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Susurros de Sangre y Deseo - Capítulo 47

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Capítulo 47: Capitulo 47

“No todo lo que te cuida lo hace por amor.”

El crujido de la nieve quedó atrás cuando Alessandro cruzó el umbral.

La puerta se cerró con un golpe sordo, aislándolos del frío… pero no de la tensión.

Danica seguía en sus brazos, envuelta en el suéter de él, demasiado consciente de cada paso, de la firmeza con la que la sostenía, del contraste entre el calor de su cuerpo y el temblor que no lograba controlar del todo. No era solo el frío. Era la forma en que Alessandro caminaba: seguro, decidido, como si nada pudiera cuestionarse.

Eso la puso nerviosa.

—Bájame —pidió, más firme de lo que se sentía—. Puedo caminar sola.

Él no respondió de inmediato.

Avanzó por el pasillo largo de la casa, las luces bajas proyectando sombras alargadas sobre la madera pulida. El silencio era espeso, incómodo, cargado de todo lo que ninguno estaba dispuesto a decir. Danica tragó saliva, consciente de cada paso, de cada latido.

—Alessandro —insistió—. Dije que me bajes.

Esta vez se detuvo.

Pero no la soltó.

Al contrario.

Acomodó mejor su peso contra su pecho y, con una lentitud deliberada, su mano descendió por el costado de su cuerpo hasta apoyarse en su muslo desnudo. No fue un gesto apresurado ni torpe. Fue consciente. Intencional. Sus dedos se cerraron con la presión justa para hacerla inhalar bruscamente.

—Estás temblando —murmuró—. No voy a dejarte caminar así.

Danica sintió cómo ese contacto incendiaba algo dentro de ella. Su cuerpo reaccionó antes que su orgullo.

—No tienes que decidir todo por mí —replicó, aunque la voz le salió más suave—. No puedes.

Alessandro bajó la mirada hacia ella. Sus ojos oscuros se clavaron en los suyos con una intensidad que le robó el aire. No había furia. No había prisa.

Había control.

Su otra mano subió lentamente hasta el cuello de Danica, rodeándolo sin apretar, solo lo suficiente para que ella fuera consciente de cada uno de sus dedos, del calor de su palma, del pulso firme contra su piel.

—Puedo —respondió—. Y lo hago porque alguien tiene que hacerlo.

El rostro de Alessandro se inclinó apenas. Demasiado cerca.

Danica pudo sentir su respiración rozándole los labios, el leve movimiento de su pecho al inhalar. Su mano en el muslo se movió un poco más, apenas un roce que la hizo estremecerse por completo.

—No soy una niña —dijo ella, pero su cuerpo la traicionó—. Y no me gusta cómo te estás comportando.

Él no se apartó.

Sus labios quedaron a un suspiro de los de ella.

—¿Cómo? —preguntó en voz baja—. ¿Cuidándote?

El corazón de Danica golpeaba con violencia. Cada fibra de su cuerpo gritaba por algo que sabía que no debía pedir. Sus terminaciones nerviosas estaban al límite, ardiendo, deseando que ese espacio mínimo entre sus bocas desapareciera.

—No —susurró—. Marcando territorio.

Eso sí lo hizo detenerse.

Sus dedos en el muslo se tensaron. Su mano en el cuello se quedó inmóvil. Durante un segundo eterno, Alessandro pareció debatirse consigo mismo. Sus ojos bajaron a los labios de Danica… y luego se cerraron.

—No hagas suposiciones —dijo, tenso.

—Entonces no actúes como si yo fuera algo que te pertenece —respondió Danica, el corazón golpeándole con fuerza—. No delante de Leandro. No delante de nadie.

Subieron el resto de las escaleras sin hablar.

Cada paso era una cuenta regresiva.

Cuando llegaron a su habitación, Alessandro empujó la puerta con el pie y entró. El cuarto estaba en penumbra, iluminado apenas por la luz que se colaba desde el pasillo. Olía a ella. A jabón suave, a ropa limpia, a algo íntimo que no debería afectarlo… y aun así lo hacía.

La dejó sobre la cama con cuidado.

Demasiado cuidado.

Danica se incorporó de inmediato, acomodándose la bata con manos torpes. El nerviosismo le recorría la piel como electricidad mal contenida.

—No vuelvas a hacer eso —dijo, mirándolo fijamente—. No vuelvas a cargarme como si yo no tuviera voz.

Alessandro se quedó de pie frente a ella, alto, imponente, ocupando demasiado espacio. Se pasó una mano por el cabello, exhaló despacio.

—Estabas descalza —respondió—. Con frío. A las tres de la mañana.

—Eso no te da derecho a tratarme como si fueras… —se detuvo, buscando la palabra correcta— como si fueras algo más.

El silencio se tensó.

Alessandro dio un paso atrás. Solo uno. Como si necesitara distancia para no cruzar una línea invisible.

—No estoy tratando de ser algo más —dijo finalmente—. Estoy tratando de que no te rompas.

Danica apretó los labios.

—No soy tan frágil como crees.

—Lo sé —respondió él, mirándola con una intensidad que la hizo estremecerse—. Ese es el problema.

Se acercó a mi cajon de ropa y como si supiera exactamente donde donde están sus cosas, tomo un par de calcetines gruesos y se los lanzo

—Póntelos —ordenó, más suave—. Hace frío.

Ella obedeció, aunque odiaba admitirlo.

Cuando levantó la vista, Alessandro ya se dirigía a la puerta.

—No bajes así otra vez —dijo, sin mirarla—. No quiero encontrarte congelándote en medio de la noche.

—No me des órdenes —replicó ella.

