Susurros de Sangre y Deseo - Capítulo 44
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Capítulo 44: Capitulo 44
“No hubo saludo ni sonrisa, solo esa mirada que no busca herir: busca recordar quién cree tener el poder.”
La puerta se abrió de golpe, estrellándose contra la pared con un estruendo seco.
—¿¡Qué le hiciste, idiota!? —rugió Leandro al entrar, con el rostro desencajado por la furia.
No esperó respuesta.
En dos zancadas ya estaba frente a Alessandro y lo levantó del borde de la cama por el cuello de la camisa, con una fuerza brutal que tensó la tela hasta casi desgarrarla. Sus puños temblaban, no de duda, sino de rabia contenida durante demasiado tiempo.
—¿Por qué siempre la lastimas? —escupió, acercando su rostro al de él—. ¿Qué demonios te pasa con ella? ¿Por qué la odias tanto?
Alessandro no respondió.
No intentó soltarse.
No alzó las manos.
No devolvió el golpe.
Se limitó a mirarlo.
Sus ojos, oscuros e impenetrables, se clavaron en los de su hermano con una calma peligrosa, de esas que no apagan la violencia, sino que la anuncian. Su mandíbula estaba tensa, los músculos del cuello marcados por el agarre, pero no había miedo en su expresión. Solo contención. Y algo más profundo. Algo que Leandro no supo leer… y que eso mismo lo enfureció todavía más.
—¡Leandro, basta! —la voz de Danica se quebró al tiempo que se levantaba de la cama.
Se interpuso entre ellos sin pensarlo, ignorando el mareo que aún le nublaba un poco la vista. Sus manos se aferraron a los brazos de su hermano, intentando bajarlos, contenerlo.
—¡No! —insistió—. No fue culpa suya. Fue un accidente. Te lo juro. Suéltalo, por favor…
Leandro bajó la mirada hacia ella.
La furia seguía ahí, ardiendo, pero ahora mezclada con algo más doloroso. Miedo. Impotencia. La imagen de su hermana herida, vulnerable, le atravesaba el pecho como una herida abierta.
Apretó los dientes.
Con un movimiento brusco, soltó a Alessandro. La tela de la camisa quedó arrugada, abierta en el cuello. Alessandro dio un paso atrás para recuperar el equilibrio, sin decir una sola palabra.
—¿Qué pasó? —preguntó Leandro entonces, girándose hacia Danica, su voz más baja, pero igual de tensa—. Dímelo tú.
Danica tragó saliva.
—Me subí a una roca —murmuró, bajando la vista—. Resbalé… fue descuido mío.
Sus mejillas se encendieron.
—Alessandro me ayudó. Cuidó de mí —añadió, casi en un susurro—. Yo fui la torpe.
Cada palabra fue un golpe silencioso.
Alessandro sintió cómo algo se le retorcía en el pecho al verlos así: tan unidos, tan claros el uno para el otro. Leandro entendiendo cada gesto de ella sin que tuviera que explicarse demasiado. Danica confiando en él sin reservas.
Ellos pertenecían al mismo mundo.
Y él… no.
Sin mirarlos de nuevo, Alessandro se dio la vuelta y salió de la habitación. La puerta se cerró tras él con un golpe seco, definitivo, como una sentencia que nadie se atrevió a discutir.
El silencio que quedó fue pesado.
Danica se dejó caer sentada sobre la cama, abrazando sus rodillas con fuerza, como si así pudiera sostenerse a sí misma.
—Estoy bien —dijo al fin, con la voz baja—. De verdad. No me mires así, por favor…
ero Leandro no respondió de inmediato.
Se quedó observándola en silencio, con el ceño fruncido y los hombros tensos, como si estuviera ensamblando piezas que no encajaban del todo. Sus ojos recorrían cada detalle de ella: el vendaje mal disimulado, la rigidez con la que se abrazaba a sí misma, la forma en que evitaba sostenerle la mirada. Leandro la conocía demasiado bien. Desde siempre. Y ese conocimiento era lo que lo inquietaba.
