Susurros de Sangre y Deseo - Capítulo 41
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Capítulo 41: Capitulo 41
“Algunas mentiras no rompen el deseo… solo le enseñan a esperar.”
Alessandro no apartaba la mirada del monitor. Sus dedos se movían con precisión casi mecánica sobre el teclado, pero su mente era una tormenta contenida. No había revisado las cámaras de seguridad en semanas. Desde que Danica le había arrojado esa frase como un cuchillo al pecho.
“No soy virgen.”
Tres palabras que lo habían dejado en ruinas. Lo había desarmado. La furia, el deseo de controlarlo todo, el veneno de la obsesión… seguían ahí, respirando bajo su piel, pero ahora se camuflaban bajo una máscara nueva: paciencia.
Ahora debía ser más astuto.
Saltaba entre fragmentos de grabaciones como quien hojea páginas de un diario ajeno, buscando alguna grieta, un descuido, una contradicción. Hasta que la encontró. Una noche cualquiera en su departamento.
Danica estaba sentada en el suelo, una copa de vino en la mano, el cabello suelto, risueña y vulnerable bajo la tenue luz amarillenta de la lámpara.
Las risas de las chicas continuaron, disipándose en trivialidades. Alessandro, en cambio, seguía frente al monitor, con la mandíbula tensa y los nudillos blancos sobre el mouse. Recorrió más grabaciones. La semana previa a la boda, Danica no había faltado a clases, pero las cámaras del instituto captaban otra cosa: encuentros frecuentes entre ella y Valentino. Conversaciones en pasillos vacíos, miradas prolongadas, roces de manos… pequeñas cosas que, para Alessandro, eran puñaladas.
Ella le habia mentido, en la cara, y el tan ingenuo le habia creido.
La rabia comenzó a burbujearle en el pecho, espesa, venenosa, como un fuego que no encontraba salida. Le había mentido. Esa chiquilla de ojos grandes y gesto frágil lo había desarmado con una sola frase pronunciada con voz temblorosa, casi inocente: “No soy virgen”. Y él, cegado por el orgullo herido y la furia mal contenida, había retrocedido. Se había obligado a creerla. Se había impuesto distancia.
Un error.
Ahora, con la verdad desvelada, la obsesión regresaba, pero ya no era la misma. Había mutado. Se había vuelto más silenciosa, más calculadora. Más peligrosa.
No volvería a subestimarla.
No volvería a retroceder.
Esta vez no la empujaría. No la acorralaría con amenazas ni con control evidente. Esta vez la envolvería despacio, como una trampa que se cierra sin hacer ruido, hasta que fuera ella quien diera el paso. Hasta que lo deseara con la misma intensidad con la que él ardía por poseerla.
Un recuerdo le azotó la mente como un látigo.
El día de la boda.
La imagen seguía nítida, cruel. Danica alejándose del brazo de Valentino, la cabeza erguida, el vestido rozándole las piernas mientras se perdía entre flashes y miradas curiosas. Había sentido algo entonces. No celos. No todavía. Algo peor. Una certeza incómoda, clavándosele en el estómago.
Horas después, en la soledad aséptica de su suite, la había visto.
La revista abandonada sobre la mesa de mármol. Una fotografía mal tomada, borrosa, pero suficiente. Valentino abriéndole la puerta de su casa esa noche. Su mano en la espalda de ella. La cercanía. La intimidad implícita.
El vaso que sostenía había terminado hecho añicos contra la pared.
No fue la traición lo que más le dolió.
Fue haberla creído capaz de huir de él.
Alessandro cerró los ojos un instante, respirando hondo, forzando al monstruo a volver a dormirse… por ahora. Porque lo sabía. Con una claridad aterradora.
Danica aún no entendía el juego en el que había entrado.
Y él, esta vez, pensaba enseñárselo.
***
El aeropuerto privado relucía bajo el cielo azul, con el brillo metálico del jet preparado en la pista y el murmullo discreto del personal moviéndose a su alrededor. Junto a la limosina negra, impecable como siempre, reposaba un jeep Wrangler verde oscuro, con los vidrios tintados y un aire de libertad indomable.
Danica lo reconoció de inmediato. Era su favorito.
Sin pensarlo, caminó hacia él, con la curiosidad brillándole en los ojos como una niña frente a un regalo inesperado.
—¿Y ese auto? —preguntó, dejando entrever su tono risueño, mientras acariciaba el capó como si saludara a un viejo amigo.
