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Susurros de Sangre y Deseo - Capítulo 4

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Capítulo 4: Capitulo 4

“El fuego nunca se apaga por completo, solo se oculta hasta que un nuevo viento lo aviva.”

El reloj marcaba las 7:20 p.m. Danica, de pie frente al espejo, se debatía entre la resignación y el desprecio. Su cabello caía en ondas perfectas sobre sus hombros desnudos, y su maquillaje impecable resaltaba la intensidad de sus ojos, ahora cargados de una fría determinación. Sin embargo, el vestido que Alessandro había dejado para ella… bueno, eso era otra historia. Negro, corto y de encaje, parecía más una provocación calculada que una prenda de vestir.

«Ahora entiendo por qué Alessandro siempre anda rodeado de cualquier zarrapastrosa que se cruza en su camino», pensó, dejando escapar un suspiro de frustración. Aun así, no pudo evitar admitir que las joyas eran otra cosa. Una gargantilla de diamantes, delgada pero lujosa, sostenía un colgante azul en forma de gota: “Gota de la Luna”, una pieza de diseño exclusivo. Lo acompañaban una pulsera fina y unos aretes a juego, irradiando un brillo frío y exquisito.

—Al menos para los brillantes tiene algo de clase —murmuró con amarga ironía.

Negándose a seguir su juego, Danica se dirigió al vestidor y eligió un vestido diseñado por su madre. Negro como una noche sin estrellas, largo y de seda, abrazaba su figura como una segunda piel. Una abertura atrevida ascendía hasta su cadera, revelando su pierna con una mezcla letal de descaro y elegancia. El escote en forma de corazón y los finos tirantes acariciaban su piel, mientras el corsé realzaba sus curvas de manera sutil pero provocativa.

Cuando terminó de ajustarlo, un escalofrío recorrió su espalda. Al alzar la vista, lo vio en el espejo.

Allí estaba Alessandro, apoyado casualmente en el marco de la puerta, observándola como un cazador contempla a su presa.

—¿Seguirás apareciendo sin avisar? —preguntó ella con voz firme, sin dignarse a girarse del todo.

—Vámonos, o llegaremos tarde —respondió Alessandro, su tono cortante como una navaja antes de darse media vuelta y desaparecer por el pasillo.

El trayecto al restaurante transcurrió envuelto en un silencio denso. Para Danica, era como si los dos años de ausencia no hubieran significado nada. El corazón aún le latía de forma traicionera cada vez que él estaba cerca.

Alessandro rompió la tensión:

—Te queda bien ese vestido —comentó, sin apartar la mirada del camino.

Ella cruzó las piernas con elegancia, ignorándolo por completo. Pero Alessandro no se detuvo.

—Espero que no te sorprenda la cantidad de reporteros. Papá ha reservado todo el restaurante. Cuida tus palabras… y también tus silencios —advirtió, su voz teñida de autoridad.

Danica apretó los labios, conteniendo una respuesta afilada que palpitaba en su lengua. Como siempre, Alessandro dictaba las reglas de un juego que ella nunca había aceptado jugar.

—Así será tu vida ahora —añadió con una sonrisa enigmática—. Espero que estés a la altura del nombre La Marca.

Al llegar al evento, Danica sintió el peso de las expectativas sobre sus hombros.

Los autos de lujo se alineaban frente al restaurante más exclusivo de la costa italiana, rodeado por una marea de cámaras, flashes y reporteros hambrientos de escándalos, todos habían sido llamados por Carlo de la Marca, soltero mas codiciado por fin encontró el amor

Cuando la puerta del auto principal se abrió, el murmullo de la prensa se convirtió en una ráfaga de gritos.

—¡Alessandro! ¡Alessandro De La Marca, aquí!

—¿Es cierto que usted es quien dirige a la familia?

Las preguntas hacia Alessandro siempre llevaban ese todo, todos sabían que el era quien organizaba a la familia y sabían tambien que tenían mucha fachadas, la favorita de todos, ja industria de la joyeria fina.

—¿Quién es la joven a su lado? ¿Su prometida? ¿La protegida del nuevo Don?

Danica, sintió cómo las preguntas la apuñalaban más que los flashes. Iba del brazo de Alessandro, cuya mano no se movía de su cintura ni un centímetro, posesiva, firme, como una advertencia.

Alessandro sonrió a los fotógrafos con una arrogancia medida y se detuvo, permitiendo que lo enfocaran.

