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Susurros de Sangre y Deseo - Capítulo 45

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Capítulo 45: Capitulo 45

“La virtud, cuando camina sola, suele perderse; el vicio, en cambio, siempre sabe a dónde va.”

La madre de Danica fue a su encuentro de inmediato, como si el retraso de Lucía no hubiese sido más que una excentricidad encantadora. Nicole sonreía con esa calidez ensayada que reservaba para las alianzas convenientes. Dos besos en las mejillas, palabras dulces, elogios huecos. Nada que delatara que ignoraba por completo el verdadero estado de las cosas.

Danica no les había dicho ni a su madre ni a Carlo que había terminado con Valentino. Se había limitado a lo de siempre: que necesitaba concentrarse en sus estudios. Una excusa limpia. Aceptable. Fácil de digerir.

Lucía, en cambio, ya la había visto.

Y ¿cómo no hacerlo?

Danica estaba en un pedestal. No solo era la hija de Nicole Fontanelle; era la imagen de apertura, el centro de la pasarela, la pieza que todos debían mirar antes de cualquier otra cosa. Su sola presencia desplazaba el aire.

Lucía la recorrió de arriba abajo con una única mirada lenta, calculada, quirúrgica. No hubo sonrisa. Tampoco desdén abierto. Fue algo peor. Esa expresión de quien se sabe intocable. Segura de su lugar, de su poder… y de aquello que cree que le pertenece sin necesidad de reclamarlo en voz alta.

Danica sostuvo la mirada apenas un segundo.

Luego la ignoró.

No por orgullo. No por dignidad.

Sino porque, de pronto, no valía la pena.

Y fue entonces cuando lo comprendió. No con claridad, sino como una punzada incómoda que se instala sin pedir permiso: en todo ese tiempo no había pensado ni una sola vez en Valentino. No había lágrimas reprimidas. No había rabia hirviendo bajo la piel. No existía ese dolor devastador que había imaginado cuando supo del engaño.

No le dolía tanto lo que él había hecho.

Lo que realmente le revolvía el estómago era el descaro de Lucía. Esa seguridad insolente. Esa forma de ocupar el espacio como si ya estuviera decidido. Como si ese lugar —ese lugar específico, peligroso— siguiera siendo suyo.

Danica no sabía si Lucía y Alessandro seguían juntos.

Ella no había mostrado las fotos. No había dicho nada. No había pronunciado su nombre. Y, aun así, tampoco los había visto juntos desde entonces. Ninguna aparición pública. Ninguna mención en revistas. Ningún titular que confirmara o negara nada.

Solo silencio.

Un silencio espeso, incómodo, que se le metía bajo la piel y vibraba como una advertencia. No era alivio. Tampoco dolor. Era una ausencia inquietante. Una pregunta que nadie se atrevía a formular… pero que todos parecían estar esperando responder.

Danica respiró hondo frente al espejo.

El encaje negro le abrazaba el cuerpo como una segunda piel que todavía no terminaba de reconocer como propia. No la protegía: la exponía. Marcaba cada curva con una intención silenciosa, como si el vestido supiera algo que ella apenas comenzaba a intuir. Algo en su interior se estaba desplazando, reacomodando sin pedir permiso. Como si ya no hubiera marcha atrás. Como si, muy en el fondo, comprendiera que nada volvería a ser simple.

Tal vez el verdadero problema no era Valentino.

Tal vez nunca lo había sido.

La voz de su madre quebró el instante con una ligereza casi ofensiva.

—Lucía, cariño, vamos a la otra sección. Quiero que te hagan las pruebas otra vez, no estoy del todo convencida con el sombrero —dijo Nicole con entusiasmo renovado, girando sobre sus tacones—. Haremos unas fotos y luego decido.

Tomó a Lucía del brazo con familiaridad, como si fueran aliadas de toda la vida, y comenzó a guiarla fuera del salón. La modelo lanzó una última mirada por encima del hombro: breve, calculada, quirúrgica. No fue un desafío. Fue una certeza. Después desapareció entre cortinas de lino y asistentes apresurados.

