Susurros de Sangre y Deseo - Capítulo 43
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Capítulo 43: Capitulo 43
“Algunos deseos no nacen de la luz, sino de la oscuridad que reconocemos como hogar.”
—¿Estás lista? —preguntó Alessandro de pronto.
Su voz sonó demasiado cerca. Íntima. Grave.
Danica se sobresaltó.
El plato resbaló entre sus dedos y se estrelló contra el fregadero con un sonido seco, partiéndose en varios pedazos.
—Mierda… —susurró, llevándose una mano al pecho.
—¿Estás bien? —dijo él de inmediato.
Danica se giró lentamente.
Ya lo tenía frente a ella.
Su altura la encerraba, su presencia la descolocaba. El aroma a madera y café que desprendía la envolvió por completo, como una advertencia silenciosa. Todo en Alessandro era una amenaza exquisita: la forma en que la observaba, la tensión contenida en su mandíbula, ese control forzado que apenas sostenía.
—Yo… —tragó saliva—. Estoy bien.
Intentó esquivarlo, pasar a su lado, huir de ese espacio cargado.
No la dejó.
Le tomó la mano con un gesto firme y, antes de que pudiera reaccionar, la atrajo por la cintura y la sentó sobre la mesa. La madera crujió levemente bajo el impacto, frío contra sus muslos.
—Alessandro… —exclamó ella, con los ojos muy abiertos, el pulso desbocado.
Él sonrió.
No fue una sonrisa amable. Fue ladeada, peligrosa, cargada de una satisfacción oscura que le recorrió la espalda como un escalofrío. Amaba cómo sonaba su nombre en la boca de Danica, ese temblor leve que traicionaba todo lo que intentaba ocultar.
Ella trató de moverse, pero él la sostuvo con facilidad, colocándose entre sus piernas, imponiendo su presencia sin violencia… y sin permiso.
Apoyó la frente contra la de ella.
Las respiraciones chocaron, calientes, desordenadas. El aire entre ambos parecía arder. Alessandro cerró los ojos un segundo, como si necesitara reunir fuerzas para no cruzar una línea invisible. La abrazó con firmeza, no para dominarla, sino como si sostenerla fuera la única forma de no perderse.
La olió.
Su cabello. Su cuello. Su piel tibia.
Y ahí terminó de romperse.
La besó.
No fue suave. Fue profundo, contenido durante demasiado tiempo. Un beso que llevaba días —quizá años— esperando suceder. Danica no lo rechazó. No esta vez.
Le respondió.
Con hambre. Con una urgencia que la sorprendió incluso a ella misma.
Sus manos subieron por su nuca, enredándose en su cabello, atrayéndolo hacia sí con una necesidad casi desesperada, como si temiera que, si lo soltaba, desaparecería.
Alessandro estaba perdido.
Sus manos recorrieron su cuerpo con un temblor apenas perceptible, subiendo por sus muslos, deteniéndose ahí, como si incluso tocarlos fuera un acto de guerra interna. Su respiración se volvió irregular, pesada. El deseo le tensaba cada músculo.
Quería tomarla ahí mismo. Olvidarse del mundo, del apellido, de la moral, del error que eran.
Una de sus manos subió hasta su nuca; la otra se cerró en su cabello con firmeza, inclinando su cabeza mientras su boca descendía por su cuello, robándole gemidos involuntarios que vibraron directo en su oído.
Danica jadeó.
No pudo evitarlo.
Su cuerpo tembló, traicionero, entregado. Lo quería. La idea la golpeó con una claridad brutal.
Lo odiaba por hacerla sentir así.
Y aun así… lo quería.
El peligro no era que Alessandro la tocara.
El verdadero peligro era que ella ya no quisiera que se detuviera.
Y entonces, él se separó.
No del todo.
Solo lo suficiente para que el aire volviera a entrarle a los pulmones.
—Prepara tus cosas —dijo finalmente.