—Ella es Danica. Y no responderé a ninguna pregunta que no pase primero por mí —dijo con esa voz grave que imponía silencio incluso entre los más atrevidos— Y sí, como el administrador de industrias de La Marca, seré yo quien establezca los términos de nuestras nuevas alianzas. Cualquier intento de distorsionar eso será corregido.

El tono final no dejó lugar a interpretaciones. Los reporteros retrocedieron un paso, sabiendo que detrás de ese joven atractivo y elegante se escondía algo letal.

Un periodista, sin embargo, arriesgó una pregunta más personal

—Señorita Danica, ¿Qué se siente ser la nueva princesa de una familia tan poderosa?

Danica abrió los labios, dudando. Pero no tuvo tiempo de responder.

—Ella no tiene que sentir nada —interrumpió Alessandro, apretando sutilmente su cintura—. Está segura. Bajo mi nombre, bajo mi protección. Y eso es todo lo que deben saber.

El mensaje era claro: Danica era intocable. Y le pertenecía.

Leandro, quien los observaba desde unos pasos más atrás, sonrió de lado al escuchar a su hermano.

—Qué cabrón controlador —susurró para sí con diversión, acomodando su saco mientras ignoraba olímpicamente a los flashes—. Igualito a papá.

Luego, con su tono usual, añadió al pasar junto a un reportero

—Pregunten por el vino. Yo lo elegí. El resto… es cosa de mi hermano y sus demonios.

Los periodistas rieron nerviosamente, pero los ojos seguían clavados en Alessandro y Danica. La pareja más enigmática de la noche.

Dentro del restaurante, el ambiente era una farsa cuidadosamente orquestada. Las luces, las risas forzadas, los brindis vacíos. Cada paso de Danica era como desfilar en una cuerda floja. Cada mirada, una inspección. Y siempre, siempre, los ojos de Alessandro ardiendo sobre su piel desnuda.

Las cámaras giraron hacia la pareja central de la noche Nicole Marie y Carlo De La Marca. Bajo los reflectores, ambos irradiaban una felicidad ensayada, contando su historia de amor con voz temblorosa de emoción. Nicole habló del “reencuentro del destino”, de cómo Carlo había sido “el amor de su vida desde siempre”. Las risas de fondo y los suspiros del público parecían formar una coreografía hipócrita.

Danica los observaba desde una mesa secundaria, desplazada junto a Alessandro como un accesorio innecesario. Él, impecable y silencioso, no apartaba la vista de su perfil.

—Así que nunca amó a papá —murmuró Danica para sí, con los labios apenas moviéndose.

—Ni él a mi madre —intervino Alessandro en voz baja, con los ojos clavados en la pareja principal. Su tono era venenoso y calmado, como si tragara fuego con cada palabra—. Qué conveniente. Ahora todo encaja.

Danica se tensó, deseando estar en cualquier otro lugar. Pero el infierno apenas comenzaba.

El restaurante había sido cerrado exclusivamente para los De La Marca. Ni un solo extraño cruzaba el umbral; cada invitado, cada camarero, cada flor en los centros de mesa había sido seleccionado con precisión quirúrgica. Todo olía a poder. A dinero. A amenaza envuelta en terciopelo.

Las luces colgantes de cristal lanzaban destellos sobre el mármol pulido del suelo, y las notas suaves del cuarteto de cuerdas se deslizaban por el aire como una mentira bien contada. Las risas eran huecas, los brindis sonaban ensayados. El ambiente entero era una obra de teatro cuidadosamente dirigida, y Danica lo sabía. Cada paso que daba, cada vez que alzaba su copa, sentía que caminaba sobre una cuerda floja sin red.

Se sentaba junto a Alessandro en una mesa secundaria, pero no menos visible. Estaban estratégicamente colocados, como piezas en un tablero. Frente a ella, una cena de cinco tiempos que apenas había probado. A su lado, Alessandro, impecable en su traje oscuro, parecía más estatua que hombre, pero su energía era imposible de ignorar.

Los fotógrafos, seleccionados por el propio Carlo, se deslizaban entre las mesas con profesionalismo opresivo. Click. Click. Flash. Todo lo captaban: el ángulo perfecto de las sonrisas, el modo en que Alessandro se inclinaba para murmurarle algo al oído, la tensión que vibraba en cada músculo de Danica mientras fingía estar cómoda bajo su toque.

