
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 35: Capitulo 35
“Hay caricias que no buscan placer, sino posesión.”
El desayuno se iba apagando poco a poco, como una vela consumiéndose sin dramatismo, dejando tras de sí solo calor residual y un silencio expectante.
Los platos estaban casi vacíos, apenas con restos de fruta cortada y migas de pan artesanal. Las tazas de café reposaban a medio terminar, algunas con el borde marcado de labios distraídos. El murmullo suave del comedor —ese tono contenido y educado que la familia adoptaba cuando algo importante se avecinaba— comenzaba a imponerse sobre las risas espontáneas de las chicas.
El sol entraba a raudales por los ventanales que daban al mar, inundando el espacio con una luz dorada que hacía brillar la vajilla de porcelana y arrancaba destellos tenues a los cubiertos de plata. Afuera, las olas rompían con una cadencia tranquila, como si el mundo estuviera decidido a fingir que nada extraordinario estaba por ocurrir.
Los sirvientes se movían con discreción impecable.
Uno retiraba platos con movimientos silenciosos, otro acomodaba servilletas con precisión milimétrica. El tintinear leve de la loza al ser levantada marcaba el ritmo del cierre del desayuno, como una señal no verbal de que el día avanzaba sin intención de esperar a nadie.
Fue entonces cuando Nicole se puso de pie.
El gesto fue suave, ensayado, pero atrajo todas las miradas de inmediato.
Llevaba una bata clara de tela ligera, anudada a la cintura, y el cabello recogido de manera aparentemente descuidada, aunque cada mechón parecía estar exactamente donde debía. Su sonrisa era amplia, luminosa, casi contagiosa. No era la sonrisa calculada de la esposa de un hombre poderoso, sino la de una mujer enamorada que estaba a punto de vivir el día que había imaginado una y otra vez.
—Bien —anunció, juntando las manos con entusiasmo—. En cuanto terminen de desayunar, las quiero listas. Ya están esperando para empezar a prepararlas.
Las miradas se alzaron al unísono.
—¿Tan pronto? —preguntó Melisa, arqueando las cejas, aunque la emoción le brillaba en los ojos.
—Tan pronto —confirmó Nicole, sin perder la sonrisa—. Hoy todo debe ser perfecto.
Danica dejó la servilleta sobre el plato con cuidado y respiró hondo.
Perfecto.
La palabra se le instaló en el pecho con un peso incómodo. Desde que su madre había comenzado su relación con Carlo, había notado cambios sutiles: un poco más de atención, gestos más suaves, incluso abrazos que antes no existían. Por momentos, Nicole parecía acercarse peligrosamente a lo que una madre debía ser.
Pero Danica la conocía.
Sabía que aquel día no era una transformación milagrosa, sino una excusa. Una puesta en escena. Una oportunidad perfecta para que todo girara, una vez más, alrededor de ella. Nicole podía ser encantadora… pero también arrogante, egoísta, meticulosamente preparada para que cada segundo, cada mirada y cada aplauso fueran suyos.
Leandro, sentado al otro extremo de la mesa, la observó de reojo.
Una sonrisa burlona se le escapó antes de que pudiera contenerla.
—Prepárate —le murmuró a Danica cuando Nicole se distrajo con uno de los asistentes—. Cuando mamá entra en modo boda, no hay supervivientes.
Danica rodó los ojos, pero no pudo evitar una sonrisa ladeada.
—Gracias por el ánimo —susurró.
Leandro soltó una risa baja, divertida, plenamente consciente de que decía la verdad. Él conocía a Nicole como pocos… y sabía exactamente cuánto podía perder los estribos cuando algo no salía como lo había planeado.
Carlo, desde su lugar, observaba la escena con atención silenciosa.
Tenía la taza de café entre las manos, pero no bebía. Sus ojos seguían a Nicole, captando detalles que nadie más notaba: la forma en que comenzaba a tensar los hombros, cómo su sonrisa se volvía apenas más rígida cuando daba órdenes, el brillo inquieto que anunciaba que su paciencia tenía límites.
No dijo nada.
Solo inclinó ligeramente la cabeza hacia uno de los sirvientes, indicando que aceleraran el retiro de los platos, como si intentara despejar el campo antes de que comenzara la verdadera batalla.
—Sus vestidos ya están listos —continuó Nicole, girándose hacia las chicas—. Quiero que se vean como flores caminando hacia la iglesia.