—Dime qué está pasando con Alessandro —dijo al fin.
No elevó la voz. No la acusó. Pero el peso de la pregunta cayó como una piedra en el centro de la mente de Danica, rompiendo cualquier intento de calma.
Ella alzó los ojos, sorprendida, y por un segundo el gesto infantil de negación estuvo a punto de desaparecer.
—Nada —respondió con rapidez, demasiado rápido—. No está pasando nada.
Desvió la mirada hacia la ventana, fingiendo interés en la luz que se filtraba entre las cortinas de lino.
—¿Estás segura? —insistió Leandro.
Esta vez dio un paso más cerca. No invadía su espacio; lo protegía. Pero la cercanía hizo que el pecho de Danica se contrajera.
Dudó.
Sus labios se entreabrieron, como si fueran a dejar escapar una verdad que quemaba… pero se cerraron de nuevo. No había palabras suficientes. No había forma de explicar algo que ni ella misma comprendía.
—Estoy segura —repitió, aunque la convicción se le escapó entre los dedos—. Ha sido una patada en el culo —añadió, forzando una pequeña sonrisa—, pero… cuidó de mí.
La sonrisa no llegó a sus ojos.
¿Cómo explicarle lo inexplicable?
Lo que había entre ella y Alessandro no tenía nombre. No era amor. No era odio. No era solo deseo. Era un fuego sordo, constante, que ardía bajo la piel y la mantenía despierta por las noches. Una tensión eléctrica que la empujaba al borde de algo peligroso… y que, en sus momentos más oscuros, no quería que desapareciera.
Leandro la observó unos segundos más, como si intentara atravesar esa muralla frágil que ella había levantado.
Al final, suspiró.
—Descansa un poco —dijo con voz más suave, inclinándose para besarle la frente.
El gesto fue tierno, familiar, protector. Todo lo que Alessandro no era… y, aun así, lo único que ella necesitaba en ese instante.
—Te veo más tarde.
Cuando salió de la habitación, el silencio se cerró sobre Danica como una marea lenta.
Se quedó sola.
Con el eco de las preguntas no respondidas, con el corazón latiéndole demasiado rápido… y con la piel aún viva, sensible, marcada por el recuerdo de las manos de Alessandro, como si su tacto se hubiera quedado tatuado en ella, negándose a desaparecer.
Unas horas más tarde, Danica se arrepintió profundamente de haber bajado al salón de pruebas.
El espacio era amplio, casi excesivo, como si hubiera sido diseñado para intimidar. Los espejos sin marco cubrían las paredes de piso a techo, multiplicando cuerpos, miradas y juicios. Cortinas de lino blanco dejaban pasar la luz dorada del atardecer, que bañaba el lugar con una calidez engañosa, porque el ambiente estaba lejos de serlo.
A un lado, una fila interminable de modelos aguardaba su turno. Algunas conversaban en murmullos bajos, cargados de rivalidad apenas disimulada; otras se retocaban el maquillaje con manos expertas, como si la perfección fuera una armadura necesaria para sobrevivir ahí dentro. Las más nerviosas —las que aún no dominaban del todo ese mundo— aspiraban discretamente líneas finas de polvo blanco sobre mesas auxiliares cubiertas de cosméticos, bocetos y copas de agua olvidadas. Eran unas treinta y cinco. Todas altísimas. Todas delgadas hasta lo irreal. Todas con esa mirada afilada que evaluaba, comparaba… y descartaba.
Y todas miraban a Danica como si fuera un error.
Ella se movía de un lado a otro entre percheros repletos de diseños, asistentes apuradas, alfileres que pinchaban sin aviso y órdenes que no terminaban nunca. Su madre había decidido que Danica sería la imagen de apertura del desfile.
—Un símbolo de unidad —había dicho, con esa sonrisa encantadora que siempre escondía una sentencia.
Danica se detuvo frente al espejo principal.
El reflejo le devolvió una versión de sí misma que apenas reconocía.
