Susurros de Sangre y Deseo - Capítulo 37
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Capítulo 37: Capitulo 37
“Las bodas no sellan destinos… solo despiertan a los demonios que estaban esperando su turno.”
La limusina avanzaba con una suavidad casi irreal, deslizándose por la avenida como si el mundo exterior no existiera. El cristal polarizado aislaba el ruido, convirtiendo el trayecto en una cápsula de lujo donde solo sobrevivían los silencios tensos y las respiraciones medidas.
El interior estaba tapizado en cuero claro, suave al tacto, con costuras finas y discretos detalles dorados que capturaban la luz de la mañana y la devolvían en destellos cálidos. El aire estaba cargado de perfume caro, de nervios reprimidos y de promesas que pesaban más de lo que sonaban cuando se pronunciaban en voz alta.
Danica ocupaba el asiento junto a la ventanilla. El vestido rosa palo se extendía alrededor de sus piernas como una flor recién abierta, delicada y vulnerable. Mantenía las manos cruzadas sobre el regazo, los dedos entrelazados con más fuerza de la necesaria, como si aferrarse a sí misma fuera la única forma de no desmoronarse. Dentro del bolso, su teléfono permanecía en silencio.
Mudo.
Dolorosamente mudo.
A su lado, Sofía se mantenía erguida, impecable dentro de su vestido de dama. La espalda recta, el mentón alto, la expresión serena. Era una calma calculada, peligrosa incluso. La clase de tranquilidad que solo tienen quienes han aprendido a moverse entre hombres armados, secretos y lealtades sin perder la sonrisa… ni el control.
Frente a ellas estaba Nicole.
La novia.
Llevaba una bata blanca de seda cubriendo el vestido, el cabello perfectamente recogido, cada mechón en su sitio. El maquillaje intacto, luminoso. Radiante. Hermosa. Y completamente al borde del colapso.
—Vamos tarde —dijo por tercera vez, revisando su reloj con impaciencia—. Lo sabía. Siempre pasa algo el día de mi boda.
Leandro, recostado contra el respaldo con una pierna cruzada, dejó escapar una risa baja y ladeó apenas la cabeza hacia Danica.
—¿Te dije o no te dije? —murmuró, apenas audible, con esa familiar mezcla de burla y complicidad.
Danica respondió rodando los ojos, una mueca leve que solo él alcanzó a notar.
Marco estaba sentado en el lateral, impecable en su traje oscuro. La postura recta, los hombros firmes, las manos descansando sobre las rodillas. Parecía tallado en piedra. Su mirada recorría el interior de la limusina con atención constante, como si su único propósito fuera garantizar que todos llegaran vivos… y sin escenas innecesarias.
No hablaba.
No opinaba.
Pero, de vez en cuando, sus ojos se desviaban hacia un punto muy específico del vehículo, apenas un segundo más de lo prudente.
Nicole chasqueó la lengua, inquieta.
—Carlo ya debe estar ahí —continuó—. No soporto la idea de hacerlo esperar en la iglesia.
—Está bien —intervino Sofía con una voz tranquila, casi dulce—. Alessandro está con él. También Melisa y Cedric. Además… —esbozó una sonrisa ligera— la novia puede darse el lujo de llegar tarde.
Nicole giró la cabeza hacia ella de inmediato, ofendida.
—Eso no lo decides tú.
Leandro se incorporó un poco, apoyando los codos sobre las rodillas.
—Madre, respira —dijo, con un tono burlón suavizado por algo nuevo—. Si mi padre ha esperado años para casarse contigo, puede esperar diez minutos más.
Nicole lo miró, sorprendida.
Había algo distinto en esa palabra. Madre.
No la usaba con frecuencia. Tal vez nunca así.
Ese simple gesto pareció aflojarle los hombros. Sus labios se relajaron, y por primera vez desde que subieron al vehículo, su respiración se volvió más lenta.
Danica giró el rostro hacia la ventanilla, tragándose el nudo que le apretaba la garganta. Afuera, las calles comenzaban a cerrarse: vallas blancas, arreglos florales, seguridad privada marcando el camino hacia la iglesia. Todo indicaba que estaban cerca.
Demasiado cerca.
En minutos, oficialmente, se convertiría en la hermanastra de Alessandro.
De su sombra.
¿De su acosador?
Y Valentino seguía sin aparecer.
