Susurros de Sangre y Deseo - Capítulo 46
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Capítulo 46: Capitulo 46
“El peligro no siempre entra por la puerta; a veces duerme en la habitación de al lado.”
La casa del lago dormía bajo la nieve.
El invierno la había envuelto en una quietud casi solemne, como si cada pared, cada viga de madera y cada cristal supieran que no era una noche para hacer ruido. Afuera, el jardín se extendía blanco e intacto, apenas delineado por las luces bajas que marcaban los senderos. El lago, oculto en la oscuridad, parecía contener la respiración.
Danica despertó con la garganta seca.
Permaneció unos segundos mirando el techo, escuchando el silbido lejano del viento colándose por algún resquicio invisible. Había intentado dormir, de verdad, pero su mente se negaba a obedecer. Alessandro. Italia. Las miradas cargadas de cosas no dichas, las palabras medidas al milímetro, lo que se había insinuado… y lo que se había evitado.
Suspiró y se incorporó.
El frío la recibió de inmediato, arrancándole un estremecimiento involuntario. Tomó la bata de seda azul cielo y se la colocó sobre la pijama del mismo tono: delicada, hermosa y completamente inadecuada para una noche nevada. Se ató la cinta con rapidez, como si eso pudiera protegerla, y salió de la habitación antes de darle tiempo a la duda.
Bajó las escaleras con sus pequeñas pantuflas de conejo —adorables, inútiles para ese clima— procurando no hacer ruido. La planta baja estaba más fría; el calor parecía reservado solo para quienes seguían dormidos. En la cocina encendió una luz tenue, lo justo para orientarse sin romper la calma nocturna.
Sirvió un vaso de agua y bebió despacio.
Entonces lo oyó.
Un sonido leve. Distante. Apenas perceptible.
El pulso se le aceleró un poco.
Con pasos decididos, aunque algo nerviosos, cruzó el pasillo que conectaba la cocina con el comedor. Todo estaba oscuro y silencioso. El aliento se le escapaba en pequeñas nubes blanquecinas cada vez que respiraba, y una parte de ella empezó a arrepentirse de haber salido tan poco abrigada.
Al llegar a la sala, sus ojos recorrieron el espacio frío y en penumbra hasta detenerse en la puerta de cristal que daba a la terraza.
Una silueta se recortaba contra la nieve.
El cigarro encendido fue lo primero que vio, y durante un segundo el sobresalto le tensó el cuerpo. Luego enfocó mejor… y el miedo se disipó.
Leandro estaba allí.
Apoyado contra la baranda, con el abrigo abierto y un suéter grueso de lana oscura bajo él, como si el invierno no tuviera autoridad sobre su cuerpo. La nieve caía a su alrededor de forma constante, silenciosa, y el vapor de su respiración se deshacía en el aire helado.
Danica dudó apenas un instante antes de acercarse.
Abrió la puerta corrediza y el frío la golpeó de lleno, afilado.
—Hace frío —murmuró, más para sí misma que para él.
Leandro giró la cabeza al instante.
—¿Qué haces despierta? —preguntó, frunciendo el ceño apenas la vio—. ¿Y descalza?
—Tenía sed —respondió ella, encogiéndose de hombros.
Salió a la terraza y se abrazó instintivamente, como si eso pudiera contener el frío que ya le mordía la piel. El aire helado se coló por la seda de la pijama sin esfuerzo, y Danica tuvo que morderse el labio para no tiritar.
Leandro la observó con atención, recorriéndola de arriba abajo con esa expresión tan suya, una mezcla exacta de hermano mayor y mejor amigo, de reproche suave y preocupación auténtica.
—Eres increíble —murmuró, negando con la cabeza—. Algún día vas a terminar enferma por no cuidarte.
Antes de que ella pudiera responder, él se quitó el suéter grueso que llevaba bajo el abrigo. El gesto fue automático, casi inconsciente. Dio un paso hacia ella y, sin pedir permiso, se lo colocó sobre los hombros con cuidado, asegurándose de cubrirle bien los brazos.
—Póntelo.
Danica abrió la boca para protestar, pero el calor inmediato del tejido la traicionó. El suéter era pesado, envolvente, y olía a Leandro: a menta, a tabaco apagado, a frío nocturno y a algo profundamente familiar.
—Leandro…
—No —la interrumpió, con una firmeza tranquila—. Hace frío. Y no pienso discutir eso contigo.
Ella suspiró, resignada, y se ajustó la prenda alrededor del cuerpo.
—Gracias —murmuró al final.
Leandro volvió a apoyarse en la baranda, pero ya no estaba del todo ausente. Sus ojos se perdieron en el jardín cubierto de nieve, en ese mismo espacio donde horas antes Danica había compartido un silencio peligroso con Alessandro.
—Sofía ha estado rara —dijo de pronto, sin mirarla.
Danica levantó la vista hacia él, sorprendida por el cambio de tema.
—¿Rara cómo?