Alessandro, de espaldas a ella, lanzó con precisión una maleta de cuero y su maletín al asiento trasero del jeep. Se acomodó la camisa de lino blanco, doblándose las mangas hasta los codos mientras hablaba:
—Compré una propiedad para nuestros padres, en Italia. Como regalo de bodas —dijo con naturalidad, como si comprar casas en el extranjero fuese una costumbre suya de cada jueves. Luego giró hacia ella, su mirada seria suavizada por una ligera sonrisa—. ¿Quieres venir? No tardaremos. Estaremos en la viña para la cena.
Danica dudó por un instante. Había soñado con recorrer Italia con sus amigas, caminar por las plazas, reírse sin horarios ni tensiones… pero algo en la voz de Alessandro —o tal vez la promesa implícita de aventura— le hizo vacilar.
—¿Me dejarás manejar? —preguntó con descaro, una ceja levantada.
Alessandro soltó una risa breve, nasal, como si aquello le divirtiera profundamente.
—Claro, cara de sapo —bromeó, usando uno de los sobrenombres que solía molestarla… aunque ahora sonaba casi cariñoso.
Danica sonrió, luminosa, corrió hacia la limosina para recoger su bolso, y volvió dando un pequeño salto al asiento del copiloto del jeep, como si estuviera entrando en una película
Desde lejos, Leandro se aproximó caminando con el ceño fruncido.
—Yo también quiero ir —anunció.
—No seas idiota. Alguien tiene que asegurarse de que el equipaje llegue, y avisar a nuestros padres que ya aterrizamos —zanjó Alessandro mientras encendía el motor.
Leandro bufó, cruzándose de brazos como un niño frustrado.
—Idiotas —masculló mientras los veía alejarse—. Ni crean que esta me la voy a perdonar.
El viaje por carretera fue largo y serpenteante, bordeando colinas cubiertas de viñedos otoñales. El silencio entre ellos no era incómodo, sino lleno de esa electricidad sutil que nace cuando alguien te mira sin decirlo, cuando alguien piensa en ti… sin tocarte.
Danica llevaba los pies descalzos sobre el tablero, tarareando una canción que apenas sonaba en la radio.
—¿Estás seguro que este es el camino correcto? —preguntó por décima vez, con un puchero que se le escapó sin querer.
—Por enésima vez, sí. No estamos perdidos —respondió él sin mirarla, aunque su vista, en realidad, no podía apartarse de sus piernas, del modo en que la brisa jugaba con su cabello suelto.
Sabía perfectamente a dónde iban. A la cabaña. La única que se alzaba en ese rincón escondido de las montañas. Había pasado varios veranos ahí, en fiestas privadas y días de desconexión total. Pero nunca se le había ocurrido llevarla ahí.
Hasta ahora.
—Estamos cerca —anunció finalmente, con una sonrisa privada.
Danica se incorporó en el asiento, tomándose del marco del parabrisas para asomarse como si fuera una niña ansiosa por ver la nieve por primera vez. Y allí estaba.
Una cabaña de madera cálida, de dos pisos, con techos a dos aguas y ventanales antiguos por donde escapaba la luz como si la casa respirara. Un enorme árbol se alzaba en la entrada, sus hojas rojizas cubriendo el suelo como alfombra viva. Flores silvestres rodeaban el cerco bajo, y una fina capa de nieve cubría el techo y el jardín como azúcar glas.
Danica bajó del jeep antes de que Alessandro siquiera pudiera frenar del todo. Corrió hasta la cerca, riendo, con los brazos cruzados sobre el pecho, conteniendo el frío y la emoción.
—¡Está nevada! —exclamó, girándose para mirarlo con los ojos chispeantes—. Hace un poco de frío, ¿no te parece?
—Me dijeron que sería la época perfecta para venir. Las primeras nevadas de octubre —respondió él, no muy interesado en el clima, pero completamente hipnotizado por la imagen que ella ofrecía.
Danica parecía sacada de otro mundo, con el viento acariciando su rostro, las mejillas rosadas por el frío, y los ojos llenos de asombro. Y él, por un segundo, se permitió imaginar que aquel lugar era solo de ellos.
Alessandro abrió la puerta de la cabaña, hecha de madera envejecida, pero sólida. Extendió un brazo.
La cabaña parecía salida de un sueño escondido entre los pliegues del bosque. Construida en cálida madera envejecida, con dos pisos modestos y perfectamente proporcionados, se erguía al pie de una suave colina, como una joya oculta entre abetos nevados. La nieve, reciente y ligera, cubría el tejado inclinado como una manta de azúcar, y las flores de estación, protegidas en jardineras bajo el alero, aún resistían el frío con colores tímidos.
