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Susurros de Sangre y Deseo - Capítulo 40

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Capítulo 40: Capitulo 40

“Mentiras que nos persiguen”

5:00 a. m.

La casa aún dormía.

La brisa de la madrugada se colaba por los ventanales abiertos, fresca, casi engañosa, mientras el cielo comenzaba apenas a teñirse de tonos dorados y azules pálidos. Danica bajó las escaleras con pasos suaves, todavía envuelta en esa calma frágil que solo existe antes de que el día reclame su precio.

Acababa de ducharse. El cabello aún húmedo le caía suelto sobre los hombros, y vestía un vestido corto azul con escote en V que delineaba sus curvas de manera sutil, sin esfuerzo. Encima llevaba un cárdigan blanco, ligero, y en los pies sus inseparables Adidas blancas. Al hombro, cruzada con naturalidad, una bolsa negra que ya se había vuelto casi parte de ella.

Últimamente, se sentía… más tranquila en casa.

O eso quería creer.

Había pasado casi una semana desde la boda de su madre con Carlo. Una semana en la que Alessandro había estado absorbido por completo por los asuntos de la empresa, entrando y saliendo a horas imposibles, siempre con llamadas pendientes, siempre con el ceño concentrado. Apenas lo había visto. Apenas habían hablado.

Y cuando lo hacían, algo era distinto.

También estaba Valentino. O, más bien, su ausencia convertida en sombra.

Después de lo ocurrido, él había intentado buscarla. Mensajes desde números distintos. Apariciones “casuales” en lugares donde solía estar. Una noche incluso lo había visto al otro lado de la calle, apoyado en un coche que no reconoció, observándola como si aún tuviera derecho a hacerlo.

Pero nunca llegaba hasta ella.

Leandro siempre estaba cerca. Demasiado cerca.

Si no era él, eran Sofía o Melisa. Si no eran ellas, era un chofer distinto, seguridad reforzada, rutas cambiadas. Valentino no había vuelto a cruzar una sola palabra con Danica. No porque no quisiera, sino porque no se lo habían permitido.

Y, en el fondo, ella tampoco estaba segura de querer escucharlo, solo de recordar esas imágenes, se le revolvía el estómago.

Entró a la cocina sin realmente tener hambre, solo buscando algo que la anclara a la rutina. Leandro ya estaba allí, sentado en la barra, devorando un sándwich enorme como si el mundo no estuviera hecho de problemas sino de pan y carne.

—Buenos días —murmuró ella, aún adormilada—. ¿Sabes a qué hora salimos?

—En treinta minutos. Más les vale estar listos.

La voz de Alessandro cortó el aire con precisión quirúrgica.

Danica se giró apenas cuando lo vio entrar. Vestía una camisa blanca, impecable, los primeros botones abiertos, y pantalones negros entallados. No llevaba saco. No llevaba prisa visible. Tomó una taza, se sirvió café y bebió un sorbo sin mirarla directamente.

—No eres nuestro padre —resopló Leandro, sin levantar la vista del sándwich.

Danica no pudo evitar sonreír.

Extrañaba eso.

Las discusiones absurdas. La presencia constante. El ruido. Cuando los chicos se iban, la casa se volvía demasiado grande, demasiado silenciosa… demasiado vacía.

—Mi maleta está lista —anunció ella—. Solo falta subirla al auto.

—El chofer se encargará —respondió Alessandro, seco, distante, como si cada palabra estuviera medida.

No hubo más conversación.

Minutos después, la limosina avanzaba por la autopista rumbo al aeropuerto privado, deslizándose sobre el asfalto aún húmedo por el rocío del alba. El interior estaba iluminado con luces tenues que contrastaban con la bruma grisácea del amanecer.

Danica se acomodó en uno de los asientos de cuero beige, cruzando las piernas con elegancia. El vestido azul le rozaba suavemente los muslos; el cárdigan caía relajado sobre sus hombros. Fingía mirar por la ventana, pero cada reflejo del vidrio le devolvía la misma imagen: Alessandro frente a ella.

No llevaba traje.

Y eso la descolocaba más de lo que estaba dispuesta a admitir.

Tenía la laptop sobre las piernas, pero no parecía realmente concentrado. Su cabello, aún ligeramente húmedo, caía de forma descuidada sobre la frente. De vez en cuando levantaba la mirada… y la encontraba a ella.

No con reproche.

No con celos.

No con furia.

Sonreía.

Una sonrisa leve, casi cómplice, como si compartieran un secreto que nadie más podía leer.

¿Desde cuándo sonreía así?

Danica tragó saliva y se removió en el asiento, incómoda. No por él. Por ella. Por ese latido traicionero que se aceleraba en su pecho sin pedir permiso. Por esa parte de sí misma que, pese a todo lo vivido, seguía reaccionando ante Alessandro como si su cuerpo no hubiera recibido el memorándum de la razón.

Porque él era peligro.

Y aun así, lo deseaba.

No al Alessandro correcto, contenido, distante que tenía enfrente. Sino al otro. Al que la miraba como si fuera un error delicioso. Al que la hacía sentirse al borde de algo prohibido, atrapada y viva al mismo tiempo, como si un solo paso en falso bastara para incendiarlo todo.

La mentira sobre su virginidad seguía flotando entre ellos, invisible pero presente, como un pacto silencioso que había cambiado la dinámica. Alessandro estaba distinto. Más controlado. Más cuidadoso. Más lejano.

¿Más tranquilo?

Quizá demasiado.