Leandro tardó unos segundos en responder. Aplastó la colilla imaginaria entre los dedos, aunque ya no había cigarro.
—Distante —dijo al fin—. Como si estuviera aquí… pero pensando en otro lugar. —Hizo una pausa—. Y eso no me gusta.
Danica bajó la mirada. Ella también lo había notado. Sofía seguía sonriendo, seguía siendo encantadora, pero algo en su energía había cambiado. Una ligereza distinta. Una libertad que no siempre encajaba con los hombres De La Marca.
—Tal vez solo está cansada —aventuró, con cuidado.
Leandro soltó una risa breve, sin humor.
—No soy estúpido, Dani.
Ella apretó los labios. Dudó. Porque decirlo en voz alta implicaba cruzar una línea que no sabía si debía cruzar.
—Leandro… —empezó, midiendo cada palabra—. Tú estuviste fuera mucho tiempo.
Él giró el rostro hacia ella, atento.
—Lo sé.
—Y Sofía… —Danica vaciló—. Ha cambiado un poco. No digo que sea malo. Solo… distinto.
—¿Distinto cómo? —preguntó él, con el ceño levemente fruncido.
Danica respiró hondo. El frío ya no era lo que la incomodaba.
—Es más libre —dijo al fin—. Más segura de sí misma. De su cuerpo, de lo que quiere… de cómo lo quiere.
Leandro guardó silencio. Sus hombros se tensaron apenas, un gesto casi imperceptible, pero Danica lo conocía demasiado bien.
—¿Libre? —repitió él, despacio.
—No me malinterpretes —se apresuró ella—. No te está engañando. Solo… no sé si encaja del todo con la forma en que tú ves las cosas.
Porque los De La Marca no amaban a medias. No protegían a medias. Y tampoco compartían.
Leandro miró de nuevo al jardín, a la nieve cayendo con paciencia infinita.
—Yo no quiero una mujer que me oculte cosas —dijo en voz baja—. Ni una que juegue a ser algo que no es.
Danica apoyó el codo en la baranda, más cerca de él.
—Tal vez no está jugando —susurró—. Tal vez solo está siendo ella.
Él no respondió de inmediato. Cuando lo hizo, su voz sonó más cansada que molesta.
—¿Y tú? —preguntó—. ¿Cómo estuviste todo este tiempo que me fui?
Danica parpadeó, tomada por sorpresa.
—Yo…
Pensó en demasiadas cosas al mismo tiempo. En Valentino. En Alessandro. En este viaje, sí misma cambiando sin permiso.
—Sobreviviendo —dijo Danica con una media sonrisa—. Como siempre.
Leandro la miró de reojo, sin humor. La conocía demasiado bien para aceptar respuestas fáciles.
—Eso no es una respuesta.
Ella iba a replicar, a buscar una frase más honesta, cuando Leandro se irguió de golpe.
No fue un movimiento brusco. Fue instintivo. Preciso.
El tipo de reacción que no se aprende: se nace con ella.
Sus ojos se afilaron, su postura cambió, el cuerpo entero tensándose como el de un animal que acaba de detectar una presencia ajena. Danica lo notó de inmediato… y entonces él también reconoció quién era. La rigidez se aflojó apenas, lo justo.
Desde uno de los accesos laterales del jardín, Alessandro emergió entre las sombras.
El abrigo oscuro lo envolvía como una armadura. El cuello levantado, las manos en los bolsillos, el paso firme y deliberado. La nieve crujía bajo sus botas, marcando cada avance como una advertencia. No había prisa en él. Tampoco duda.
Sus ojos se clavaron en la escena con una precisión quirúrgica.
Danica envuelta en el suéter de Leandro.
La cercanía.
La complicidad silenciosa.
La intimidad tranquila que a Alessandro siempre le había parecido una provocación.
La mandíbula se le tensó de inmediato
Los celos no explotaron. No lo necesitaban. Se filtraron por sus poros, densos, silenciosos, venenosos. Porque para él, esa imagen no era inocente. Nunca lo había sido. Era una herida vieja, siempre abierta. Como si Leandro se empeñara, consciente o no, en recordarle que ellos habían estado ahí primero. Que habían compartido risas, secretos, noches largas antes de que él siquiera se atreviera a mirarla distinto.
Y que él… siempre llegaba después.
—¿Se puede saber qué estás haciendo aquí? —preguntó Alessandro, con una calma tan pulida que resultaba peligrosa.
Danica, entumida por el frío y aún medio adormilada, no notó —o no quiso notar— la carga que vibraba en esa voz.
—No pod…
No la dejó terminar.
La mirada de Alessandro recorrió cada detalle con una atención casi cruel: la bata de seda demasiado fina para el clima, la pijama ligera, los pies desnudos apenas protegidos del suelo helado… y, finalmente, el suéter que no era suyo.
—¿Tienes idea del frío que hace? —la reprendió, con un tono seco—. ¿Estás afuera así?
Danica abrió la boca para defenderse, pero Leandro se le adelantó.