Su voz era baja, áspera, todavía vibrando por el esfuerzo brutal que le costaba no perder el control. No era una orden alzada ni un reproche; era algo peor: una decisión tomada al borde del abismo.
Se echó un poco hacia atrás y la miró.
Y esa imagen fue una maldita tortura.
Danica seguía sentada sobre la mesa, el suéter ligeramente desacomodado, el cabello revuelto como si hubiera pasado las manos por él demasiadas veces. Sus labios estaban hinchados, enrojecidos, entreabiertos por una respiración aún agitada. Las mejillas encendidas delataban el incendio que aún ardía bajo su piel. Era deseo sin disfraz. Caos contenido. Vulnerabilidad peligrosa.
Era todo lo que no debía querer…
y todo lo que más deseaba.
Por un instante, Alessandro apretó la mandíbula, los nudillos tensándose como si necesitara anclarse a algo real para no volver sobre ella. Sin decir nada más, dio media vuelta y salió de la cocina.
El portazo del baño al cerrarse resonó como un disparo.
Danica quedó sola.
Sola, pero todavía atrapada en el eco de su cuerpo.
Tardó varios segundos en reaccionar. El corazón le golpeaba el pecho con una fuerza casi dolorosa, como si quisiera salirse. Se llevó una mano al abdomen, respiró hondo, y recién entonces se obligó a acomodarse el cabello con dedos torpes, temblorosos, intentando recomponerse.
No lo logró.
¿Qué demonios acaba de pasar?
La pregunta no traía respuestas, solo más confusión. Más calor. Más deseo. Parte de ella quería correr al baño, golpear la puerta, obligarlo a mirarla de nuevo. La otra… estaba aterrada de lo que eso significaba.
Una hora después, el sonido de la puerta del baño rompiendo el silencio la hizo incorporarse de inmediato.
Danica levantó la vista.
Alessandro salió con el maletín ya listo en una mano. Se había cambiado de ropa; llevaba un abrigo oscuro y una camisa limpia, pero su cabello seguía revuelto, aún ligeramente húmedo, como si hubiera pasado los dedos por él demasiadas veces sin paciencia. Tenía el rostro serio, más cerrado que antes, aunque en sus ojos persistía algo indomable, algo que no se había ido con el agua caliente ni con el tiempo.
No dijo nada
Cruzó la habitación con pasos firmes, dejando el maletín junto a la puerta, y tomó las llaves. El tintinear metálico resonó demasiado fuerte en la cabaña.
—Vámonos —dijo al fin, sin mirarla directamente.
Danica asintió en silencio.
Se levantó, tomó su bolso y lo siguió. Cada paso parecía marcar una despedida invisible. De algo que no había sucedido… y que aun así había cambiado demasiado.
Alessandro abrió la puerta y el aire frío de la mañana los envolvió de golpe, cortante y real. Salieron sin decir palabra. Él cerró la puerta detrás de ellos con un gesto firme, definitivo. El sonido seco del cerrojo cayendo pareció sellar algo más que una simple salida.
El jeep los esperaba.
Subieron. Él al volante. Ella en el asiento del copiloto, mirando al frente, con las manos entrelazadas sobre el regazo, tratando de ordenar un corazón que aún no entendía lo que había pasado.
El motor rugió y el vehículo se puso en marcha.
La cabaña quedó atrás, perdiéndose entre los árboles, como un recuerdo incómodo que ninguno se atrevía a nombrar.
Danica observaba el paisaje deslizarse tras el cristal del jeep sin realmente verlo. Las colinas verdes, los viñedos interminables, el cielo despejado… todo era un telón de fondo borroso frente al caos que llevaba dentro. En el reflejo de la ventana se encontró con sus propios ojos: brillantes, inquietos, demasiado vivos para alguien que intentaba convencerse de que nada había pasado.
Sentía vergüenza.
Confusión.