—Sonríe —le ordenó Alessandro en voz baja, sin mirarla.

Danica obedeció. Forzada, perfecta. Una sonrisa diseñada para las portadas. Su copa tintineó con la de él, y el destello del flash los selló en una imagen congelada de falsa intimidad.

Entonces las cámaras giraron hacia el centro del salón. Nicole Marie y Carlo De La Marca estaban bajo los reflectores, como reyes coronando su farsa. Ella, envuelta en un vestido de diseñador; él, proyectando autoridad desde cada gesto contenido. Nicole narraba con voz temblorosa la historia de su reencuentro, llamándolo “el amor de su vida desde siempre”. Un suspiro colectivo acompañó sus palabras, como si todos hubieran sido entrenados para reaccionar con devoción.

Danica no podía apartar la vista, pero su pecho dolía con cada palabra. La copa en su mano temblaba apenas. Entonces Leandro, que estaba sentado cerca, intervino con una voz baja pero cargada de veneno:

—¿Así que nunca amó a papá? —preguntó, con una sonrisa cruel en los labios, como si la respuesta le importara lo más mínimo.

Alessandro, sin apartar la mirada de la pareja central, respondió sin pensarlo:

—Ni él a mi madre —su tono era venenoso, como si cada palabra estuviera impregnada de una amargura antigua—. Qué conveniente. Ahora todo encaja.

Danica tragó saliva, sintiendo la presión de sus palabras. A su lado, Alessandro permanecía implacable. El ambiente, ya cargado, se volvió más espeso. Más íntimo. Como si solo ellos tres existieran bajo un reflector invisible.

Leandro observaba la escena con calma, como si estuviera analizando cada reacción. Su presencia, al igual que la de Alessandro, era opresiva. Los tres estaban atrapados en una tensa coreografía, en una noche que no era de celebraciones, sino de recordatorios.

Sin decir nada más, Alessandro deslizó su mano bajo la mesa. La yema de sus dedos rozó el muslo de Danica. El contacto fue ligero, casi imperceptible para el ojo ajeno, pero para ella fue como una chispa en la piel, un fuego líquido que corrió hacia lo más profundo de su ser. No la miró. No lo necesitaba. El simple roce era un recordatorio silencioso, un ejercicio de poder que no tenía intención de disimular.

El ambiente del restaurante seguía su curso como una coreografía ensayada: brindis vacíos, sonrisas forzadas, conversaciones huecas. Pero la presión de la mano de Alessandro en su muslo aumentaba cada vez que sus ojos no la dejaban, que su presencia la envolvía como una tormenta inminente. Cada gesto de él, cada movimiento de su brazo, parecía diseñado para ponerla a prueba, para romperla poco a poco.

Danica sabía que no podía dejarse llevar. Sabía que no debía. Pero la desesperación de intentar liberarse de ese yugo invisible solo la hacía más consciente de lo que realmente deseaba. La lucha interna la desgarraba.

Finalmente, con el pretexto de ir al baño, Danica se levantó de la mesa. Alessandro la siguió, como una sombra que no se desprendía. Antes de que pudiera siquiera cerrar la puerta del baño, él la atrapó. La pared de mármol frío le dio la bienvenida, y ella sintió que su espalda se pegaba a él como si el aire se hubiera evaporado por completo. La temperatura aumentó en el pequeño espacio, y él estaba allí, envolviéndola, sin dejarla respirar.

—Te ves hermosa cuando te duele —dijo, su voz rasgada, profunda, como si las palabras se deslizasen desde lo más oscuro de su pecho.

Sus dedos no perdieron tiempo. Se deslizaron con precisión bajo el vestido de Danica, alcanzando el muslo desnudo. El roce de su piel, cálido y seguro, la electrizó de inmediato. Cada fibra de su ser reaccionó al contacto como si fuera una amenaza y al mismo tiempo, una invitación. Danica luchó por controlarse, pero su respiración se aceleró, su cuerpo tenso, como si quisiera huir, pero también como si deseara que él no la soltara.

Ella contuvo el aliento, intentando enfocarse, pero sus manos temblorosas comenzaron a perder la batalla. La mente le gritaba que se apartara, pero el cuerpo… el cuerpo ya no respondía a su voluntad. La necesidad lo superó todo.