En el interior, un aroma a leña quemada y a canela recibía a quien cruzara la puerta. Una pequeña sala se abría en el centro, con sofás tapizados en tela escocesa, suaves mantas de lana dobladas con esmero y una alfombra tejida a mano que decoraba el piso de madera. En una esquina, un árbol de pino real esperaba ser adornado, prometiendo una Navidad íntima y mágica. A la derecha, una cocina rústica con estantes de madera expuestos, vajilla antigua y una pequeña mesa de roble completaban el espacio.
Arriba, una única habitación con una cama queen vestida en sábanas de lino blanco, mullidas almohadas y una manta de piel sintética. Frente a la cama, una chimenea de piedra aguardaba encenderse con un crepitar suave. Al costado, un baño completo de estilo campestre ofrecía una tina antigua de patas curvas. Modesta, sí. Pequeña, también. Pero acogedora, envolvente. El tipo de lugar que le robaba a una el aliento. El regalo perfecto, pensó Dani con una sonrisa ladeada. Mi madre lo odiaría.
—Apruebo totalmente el lugar —dijo mientras se dejaba caer con un suspiro feliz en el sillón, envolviéndose en una manta.
—¿Te importa si termino un informe y luego nos vamos? —preguntó Alessandro, ya sentado frente a su portátil.
—Está bien —respondió ella con desgano, mirando por la ventana—. Voy a dar una vuelta.
Y salió.
Pasaron un par de horas. La luz comenzó a cambiar, tiñendo la nieve con tonos dorados y rosados. Alessandro cerró la laptop, ajustó su reloj y miró alrededor. El informe estaba terminado, pero Dani no había vuelto. Al principio pensó que se estaba haciendo la difícil, como de costumbre. Pero al ver que la oscuridad empezaba a deslizarse entre los árboles y el frío se hacía más intenso, algo en su pecho se tensó.
Salió de la cabaña y llamó su nombre. Nada. Caminó unos metros y la vio: un bulto pequeño bajo una delgada capa de nieve. Su corazón dio un vuelco. Corrió hacia ella.
—¡Danica!
Estaba boca abajo, inconsciente, helada. La levantó en brazos con desesperación. Su piel estaba fría, el color de sus labios desvanecido. Corrió de regreso, irrumpió en la cabaña, dejó la puerta abierta, y se metió con ella directo a la regadera, abriendo el agua caliente al máximo. Se metió junto con ella, aún con ropa, dejándola bajo el chorro tibio, mientras la sostenía con fuerza, hablándole suavemente.
—Vamos, Dani… despierta… por favor…
Ella se removió débilmente, los párpados pesados, los labios temblorosos. Abrió los ojos por un segundo, sus pupilas dilatadas, azules como cristales empañados. Luego, volvió a desvanecerse.
Despertó más tarde, entre sábanas suaves y el calor acogedor de la chimenea crepitando. Una camisa de hombre —negra, holgada— cubría su cuerpo. Tocó su frente con una mueca. Había una venda. Un dolor sordo le recordaba la caída. Levantó la vista.
Allí estaba él.
Alessandro, impecable incluso en lo informal. Pantalones oscuros, sin camisa. Llevaba una bandeja con una taza de té humeante, sopa caliente y unas galletas de mantequilla.
—Despertaste —dijo con una sonrisa que escondía el susto reciente—. Me diste un susto de muerte. ¿Qué pasó?
—Yo… —ella desvió la mirada, avergonzada— quise tomar algunas piñas…
Sus mejillas se tiñeron de rojo. Alessandro no pudo evitar sonreír, encantado por su inocencia.
La había visto frágil por primera vez. Y algo en su pecho se quebró y se reconstruyó en un mismo latido. Deseó protegerla, cubrirla con su cuerpo si hacía falta, mantenerla a salvo del mundo entero. Se sentó en el borde de la cama y le acarició el cabello con una ternura que jamás habría mostrado ante nadie más.
Ella alzó la vista y lo miró con algo más que gratitud. ¿Era amor? Alessandro parpadeó, desvió la mirada y se puso de pie de inmediato.
—Descansa —dijo, saliendo de la habitación sin mirar atrás.
Danica terminó su sopa en silencio. Sentía vergüenza, pero también una extraña calidez en el pecho. Cuando termino, por fin salió de la habitación, paso por en pasillo pequeño y vio unas escaleras; de abajo se sentía un calor cálido y un olor a leña envolvía la estancia.
