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Susurros de Sangre y Deseo - Capítulo 36

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Capítulo 36: Capitulo 36

“Pecado… que se castiga con la muerte.”

El departamento estaba en pleno movimiento, como un organismo vivo que respiraba prisa y expectación.

El sonido de los tacones resonaba sobre el mármol pulido, mezclándose con el roce suave de las telas largas al deslizarse por el suelo. El aire estaba cargado de perfumes florales y dulces, demasiado perfectos, casi embriagadores. Todo olía a ceremonia, a promesas eternas… y a nervios mal disimulados.

Las damas ya estaban listas.

Vestidos largos en tonos suaves, faldas amplias con volantes que parecían pétalos superpuestos, como flores a punto de abrirse. El rosa palo dominaba la escena: delicado, romántico, engañosamente inocente. El maquillaje era impecable, las sonrisas ensayadas frente a espejos que devolvían reflejos pulidos, casi irreales.

Danica ajustó el broche de su collar frente al espejo del pasillo que conducía al ascensor privado. Sus dedos temblaron apenas al cerrarlo. El vestido la envolvía con una elegancia etérea, ceñido en el torso y abriéndose en capas suaves que seguían cada uno de sus movimientos. Se veía hermosa. Demasiado.

Su corazón latía con fuerza, pero no por la iglesia.

No por la boda.

Valentino no había respondido.

Ni mensajes.

Ni llamadas.

Ahora su teléfono estaba apagado.

La sensación se le clavó en el pecho como una presión constante, una que no la dejaba respirar del todo. Trató de inhalar despacio, de convencerse de que no pasaba nada, de que debía haber una explicación lógica… pero la inquietud se le enredaba en el estómago.

A su lado, Sofía permanecía tranquila, firme como un roble. Su vestido caía con una gracia natural y su expresión parecía ajena al caos interno de Danica, como si nada pudiera sacarla de su centro.

Melisa ya no estaba. Se había marchado unos treinta minutos antes, cuando Cedric —por una vez— había cumplido su palabra y apareció para acompañarla. Danica no pudo evitar sentir una punzada de frustración. Todo parecía avanzar para los demás… menos para ella.

Pensó en las múltiples veces que Valentino y Alessandro se habían enfrentado. Sabía que Valentino no le tenía miedo ni a sus hermanos ni a Carlo. Nunca lo había hecho.

Pero… ¿y si esta vez?

No quería pensar en amenazas cumplidas, en sombras moviéndose fuera de su alcance. No quería imaginar que mientras ella estaba allí, atrapada entre vestidos y sonrisas, algo más estuviera ocurriendo lejos de su vista.

Leandro apareció al inicio del pasillo.

Al verlo, Danica reaccionó sin pensar. Avanzó hacia él y lo apartó ligeramente del flujo de gente, necesitaba respuestas, aunque no supiera exactamente cuáles.

Antes de que pudiera decir algo, el ascensor emitió un suave sonido anunciando su llegada.

Sofía entró sin mirar atrás, con la elegancia segura de quien sabe que el tiempo siempre juega a su favor. Las puertas comenzaron a cerrarse lentamente, dándole a Danica el margen exacto que había estado esperando desde el desayuno.

El descenso fue silencioso.

El ascensor se deslizó hacia el estacionamiento subterráneo, donde las limusinas aguardaban alineadas, negras, brillantes, como promesas de destino inevitable.

Cuando las puertas se abrieron por fin, solo dos personas permanecían allí.

Ella…

y Marco.

El italiano estaba apoyado contra la pared, el traje oscuro perfectamente ajustado a su cuerpo, la corbata impecable. Su postura era rígida, controlada, como si estuviera hecho de pura disciplina contenida. Levantó la mirada al verla salir.

Sus ojos se oscurecieron al instante.

Su mandíbula se tensó.

La expresión de su rostro cambió apenas, pero fue suficiente.

Sofía se movió primero.

Aprovechó el instante de soledad como si fuera un arma.