Y entonces, él la besó. Sus labios se encontraron con los suyos con una urgencia salvaje, como si los dos estuvieran siendo arrastrados por una corriente imparable. Fue un beso lleno de furia, de deseo reprimido durante demasiado tiempo, un choque de dos fuerzas que no podían seguir ignorándose. Danica, al principio sorprendida, dejó que la intensidad del momento la envolviera. Pero a medida que la necesidad se intensificaba, algo dentro de ella gritó por aire, por espacio.

Fue ella quien rompió el hechizo, empujándolo con torpeza, el corazón latiendo con furia, las mejillas ardiendo con una mezcla de vergüenza y algo más. Algo que no quería admitir. Algo que no debía.

—No vuelvas a tocarme… —susurró, pero no había convicción en sus palabras. Eran más para ella misma que para él, un intento fallido de reconectarse con la razón que se desvanecía rápidamente.

Con el pecho acelerado, Danica salió disparada del baño, sus pasos apresurados resonando como un tambor en el pasillo. Pero por más que caminara, no pudo escapar del ardor que le recorría la piel, del temblor en sus piernas ni del sabor de Alessandro aún en sus labios. Esa maldita contradicción se le enredaba en el pecho como una espina dulcemente clavada. La atracción que no podía negar… y que tanto odiaba.

Buscó refugio entre la multitud, escabulléndose hacia la barra como si el murmullo de las copas y el perfume de otros cuerpos pudieran ahogarla un poco, darle un respiro. Necesitaba recuperar el control. El dominio que se le había escapado entre los dedos como arena húmeda.

Desde ahí, con un vaso de agua entre las manos que ni siquiera recordaba haber pedido, su mirada se deslizó hacia la mesa principal. Su madre, radiante, hablaba con un entusiasmo empalagoso sobre su “reencuentro mágico” con Alessandro, como si fueran protagonistas de una telenovela mal escrita.

Danica rodó los ojos, tragándose una risa amarga, y murmuró en voz baja, sin molestarse en disimular el veneno:

—“Nuestro amor es lo más hermoso que me ha pasado…” —repitió en un suspiro cargado de ironía—. Vomitivo.

—Vaya… si no es la pequeña Danica —interrumpió una voz profunda, con ese calor en el tono que podía derretir acero, como caramelo envuelto en fuego.

Danica se giró de inmediato, y su mirada chocó con un par de ojos verdes tan intensos que casi le roban el aliento. Había algo salvaje y peligroso escondido en ellos, un brillo como de quien ha visto demasiado y aún así sigue sonriendo.

Valentino Roche no era simplemente atractivo. Era magnético.

Alto, con una presencia que exigía atención, vestía una camisa blanca de lino, arremangada hasta los codos. En sus antebrazos, los tatuajes serpenteaban como historia viva: frases latinas, símbolos, formas oscuras. Una daga entrelazada con una rama de olivo se asomaba sobre la clavícula, apenas visible. Su piel bronceada brillaba bajo la luz cálida del bar. Y esa sonrisa ladeada… una mezcla perfecta de provocación y encanto.

—Valentino Roche —se presentó, mientras se servía whisky con movimientos seguros, como quien ya ha ganado antes de empezar a jugar.

—¿Eres el dueño? —preguntó Danica, cruzándose de brazos, la ceja en alto. Había algo en él que la empujaba a no bajar la guardia.

—Dueño y chef —respondió, como si no fuese nada extraordinario—. Este pequeño caos es mío. Y tú, princesa… estás oficialmente robándome el aire.

Danica soltó una pequeña risa, ladeando la cabeza, divertida y desconcertada al mismo tiempo. Él era un tipo diferente. No la trataba como una niña caprichosa. No parecía querer atraparla… y aun así, ya la tenía intrigada.

Desde la distancia, Alessandro los observaba con el ceño fruncido, medio oculto tras la copa de vino tinto. No había regresado a la mesa, no había dicho una palabra más. Pero sus ojos… sus ojos estaban clavados en Danica con una intensidad que rozaba lo obsesivo. Un fuego dorado, hirviendo bajo la superficie, a punto de estallar.

Y entonces lo vio.

Valentino, tan malditamente cómodo en su piel, deslizó la mano —ligera, posesiva, deliberada— sobre la parte baja de la espalda de Danica. Un toque íntimo, de esos que solo se permiten los que creen tener derecho a quedarse.

Alessandro apretó la mandíbula. El cristal de su copa vibró entre sus dedos, amenazando con romperse.

Valentino lo notó. Por supuesto que lo notó.