—Fue exactamente lo que yo le dije —intervino, llevándose el cigarro a los labios con calma estudiada—. Pero ya sabes que es terca.
Alessandro giró lentamente hacia él.
La forma en que lo miró no era casual. Era directa. Dominante. Antiguamente fraterna… ahora llena de fricción.
—Haz que te obedezca —dijo, sin elevar la voz.
Leandro soltó una risa breve, incrédula.
—No soy su padre, Alessandro —respondió, girando los ojos hacia él—. Y tú tampoco, por si se te olvida.
El aire entre los tres se volvió espeso. Cortante.
Danica lo sintió en el pecho, como una presión que no sabía cómo aliviar.
Alessandro volvió a mirarla, negando con la cabeza, claramente molesto. No con ella… sino con lo que despertaba en él.
—Entra. Ahora.
No fue una sugerencia. Pero no lo obedeció.
Antes de que Danica pudiera reaccionar, Alessandro dio un paso al frente y, con un gesto firme, le retiró el suéter de Leandro de los hombros. El contraste del frío la hizo jadear suavemente.
El tejido desapareció de su piel… y con él, algo más.
Alessandro se giró y lanzó el suéter de vuelta a Leandro sin mirarlo siquiera.
Acto seguido, se quitó su propio suéter, grueso, pesado, y lo colocó sobre los hombros de Danica con una mezcla peligrosa de cuidado y posesión. No la tocó más de lo necesario. Precisamente por eso, el gesto pesó más.
—No vuelvas a tocarla —dijo Alessandro en voz baja— No es tu responsabilidad.
No gritó.
No hizo falta.
La frase cayó cargada de veneno, lenta, deliberada, como una advertencia grabada en acero.
Leandro apretó la mandíbula.
—Ni tampoco es tuya.
Alessandro bufó, una risa sin humor escapándole por la nariz, sin apartar los ojos de su hermano.
—Lo es —replicó—. Soy el jefe de esta familia. Y todos están bajo mi responsabilidad.
Todos.
La palabra pesó más de lo necesario.
Danica estaba ahí, casi muda, Alessandro a veces simplemente tenía ese efecto en ella. La dejaba sin palabras.
Luego, sin darle tiempo a reaccionar, la levantó en brazos.
—¡Alessandro! —exclamó Danica, sobresaltada, aferrándose instintivamente a su cuello.
—Estás helada —respondió él, seco—. Y no voy a permitir que te enfermes por una imprudencia.
No era preocupación lo que vibraba en su voz.
Era control.
Leandro los observó sin moverse.
Algo se tensó en su pecho.
No era solo alarma.
Era otra cosa. Más oscura. Más incómoda.
—Bájala —ordenó—. No tienes derecho.
Alessandro se detuvo.
Giró apenas el rostro y lo miró por encima del hombro. Sus ojos estaban fríos. Duros. Demasiado conscientes
—Es mi hermana.
La palabra cayó como una losa de concreto.
—También es la mía —respondió Leandro con una frialdad que no solía usar—. Siempre la he visto así. Como familia. ¿Y tú?
El silencio se volvió insoportable.
Los ojos de Alessandro brillaron peligrosamente, como si esa última pregunta hubiera tocado algo que no debía.
—Cuida tus palabras —advirtió.
—¿O qué? —replicó Leandro, dando un paso al frente—. ¿También vas a decidir por ella lo que puede o no puede hacer?
Danica sintió el aire volverse espeso, casi imposible de respirar. El corazón le golpeaba con fuerza contra el pecho, atrapado entre dos voluntades que no le estaban preguntando nada.
—Por favor… —pidió—. No peleen.
Alessandro no apartó la mirada de Leandro.
No respondió.
Simplemente se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia la casa con Danica aún en brazos, firme, decidido, como si la discusión hubiera terminado porque él así lo había decidido.
La puerta se cerró tras ellos.
Leandro se quedó solo en la terraza.
La nieve seguía cayendo, silenciosa, acumulándose sobre sus hombros. Apretó el suéter entre los dedos, el frío ya no importándole.
Y por primera vez, una idea peligrosa se abrió paso en su mente.
Alessandro no estaba actuando como un hermano.
No de la forma correcta.
No de una forma sana.
Durante años, Leandro se había convencido de que todo era simple: Alessandro era posesivo, sí, pero así eran los De La Marca. Protectores hasta lo enfermizo. Había querido creer que lo que veía no era más que el instinto de un hermano mayor que no sabía soltar.
Pero ahora…
Ahora que Danica era oficialmente su hermana, algo no encajaba.
Demasiada intensidad.
Demasiado control.
Demasiada necesidad de marcar territorio.
Sus ojos se oscurecieron mientras observaba la puerta cerrada.
Aquella noche, entre el frío y el silencio, Leandro comprendió algo que no quiso aceptar del todo.
Tal vez el verdadero peligro para Danica no estaba afuera.
Tal vez siempre había estado dentro de la casa.
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