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Susurros de Sangre y Deseo - Capítulo 39

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Capítulo 39: Capitulo 39

“Algunas decisiones no se toman con la cabeza, sino con la herida que aún no ha sanado.”

La ciudad dormía cuando llegaron a la casa de Valentino.

El auto avanzó por una calle silenciosa, lejos del bullicio del centro, hasta detenerse frente a una propiedad que no buscaba llamar la atención… y aun así imponía respeto. Vallas altas de hierro negro rodeaban todo el perímetro, rematadas con puntas discretas, elegantes y peligrosas a la vez. Cámaras de seguridad seguían cada movimiento desde lo alto, pequeñas luces rojas parpadeando en la oscuridad como ojos vigilantes.

El portón automático se abrió con un deslizamiento suave y pesado, metálico, dejando entrar al vehículo después de una breve confirmación por radio.

Danica se tensó sin darse cuenta.

El jardín frontal era amplio, perfectamente cuidado, con arbustos recortados al milímetro y senderos de piedra iluminados por luces bajas. Todo era sobrio, caro… blindado. Demasiado.

Al descender del auto, notó a dos hombres apostados cerca de la entrada principal. Trajes oscuros, manos visibles, miradas que lo registraban todo. Más adelante, otro par recorría el perímetro con una naturalidad ensayada.

Seguridad. En todas partes.

Un escalofrío le recorrió la espalda.

Por un instante, la imagen de la casa de Carlo se superpuso sin permiso: las mismas vallas, el mismo silencio controlado, la misma sensación de que cada paso estaba siendo observado. Danica inspiró hondo, tratando de sacudirse el recuerdo.

—¿Todo bien? —preguntó Valentino, notando su rigidez.

Ella asintió, aunque su mirada seguía recorriendo el lugar.

—Es solo que… —dudó— me recordó a otro sitio.

Valentino frunció el ceño apenas y luego suspiró, como si supiera exactamente a qué se refería.

—Tuve que hacerlo —dijo con calma—. He recibido amenazas últimamente. Nada grave, pero suficientes como para no tomar riesgos.

Danica lo miró, sorprendida.

—¿Amenazas?

—Sí —respondió, restándole peso con un gesto—. Parte del negocio. Ya sabes cómo es esto.

No, pensó ella. No lo sabía del todo.

La puerta principal se abrió antes de que tocaran. Un hombre mayor, impecable, los saludó con un leve asentimiento y se retiró sin hacer preguntas. Dentro, la casa era amplia, de líneas modernas, con ventanales que daban al jardín posterior y una iluminación tenue que acentuaba la madera oscura y el mármol pulido.

Todo era elegante.

Todo era seguro.

Todo estaba demasiado preparado para una vida tranquila.

Valentino dejó las llaves sobre la mesa del recibidor con un gesto despreocupado y se volvió hacia ella, dedicándole una sonrisa suave, de esas que parecían hechas para desarmar defensas.

—Estás a salvo aquí —dijo, con una convicción que no admitía discusión.

Danica le devolvió la sonrisa, aunque algo en su pecho no terminó de relajarse.

El interior de la casa se abría ante ellos como un santuario moderno. Techos altos, paredes de tonos oscuros, iluminación cálida cuidadosamente distribuida para no dejar sombras incómodas… o tal vez para controlarlas. El silencio era absoluto, interrumpido solo por el leve zumbido de los sistemas de seguridad y el eco apagado de sus pasos sobre el mármol.

Valentino cerró la puerta tras ellos con un clic suave pero definitivo.

—Ven —murmuró, acercándose—. Relájate un poco.

Le tomó el rostro entre las manos con una delicadeza estudiada, como si supiera exactamente dónde tocar para distraerla de cualquier pensamiento incómodo. Sus pulgares trazaron líneas lentas sobre su mandíbula, descendieron por su cuello, anclándola al presente.

Danica pensó, muy en el fondo, que todo aquello —las cámaras, los guardias, las amenazas dichas con ligereza— deberían haberle encendido alarmas. Banderas rojas ondeando con paciencia.