Y, sin despegar la mirada de Danica, murmuró en voz baja —la cadencia exacta para que Alessandro pudiera leerle los labios sin problemas—:

—¿Ese de allá es tu sombra, o solo un perro rabioso con correa rota?

Danica sonrió, lenta, peligrosa, como una reina consciente de que la estaban mirando. Se giró apenas, lo justo para cruzar la mirada con Alessandro. Y entonces volvió a Valentino. Más cerca. Más desafiante.

—Entonces haz que valga la pena el escándalo —susurró, su voz envuelta en miel envenenada.

Valentino soltó una risa grave, oscura, que rozó su oído como una caricia eléctrica.

Y Alessandro… Alessandro sintió el mundo partirse en dos. Porque Danica no solo lo desafiaba. Lo humillaba. Estaba eligiendo que otro hombre la tocara. Que otro hombre la hiciera sonreír.

Y en su mundo, eso no era solo una traición. Era una declaración de guerra.

Danica, por su parte, disfrutaba cada segundo. Era consciente de cada mirada que les rodeaba, pero sobre todo de una: la de Alessandro, ardiendo como una hoguera contenida. La tensión le recorría la espalda, pero no de miedo… sino de poder.

—¿Sabes? No pensé que un lugar como este pudiera tener encanto —murmuró ella, su tono como un roce de terciopelo en la piel.

—Eso lo dicen todos… —Valentino se inclinó levemente, con ese brillo retador en los ojos verdes— hasta que prueban lo que tengo para ofrecer.

Danica rió. Una risa real, liberadora, la primera en semanas. En ese instante, supo que estaba cruzando una línea. Y no le importó.

Volvió a mirar hacia la mesa principal. Alessandro seguía allí. Inmóvil. Sus manos apretadas en torno a la servilleta, como si fuera la garganta de alguien. Como si pudiera estrangular los celos. Sus ojos, tan dorados como inestables, gritaban posesión. Gritaban: ella es mía.

Danica levantó la barbilla. No. No lo era.

—Quiero largarme de aquí —dijo de pronto, firme, cortante, como una orden a sí misma tanto como al hombre frente a ella.

Valentino arqueó una ceja. Su sonrisa se ensanchó, peligrosa.

—¿Le temes a la velocidad, princesa?

Antes de que pudiera responder, le tomó la muñeca con firmeza. No era una presa. Era una invitación. Un ancla. Una promesa de locura compartida.

La guió entre el bullicio de la cocina, entre ollas humeantes y cuchillos brillantes, mientras todos los ojos los seguían como si fueran una historia imposible escrita en tiempo real.

Salieron por la puerta trasera. Afuera, la noche los esperaba.

Allí, como si el universo conspirara, una motocicleta negra descansaba bajo la luz de una farola. Perfecta. Salvaje. Lista.

Valentino le tendió un casco. Sus ojos verdes chispeaban.

—Agarra mi cintura —ordenó, con una firmeza que no buscaba permiso.

—No me das órdenes —replicó Danica, desafiante, sin moverse.

—Entonces agárrate a lo que puedas —dijo él, encendiendo el motor con un rugido que cortó la noche en dos.

La velocidad fue brutal.

Y Danica, impulsada hacia él, terminó aferrándose con fuerza a su cuerpo, a su calor, a la locura que él representaba. Su perfume mezclado con gasolina y adrenalina le inundó los sentidos.

Detrás, desde la sombra del restaurante, Alessandro seguía observando.

Sus puños eran mármol. Sus ojos, fuego. Su pecho, una bomba sin detonar.

Danica lo había desafiado.

Valentino lo había provocado.

Y ahora, él ya no quería recuperarla.

Quería reclamarla.

Quería destruirlo a él.

Y lo que vendría después… no sería paz.

Sería guerra.

Cuando finalmente se detuvieron en un mirador solitario, el motor se apagó dejando un silencio denso a su alrededor. Valentino se quitó el casco y se pasó una mano por los rizos despeinados, mirándola como si pudiera desnudar su alma con un solo vistazo.

—¿Te arrepientes? —preguntó, su voz baja y peligrosa.

Danica negó, su respiración aún agitada por la carrera. Sabía que ese impulso tendría consecuencias, que Alessandro no era del tipo que perdonara un agravio como este. Pero en ese momento, no le importaba.

—Fue… liberador —admitió, su mirada perdida en el horizonte de luces titilantes de la ciudad.