Sofía sonrió de lado, apoyando el codo sobre la mesa.
—Muy cuento de hadas —comentó, con un deje irónico que no pasó desapercibido para Danica.
—Exacto —respondió Nicole, sin captar el matiz—. Hoy lo es.
Minutos después, el grupo comenzó a levantarse.
Las chicas avanzaron juntas por el pasillo principal rumbo a la habitación destinada para arreglarse. El trayecto era amplio y luminoso, casi teatral: alfombras claras que amortiguaban los pasos, espejos altos que reflejaban sus siluetas desde distintos ángulos, arreglos florales colocados con una precisión casi obsesiva.
Danica caminaba en medio, consciente de cada paso.
Delante de ellas, una asistente llevaba colgado el vestido rosa palo.
La tela flotaba con cada paso, ligera, casi viva, los volantes superpuestos abriéndose como pétalos suaves. Era delicado. Etéreo. Una mentira hermosa. Algo que parecía prometer pureza sin conocer el precio que costaba llevarla puesta.
Peligrosamente inocente.
La imagen de Hermione Granger en el baile cruzó la mente de Danica sin permiso, y con ella llegó una punzada incómoda. Como si aquel vestido no estuviera hecho para alguien como ella. Como si la flor que todos querían ver no coincidiera con la raíz que llevaba dentro.
Sintió la garganta seca.
El recuerdo de la noche anterior todavía le vibraba en el cuerpo, así que, con la excusa perfecta, se dio la vuelta.
—Voy por mi celular… —murmuró al aire, más para sí que para las demás.
Regresó unos pasos hacia la mesa del desayuno, donde aún quedaba su copa de mimosa, milagrosamente intacta. El jugo frío y burbujeante era justo lo que necesitaba para aplacar la resaca… y la inquietud que le apretaba el pecho.
Le dio un sorbo.
Y fue entonces cuando lo sintió.
Una mano firme cerrándose alrededor de su muñeca.
No fue brusco. Fue seguro. Decidido. Como si nunca hubiera existido la posibilidad de que ella escapara.
—Danica.
Su nombre en esa voz siempre sonaba distinto. Más bajo. Más peligroso.
El tirón fue rápido, preciso. Antes de que pudiera reaccionar, Alessandro ya la había apartado del paso principal y llevado hacia un rincón oculto entre dos columnas de mármol. El movimiento fue tan natural, tan silencioso, que nadie siquiera se percato del cambio en el ambiente.
Excepto ella.
El mundo se redujo a ese espacio estrecho.
A su respiración.
Al calor de su cuerpo demasiado cerca.
—Alessandro… —susurró, sobresaltada.
Él no respondió de inmediato.
La empujó suavemente contra la pared, lo justo para invadir su espacio, lo suficiente para que su espalda sintiera el frío del mármol contrastando con el calor que él imponía. Su mano no la lastimaba… pero tampoco la dejaba ir.
Sus dedos subieron por su brazo con lentitud calculada. No era prisa. Era posesión. Como si se estuviera tomando el tiempo de recordarle que sabía exactamente dónde tocarla.
—¿Te divertiste anoche? —preguntó en voz baja, cada palabra impregnada de algo oscuro, contenido.
Danica alzó la mirada.
Sus ojos chocaron con los de él: encendidos, atentos, peligrosamente despiertos. No había rabia descontrolada ahí. Había algo peor. Control absoluto.
—No es el momento —murmuró.
Alessandro soltó una risa breve, sin humor.
—Nunca es el momento —replicó— cuando haces algo que sabes que va a provocarme.
Su mano descendió hasta su cintura, marcando el contorno de su cuerpo con una caricia lenta, deliberada. No buscaba placer. Buscaba reacción. Y la tuvo.
El contraste era cruel: risas lejanas, flores, preparativos de boda… y él, reclamándola como si el mundo no existiera.
—Se que lo hiciste a propósito—continuó, inclinándose hacia su oído—.El vestido, esas miradas con Valentino y encontrarte de esa manera… como si no supieras exactamente lo que estabas haciendo.
Su voz rozó su piel como una amenaza susurrada.
Danica contuvo el aliento.
—No tienes derecho a reclamarme nada —respondió, reuniendo valor—. No soy tuya.
Los dedos de Alessandro se tensaron apenas. Un aviso silencioso.
