Susurros de Sangre y Deseo - Capítulo 38
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Capítulo 38: Capitulo 38
“Cuando la felicidad se exhibe bajo las luces, siempre hay alguien contando los segundos para apagarlo todo.”
El salón de baile vibraba con una elegancia ensayada: luces cálidas deslizándose por las molduras doradas, música suave que pretendía ser romántica, copas tintineando como si celebraran algo más que una unión estratégica. Los novios giraban en el centro de la pista, envueltos en aplausos correctos, sonrisas medidas, miradas que calculaban alianzas.
Danica no veía nada de eso.
Sentada en uno de los extremos de la mesa principal, mantenía la espalda recta y las manos quietas sobre el mantel blanco, aunque por dentro todo en ella estaba en desorden. El peso regresó a su pecho sin pedir permiso, denso, incómodo. El recuerdo del confesionario se le instaló en la piel como una mancha imposible de borrar.
La iglesia.
El silencio sagrado.
La madera oscura cerrándose alrededor de ellos.
El beso.
Un beso que no debió existir.
Sintió un nudo en el estómago, una mezcla de culpa y algo más oscuro, más difícil de nombrar. No era solo el hecho de haber besado a Alessandro. Era dónde había ocurrido. La idea de haber profanado un espacio hecho para absoluciones la hacía sentirse sucia, como si llevara el pecado marcado en la piel, visible para cualquiera que supiera mirar.
Bajó la vista a su copa y dio un sorbo pequeño, innecesario. El champagne ya no le sabía a nada.
Y aun así, la otra parte de su tormento seguía intacta.
Valentino no estaba.
No en la iglesia.
No en la ceremonia.
No ahora, cuando la fiesta ya había comenzado.
La molestia le subió como una quemadura lenta. No era solo la ausencia; era el silencio. Ni una llamada. Ni un mensaje. Nada que explicara por qué había desaparecido justo hoy, justo cuando habían quedado de llegar juntos, cuando ella lo había esperado con una mezcla absurda de nervios y expectativa.
Quizá así son todos, pensó con amargura. Aparecen cuando quieren. Desaparecen cuando más duele.
Sofía y Leandro reían a unos metros, cómodos en su burbuja privada, ajenos al caos interno de Danica. Cedric y Melisa no estaban en la mesa, y ella ni siquiera necesitó buscarlos para saber por qué. Aquello solo reforzó su sensación de estar fuera de lugar, atrapada en una fiesta que no le pertenecía del todo.
La rabia terminó de asentarse cuando vio a otra pareja alejarse de la pista, demasiado cerca, demasiado cómplices.
Fue suficiente.
Se levantó con un movimiento seco, ignorando las miradas curiosas, y caminó hacia el balcón como si el aire mismo la estuviera llamando. Al salir, la brisa nocturna le golpeó el rostro y agradeció el frío, agradeció cualquier cosa que no fuera el calor de sus pensamientos.
El mar se extendía frente a ella, negro y brillante bajo la luna. El sonido lejano de las olas le dio una calma momentánea. Apoyó las manos en la baranda, cerró los ojos y respiró.
Esto es real, pensó. Esto no miente.
Los De la Marca podían comprar iglesias, salones, orquestas y silencios. Pero no podían controlar ese instante, sola bajo las estrellas, con el vestido moviéndose al ritmo del viento.
Entonces lo sintió.
Un roce cálido en su espalda desnuda, lento, deliberado.
Todo su cuerpo se tensó… y supo quién era incluso antes de escucharlo.
—Un penique por tus pensamientos.
La voz de Valentino le recorrió la espalda como una descarga. Danica abrió los ojos y giró despacio, con una sonrisa que no planeaba, que no decidió. Simplemente ocurrió.
Ahí estaba.
Impecable en su traje negro, los ojos verdes brillando como si fuera un cazador que acaba de encontrar a su presa. El cabello apenas desordenado, como si hubiera llegado sin prisa, como si no hubiera dejado a nadie esperando.
Toda la molestia que había acumulado durante horas se evaporó en un segundo. No desapareció del todo; simplemente cambió de forma, volviéndose más blanda, menos afilada, como una herida que deja de sangrar pero sigue doliendo al tacto. El enojo cedió espacio a algo más peligroso: vulnerabilidad. Y también alivio, aunque no quisiera admitirlo.
—Llegas tarde —dijo, cruzando los brazos con un intento fallido de firmeza.
Su voz la traicionó. No hubo reproche real en ella, solo una grieta apenas disimulada.
Valentino sonrió, ladeando apenas la cabeza. No era una sonrisa apurada ni defensiva; era lenta, segura, cargada de esa calma insolente que siempre lograba desarmarla. En ese gesto había una promesa silenciosa de explicaciones… y de problemas que aún no estaban listos para nombrarse.