Valentino se acercó, su presencia envolvente, casi abrasadora. Sin pedir permiso, rompió la distancia, inclinándose apenas para murmurarle al oído:

—Eso es lo que pasa cuando te atreves a romper las cadenas, pequeña.

El aliento cálido de sus palabras rozó su piel, arrancándole un escalofrío delicioso. Danica sostuvo su mirada, retando a su propio miedo, aunque en lo más profundo de su pecho, el eco del nombre “Alessandro” latía como una advertencia.

La madrugada los encontró vagando sin rumbo fijo, compartiendo risas, confesiones y silencios cómodos. Valentino era como un incendio: imprevisible, peligroso, fascinante. Por unas horas, Danica olvidó las expectativas que la asfixiaban. Olvidó el deber, el apellido, el infierno que había dejado atrás.

Cuando la dejó frente a los dormitorios, pasadas las cuatro de la mañana, Danica sentía el alma embriagada de una emoción que no se atrevía a nombrar.

—Fue divertido ser raptada por ti —dijo, juguetona, ladeando la cabeza mientras una sonrisa coqueta curvaba sus labios.

Valentino soltó una carcajada baja, tan contagiosa como peligrosa. Se inclinó ligeramente hacia ella, como si el instinto lo empujara a quedarse.

—Creo que el secuestrado fui yo —murmuró, sus ojos grabando cada detalle de su rostro.

Danica dudó un segundo, como si quisiera alargar el momento, pero al final giró sobre sus talones y se dirigió hacia la puerta. El silencio pesó entre ambos, cargado de todo lo que no se atrevieron a decir.

Valentino colocó su casco con resignación, pero antes de encender el motor, la escuchó:

—Espero que se repita —dijo ella, sonriendo con una dulzura que parecía capaz de iluminar hasta las noches más oscuras.

Valentino asintió, una promesa silenciosa en su mirada intensa.

—Muy pronto —juró, antes de desaparecer en la oscuridad, llevándose consigo un pedazo de su nueva libertad.

El ascensor subió lentamente, cada piso marcado por un pitido que parecía burlarse de su estado. Cuando finalmente llegó a su apartamento, soltó un suspiro cansado y empujó la puerta con desgana. Pero al entrar, el aire cambió. Una presencia familiar, opresiva, llenaba el espacio.

—Bonitas horas para llegar —la voz de Alessandro cortó el silencio como un látigo, grave y cargada de reproche.

Danica se detuvo en seco, su corazón saltando en su pecho como un animal asustado. Encendió la luz y allí estaba él, sentado en una de las sillas del comedor, con la espalda recta y una copa de vino en la mano. La escena era tan teatral que casi parecía ensayada: la luz tenue del departamento reflejándose en los bordes del cristal, el ángulo preciso de su mandíbula tensa, la mirada fija en el ventanal como si estuviera contemplando algo mucho más allá de la ciudad.

—¿Qué haces aquí? —preguntó ella, tratando de sonar desafiante, aunque su voz tembló ligeramente al final.

Alessandro no se molestó en mirarla. Dio un sorbo pausado al vino antes de responder, su tono frío como el mármol.

—Te pedí discreción y buen comportamiento. Pero parece que esas palabras no significan nada para ti.

Danica apretó los labios, sintiendo cómo la rabia comenzaba a hervir bajo su piel. Caminó hacia él con pasos firmes, tambaleándose apenas por el alcohol que aún corría por sus venas.

—No sé de qué estás hablando —dijo con descaro, cruzando los brazos frente a su pecho.

Alessandro finalmente giró la cabeza hacia ella, y sus ojos oscuros la atravesaron como dagas. Sin previo aviso, dejó caer la copa al suelo. El sonido del cristal rompiéndose resonó en el apartamento como un disparo, haciéndola saltar.

—Me refiero a Valentino Roche —espetó, su voz cargada de una furia contenida que amenazaba con desbordarse en cualquier momento.

Danica levantó una ceja, fingiendo indiferencia aunque su corazón latía con fuerza descontrolada.

—Ah, eso… —dijo con una sonrisa burlona—. No veo cuál es el problema. Me lo pasé increíble esta noche.

El comentario fue como gasolina arrojada al fuego. Alessandro se levantó de golpe, su silla raspando contra el suelo con un sonido estridente. Antes de que Danica pudiera reaccionar, él cerró la distancia entre ellos en apenas unos pasos.