El peso volvió a instalarse en su pecho como una losa.
Danica revisó el teléfono una vez más, casi por reflejo.
Nada.
Ni un mensaje.
Ni una llamada.
Ni siquiera una excusa tardía.
Nicole suspiró de pronto, llevándose una mano al pecho, como si el aire le faltara.
—¿Y si olvidaron el velo largo? —preguntó, alarmada—. El largo… no el otro.
Marco respondió por primera vez desde que habían subido a la limosina. Su voz fue firme, controlada, casi profesional.
—Está en el auto que va detrás. Revisado dos veces.
Nicole asintió… apenas.
No parecía tranquila.
—Más les vale.
El silencio volvió a adueñarse del interior del vehículo. Un silencio espeso, incómodo, roto solo por el suave ronroneo del motor y la respiración cada vez más tensa de Nicole.
Sofía cruzó las piernas con elegancia impecable, la espalda recta, el mentón en alto. Sabía moverse en ese tipo de escenarios; la presión no la intimidaba.
Leandro, en cambio, apoyó la cabeza contra el cristal polarizado, cerrando los ojos como si aquello fuera un espectáculo que ya conocía de memoria. Un drama más. Una crisis más de Nicole.
Danica apretó los labios.
Esta vez, la tensión no venía de los hombres.
No venía de miradas peligrosas ni de amenazas veladas.
Venía de una mujer vestida de blanco.
De su ansiedad.
De su necesidad enfermiza de control.
La limosina avanzó lentamente hasta que el sol, implacable, se reflejó sobre la fachada de la majestuosa iglesia. Mármol claro, columnas imponentes, vitrales antiguos que parecían observarlo todo desde otra época.
El vehículo se detuvo justo frente a la entrada principal.
De inmediato, el personal de seguridad se desplegó con precisión milimétrica. Todos vestían smokings negros impecables y camisas negras, sin excepción. El único toque de color era una rosa roja en la solapa, idéntica en cada uno de ellos.
Los hombres de la familia vestían igual.
Un símbolo silencioso de poder, unidad y advertencia.
El evento era digno de la realeza.
Glamour, lujo y una coreografía perfecta de movimientos calculados. Un desfile interminable de celebridades, políticos y figuras influyentes descendía de autos de alta gama mientras los reporteros se agolpaban detrás de las vallas, buscando capturar hasta el más mínimo gesto. Aquella unión prometía ser —sin exagerar— la boda del siglo.
Nicole Marie descendió finalmente del vehículo.
Radiante.
El vestido blanco, adornado con intrincados bordados dorados, se ceñía a su figura con una elegancia casi regia. Cada paso suyo parecía estudiado, ensayado para las cámaras. Su sonrisa era delicada, perfecta… pero no alcanzaba a sus ojos.
Sus ojos estaban fijos en Carlo.
Él la esperaba al final del pasillo central, vestido con un impecable traje negro que parecía hecho a medida para reforzar su autoridad natural. Carlo mantenía la espalda recta, los hombros firmes, el mentón ligeramente elevado. No necesitaba moverse para dominar el espacio; su sola presencia bastaba. Sus ojos, oscuros y atentos, seguían cada paso de Nicole como si el mundo entero se hubiese reducido a esa caminata lenta y ceremonial. Para él, cada metro que ella avanzaba no era solo parte del ritual, sino una confirmación silenciosa de que aquella mujer, con toda su luz y sus sombras, le pertenecía… y de que ella era plenamente consciente de ello.
Sin embargo, entre los murmullos contenidos de los invitados, el eco suave de la música sacra y los destellos intermitentes de las cámaras, algo más comenzaba a gestarse. No era visible a simple vista, pero se filtraba en el ambiente como una corriente subterránea: una tensión sutil, expectante, que no tenía nada que ver con el amor ni con la celebración.
Cuando llegó el momento de avanzar hacia el altar, el movimiento fue casi coreográfico. Las parejas comenzaron a caminar con paso medido, siguiendo el ritmo solemne de la ceremonia. Cedric avanzó junto a Melisa, ambos impecables, intercambiando miradas cómplices mientras intentaban mantener la compostura que exigía un evento de esa magnitud. Detrás de ellos, Sofía caminaba del brazo de Leandro. Ella, serena y elegante, parecía hecha para ese tipo de escenarios; él, relajado pero atento, le dedicó una sonrisa breve, genuina, muy distinta a la expresión ausente que había llevado durante el trayecto en la limosina.