—Eso díselo a tu cuerpo —susurró—. El sabe que si lo eres
Su pulgar rozó la piel desnuda de su costado. Lento. Provocador. Una caricia que no buscaba consentir, sino marcar territorio. Recordandole que él veía. Que él entendía cosas que ella fingía ignorar.
Danica cerró los ojos un segundo.
—Por favor —pidió, con la voz baja—. Nuestros padres pueden vernos
Alessandro la observó en silencio.
Por un instante, pareció debatirse entre avanzar… o detenerse.
Finalmente, retiró la mano.
El aire regresó a sus pulmones de golpe.
—No he terminado contigo —advirtió, antes de apartarse—. Solo estoy esperando el momento adecuado.
Se alejó sin mirar atrás.
Danica se quedó ahí, el corazón golpeándole las costillas, la piel ardiendo donde él la había tocado, la copa de mimosa aún temblando entre sus dedos.
Cuando volvió a la habitación llena de Luz, risas y diversión fue un cambio total para el nerviosismo que ella sentía en ese momento; el efecto Alessandro, era como había comenzado a llamar aquella sensación.
El sol de media mañana entraba a raudales por los ventanales, rebotando en los espejos, en los vestidos colgados, en las botellas de perfume abiertas como pequeñas promesas. El aire olía a flores blancas, laca y ansiedad. Era el tipo de mañana que parecía perfecta… demasiado perfecta.
Danica se sentó frente al tocador, con el cabello aún suelto cayéndole por la espalda, mientras Sofía le acomodaba un mechón con dedos distraídos y Melisa revisaba por quinta vez el mismo mensaje en su propio celular, fingiendo calma.
Pero Danica no fingía bien.
Tenía el teléfono en la mano desde hacía varios minutos. La pantalla iluminada mostraba lo mismo de siempre
Mensajes enviados.
Llamadas perdidas.
Ninguna respuesta.
Valentino no contestaba.
Habían quedado de verse antes de ir a la iglesia. Habían hablado de llegar juntos, de no dejar que la tensión de la noche anterior se interpusiera, de fingir —al menos por hoy— que todo estaba bajo control.
Danica tragó saliva.
—¿Nada todavía? —preguntó Sofía, sin mirarla directamente, como si ya supiera la respuesta.
Danica negó despacio.
—Nada… ni leído siquiera.
Melisa frunció el ceño, apoyándose contra la cómoda.
—Eso es normal, ¿No? —dijo—. Digo Valentino es un chef importante
Danica apretó el celular con más fuerza de la necesaria. Trato totalmente de estar tranquila; ¿pero porque sentía que su corazón se apretaba?, como si algo dentro de ella le estuviera diciendo que algo estaba por salir terriblemente mal.
—Tal vez algo surgió en el restaurante—intentó justificarse, aunque su voz no sonó convencida—. Ya saben, alguna olla de presión exploto o algo.
Sofía dejó escapar una risa breve, sin humor.
—No te preocupe Dani —dijo, Melisa—. Ya llamara.
Danica levantó la vista hacia el espejo. Su reflejo le devolvió una imagen serena solo en apariencia: los ojos brillantes, la mandíbula ligeramente tensa, los labios apretados como si estuviera conteniendo algo que no quería admitir en voz alta.
—Cierto… ya llamara —murmuró.
El silencio cayó entre las tres, espeso.
Desde el pasillo llegaban voces lejanas, pasos apurados, el murmullo de una casa que se preparaba para una boda importante. Su madre reía en algún punto, feliz, nerviosa, completamente ajena a la tormenta emocional que se gestaba puertas adentro.
Melisa se acercó y apoyó una mano en el hombro de Danica.
—Oye —dijo con suavidad—. No te preocupes, llegara.
Danica asintió, pero no levantó la mirada.
Volvió a marcar.
Una vez más.
El tono sonó largo, frío, interminable.
Buzón de voz.
Cortó la llamada antes de que terminara y dejó el celular sobre el tocador, como si quemara.
—Vamos a terminar de arreglarnos—intervino Sofía, retomando su papel con una calma engañosa—. Seguro llega en cualquier momento y tu aun no estas lista.
Danica respiró hondo.
Tal vez Valentino aparecería en el último momento, con una sonrisa descarada y una excusa perfecta.
Tal vez no.
Lo único seguro era que, aun antes de cruzar las puertas de la iglesia, algo ya se había roto.
Y esa ausencia —más que cualquier pelea— pesaba como una advertencia.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com