—No quiero que te acerques a Valentino nunca más —rugió, su voz tan intensa que parecía hacer vibrar las paredes del apartamento.

Danica retrocedió instintivamente, pero no permitió que el miedo se reflejara en su rostro.

—Tú no eres nadie para decirme a quién puedo o no puedo ver —respondió con valentía, aunque su tono traicionaba un matiz de inseguridad.

El rostro de Alessandro se endureció aún más, sus ojos brillando con una mezcla peligrosa de celos y posesión. En un movimiento rápido, la tomó por los hombros y la empujó contra la pared. Danica dejó escapar un pequeño gemido de dolor al sentir el impacto, pero no apartó la mirada de él.

—Entiende algo, Danica —dijo con voz baja pero cargada de amenaza—. Este es un juego en el que no puedes participar. No me provoques… porque sabes muy bien quién manda aquí.

Sus palabras eran cadenas invisibles, tan apretadas que cada una parecía cortar el oxígeno mismo que Danica intentaba recuperar. El aliento de Alessandro, cálido y cargado de deseo contenido, rozó su cuello como una amenaza dulce. Su proximidad era un veneno, y cada palabra que pronunciaba ardía como fuego líquido derramándose por su piel.

Entonces, sin advertencia, sus labios se hundieron en la línea de su cuello, en una serie de besos ardientes que la hicieron arquearse involuntariamente. Danica quiso empujarlo, gritarle que se detuviera… pero su cuerpo ya no le pertenecía. Lo traicionaba con cada jadeo, con cada estremecimiento que él provocaba como si conociera de memoria el mapa de sus zonas más sensibles.

—Eres mía —susurró contra su clavícula, su voz como una marca grabada con hierro candente—. Solo mía.

Danica se aferró a su camisa negra como si de eso dependiera su equilibrio, y gimió contra su boca cuando él la alzó por los muslos, obligando a su espalda a estrellarse contra la pared. Su vestido subió, su piel desnuda rozando la de él en un roce cargado de electricidad y rabia. Cada movimiento era una batalla de voluntades, cada caricia una sentencia.

Pero tan repentinamente como había empezado, Alessandro se apartó.

Danica apenas tuvo tiempo de comprenderlo. El frío que dejó su ausencia era brutal, como si la hubieran despojado de algo vital. Él cruzó el umbral y desapareció como una tormenta que arrasa y luego se esfuma, dejándola con el cuerpo tembloroso y el alma al borde del abismo.

El silencio que siguió fue ensordecedor. Danica permaneció pegada a la pared, sus piernas temblando, el pulso desbocado. El departamento parecía aún impregnado de él. Su aroma. Su rabia. Su deseo. Parte de ella esperaba no volver a verlo nunca más… y otra parte, mucho más oscura y vergonzosa, lo necesitaba de vuelta.

Y entonces, la puerta se abrió de golpe.

La figura de Alessandro llenó el umbral como una maldición. Su pecho subía y bajaba con fuerza, los ojos inyectados de algo salvaje, primitivo. Cerró la puerta con un portazo que hizo retumbar las paredes.

—¿Creíste que había terminado contigo? —gruñó, caminando hacia ella con pasos lentos y cargados de furia.

Danica retrocedió, el borde de la cama golpeando la parte posterior de sus piernas. Pero no era miedo lo que sentía. Era un hambre antigua, visceral. El mismo que la había hecho cruzar límites con él una y otra vez.

En dos zancadas, Alessandro la tenía entre sus manos. Sus dedos la sujetaron por la muñeca con fuerza peligrosa, atrayéndola contra su cuerpo tenso. El calor que irradiaba era abrasador, una mezcla de odio y deseo que amenazaba con consumirlos a ambos.

—No puedes irrumpir aquí como si fueras mi dueño —jadeó Danica, aunque su voz carecía de convicción.

Él bajó la cabeza hasta que sus narices se rozaron, su aliento golpeando su boca como una caricia cargada de veneno.

—Soy tu dueño —sentenció, con un tono que era tan suave como mortal—. Y tú lo sabes. Tu cuerpo me llama incluso cuando tu boca me niega.

Ella intentó zafarse, pero él atrapó su otra muñeca y la inmovilizó, como si estuviera encerrándola en su propia contradicción.

—Alessandro… —susurró, su nombre una súplica, una maldición, un eco de todo lo que no podía decir.