Bajó las escaleras con pasos lentos, cada peldaño crujía con suavidad bajo sus pies descalzos. La camisa negra que llevaba puesta —claramente de Alessandro— le caía suelta por los hombros, dejando ver sus piernas desnudas con cada movimiento. El calor de la chimenea se sentía acogedor, pero aún así, un escalofrío le recorrió la espalda. No sabía si era por el frío… o por la tensión que palpitaba en el ambiente.
Al llegar al final de la escalera, lo vio.
Alessandro estaba sentado en un sofá de cuero, la laptop sobre sus piernas, el torso desnudo. La luz del fuego proyectaba sombras danzantes sobre sus músculos marcados, su mandíbula firme, el cuello ligeramente húmedo aún por la ducha reciente. Sus dedos se movían con precisión sobre el teclado, pero sus ojos, intensos y oscuros, la observaron de reojo cuando notó su presencia.
—¿Te sientes mejor? —preguntó sin dejar de teclear, su voz baja, ronca, cargada de algo que no supo si era preocupación o deseo contenido.
Ella asintió, pero no dijo nada. Se quedó de pie unos segundos, viéndolo, sintiendo cómo su corazón palpitaba fuerte en su pecho. Quería agradecerle, decirle que lamentaba haberle causado esa preocupación, pero las palabras no le salían. Se mordió el labio inferior, indecisa. Dio unos pasos, acercándose a la chimenea, fingiendo que se calentaba las manos, aunque era solo una excusa para permanecer cerca de él.
—Te ves… —comenzó él, levantando la mirada con lentitud, paseando sus ojos por ella— diferente con mi ropa.
Danica sintió que se le secaba la garganta.
—¿Diferente bien… o diferente mal? —logró responder con una voz más débil de lo que esperaba.
—Diferente… peligrosa.
Sus ojos se encontraron. Silencio. Un largo, denso, lleno de electricidad. El tipo de silencio que crece como una ola antes de romper.
Ella se giró, dándole la espalda por un momento, tratando de recuperar el control de sus emociones. Respiró hondo. Pero sintió su presencia acercarse por detrás. Podía oler su aroma, sentir el calor que irradiaba su cuerpo. Tan cerca. Tan intenso.
—No vuelvas a hacer eso —susurró él, su voz grave a unos centímetros de su nuca.
—¿Qué?
—Salir sola. Ponerte en peligro. No me importa si fue por unas estúpidas piñas —su tono se tensó—. No soporto la idea de perderte.
Danica se giró para encararlo. Él estaba muy cerca, demasiado. Su pecho subía y bajaba con fuerza. Ella levantó la mirada y lo encontró mirándola como si intentara descifrar cada rincón de su alma. Como si estuviera peleando contra sí mismo.
—Estoy bien —susurró ella, y su voz tembló un poco—. Ya pasó.
—No, Danica. No pasó. Tú no viste cómo estabas… tan fría, tan… —su mandíbula se tensó—. No vuelvas a asustarme así.
Un silencio cargado los envolvió. Alessandro bajó la mirada a sus labios, solo un segundo, pero fue suficiente para que Danica lo sintiera como una caricia. Un temblor le recorrió el cuerpo. Ella no se apartó. No podía. No quería.
Él levantó una mano, lentamente, como si dudara. Rozó con sus dedos un mechón de su cabello, lo apartó con cuidado de su mejilla. Sus dedos quedaron cerca de su piel, apenas tocándola.
—Estás ardiendo —murmuró, como si fuera un secreto solo para él.
Danica tragó saliva, con el corazón golpeando en su pecho como un tambor.
—Quizás sea la fiebre —respondió apenas.
Él sonrió de lado, pero su mirada no perdió esa intensidad oscura.
—O quizás seas tú. Siempre fuiste un incendio, Dani.
Ella no supo qué decir. Lo miró con los ojos muy abiertos, sintiendo que la temperatura de la habitación aumentaba con cada segundo que pasaba. Su cercanía era una promesa y una amenaza. Sabía que si se inclinaba un poco más, si acortaba esa mínima distancia entre ambos, todo cambiaría.
Pero no lo hizo.
Alessandro soltó su cabello con suavidad, dio un paso atrás y rompió el hechizo sin decir más palabra.
Ella se quedó quieta, tratando de calmar su respiración. Sentía las piernas débiles, la mente revuelta, el cuerpo encendido por dentro. ¿Cómo podía odiarlo y desearlo al mismo tiempo?
Lo observó mientras volvía a sentarse y retomaba la escritura como si nada hubiera pasado.
Danica no sabía si quería gritarle, besarlo… o ambas cosas.
Y eso la volvía loca.
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