Nicole no miró atrás.

No hubo una palabra para Danica. Ninguna indicación. Ningún gesto de complicidad. Nada que recordara que, además de pieza central del desfile, seguía siendo su hija.

Y así, sin más, la dejaron sola.

El murmullo regresó al salón —telas rozando, voces bajas, risas tensas—, pero Danica ya no estaba ahí del todo. Sentía una presión extraña en el pecho, una mezcla incómoda de vacío y lucidez. Pensó en Valentino. En cómo había anticipado el dolor. En las escenas que había ensayado mentalmente: reproches, lágrimas, noches interminables mirando el techo.

Nada de eso había ocurrido.

No sentía ese dolor devastador que se suponía debía sentir. No había rabia ciega ni pena profunda. Solo una molestia distante, como una herida que nunca terminó de abrirse… porque nunca fue tan profunda como creyó.

Lo que realmente la crispaba no era la infidelidad en sí. Era el descaro. El ramo de tulipanes abandonado en el suelo. La naturalidad con la que Lucía ocupaba espacios que Danica no sabía si seguían siendo de alguien más.

Espacios que parecían no pertenecerle ya a nadie… o tal vez nunca le pertenecieron del todo.

¿Le había importado realmente Valentino… o solo la idea de él?

¿Y por qué, si estaba con Alessandro, lo engañaba?

Las preguntas la acompañaron mientras escapaba del salón de pruebas como quien huye de una cárcel de terciopelo. Subió a su habitación con un único deseo: desarmarse. Quitarse las capas, las costuras, el peso de las expectativas. Volver a ser solo Dani, aunque ya no estuviera segura de qué significaba eso.

Eligió un vestido de seda verde, largo, sencillo solo en apariencia. En cuanto la tela rozó su piel, un escalofrío suave le recorrió la espalda, casi íntimo, como si la prenda la reconociera antes que ella misma. La seda se deslizaba por su cuerpo con una naturalidad peligrosa, abrazando cada curva sin imponer nada, insinuándolo todo.

Frente al espejo, se observó con detenimiento.

El reflejo le devolvió a alguien distinto. No era solo su rostro; era la manera en que sostenía la mirada. Más firme. Más consciente. Sus pechos llenaban el escote con una seguridad nueva, sin disculpas. La cintura se marcaba con una delicadeza que no hablaba de fragilidad, sino de promesa. Había algo en ella que estaba despertando… algo que ya no pedía permiso para existir.

Y esa certeza —oscura, tibia, inevitable— la obligó a contener el aliento.

Se veía deseable.

No de una forma aprendida ni ensayada frente a otros, sino natural, instintiva. Como si su cuerpo, al fin, hubiera decidido florecer por cuenta propia. La idea no la asustó. La estremeció.

Bajó a la cocina descalza, el vestido ondulando a su alrededor con cada paso, rozándole los muslos como una caricia distraída. La casa estaba sumida en un silencio espeso, de esos que parecen observar. Abrió el refrigerador y tomó lo necesario con movimientos lentos, casi ceremoniales, como si cada gesto fuera una afirmación silenciosa de control. De elección.

Con manos todavía tensas, preparó la canasta: quesos suaves, frutas maduras, una botella de vino tinto. El ritual era suyo. Íntimo. Una costumbre secreta para recordarse que aún podía decidir por sí misma. Que todavía se pertenecía.

Cruzó el jardín mientras el aire fresco le acariciaba la piel descubierta de los brazos. Caminó hasta su rincón favorito, un claro escondido entre setos y rosales blancos y rojos, donde el mundo parecía suspenderse, como si nadie pudiera encontrarla allí sin permiso. Extendió la manta celeste con cuidado, dispuso la comida como un bodegón de otro siglo: estético, deliberado. Se sirvió una copa y tomó un libro al azar.

Justine, del Marqués de Sade.

La ironía le arrancó una sonrisa breve, ladeada. Apropiada, tal vez. Demasiado.

Pero no logró concentrarse. Las palabras flotaban sin arraigo, resbalaban por su mente sin quedarse. Sus pensamientos regresaban, insistentes, a Valentino. Al ramo de tulipanes abandonado en el suelo. A la traición… y a lo poco que le dolía admitirla.