Pero cuando se trataba de Valentino, sus defensas siempre bajaban primero.

El beso llegó sin prisa, suave, casi reverente. No fue un asalto, sino una invitación. Un gesto pensado para tranquilizar, para envolver.

No había urgencia.

No había necesidad de demostrar nada.

Solo la confirmación silenciosa de que, después del caos, las ausencias, las miradas cruzadas y las dudas que habían colgado toda la noche… él estaba ahí.

—Te extrañé —murmuró ella contra sus labios, sin reproches, sin dramatismos.

Valentino sonrió apenas, apoyando la frente contra la de ella, respirando el mismo aire.

—Estoy aquí ahora.

La tomó de la mano y la condujo hacia la sala principal. El espacio se abría frente a ellos con una elegancia íntima: un sofá amplio, empotrado a nivel del suelo, cubierto de cojines claros, orientado hacia una fogata encendida que crepitaba con suavidad. Más allá, los ventanales ofrecían una vista limpia del jardín nocturno, oscuro y perfectamente custodiado.

Sobre una mesa baja, dos copas de champagne ya servidas esperaban, como si alguien hubiera anticipado el momento.

Otro detalle que Danica registró… y decidió no cuestionar.

Valentino la atrajo hacia el sofá con una paciencia que la desarmó. No hubo prisa, no hubo urgencia torpe. Solo besos lentos, profundos, como si estuviera memorizando la forma de su boca, como si quisiera convencerla —y convencerse— de que nada más importaba.

Danica sintió la espalda contra los cojines de cuero, el crepitar del fuego marcando un ritmo íntimo, casi hipnótico. Sus manos recorrieron su cintura, subieron por su espalda con una suavidad calculada, provocadora. Cuando sus dedos encontraron el cierre del vestido, no lo bajó de inmediato. Primero la besó otra vez. Luego, con deliberada lentitud, dejó que la tela cediera centímetro a centímetro.

El vestido no cayó de golpe.

Resbaló.

Deslizándose por sus hombros desnudos, por sus brazos, por sus muslos, hasta quedar abandonado a los pies del sofá como una promesa rota. Valentino no apartó la mirada ni un segundo. Sus ojos la recorrieron sin prisa, con admiración abierta, como si Danica fuera algo precioso que se le había concedido tocar.

—Estás temblando —murmuró, más atento que sorprendido.

No lo negó.

Él sonrió apenas y tomó una manta, envolviéndola con cuidado, como si el gesto fuera una caricia más. La acomodó sobre sus piernas, la acercó a su pecho, y entonces sus dedos subieron hasta su cabello. Deshizo el peinado con paciencia, soltando mechón por mechón, hasta que su melena cayó libre sobre sus hombros.

Danica cerró los ojos.

El champagne burbujeó en su garganta, el calor de su cuerpo se filtró en cada rincón del suyo, y por primera vez en mucho tiempo no pensó en Alessandro, ni en el control, ni en las advertencias silenciosas que siempre la seguían. Pensó que así debía sentirse confiar. Pensó que quizá… esta vez… podría ser distinto.

Casi perfecto.

Las manos de Valentino siguieron explorando, lentas, seguras. Sus pulgares trazaron círculos perezosos sobre su piel, provocándole escalofríos que no tenían nada que ver con el frío. Danica respiraba entrecortado, el corazón golpeándole con fuerza, la idea peligrosa formándose en su mente: tal vez esta podría ser mi primera vez.

Y por primera vez en toda la noche, se permitió relajarse de verdad.

Hasta que su teléfono vibró.

Una vez.

Luego otra.

Y otra más.

El sonido era distinto. Insistente. Cortante. No el de alguien que felicita ni el de una llamada perdida por descuido.

Danica frunció el ceño.

—¿No lo vas a ignorar? —preguntó Valentino con una sonrisa ladeada, aún distraído. Ella negó despacio, estirando la mano hacia la mesa baja.

La pantalla se iluminó.

Número desconocido.

Un mensaje.

Luego otro.

La pantalla brilló con una luz cruel.