Tener de nuevo a ese hombre enorme tan cerca, sentir su presencia imponente atrapada entre la obediencia y el deseo, le encendía la sangre. Sofía sabía exactamente lo que hacía. Sabía lo que provocaba. Y sabía, sobre todo, lo prohibido que era.

Le tomó la mano a Marco con firmeza, sin vacilar, como si no existiera el mundo alrededor.

—Ven —murmuró, sin mirarlo—. Solo un segundo.

Marco no protestó.

Nunca lo hacía cuando se trataba de ella, aunque cada fibra de su cuerpo le gritara que estaba caminando directo al borde del abismo.

Lo condujo hasta la pared más cercana, justo fuera del alcance de las cámaras. El estacionamiento subterráneo ofrecía sombras densas, rincones donde la luz no se atrevía a entrar. Lugares donde los secretos se volvían peligrosos.

Sofía se acercó hasta que apenas quedó espacio entre ambos. Su perfume lo envolvió, dulce y provocador, un contraste cruel con la tensión que le atravesaba el cuerpo.

—Estás tenso —susurró, casi con burla.

—No es el momento —respondió Marco, aunque su voz lo traicionó antes que su razón.

Ella sonrió.

Despacio.

Con intención.

Con esa malicia que solo poseen quienes saben que tienen el control.

Sin soltar su mano, se acercó más, inclinándose hacia él, obligándolo a bajar la cabeza apenas.

—Nunca lo es… para nosotros —murmuró junto a su oído—. Y aun así, siempre vienes.

Marco cerró los ojos un segundo, como si ese gesto mínimo fuera suficiente para desarmarlo. Estaba contra la espada y la pared. Empleado de la familia De la Marca. Bajo la mirada constante de hombres que no perdonaban errores. Y ella… la mujer de Leandro.

Los De la Marca eran jóvenes, sí.

Pero también eran posesivos.

Territoriales.

Mortales cuando algo les pertenecía.

—Sofía… —dijo en voz baja—. Si Leandro…

—No está aquí —lo interrumpió ella—. Y tú no sabes decirme que no.

La cercanía se volvió asfixiante. Marco respiraba pesado, la mandíbula apretada, los músculos tensos como si estuviera conteniéndose de algo que podía destruirlo. Un hombre entrenado para obedecer órdenes, reducido a puro instinto por una mujer que jugaba con fuego sin miedo a quemarse.

Él la tomó de la cintura y la giró contra la pared con un movimiento seco, contenido, peligroso. Sofía jadeó suavemente, rodeándole el cuello, atrayéndolo hacia ella. Sus labios se encontraron en un beso breve, intenso, cargado de todo lo que no podían permitirse. El sin pedir permiso y con el deseo corriendo en sus venas, movió su mano con más rapidez, ella jadeaba suabe contra su oído, ingreso dos dedos, ella lo recibió con más humedad, los movió con rapidez haciéndola correr en un segundo.

Cuando se separaron, apenas unos centímetros, Marco apoyó la frente contra la de ella. Con una sonrisa maliciosa llevo su mano aun húmeda y cálida hacia los labios de Sofia, quien no dudo, sabia lo que el hombre quería.

Abrió su boca y saboreo cada jugo que goteaba de su mano, el momento la éxito mas y nuevamente lo atrajo hacia ella.

Entre besos el le susurro

—Eres un problema

Sofía sonrió, sin arrepentimiento.

—Soy tu problema —respondió, respirando contra sus labios—.

Y lo sabes… te encanta.

En ese rincón oscuro, entre mármol frío y silencios cargados de amenazas, ambos entendían lo mismo: estaban jugando un juego que no podían ganar.

Y aun así, ninguno pensaba detenerse.

***

Cuando por fin logró arrastrarlo hacia un costado del pasillo, Danica giró levemente el rostro, asegurándose de que nadie pudiera leerle los labios ni captar una palabra fuera de lugar. En ese apartamento, incluso las paredes tenían lealtades.

