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Susurros de Sangre y Deseo - Capítulo 42

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Capítulo 42: Capitulo 42

“Había aprendido a temer a la oscuridad… ahora anhelaba ahogarse en ella”

La luz de la mañana se filtraba con timidez entre las cortinas pesadas de la cabaña, deslizándose en haces dorados que tenían la habitación de un ámbar suave, casi irreal. El fuego de la chimenea se había extinguido durante la noche, pero el calor persistía, atrapado en la madera de las paredes… y entre los cuerpos que aún no se habían separado.

Danica despertó despacio, con la cabeza pesada y un ligero dolor pulsándole detrás de los ojos, recuerdo persistente de una noche que había sido demasiado intensa incluso para su cuerpo acostumbrado al caos. Parpadeó un par de veces antes de intentar moverse, y fue entonces cuando lo sintió.

Un brazo firme rodeaba su cintura, anclándola con una seguridad que no admitía dudas. No era un gesto casual, ni descuidado. Era posesivo incluso en el sueño. El aliento cálido contra su nuca, lento y profundo, le confirmó lo evidente: Alessandro estaba detrás de ella.

Dormido… o fingiendo estarlo.

Danica fue cociente que solo llevaba puesta la camisa de Alessandro, esa que apenas le cubría los muslos. Debajo, nada más. La tela se había deslizado durante la noche, dejando su piel expuesta al aire fresco de la mañana, provocándole pequeños escalofríos que no tenían nada que ver con el frío. Sus mejillas se sonrojaron, la vergüenza y un calor en el vientre la inundo.

El olor la envolvía antes incluso de que pudiera pensar con claridad. Madera. Cuero. Algo oscuro, profundamente masculino. Alessandro. Siempre él. Ese aroma que se le metía bajo la piel y le despertaba recuerdos que juró ignorar. Una de las cosas que ella mas amaba, es que siempre olía a lo que ella mas amaba. Bosque.

Intentó girarse un poco más y entonces lo notó con claridad.

Algo firme, tibio, peligrosamente consciente, presionando contra ella.

Sus ojos se abrieron de golpe, el corazón acelerándose de inmediato.

Casi al mismo tiempo, el cuerpo de Alessandro reaccionó. Como si la sintiera incluso dormido, su mano descendió por su costado y se cerró sobre su cadera, atrayéndola hacia él con un movimiento instintivo, posesivo. El contacto hizo que su espalda se arqueara apenas, traicionada por una respuesta que no había pedido.

Un pequeño gemido, suave se escapó de sus labios, tensa como una cuerda a punto de romperse. Con cuidado, intentó apartarse, moverse lo justo para crear espacio entre ambos.

—No te muevas —murmuró él.

Su voz estaba ronca, baja, impregnada de sueño… y de deseo, podía sentirlo en toda su piel. Un sonido casi animal que le erizó la piel.

El aliento de Alessandro le rozó la oreja, cálido, íntimo, demasiado cercano.

—¿Qué…? —susurró ella, confundida, con el pulso desbocado—. ¿Aless…?

—Solo… no te muevas —repitió, esta vez con una firmeza contenida, como si se estuviera imponiendo un límite a sí mismo.

Danica no lo entendió al principio. Hasta que volvió a intentar separarse apenas un centímetro más… y el contacto se hizo imposible de ignorar.

Su cuerpo reaccionó antes que su mente. Un estremecimiento involuntario la recorrió de pies a cabeza, traicionándola. La tensión se le acumuló en el vientre, pesada, incómoda, peligrosamente familiar.

—Alessandro… —pronunció su nombre con un hilo de voz, cargado de nervios… y de algo más que no se atrevía a nombrar.

El silencio que siguió fue espeso, casi palpable. No era una ausencia de sonido, sino una presencia opresiva, cargada de todo lo que ninguno de los dos se atrevía a nombrar. Vibraba entre ellos, tenso, peligroso, como una cuerda a punto de romperse.