La primera imagen apareció lentamente, como si el teléfono supiera que necesitaba prolongar el golpe.

Un restaurante elegante.

Demasiado elegante.

Danica reconoció el lugar al instante. Es el restaurante del campus. La misma iluminación cálida, las mesas perfectamente dispuestas, las copas de vino reflejando destellos dorados.

Y entonces la vio.

Sentada frente a él.

Lucía Fontenelle.

La misma que Danica recordaba con una punzada amarga: la había visto entrar aquel día. En ese momento había pensado que no significaba nada. Ahora, la imagen le devolvía la risa… íntima, cercana, demasiado cómoda.

Valentino estaba inclinado hacia ella. Sonriendo como si nada más existiera.

El estómago de Danica se cerró.

Deslizó el dedo con manos que empezaban a temblar.

La segunda foto fue un golpe más bajo.

Ellos caminando por una calle comercial. Bolsas de compras en las manos. Dedos entrelazados con una naturalidad obscena. En otra, compartían un helado, ella inclinándose hacia él, Valentino riendo, relajado, feliz.

No era una aventura escondida.

Era una vida.

El sonido del fuego crepitando detrás de ella se volvió insoportable.

Otra imagen.

Una fiesta.

Luces, gente alrededor, copas levantadas. Y en el centro… ella, a horcajadas sobre Valentino, besándolo sin pudor, sin prisa, sin vergüenza. Sus manos en él. Su cuerpo reclamándolo frente a todos.

Había testigos.

Había certeza.

Danica sintió cómo algo se rompía dentro de su pecho.

El último archivo no era una foto.

Era un video.

No necesitó verlo completo.

Bastó con reconocer el encuadre, los cuerpos, la intimidad innegable de lo que ocurría.

El mundo se le apagó de golpe.

El aire dejó de entrarle a los pulmones, como si algo invisible le hubiera cerrado la garganta desde dentro. El sonido del fuego, la casa, incluso la voz de Valentino… todo se volvió lejano, distorsionado.

Su rostro cambió.

La calidez se evaporó en un segundo, reemplazada por un frío absoluto que le recorrió la piel como una descarga.

—Danica… —empezó Valentino, incorporándose de golpe, alarmado.

Ella se levantó de un salto.

La manta resbaló hasta el suelo.

Buscó su vestido con movimientos torpes, desesperados, vistiéndose a medias, el cierre mal colocado, una manga aún caída. Sus manos temblaban tanto que apenas lograba sostener la tela. El corazón le golpeaba el pecho con violencia, la cabeza le zumbaba como una alarma.

—Llama a alguien —dijo, con la voz quebrada pero firme—. Que me lleve a mi casa. Ahora.

—¿Qué pasa? —insistió él, avanzando un paso—. Danica, mírame.

Ella giró el teléfono hacia él con un movimiento brusco.

—¿Por eso no llegabas a la boda? — suspiro pesadamente — estabas con tu novia.

La pantalla iluminó su rostro.

Valentino palideció apenas… y luego negó con la cabeza, rápido, demasiado rápido.

—Eso no es real —dijo—. No soy yo. Alguien está jugando contigo.

Danica soltó una risa corta, incrédula, rota.

—¿Jugando conmigo? —repitió—. ¿En serio vas a decirme eso mientras estás ahí, con tu cara, con tu voz, con tu cuerpo?

—Es mentira —insistió, elevando la voz—. Te lo juro. No sé quién te mandó eso, pero no es lo que crees.

—¿Entonces quién es el que besa a esa mujer? —le espetó—. ¿Quién la lleva de la mano, la que monta frente a todos?

Él intentó acercarse.

Danica retrocedió.

—No te vayas —dijo Valentino, ahora con un filo peligroso en la voz—. No puedes irte así.

—Mírame bien —escupió ella—. No me digas qué puedo o no hacer.

—Danica, basta —gruñó—. Estás exagerando.

Ese fue el momento.

El quiebre.

—¡No! —giró de golpe, retrocediendo—. No quiero escucharte.

Agarró lo primero que tuvo a la mano.

Un cojín.