—Necesito que me digas algo —dijo en voz baja, directa, sin rodeos.

Leandro bajó la mirada hacia ella. Solo un segundo. El suficiente para entender que no era un capricho ni una inquietud pasajera.

—¿Qué pasa? —preguntó, ya alerta.

Danica apretó el teléfono con fuerza, los nudillos tensándose.

—Valentino no responde. Nada. Ni mensajes ni llamadas. Y eso no es normal.

El gesto de Leandro no se alteró. No frunció el ceño. No mostró alarma. Era un hombre criado entre silencios largos y teléfonos apagados. Sabía que, muchas veces, no contestar no significaba nada… pero también sabía cuándo sí.

—¿Desde cuándo? —preguntó, medido.

—Desde anoche —respondió ella sin vacilar—. Íbamos a llegar juntos a la iglesia.

Leandro miró alrededor por instinto, evaluando el flujo de gente, los sirvientes, los escoltas, los familiares cruzando el pasillo con vestidos y trajes impecables. Luego dio medio paso hacia ella. No invadía su espacio. Lo cubría.

Conocía a Danica mejor de lo que ella creía. Sabía que no era una chica de citas impulsivas ni de dramas innecesarios. Durante los años fuera de la ciudad, su vida había sido discreta, casi silenciosa. Y si algo la alteraba así… era porque de verdad importaba.

—Danica —dijo con calma firme—. Respira.

Ella negó de inmediato, frustrada.

—No me digas eso. Dime la verdad —insistió, la voz baja pero afilada—. ¿Le hicieron algo?

Leandro soltó un suspiro lento y ladeó la cabeza, una sonrisa burlona curvándole apenas los labios.

—¿Eso es lo que te preocupa, bambina?

—Respóndeme —exigió ella, clavando los ojos en los suyos—. No me mientas.

Él chasqueó la lengua con cansancio y sacó un cigarrillo del interior de su saco, girándolo entre los dedos antes de llevarlo a los labios sin encenderlo.

—No —respondió al fin—. Nadie lo ha tocado. Aunque después de lo de anoche… no te voy a negar que se ganó un par de pensamientos violentos.

—Leandro… —murmuró ella, todavía tensa—. ¿Estás seguro?

—Completamente —afirmó, mirándola de frente—. Si alguien hubiera cruzado esa línea, ya habría sangre en el suelo… o al menos, ruido. Y no lo hay.

El pecho de Danica se aflojó apenas, aunque la inquietud no desapareció del todo.

—Entonces… ¿por qué no aparece?

Leandro se pasó una mano por la nuca, pensativo.

—Puede estar ocupado —dijo con honestidad—. O puede estar haciendo lo que muchos hacen cuando se sienten presionados: desaparecer un rato.

—Sí… —admitió ella en un susurro, bajando la mirada.

Mordió su labio inferior, nerviosa, y luego alzó los ojos otra vez.

—¿Alessandro dijo algo?

—No —respondió Leandro sin dudar—. Y si hubiera abierto la boca de más, créeme… ya lo sabrías.

Danica lo observó con intensidad.

—Prométeme que si pasa algo… me lo dirás.

La sonrisa burlona desapareció del rostro de Leandro. Su expresión se volvió seria, sólida, absoluta.

—Te lo prometo —dijo—. Sin rodeos. Sin mentiras.

Una voz llamó a lo lejos, anunciando que era momento de continuar con los preparativos. El apartamento seguía vibrando con ese caos elegante que precedía a los eventos importantes.

Leandro dio un paso atrás y apoyó una mano firme sobre el hombro de Danica. Un gesto breve. Fraternal. Protector.

—Tranquila —añadió, devolviéndole una sonrisa más suave—. Apostaría a que está en la iglesia… esperando.

Ella asintió, respirando un poco mejor.

Mientras regresaban al pasillo principal, Danica entendió algo con una claridad casi dolorosa:

En medio de esa familia peligrosa, poderosa y llena de sombras,

Leandro era su ancla.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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