Danica, en cambio, sintió cómo algo se tensaba en su interior cuando tuvo que tomar el brazo de Alessandro. No había rastro de Valentino. Ni una llamada, ni un mensaje, ni una explicación que justificara su ausencia. El espacio que debería haber ocupado otro fue llenado por la presencia dominante de Alessandro, cuya cercanía resultaba tan familiar como incómoda. Él la guió con firmeza, sin apretarla, pero dejando claro que estaba ahí, que no pensaba desaparecer, y que cada paso que daban juntos era observado con atención por más de un par de ojos curiosos.
La ceremonia continuó sin interrupciones aparentes. Los votos se intercambiaron con solemnidad, las palabras cuidadosamente elegidas resonaron bajo la bóveda de la iglesia y el beso que selló la unión provocó aplausos, sonrisas y murmullos emocionados entre los invitados. Fue el momento exacto que todos esperaban.
Para Alessandro, sin embargo, todo aquello era apenas un ruido lejano, una escenografía perfectamente montada que no lograba capturar su atención. Sus pensamientos estaban anclados en Danica, en la forma en que evitaba mirarlo, en la rigidez contenida de su postura, en esa mezcla peligrosa de desafío y vulnerabilidad que siempre lograba desarmarlo y enfurecerlo al mismo tiempo. Había algo en ella que no podía controlar… y esa certeza lo irritaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.
La salida de los novios fue recibida con una explosión de luz, aplausos y movimiento. Las puertas de la iglesia se abrieron por completo y el sol inundó el atrio, arrancando destellos al mármol y a los bordados dorados del vestido de Nicole. Afuera, el carruaje los esperaba: blanco, ornamentado con detalles dorados, tirado por dos caballos imponentes que resoplaban con elegancia entrenada. Todo era excesivo, teatral, perfectamente calculado.
Nicole avanzó tomada del brazo de Carlo, radiante, levantando apenas la mano para saludar como si hubiese ensayado ese gesto toda su vida. Justo cuando descendieron los primeros escalones, un grupo de palomas fue liberado al aire. Las aves alzaron el vuelo en una nube blanca que arrancó exclamaciones emocionadas entre los invitados.
Danica, que observaba la escena desde un costado, giró los ojos sin siquiera intentar disimularlo.
—Por supuesto… —murmuró para sí—. Palomas. Porque mi madre se cree una princesa de Disney.
Sofía, a su lado, apenas reprimió una sonrisa.
El ruido aumentó. Los invitados salieron en bloque, los fotógrafos gritaban indicaciones, los flashes explotaban sin tregua y el carruaje comenzó a moverse lentamente, escoltado por seguridad. Todo el mundo estaba distraído. Era el momento perfecto.
Danica apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando sintió la mano de Alessandro cerrarse alrededor de su muñeca. No fue brusco, pero sí decidido. Antes de que pudiera protestar, él ya la estaba guiando de vuelta al interior de la iglesia, aprovechando el caos, las puertas aún abiertas y la atención completamente volcada en los recién casados.
—¿Qué haces? —susurró ella, intentando soltarse.
—Calla —respondió él, con una sonrisa ladeada—. Es una iglesia. Sé respetuosa.
La arrastró por un pasillo lateral, lejos de las miradas, hasta empujarla suavemente dentro de un confesionario vacío. El confesionario era una reliquia antigua, de madera oscura y tallada, con el barniz gastado por décadas de secretos susurrados y pecados callados. El aire ahí dentro estaba cargado, denso, mezclando incienso viejo con algo más humano, más caliente.
La madera crujió al cerrarse la pequeña puerta y el espacio se llenó de un silencio espeso, cargado de incienso antiguo y secretos ajenos. Alessandro entró con ella, demasiado grande para un lugar tan estrecho, obligándola a retroceder hasta chocar con el respaldo acolchado.
Danica alzó la barbilla, furiosa.
—Estás loco.
—Probablemente —admitió él, acomodándose frente a ella con absoluta calma—. Pero dime… ¿no se siente apropiado? Confesarse el día de la boda de nuestros padres.
Ella apretó los labios, negándose a responder. Alessandro inclinó un poco la cabeza, observándola con atención descarada.