Lo lanzó con toda la fuerza que le quedaba.

Le dio en el pecho.

Luego una copa vacía, que se estrelló contra la pared con un estallido seco.

—No te acerques —advirtió, con los ojos brillantes de rabia y humillación—. No digas nada más.

Valentino perdió la sonrisa.

Perdió la calma.

—¡Danica, carajo! —rugió—. ¡Deja de hacer un drama!

Intentó sujetarla del brazo.

Ella gritó.

Arrojó un portarretratos que se hizo añicos contra el suelo. Una botella sin abrir rodó violentamente hasta chocar contra un mueble.

—¡Suéltame! —le gritó—. ¡Suéltame ahora!

Pero él ya no estaba escuchando.

En dos pasos la tenía contra la pared.

La aprisionó con el cuerpo antes de que pudiera reaccionar.

La pared fría chocó contra su espalda y el impacto le arrancó el aire. Una mano se clavó en el muro junto a su cabeza con tal fuerza que el golpe resonó en la habitación; la otra se cerró alrededor de su cuello, no para estrangularla del todo, sino lo suficiente para recordarle que podía hacerlo.

El mundo se encogió.

El oxígeno dejó de llegarle con normalidad y el pecho le ardió. Un sonido ahogado escapó de sus labios mientras su cuerpo reaccionaba antes que su mente, luchando por aire.

Valentino estaba demasiado cerca.

Demasiado grande.

Demasiado ajeno.

Su respiración era errática, pesada, desordenada. Los músculos tensos, la mandíbula desencajada, los ojos oscuros… irreconocibles. No había rastro del hombre que la había besado minutos antes. No había ternura. No había control.

Danica entró en pánico.

Su respiración se volvió corta, desesperada, el pulso golpeándole los oídos con violencia. Por un segundo horrible, pensó que no podría hablar. Que no podría moverse. Que nadie la escucharía.

Ese hombre no era Valentino.

Esto no era el juego peligroso, tenso, casi provocador que tenía con Alessandro.

Aquello, con Alessandro, siempre había sido un tira y afloja consciente. Pesado. Intenso. Pero conocido.

Esto no.

Esto era perder el suelo.

Esto era miedo real.

—No te vas —gruñó Valentino entre dientes, inclinándose aún más—. No después de esto.

Ella logró tragar saliva con dificultad.

—Valentino… —su voz salió rota, frágil—. Me estás asustando.

Sus dedos se tensaron un segundo más.

No apretó… pero tampoco aflojó.

—Deja de provocar —escupió—. Tú no entiendes cómo funcionan las cosas.

El miedo le atravesó el pecho como un cuchillo, limpio y profundo. Le nubló la vista, le aflojó las piernas.

Reuniendo el poco aire que le quedaba, habló.

—Si… si me pasa algo —dijo, cada palabra un esfuerzo—, Alessandro y Leandro vendrán por ti.

El silencio cayó como un disparo en una habitación cerrada.

Valentino se quedó inmóvil.

Su mano no se retiró de inmediato.

Sus ojos se clavaron en los de ella, furiosos… y entonces algo cambió. El cálculo sustituyó a la ira. La evaluación fría. El peso de las consecuencias.

—No los metas en esto —advirtió, apretando la mandíbula.

—Ya están metidos —susurró Danica, con lágrimas acumulándose sin caer—. Y si no me dejas ir ahora… te juro que no te van a dejar respirar.

Por un segundo eterno, creyó que no la soltaría.

Que ese segundo sería el que lo cambiaría todo.

Entonces, de golpe, la liberó.

Danica se dobló ligeramente hacia adelante, aspirando aire con desesperación, el cuello ardiéndole, el cuerpo temblándole sin control.

No esperó.

Recogió lo poco que pudo, el vestido mal puesto, las manos torpes, el corazón desbocado, y salió de la casa casi corriendo, con el miedo tatuado en la piel.

Detrás de ella, la puerta se cerró con un golpe seco, definitivo.

Valentino se quedó solo, rodeado de cristales rotos, con los nudillos blancos y la respiración aún agitada.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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