Alessandro cerró los ojos con fuerza, apretando la mandíbula. Maldijo en silencio.

Lo sabía. Desde el primer segundo en que despertó, con el cuerpo cálido de Danica encajando contra el suyo, suave, vulnerable, cubierta apenas por su camisa. Desde ese instante había comprendido que estaba en problemas. Había luchado contra el impulso de rodearla con más fuerza, de aspirar su aroma, de permitirse pensar en lo que significaba tenerla así… suya por unas horas robadas.

Había hecho todo por no moverse.

Por no pensar.

Por no ceder.

Pero ella se había movido.

Un gesto mínimo. Inocente. Letal.

Y eso lo estaba destrozando por dentro.

—Te dije… —gruñó, con la voz baja, áspera, cargada de advertencia mientras se inclinaba hacia ella— que no te movieras.

Sus manos la encontraron antes de que pudiera reaccionar. Sus dedos se cerraron alrededor de sus muñecas con firmeza, anclándolas al colchón. No había violencia en el gesto, pero sí una necesidad cruda de control, de contención, como si soltarla implicara perderse por completo.

Con un movimiento fluido y dominante, la giró. En un parpadeo, Alessandro estaba sobre ella, cercándola, ocupando todo su campo de visión. Sus ojos oscuros se clavaron en los de Danica, ardiendo con una intensidad inquietante.

Danica jadeó al sentir su peso, la solidez de su cuerpo, el calor que desprendía. El colchón cedió bajo ellos. Su respiración se volvió irregular, acelerada, y su corazón golpeaba con fuerza contra su pecho, como si quisiera escapar.

La mirada de Alessandro era salvaje. No era ternura lo que había allí, ni calma. Era un borde peligrosamente fino entre la razón y el deseo más primitivo.

La miraba como si fuera a devorarla.

Pero no lo hizo.

En lugar de eso, bajó apenas la cabeza. Su frente rozó la de ella. La punta de su nariz se deslizó lentamente contra la suya, un contacto íntimo, provocador, insoportablemente cercano. Sus labios quedaron suspendidos a milímetros, lo suficiente para que Danica pudiera sentir su respiración, lo suficiente para saber exactamente lo que estaba en juego.

El silencio se volvió insoportable. Cada inhalación parecía un gemido reprimido. Cada exhalación, una súplica muda.

—No lo hagas… —susurró ella, con la voz temblorosa, sin saber si se lo pedía a él… o a sí misma.

Alessandro apretó los dientes. Sus manos tensaron un poco más el agarre, como si ese simple contacto fuera lo único que lo mantenía anclado a la cordura.

—Si te mueves otra vez… —murmuró, con una voz cargada de amenaza y deseo contenido— juro por Dios que no voy a poder detenerme.

Danica no respondió. No se apartó. No cerró los ojos.

Lo miró.

Abierta. Vulnerable.

Y peligrosamente encendida.

Eso fue lo que terminó de romperlo.

De pronto, Alessandro la soltó.

Fue un gesto abrupto, casi violento en su contención. Se apartó de ella como si el contacto le quemara la piel, como si un segundo más pudiera hacerlo perder el último resto de control que le quedaba. Se incorporó de la cama de un solo movimiento y quedó de espaldas a ella, respirando hondo, con los hombros tensos. Se pasó una mano por el rostro, arrastrando los dedos desde la frente hasta la mandíbula, maldiciendo entre dientes en un idioma que ella no alcanzó a entender.

—Ve a darte una ducha —dijo al fin, con la voz grave, forzada, sin mirarla—. Yo preparo el desayuno.

No fue una sugerencia. Tampoco una orden cargada de dureza. Fue… una huida.

Danica se quedó donde estaba, inmóvil, con el cuerpo aún temblándole. No sabía si era por la tensión que aún vibraba en el aire, por el deseo que no había encontrado salida… o por algo mucho más desconcertante.

Por primera vez, Alessandro no la había tomado.

Y eso la descolocaba más que cualquier caricia.