Él se detuvo con la mano en el picaporte.

—Entonces no me des razones para preocuparme.

La miró por última vez.

Sus ojos no eran los del hombre furioso de antes. Eran peores. Eran los de alguien que luchaba por mantenerse en control.

—Buenas noches, Dani.

La puerta se cerró.

Danica se quedó sentada en la cama, con el corazón acelerado, la piel aún caliente donde él la había sostenido… y una verdad incómoda abriéndose paso en su pecho:

Le había reclamado.

Había marcado un límite.

Y aun así… su cuerpo no había dejado de reaccionar ante él ni un solo segundo.

Confundida, nerviosa, con el eco de su presencia todavía flotando en la habitación, Danica se recostó lentamente, sabiendo que esa noche el sueño no sería un refugio.

La luz de la mañana entró en la habitación de Danica sin pedir permiso.

Era una luz fría, pálida, que se filtraba entre las cortinas y caía sobre la cama como un recordatorio cruel: el día había llegado. La pasarela no era un rumor lejano ni una idea abstracta. Era hoy. En unas horas. Y su estómago lo sabía.

Danica abrió los ojos lentamente, con el cuerpo pesado y la mente ya acelerada.

No había dormido bien.

Cada vez que cerraba los ojos, la escena de la noche anterior regresaba: el frío, los brazos de Alessandro rodeándola, su voz baja, peligrosa, controlada… y ese momento exacto en el que lo había mirado a los ojos y había entendido que él no estaba enojado.

Estaba luchando.

Se incorporó en la cama y se pasó una mano por el rostro. Tenía la garganta seca, el pecho apretado. Se levantó despacio, caminando descalza hasta el baño. El espejo le devolvió una versión de sí misma que no reconocía del todo: ojeras suaves, labios pálidos, pero los ojos… los ojos estaban demasiado despiertos.

—Tranquila —se dijo en voz baja—. Respira

La ducha fue tibia, casi demasiado. Dejó que el agua le cayera por la espalda mientras intentaba ordenar sus pensamientos: el maquillaje, el peinado, el vestido, los horarios… todo estaba planeado. Todo debía salir perfecto.

Y, aun así, sentía que algo podía romperse en cualquier momento.

Cuando salió, envuelta en una bata de seda clara, ya había movimiento en la casa. Voces lejanas, pasos, el sonido inconfundible de alguien dando órdenes. El día no se iba a detener solo porque ella estuviera nerviosa.

Se sentó frente al tocador. El vestido colgaba cerca, cubierto cuidadosamente, como una promesa… o una amenaza. Danica lo observó durante varios segundos sin tocarlo.

La pasarela no era solo moda.

Era exposición.

Era miradas.

Era ser el centro de atención y sin sus amigas, no estaba segura de poder librarlo.

Un golpe suave en la puerta la sacó de sus pensamientos.

—¿Dani?

La voz de Leandro.

—Sí —respondió, aclarando la garganta—. Pasa.

La puerta se abrió y Leandro apareció en el umbral, vestido de manera impecable, como siempre: oscuro, sobrio, intimidante sin proponérselo. Pero su mirada no era la del hombre de negocios ni la del mafioso.

Siempre era la de un hermano mayor preocupado, siempre estaba preocupado con ella.

—Buenos días —dijo, entrando y cerrando la puerta detrás de él—. ¿Cómo estás?

Danica sonrió, aunque no logró que fuera del todo natural.

—Mi cabeza ya no duele —suspiro — al menos ya no está rojo y enorme

Leandro la observó con atención, demasiado atento. Cruzó los brazos, recargándose en la pared cerca del tocador.

—No dormiste bien.

No era una pregunta.

Danica suspiró.

—¿Es tan obvio?

—Para mí sí —respondió—. Para el resto, no tanto.

Se hizo un silencio cómodo, pero cargado. Leandro bajó la mirada un segundo, como eligiendo sus palabras. Luego volvió a mirarla.

—Anoche… —empezó—. ¿Estas bien?

El pulso de Danica se aceleró, aunque mantuvo la compostura.

—No pasó nada —dijo rápido—. De verdad.

—No te pregunté eso —respondió él con calma—. Te pregunto si estás bien.

Danica dudó.

Se levantó del banco del tocador y caminó hasta la ventana, apoyando la frente en el cristal frío.

—Estoy nerviosa por la pasarela —dijo finalmente—. Ya sabes como es mi madre.

Leandro no se movió.

—Y con Alessandro.

No era un reproche. Era una constatación.

Danica cerró los ojos un instante.

—No pasa Nada, ya sabes como— Dijo ella tratando de restarle importancia.

Leandro apretó la mandíbula, el sabia que si habia algo ahí, estaba pasando algo, pero ella no confiaba en el.

—Es un idiota.

Ella lo miró por encima del hombro y sonrió para tranquilizarlo.

—Coincido contigo — volvió su vista al vestido — Tengo que vestirme, nos vemos más tarde.

Leandro le dio un beso e la corilla y salió de la habitación, cerrando la puerta suavemente.

Danica se quedó sola otra vez, con el corazón latiendo demasiado rápido, la mente llena de imágenes y preguntas. Miró su reflejo en el espejo, respiró hondo y estiró los hombros.

La preparación empezó poco después: estilistas, maquillaje, voces hablando rápido, manos expertas transformándola. Cada pincelada, cada ajuste del vestido, la acercaba más al momento inevitable.

Cuando finalmente se vio completamente arreglada, con el vestido puesto, el cabello perfecto y el maquillaje impecable, casi no se reconoció.

Se veía fuerte.

Elegante.

Intocable.

Estaba lista para la apertura del evento.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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