—No me importa lo que digas. No me importa si sonríes para Valentino, si lo tocas, si finges que puedes reemplazarme. No lo aceptaré. No lo permitiré. —Su voz se volvió un filo de acero—. Tú me perteneces.

La besó entonces. Pero no fue un beso. Fue una declaración de guerra.

Sus labios la atacaron, sin espacio para la ternura, sin clemencia. Como si cada beso castigara una caricia que ella había entregado a otro. Danica intentó resistirse, pero él conocía cada rendija de su armadura. Su boca se abrió bajo la de él con desesperación, atrapada en el torbellino oscuro que siempre la arrastraba cuando era Alessandro quien la tocaba.

Él soltó su muñeca solo para enredar una mano en su cabello, tirando de él con fuerza para exponer su cuello.

—Dime que soy el único —exigió, mordiendo su clavícula con una mezcla de deseo y castigo.

Ella apretó los labios, negó con la cabeza, pero no dijo nada.

Él gruñó con furia contenida y la alzó con brutalidad, arrojándola sobre la cama. El vestido subió hasta sus caderas y el contacto con las sábanas frías la hizo jadear. Alessandro cayó sobre ella con la furia de una tormenta, sus caderas atrapando las de ella sin posibilidad de escape.

—Dilo —ordenó otra vez, su voz un susurro rasgado que quemaba más que cualquier grito—. Dilo… o te haré recordarlo con cada rincón maldito de tu cuerpo.

Danica entreabrió los labios, pero ninguna palabra cruzó el umbral. Solo un gemido, frágil y quebrado, escapó de su garganta cuando él deslizó una mano lenta, firme, por su muslo desnudo. Era tortura. Una dulce, cruel tortura.

—¿Vas a seguir desafiándome, pequeña salvaje? —murmuró Alessandro contra su oído, su aliento caliente y su tono como terciopelo sobre cuchillas.

Él se detuvo, el peso de su cuerpo aún anclado sobre el de ella. Respiraban al unísono, como si uno robara el oxígeno del otro. El silencio se volvió opresivo, cargado de todo lo que no se decían, de todo lo que ardía entre ellos.

Su rostro cambió. La furia latente se transformó en una sombra más profunda, una que no gritaba, sino que amenazaba con devorar. Sus ojos recorrieron cada centímetro de ella con una intensidad casi reverente, pero perversa. Y entonces, sonrió. Una sonrisa torcida, sin ternura. No era deseo. Era declaración de guerra.

—Tienes razón en algo —susurró con una calma envenenada—. Eres difícil de manejar, Danica. Pero eso no me va a detener.

El corazón de ella latía tan fuerte que le dolía. Pero no bajó la mirada. No tembló. No retrocedió. En su pecho ardía un fuego salvaje que no pensaba apagar.

—Tú no eres mi dueño, Alessandro —dijo, cada palabra como una daga directa al corazón—. Y jamás lo serás.

El mundo pareció detenerse un segundo.

La mirada de él se nubló de rabia, la respiración se le volvió errática. Por un momento, Danica creyó que iba a romper algo. Tal vez a ella. Pero entonces, Alessandro se apartó como si le quemara el tacto, como si su cercanía fuera demasiado peligrosa incluso para él.

Dio la espalda. Caminó hacia la puerta con una tensión que gritaba frustración contenida. Al llegar al umbral, se detuvo. Giró apenas el rostro, lo suficiente para que sus ojos la alcanzaran como cuchillas ardiendo.

—Eres mía, Danica. Solo que aún no lo entiendes —dijo con una certeza que no necesitaba gritar.

Y se fue. La puerta se cerró con un golpe seco, pero el eco de su presencia siguió latiendo en las paredes. En su piel. En su alma.

Danica se quedó inmóvil. El temblor no venía del miedo, sino de algo más salvaje: la exaltación de haberle plantado cara. De no haberse rendido. De haberle dicho que no… y saber que volvería.

Se levantó con el cuerpo aún ardiendo por dentro. Se acercó al espejo. Se miró. La marca invisible de Alessandro estaba ahí, sí. Pero también lo estaba su fuego. Su poder.

Con una sonrisa peligrosa, desafiante, murmuró:

—Nunca seré tuya, Alessandro. Ni aunque el mundo arda.

Y con ese pensamiento, se dejó caer sobre la cama, con el pulso desbocado y una sombra de deseo bailando en su interior.

Morfeo la recibió… pero incluso en sueños, sabía que la guerra apenas comenzaba.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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