Y eso, lejos de aliviarla, la desesperaba.

Qué estúpida, pensó, girando el rostro hacia la ventana, buscando refugio en el reflejo del cristal.

Después de todo lo que había vivido. Después de haber probado la calma, la dulzura casi segura en los brazos de Valentino… ¿por qué una parte de ella seguía deseando que Alessandro la mirara como antes? Como si fuera suya. Como si pudiera consumirla con un solo pensamiento.

El reflejo le devolvió la imagen de una chica hermosa, impecable por fuera… y peligrosamente confundida por dentro.

¿Qué clase de veneno deja huella incluso cuando juras haberlo superado?

—¿Quieres algo de beber?

La voz de Alessandro rompió el silencio como una hoja afilada, señalando el minibar con un gesto casual.

—No, gracias —respondió ella, con una sonrisa educada, demasiado correcta para alguien que sentía el pulso desbocado.

Él asintió sin insistir y volvió la vista a la laptop. Pero justo antes de sumergirse de nuevo en la pantalla, murmuró, como si no importara… como si no supiera el efecto que tendría:

—Te queda bien ese color.

Danica parpadeó.

Se mordió el labio para no sonreír como una idiota. Fue solo un comentario. Breve. Sin dobles intenciones aparentes.

¿O sí?

El calor le subió a las mejillas de inmediato, descendiendo lento, peligroso, hasta el estómago. No era amor. No era deseo puro. Era algo peor.

Adicción.

Esa necesidad enfermiza de validación que aún la ataba a él como cadenas invisibles, que la hacía sentir poderosa y vulnerable al mismo tiempo.

La limosina se detuvo frente al hangar privado. El cielo comenzaba a teñirse de tonos ámbar y rosados, prometiendo un día despejado. Los motores del jet ya estaban encendidos, su rugido grave mezclándose con la bruma matutina.

Leandro bajó primero, estirándose con pereza antes de caminar hacia la escalinata del avión.

Danica descendió después, aún con la cabeza llena de pensamientos que no quería ordenar. Sujetó su bolso con una mano, intentó acomodarse el cárdigan con la otra… y dio un paso mal calculado sobre el último escalón. El asfalto estaba húmedo por el rocío.

Resbaló.

Un jadeo breve escapó de sus labios. El mundo se detuvo durante un segundo eterno.

No cayó.

El brazo de Alessandro la rodeó por la cintura con una rapidez felina, firme, segura. La atrajo hacia él con naturalidad peligrosa, su cuerpo demasiado cerca, su calor envolviéndola como un impacto silencioso. Su espalda chocó contra su pecho, y el aire se le quedó atrapado en la garganta.

—¿Estás bien? —preguntó él, con la voz baja, tensa, como si temiera la respuesta.

Danica alzó la mirada.

Sus ojos se encontraron a escasos centímetros, demasiado cerca para ser inocente, demasiado cargado para ser casual. El mundo pareció reducirse a ese instante suspendido entre ambos.

Asintió despacio, aunque el corazón le martillaba con fuerza en el pecho. El contacto había sido breve, casi insignificante para cualquiera más… pero no para ella. Algo se había encendido. No era deseo, no exactamente. Era vértigo. Era memoria corporal. Era esa maldita familiaridad peligrosa que su piel reconocía antes que su mente.

—Estoy bien —logró decir al fin, apartándose con cuidado de su agarre, como si temiera que un movimiento brusco rompiera el frágil control que había logrado recuperar.

Alessandro no respondió. No insistió. Simplemente dio un paso atrás, permitiéndole recuperar el equilibrio por sí sola. El gesto fue correcto, medido… y aun así, le dolió más de lo que habría querido admitir.

Subió tras ella por la escalerilla del jet sin decir una palabra.

Danica ascendió los escalones con las piernas aún temblorosas, la piel ardiéndole justo donde él la había sostenido. Se obligó a respirar hondo, a concentrarse en el sonido metálico bajo sus pies, en cualquier cosa que no fuera esa pregunta insistente golpeándole la cabeza.

¿Por qué su cuerpo seguía reaccionando así?

¿Por qué, en lugar de rechazo, sentía ese impulso absurdo de desear que no la hubiera soltado?

Se dejó caer en el asiento junto a la ventanilla sin mirar atrás. Esta vez no iba a analizarlo. No iba a permitirle colarse de nuevo entre las grietas de su corazón.

Aunque, en el fondo, sabía que ya era tarde para eso.

—No entiendo por qué las chicas no quisieron venir —se quejó Leandro, rompiendo el silencio con su voz irritada mientras se acomodaba el cinturón.

—Sofía está destrozada —respondió Danica sin girarse—. Este viaje iba a ser su regalo de cumpleaños. Odio no tenerlas cerca en estos eventos.

—Pero nos tienes a nosotros —replicó Leandro, señalando con la cabeza a Alessandro.

Danica soltó una risa baja, cansada.

—Tú vas a estar más pendiente de las modelos que del desfile —dijo, y luego giró apenas el rostro hacia Alessandro, que ya llevaba los audífonos puestos, la atención fija en la pantalla de su laptop—. Y él probablemente se quede en su sarcófago hasta que anochezca.

Se acomodó mejor en el asiento y cerró los ojos.

—Ahora déjenme dormir. Odio madrugar.

Se recostó, buscando refugio en la oscuridad detrás de sus párpados, escapando al fin hacia los brazos de Morfeo… aunque incluso allí, sabía que Alessandro la seguiría, silencioso, insistente, como una sombra que se niega a desaparecer.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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