No había desgarro. No había llanto.

Solo una incomodidad distante, como una verdad que se negaba a pesar lo suficiente.

Suspiró y cerró el libro con frustración, dejándolo a su lado.

Tal vez eso era lo más inquietante de todo.

No la pérdida.

Sino la facilidad con la que había aprendido a soltarla.

No la pérdida.

Sino la indiferencia que había dejado en su lugar.

Y entonces lo sintió.

No lo escuchó llegar. Su cuerpo lo supo antes que su mente. El leve crujir entre los arbustos. El modo en que el aire cambió. Cómo su piel se erizó, alerta, expectante.

Alessandro.

Estaba allí, apoyado con esa arrogancia innata en el borde del claro. El sol a su espalda lo recortaba como una aparición peligrosa, casi irreal. Caminó hacia ella sin apuro, sin palabras. El silencio entre ambos se tensó, espeso, vivo, como una bestia agazapada esperando la orden de atacar.

Danica no se levantó.

No huyó.

Alzó la copa con una calma cuidadosamente ensayada y bebió un sorbo sin apartar la mirada, como si sostenerla fuera un acto de resistencia.

Alessandro se sentó a su lado sin pedir permiso, ocupando el espacio con una naturalidad insultante. Como si ese lugar siempre le hubiera pertenecido. Como si ella hubiera estado esperándolo sin saberlo.

Danica contuvo el aliento. Su cercanía alteraba el aire, trastocaba la gravedad. Todo parecía inclinarse hacia él.

Alessandro tomó la botella y vertió vino en una copa extra. El gesto fue lento, elegante, deliberado. Se la ofreció sin hablar. Cuando sus dedos se rozaron apenas, el contacto fue mínimo… pero suficiente para sacudirla por dentro. Danica reprimió un temblor traicionero.

—Salud —murmuró él.

Su voz no buscaba el oído. Buscaba la piel.

Danica alzó la copa con un gesto medido, casi ceremonial. Alessandro tomó una fresa entre los dedos, la hundió en el chocolate oscuro y se la ofreció sin apartar la mirada. Ella vaciló apenas un latido antes de inclinarse y morderla. El roce fue mínimo. Intencional. Su respiración se desacomodó de inmediato.

Cuando él tomó el resto, no se inclinó hacia ella. Se lo llevó a sus propios labios con una calma provocadora, degustándolo despacio, como si cada segundo fuera una invitación deliberada. Sus ojos no se apartaron de los de Danica mientras masticaba, lento, consciente, tentándola sin tocarla. Al final, su lengua recorrió su labio inferior, limpiando el rastro de chocolate con una precisión que no fingía inocencia.

Alessandro no la tocaba.

No hacía falta.

Su cercanía bastaba. La envolvía, la cercaba, como una presión invisible que no dejaba espacio para escapar.

—Tienes chocolate —murmuró.

Antes de que Danica pudiera reaccionar, se inclinó apenas lo necesario y limpió el borde de sus labios con la lengua. El gesto fue preciso. Breve. Devastador.

El jadeo se le escapó sin permiso.

Sus miradas chocaron.

En los ojos de Alessandro ardía algo más peligroso que el deseo desatado: control. Fuego contenido, dominado con una voluntad férrea, como si se negara a cruzar la línea solo para demostrar que podía… hasta que decidiera no hacerlo.

—No deberías hacer eso —susurró ella.

Sonó menos como una advertencia y más como una súplica que no quería reconocer.

—¿Por qué no? —respondió él, acercándose lo suficiente para que el calor de su aliento le rozara el cuello—. ¿Porque está mal… o porque sabes exactamente lo que provoca en ti?

Danica apartó la mirada. Sus dedos se aferraron a la tela de la manta, delatando lo que su voz intentaba ocultar.

—Porque esto no debería estar pasando…

Alessandro inclinó apenas la cabeza, observándola como si acabara de confirmar algo.

—Entonces explícame por qué estás temblando.