Y un deseo persistente que no se extinguía, que no obedecía a la razón ni al sentido común, que se le adhería a la piel como una segunda capa invisible.
Todo lo que tenía que ver con Alessandro la desestabilizaba.
La sacaba de su eje.
La arrancaba de cualquier punto seguro.
La obligaba a sentir cosas que no quería sentir… y que, en el fondo, no estaba segura de querer dejar de sentir.
Porque lo peor no era no poder detenerlo.
Lo peor era descubrir que, si tuviera la oportunidad, tal vez no querría hacerlo.
El jeep redujo la velocidad y finalmente se detuvo frente a la viña de los de la Marca.
La viña se alzaba imponente al final del camino de piedra, como una joya oculta entre colinas esmeralda. El aire estaba impregnado del aroma de uvas maduras, madera de roble y poder antiguo. La casona principal dominaba el paisaje: tres pisos de arquitectura señorial, muros cubiertos de hiedra, balcones de hierro forjado y ventanales amplios que reflejaban la luz del sol italiano con una elegancia intimidante.
A los costados del camino, hombres uniformados vigilaban con discreción quirúrgica. Chaquetas negras. Gafas oscuras. Posturas alertas. Danica nunca había visto un arma de cerca… pero sabía, con una certeza instintiva, que cada uno de ellos llevaba una. Lo percibía en la tensión controlada de sus cuerpos, en la forma en que observaban sin parecer hacerlo.
Y luego estaba Alessandro.
Danica lo observó en silencio.
Sabía que él era capaz de la violencia con la misma naturalidad con la que podía hacerla temblar con una sola mirada. Y aunque le doliera admitirlo —aunque le aterrara reconocerlo— esa dualidad peligrosa, esa mezcla exacta de control absoluto y oscuridad latente, la atraía más de lo que jamás debería.
Alessandro fue el primero en bajar.
Danica lo observó en silencio.
Rodeó el vehículo con pasos firmes y medidos, cada movimiento calculado, como si se colocara una vez más la armadura invisible que usaba frente al mundo. Esa que lo volvía intocable. Implacable. Abrió la puerta del lado de ella y extendió la mano en un gesto automático, aprendido, casi instintivo, como si su cuerpo supiera exactamente qué hacer incluso cuando su mente debía mantenerse al margen.
Ella dudó apenas un segundo.
Luego la aceptó.
El roce de sus dedos fue suficiente.
Una descarga silenciosa le recorrió el cuerpo de inmediato, peligrosa, traicionera. El impacto fue tan intenso que perdió el equilibrio, un leve tropiezo que bastó para que Alessandro reaccionara al instante. Su mano se cerró en torno a su cintura, firme, segura, atrapándola antes de que cayera.
El contacto fue fuego.
No un calor suave ni reconfortante, sino algo más primitivo: como metal ardiendo sumergido en llamas, como si su piel reconociera ese toque como algo prohibido… y aun así lo deseara. El calor de su mano atravesó la tela, se filtró hasta sus nervios, y Danica tuvo que contener el aliento.
Demonios.
Le gustaba.
El tiempo pareció suspenderse en un punto imposible. Danica alzó la vista… y se encontró con él mirándola ya, como si hubiera estado esperando ese instante exacto. Como si supiera, con una certeza inquietante, lo que su cuerpo acababa de delatar.
Sus ojos se cruzaron.
No hubo palabras. No podían haberlas. Cualquier cosa que dijeran sería una confesión. Una grieta. Una traición a lo que debían ser ahora: familia. Hermanastros. Un límite infranqueable que ambos sentían tensarse peligrosamente, a punto de romperse.
Las frases murieron en la garganta de Danica, densas, cargadas de riesgo.
Entre ellos quedó solo la mirada.
Intensa.
Oscura.
Prohibida.
Llena de preguntas que ninguno se atrevía a formular.