—Déjame adivinar —continuó, divertido—. Tu Valentino sigue sin aparecer.
El nombre cayó entre ellos como una provocación directa.
—No es asunto tuyo.
Él soltó una risa baja, grave, que hizo vibrar el espacio reducido.
—Todo lo que te pasa es asunto mío, Danica. Especialmente ahora.
Ella lo miró con furia contenida.
—No te hagas ilusiones.
—Oh, no me las hago —respondió él, acercándose apenas un poco más, lo suficiente para invadir su espacio—. Me limito a disfrutar del espectáculo. Mi padre y tu madre se van de luna de miel. Lejos. Muy lejos. Y adivina quién se queda a cargo de ti.
El subió su mano derecha y acomodo un mechón de cabello detrás de la oreja, ella cerro los ojos involuntariamente, mientras sentía un escalofrío atravesarle la espalda.
—No necesito que me cuides— dijo abriendo los ojos y lanzándole una mirada amenazante.
—Nunca dije que fuera a cuidarte —replicó él, con una sonrisa peligrosa—. Dije que me quedaré a cargo. Hay una diferencia enorme.
El silencio volvió a cerrarse sobre ellos, denso, cargado de cosas no dichas. Afuera, los aplausos y la música se oían amortiguados, como si pertenecieran a otro mundo. Dentro del confesionario, Alessandro la observaba con esa mezcla de burla y atención que siempre lograba sacarla de quicio.
—Tal vez deberías rezar —añadió, en voz baja—. Porque si tu Valentino no aparece pronto… vas a necesitar mucha fe para soportarme.
Danica sostuvo su mirada, negándose a retroceder, aunque su corazón latía con fuerza desmedida. Sabía que aquello no mas que solo una provocación de Alessandro, quería hacerla reaccionar, pero no lo lograría.
Danica intentó apartarse primero con el cuerpo, luego con el gesto. Empujó el panel de madera del confesionario para salir, el corazón golpeándole con fuerza en el pecho, cuando Alessandro se movió con una calma peligrosa y se sentó en el estrecho asiento reservado al sacerdote.
La luz entraba apenas por las celosías, dibujando sombras irregulares sobre su rostro y marcando la línea de su mandíbula con un dramatismo casi obsceno.
—¿Te vas tan rápido? —preguntó, divertido, como si todo aquello fuera un juego privado.
Antes de que pudiera responder, Alessandro la tomó de la cintura. No fue brusco. Fue firme. Seguro. La atrajo hacia él con un solo movimiento, dejándola de pie entre sus piernas, apretándola mucho con lo que esperaba fuera su celular dentro de sus pantalones.
Danica inhaló con fuerza.
—Alessandro… —intentó advertir, pero su voz salió más baja de lo que pretendía.
Él alzó la mano y le tomó el cuello, justo ahí donde el pulso la delataba. Sus dedos no apretaron; marcaron. La sostuvieron como si ese simple gesto bastara para anclarla al suelo. Sus pulgares rozaron su piel con una lentitud que prometía demasiado.
—Mírate —murmuró—. Tan desesperada por irte… y sin embargo sigues aquí.
Antes de que pudiera reunir fuerzas para responder, Alessandro la besó.
No fue un beso apresurado ni torpe. Fue profundo, medido, cargado de una posesión que no pedía permiso. Sus labios se movieron con los de ella como si la conocieran de memoria, como si supieran exactamente cuánto presionar, cuándo retirarse apenas para volver a atraparla.
Y Danica no se resistió.
No lo empujó.
No giró el rostro.
No huyó.
Sus manos se quedaron suspendidas un segundo en el aire… y luego descendieron, apoyándose en sus hombros, más por necesidad que por decisión consciente. El mundo fuera del confesionario desapareció: no había iglesia, ni invitados, ni carruajes esperando. Solo la madera crujiente, la respiración entrecortada y ese beso que la desarmaba sin tocarla demasiado.
Se separaron apenas para tomar aire.
Alessandro no la soltó del cuello. Su pulgar seguía ahí, marcando el ritmo de su pulso acelerado. La miraba con una sonrisa ladeada, divertida, peligrosa, como si acabara de confirmar algo que llevaba tiempo sabiendo.
Danica lo observaba en silencio, los labios aún entreabiertos, la sorpresa dibujada con claridad en su rostro.
No por él.
Por ella.
Por no haber puesto resistencia.
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