Se mordió el labio inferior. Tragó saliva. El rubor le subió lento por el cuello hasta incendiarle las mejillas.
—Madre, por favor… —susurró, más para darse valor que esperando ser escuchada, mientras ajustaba la tela sobre su cuerpo—. Es demasiado poco…
El vestido era de encaje negro, traslúcido, con delicados detalles florales bordados que apenas disimulaban lo esencial. Bajo él, una tanga negra se perdía entre los arabescos del diseño, y unos adhesivos cubrían sus pezones con el emblema familiar: una rosa negra de espinas doradas. Parecido al vestido que uso en la boda de su madre.
La ironía le quemaba la piel.
Se sentía hermosa. Innegablemente hermosa.
Y también peligrosamente expuesta.
Como si cada centímetro de su cuerpo estuviera siendo ofrecido al juicio ajeno.
Entonces lo sintió.
No fue un sonido. No fue un movimiento.
Fue una mirada.
Le recorrió la espalda como una caricia lenta y helada, descendiendo con deliberación, deteniéndose donde no debía. Danica se quedó inmóvil. Su respiración se volvió superficial.
Alzó los ojos hacia el espejo.
Alessandro estaba allí.
Apoyado contra la pared del fondo, de brazos cruzados, vestido de negro, con el ceño levemente fruncido. No parecía incómodo. No parecía sorprendido. Sus ojos oscuros viajaban por ella con una calma peligrosa, evaluándola como si el vestido fuera lo de menos. Como si lo que realmente estuviera midiendo fuera su resistencia.
Danica sintió el calor subirle hasta la nuca.
Su corazón se desbocó.
Por un segundo, sus miradas se encontraron a través del reflejo.
Luego, sin decir una sola palabra, Alessandro se dio la vuelta y desapareció entre las sombras del pasillo.
—¿Por qué tenía que venir…? —murmuró ella, llevándose una mano al pecho para intentar calmar el latido furioso que él había despertado.
Minutos después, su madre hizo acto de presencia.
Caminaba con la seguridad de alguien que jamás duda de su derecho a decidir sobre los demás. Llevaba gafas oscuras pese a estar en interior, un abrigo de seda blanco que flotaba a su alrededor y una tablet sostenida con precisión quirúrgica. Al ver a Danica, sus labios se curvaron en una sonrisa satisfecha.
—Me encanta… —dijo, acercándose—, pero hay algo extraño en el busto.
Danica tensó los hombros.
—A tu hija le ha estado creciendo el busto —intervino una de las asistentes mientras ajustaba las costuras con alfileres plateados—. Es el tercer reajuste esta semana.
—¡Eso son noticias maravillosas! —respondió su madre con entusiasmo teatral—. Hagan el ajuste. Un último toque…
Sacó unas tijeras finas de un estuche de cuero y cortó con precisión un fragmento más de encaje negro. Lo colocó como un velo semitransparente sobre el escote, elevando el diseño a algo aún más provocador, más pulido… más exhibible.
—Perfecto.
La palabra quedó suspendida en el aire, pesada, definitiva, como el último suspiro antes de que una tormenta vuelva a estallar. Las pruebas habían sido interminables, los retoques minuciosos, casi obsesivos, como si su madre intentara esculpirla en algo digno de ser mostrado, admirado, consumido por miradas ajenas. Y por un instante, Danica se sintió exactamente eso: una escultura viva, modelada bajo la presión del deber y la expectativa.
Pero bajo el barniz de la perfección, palpitaba algo real. Ella.
Entonces, el murmullo del salón cambió.
Las conversaciones se cortaron a medias. Varias cabezas se giraron al mismo tiempo hacia la entrada.
—Llegó tarde —susurró alguien, con una mezcla de fastidio y admiración.
Lucía Fontanelle apareció como si el retraso fuera parte de su encanto. Alta, impecable, con un vestido ceñido que gritaba seguridad y una sonrisa descarada que no pedía disculpas. Caminaba con la naturalidad de quien sabe que el mundo se detiene cuando entra en una habitación.
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