Ella no respondió.

Él se acercó un poco más. El contacto de su rodilla contra la de ella fue firme. Intencionado. Una invasión lenta, sin violencia.

—Dime, Dani —murmuró él—. ¿Qué soy para ti? ¿Un error que no puedes borrar… o la verdad que no te atreves a decir en voz alta?

No elevó la voz. No la presionó. Y aun así, la pregunta le cayó como un golpe directo al pecho.

Su pulso se aceleró de inmediato, traicionero, marcándole el ritmo en las sienes. Danica sintió el latido en la garganta, en las muñecas, en cada rincón donde su cuerpo reaccionaba antes que su voluntad. Alessandro seguía quieto, peligrosamente tranquilo, observándola como si tuviera todo el tiempo del mundo… como si supiera que no necesitaba avanzar para acercarse más.

Su voz era un veneno dulce. Lento. Persistente. Imposible de rechazar sin pagar un precio.

Danica intentó escapar de esa intensidad buscando refugio en lo único que tenía a mano. Bajó la mirada, estiró el brazo hacia el libro, aferrándose a él como a un salvavidas torpe. Pero Alessandro fue más rápido. No brusco. No violento. Simplemente interceptó el movimiento, tomando el volumen antes de que ella pudiera esconderse detrás de sus páginas.

Alzó una ceja, divertido.

—¿Sade? —comentó, hojeándolo con calma—. No imaginé que leías sobre sumisión y castigo mientras comías fresas.

Ella rodó los ojos, intentando recuperar algo de control, pero el rubor le subió inevitablemente por el cuello, delatándola.

—Lo encontré en tu biblioteca —murmuró—. Me dio curiosidad.

—La curiosidad siempre es peligrosa —respondió él, con una media sonrisa—. Y este… —pasó los dedos por el lomo del libro, lento— es de mi colección privada.

Se lo devolvió, pero no de inmediato.

Sus dedos se deslizaron sobre los de ella, apenas un segundo más de lo necesario. Un contacto leve. Medido. Suficiente para enviar un mensaje claro que le recorrió el cuerpo como un escalofrío.

Danica contuvo la respiración.

—¿Te resolvió alguna duda existencial? —preguntó él, con ese tono suave que no pedía respuestas, las arrancaba.

—No te importa —respondió ella, aunque la voz le salió más baja de lo que pretendía.

Alessandro soltó una carcajada grave, profunda. No la risa ensayada del hombre que controla todo, sino la de alguien que, por un instante, bajaba la guardia. El sonido le vibró en el pecho a Danica de una forma peligrosamente familiar.

—Eres un caso perdido, Dani —murmuró, dejando el libro a un lado.

Ella no supo en qué momento dejó de sostenerse a sí misma.

Solo sintió cómo su cuerpo cedía un poco, apoyándose levemente contra él. Alessandro no se tensó. No se movió. Simplemente la recibió, como si hubiera estado esperando ese gesto desde el principio. Su presencia era firme, sólida, envolvente. No había urgencia. No había tormenta.

Y, sin embargo, Danica la extrañó.

Extrañó al Alessandro impredecible, al filo constante, a la intensidad desbordada. Esa calma nueva la confundía más que cualquier arrebato. Porque no era ausencia de deseo… era control. Dominio absoluto.

Y eso la atraía aún más.

No dijeron nada. El silencio se estiró entre ellos mientras el sol descendía lentamente, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y violáceos. La luz se filtraba entre los rosales, bañándolos en una quietud casi irreal.

Pero bajo esa calma, algo latía con fuerza.

Danica lo sentía en su propio cuerpo: el deseo que negaba, la tensión que intentaba ignorar, la traición de su piel reaccionando a cada respiración de él, a cada centímetro compartido.

Ella lo deseaba.

Y odiaba admitírselo.

Alessandro permanecía inmóvil, como un incendio contenido tras muros de mármol. No porque no pudiera tocarla. No porque no quisiera.

Sino porque sabía que, cuando lo hiciera, ya no habría vuelta atrás.

Y eso… eso era infinitamente más peligroso.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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