Danica sostuvo su mirada un segundo más de lo necesario. Buscó enojo en su interior, encontró preguntas. Demasiadas. Sintió el impulso de reclamarle, de recordarle que lo había esperado, que hoy no era un día cualquiera. Pero las palabras salieron teñidas de algo más suave, más honesto.
—¿Qué te retuvo tanto?
Valentino la observó con atención, como si estuviera midiendo qué parte de la verdad podía entregarle sin romper el momento. En sus ojos brilló una chispa de diversión… y algo más oscuro que Danica no logró descifrar del todo.
—Negocios —respondió con simpleza.
Antes de que ella pudiera insistir, él tomó su mano con una naturalidad que la hizo estremecer. El contacto fue firme, decidido, como si nunca hubiera existido la posibilidad de que ella se negara.
—Vamos a bailar.
Danica lo miró durante un segundo, intentando decidir si aquello era una evasión descarada o una invitación imposible de rechazar. No tuvo tiempo de resolverlo. Valentino ya la estaba guiando de regreso al salón, atravesando las puertas como si el mundo entero se abriera para dejarlos pasar.
El murmullo de las conversaciones disminuyó notablemente al verlos entrar juntos. Las miradas se clavaron en ellos con descaro, curiosidad y cálculo. Danica lo notó todo, aunque intentó fingir que no. Valentino, en cambio, parecía completamente ajeno a la atención… o peor aún, parecía disfrutarla.
Ella se sintió atrapada entre dos impulsos opuestos: desaparecer bajo el peso de tantas miradas o alzar la barbilla y demostrar que estaba exactamente donde debía estar. Eligió lo segundo.
Cuando llegaron al centro de la pista, Valentino colocó una mano firme en su cintura. El contacto fue preciso, íntimo sin ser posesivo, y bastó para que el calor le subiera por el cuerpo. La música los envolvió, marcando un ritmo lento, casi hipnótico. Danica alzó la vista y sus ojos se encontraron con los de él.
Había algo en su mirada que la hacía sentirse expuesta… y poderosa al mismo tiempo.
—¿Sabes que todos nos están mirando? —murmuró, acercándose apenas para que solo él pudiera oírla.
Valentino inclinó la cabeza hacia ella, su sonrisa ladeada cargada de descaro.
—Déjalos mirar —respondió en voz baja—. No hay nada más fascinante que una mujer hermosa disfrutando del momento.
El rubor le subió a las mejillas, pero no apartó la mirada. En ese instante, todo lo demás se volvió ruido lejano: Alessandro, la culpa, el confesionario, las sombras de la familia De la Marca. Incluso Sofía y Leandro, incluso los ausentes.
Solo existían ellos dos, girando lentamente bajo las luces doradas, envueltos en una burbuja frágil hecha de música, cercanía y promesas que aún no se atrevían a nombrar. Por unos minutos, fingieron que el mundo no exigía explicaciones, que no había cuentas pendientes ni silencios incómodos esperando ser llenados.
Pero no todos compartían esa ilusión.
Desde una esquina discreta del salón, parcialmente oculta por una columna de mármol y el ir y venir de los invitados, unos ojos ámbar los observaban con una intensidad peligrosa. Alessandro permanecía inmóvil, la espalda recta, el cuerpo tenso como un arma cargada. No necesitaba moverse. No necesitaba hablar. La rigidez de su mandíbula y la forma en que sus dedos se cerraban lentamente alrededor de la copa del whisky decían todo lo que su silencio callaba. Cada giro de Danica, cada sonrisa que ella le regalaba a Valentino, era una provocación directa, un recordatorio que le quemaba bajo la piel.
Mientras tanto, en el centro de la pista, Danica y Valentino seguían bailando como si fueran los únicos en el mundo. Él la guiaba con una seguridad natural, casi arrogante, y ella se dejaba llevar, el cuerpo relajado, la sonrisa suave y genuina, una que no había ensayado frente a ningún espejo. Esa expresión no pasó desapercibida. Algunos invitados intercambiaron miradas cargadas de curiosidad; otros murmuraron sin disimulo, evaluando lo que veían como si se tratara de una jugada arriesgada dentro de un tablero demasiado conocido.
Las cámaras no tardaron en aparecer. Destellos breves, insistentes, capturaron cada giro elegante, cada mirada cómplice, cada segundo en que la mano de Valentino descansaba con naturalidad en la cintura de Danica. Ella lo notó, supo que esas imágenes recorrerían portales, columnas sociales y conversaciones privadas al día siguiente. Y, por primera vez en toda la noche, no le importó.
En ese instante, sentía que todo estaba exactamente donde debía estar. Que el peso en su pecho se había disipado. Que la ausencia, la culpa y las dudas podían esperar.
O al menos, eso creyó.
Porque mientras ella se perdía en los brazos de Valentino, ajena al resto del salón, los ojos ámbar seguían fijos en ellos desde las sombras, calculando, recordando… prometiendo, en silencio, que aquella calma no duraría para siempre.
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