Pasaron largos minutos antes de que lograra moverse.

El lugar donde su cuerpo había estado enredado con el de él conservaba su calor, como una marca invisible. Aunque Alessandro ya no estaba sobre ella, su presencia seguía allí, impregnándolo todo. Su aroma —a madera, a piel caliente, a algo profundamente masculino— se adhería a la camisa negra que Danica llevaba puesta. Esa misma camisa que ahora sentía más íntima, más provocadora, que cualquier prenda diseñada para seducir.

Se llevó las manos al rostro, intentando calmar el temblor de sus dedos. No era frío. No era miedo.

Era deseo.

Crudo. Incómodo. Innegable.

—¿Por qué…? —murmuró, pero la pregunta nunca terminó de salir.

¿Por qué no me tocó?

Eso era lo que más le ardía en la mente. No el cómo la había sujetado. No la forma en que su cuerpo había reaccionado. Sino el hecho de que se hubiera detenido.

Había sentido su peso, su fuerza contenida, la manera en que sus manos la anclaron al colchón. Había escuchado su respiración quebrarse contra su piel, había visto en sus ojos ese instante exacto en que perdió el control. Supo, con una claridad perturbadora, que si ella lo hubiera pedido —o si simplemente no hubiera dicho nada— Alessandro la habría tomado allí mismo. Sin preguntas. Sin frenos.

Y no sabía si quería llorar o gritar porque no lo hizo.

—¿Qué me pasa…? —susurró al aire vacío.

No hubo respuesta.

Lo deseaba. Con una intensidad que no tenía nada de sana. No había dulzura en ese deseo, ni promesas, ni romanticismo. Lo que ella anhelaba no era que la cuidara… sino que la reclamara. Que volviera a mirarla con ese fuego oscuro. Que no tuviera miedo de romperla un poco si eso significaba hacerla suya.

¿Era enfermo sentir algo así?

¿Era soledad? ¿Necesidad de pertenecer a alguien? ¿O simplemente… era él?

Tal vez era su intensidad. La forma en que la miraba como si el mundo se redujera a su cuerpo, a su respiración, a cada una de sus reacciones. Como si todo pendiera de lo que Danica hiciera… o dejara de hacer.

Era adictivo.

Devastador.

Tóxico.

Y aun así, no podía dejar de desearlo.

Una parte de ella —la que aún conservaba algo de juicio— le gritaba que eso no era amor. Que lo que sentía por Alessandro era una combustión emocional nacida del peligro, del deseo prohibido, del filo constante entre lo correcto y lo que quema.

Pero la otra parte…

La que se estremecía cuando él pronunciaba su nombre con esa voz baja y controlada.

La que aún sentía sus manos marcadas en la piel.

Esa parte quería más.

Quería verlo perder el control.

Quería que se olvidara del apellido, de la moral, de los “no deberíamos”.

Quería que Alessandro se volviera loco por ella.

Y al mismo tiempo, se odiaba por desearlo.

Con esfuerzo, se levantó de la cama. Las piernas le flaquearon un instante. El cuerpo aún estaba caliente, sensible, los labios secos. La camisa le rozó los muslos como una caricia lenta, provocadora. Caminó hacia el baño con el corazón golpeándole el pecho y una sola pregunta latiéndole en la cabeza, peligrosa, tentadora:

¿Y si esta vez soy yo la que lo hace perder el control?

Cuando el entro al baño, el aroma la golpeo primero; madera, cítricos suaves y algo más profundo, inconfundiblemente suyo. Sobre el mármol del lavamanos había todo preparado con una precisión casi íntima. Un frasco de shampoo de aroma cálido, jabón corporal cremoso, una esponja nueva aún envuelta. Incluso una toalla gruesa, doblada con cuidado, como si hubiera sido colocada con una atención que descolocaba más que cualquier gesto impulsivo.

Se quedó mirándolo todo durante unos segundos, con el corazón latiéndole despacio pero pesado.