De promesas implícitas que no estaban listos para cumplir… pero cuyo precio ambos intuían que sería inevitable.
—Gracias al cielo! —exclamó su madre rompiendo el hechizo—. Estábamos tan preocupados por ustedes.
Alessandro se apartó un paso, rompiendo el contacto, y dejó al descubierto a Danica. El gesto fue preciso, controlado, como si nunca hubiera ocurrido nada. Su madre la recorrió con la mirada de inmediato, y su expresión cambió al notar el vendaje que rodeaba parte de su cabeza.
—Cariño, ¿estás bien? —preguntó con un tono alarmado, aunque su siguiente frase dejó claro lo que realmente le preocupaba—. El desfile está arruinado…
Danica rodó los ojos, conteniendo un suspiro cargado de cansancio.
—Estoy bien, mamá —respondió con firmeza—. Solo fue un pequeño golpe.
Y aun así, mientras lo decía, podía sentir todavía el eco del fuego donde Alessandro la había tocado.
—Solo necesita descansar un poco —intervino Alessandro con calma.
Su voz no fue elevada ni urgente, pero llevaba esa firmeza incuestionable que no admitía réplica. No era una sugerencia; era una decisión. Nicole abrió la boca como si fuera a objetar algo, pero se limitó a asentir con un gesto distraído, ya medio perdida en la logística del día siguiente.
Y sin esperar permiso, Alessandro se inclinó y la alzó entre sus brazos.
Danica soltó una pequeña exhalación sorprendida. El rubor le subió de inmediato a las mejillas, pero no protestó. No lo hizo porque, en cuanto sus pies dejaron el suelo, su cuerpo reaccionó antes que su mente. Sus brazos rodearon su cuello con una naturalidad inquietante, como si lo hubiera hecho cientos de veces. Como si ese fuera su lugar.
El calor que él desprendía la envolvió al instante. No era solo físico; era una presencia densa, protectora, peligrosa. Una manta reconfortante que sabía exactamente cómo envolverla… y por eso mismo resultaba adictiva.
Nicole los observó apenas unos segundos, con el ceño fruncido, evaluando la escena más desde la incomodidad social que desde la preocupación maternal.
—Su habitación está en el tercer piso —indicó finalmente—. Más tarde tenemos que medirte el vestido para mañana. No podemos retrasarnos, el desfile ya es un caos suficiente.
Ni una pregunta más. Ni una caricia. Ni un “descansa bien”.
Danica apretó ligeramente los dedos contra la nuca de Alessandro y suspiró, cansada.
—Sí, madre… —respondió con desgano, sin apartar la mirada de él.
Alessandro no dijo nada. Simplemente se dio la vuelta y comenzó a subir las escaleras con ella entre sus brazos. Sus pasos firmes resonaron contra el mármol, acompasados, seguros, como si cargarla fuera lo más natural del mundo. Danica apoyó la cabeza contra su pecho, escuchando el latido constante bajo la tela de su camisa, permitiéndose cerrar los ojos solo un segundo.
Al llegar al tercer piso, empujó la puerta de la habitación con el hombro y avanzó hasta la cama. La depositó con cuidado sobre las sábanas blancas, casi con reverencia, como si temiera romper algo frágil. Las cortinas de lino se mecían suavemente con la brisa que entraba desde la terraza abierta, dejando pasar el aroma nocturno de la ciudad.
Alessandro no se apartó de inmediato.
Se sentó en el borde de la cama, con los antebrazos apoyados en los muslos, mirándola en silencio. Su expresión era ilegible, tensa, como si mil cosas lucharan por salir… y ninguna encontrara el camino correcto. Danica lo observó también, sintiendo que el aire entre ambos se volvía espeso, cargado de palabras no dichas.
Él abrió la boca, como si fuera a hablar.
Luego la cerró.
Y permaneció ahí, inmóvil, atrapado entre el deber, el control… y todo aquello que no debía sentir.
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