También había ropa.

Un suéter grueso de lana clara, con una línea negra en el cuello en V, suave al tacto, de esos que abrigan más de lo que aparentan. Debajo, leggings negros y calcetines térmicos. Nada provocador. Nada innecesario. Algo cómodo. Algo… cuidado.

Eso fue lo que más la perturbó.

La ducha ayudó un poco. El agua caliente le alivió el ligero dolor de cabeza y le despejó la mente, aunque no lo suficiente como para borrar la sensación persistente de sus manos sujetándola, de su cuerpo cerniéndose sobre el suyo. Cerró los ojos bajo el chorro, respirando hondo, repitiéndose que debía recuperar el control. Que aquello no podía seguir así.

Cuando se vistió, el suéter le cayó suelto, cubriéndole las caderas. Era abrigado. Cute. Y olía levemente a él, como si Alessandro lo hubiera usado alguna vez o, peor aún, como si lo hubiera elegido pensando en ella.

Cuarenta minutos más tarde, Danica bajó las escaleras envuelta en un silencio incómodo.

Cada escalón parecía resonar demasiado fuerte. Aún podía sentir la presión de sus manos sobre sus muñecas, la forma en que él se había cernido sobre ella, el calor persistente que no terminaba de irse de su piel.

Alessandro estaba en la mesa, frente a la computadora, como si nada hubiera pasado.

Vestía un suéter oscuro de punto grueso, sencillo, sin pretensiones, muy parecido al que ella llevaba puesto, con una línea blanca en el cuello. Cómodo. Abrigado. Íntimo. La coincidencia le apretó el pecho sin previo aviso, como si ambos hubieran elegido, sin decirlo, el mismo tipo de armadura para esa mañana frágil.

Tecleaba con agilidad, el ceño apenas fruncido, concentrado. La escena era casi irreal. El mismo hombre que, horas antes, había estado al borde de perder el control, ahora parecía una figura de absoluta calma. Domado. Contenido.

Solo cuando percibió su presencia levantó la vista un segundo.

Sus ojos recorrieron el suéter que la envolvía, se detuvieron apenas en su rostro aún pálido, en su cabello húmedo. No dijo nada. No sonrió. Pero algo se tensó en su mandíbula antes de volver la mirada a la pantalla.

Algo cruzó su mirada. Breve. Indescifrable.

—Te preparé unos waffles —murmuró, con voz grave, señalando la mesa sin mirarla más.

Danica asintió y se sentó en silencio.

El aroma dulce del desayuno le revolvía el estómago. No por falta de hambre, sino por los nervios. Tomó el tenedor y dio un pequeño bocado, más por inercia que por ganas. Cada movimiento era una excusa para no levantar la vista, para no cruzarse con él.

El sonido del teclado llenaba el espacio. Constante. Mecánico.

Le dolía ligeramente la cabeza y se sentía un poco mareada, como si el mundo se moviera un segundo antes que ella. Bebió un sorbo de agua, intentando asentarse.

había estado anhelando tanto su tacto y así como llego de rápido se fue; Alessandro no ha intentado nada desde hace días…, pensó, apretando los labios.

Odiaba tanto el deseo de sentirlo sobre ella, apretándola, aprisionándola, llenadola con su presencia, eran tan toxico como enfermo.

Terminó como pudo. Tragó el último trozo sin saborearlo, se levantó sin decir palabra y llevó el plato al fregadero. Abrió la llave y comenzó a lavar con movimientos automáticos. El agua tibia le corría por las manos, pero aun así le temblaban.

Ahora son hermanos, se recordó.

Esto está mal.

Está mal… y aun así lo deseo.

El ruido del agua parecía demasiado fuerte en el silencio de la cabaña. Sentía su presencia detrás, aunque no se hubiera movido. Esa certeza constante de Alessandro, como una sombra que no se aparta.

Y en ese silencio tenso, cargado de cosas no dichas, Danica supo algo con una claridad inquietante

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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