Susurros de Sangre y Deseo - Capítulo 49
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Capítulo 49: Capitulo 49
Una nueva lluvia de champagne los interrumpió.
El estallido de los corchos no resonó en un gran salón todavía, sino en el espacio caótico y vibrante tras bambalinas, justo detrás de la pasarela donde minutos antes había terminado el desfile. El sonido se mezcló con el murmullo constante del equipo, el roce de telas caras y el eco de los últimos aplausos que aún llegaban amortiguados desde el frente del escenario.
El líquido dorado se elevó en el aire cuando uno de los asistentes abrió otra botella con entusiasmo, derramándose en una lluvia brillante sobre varias copas que alguien había conseguido a último momento. Las risas estallaron casi de inmediato.
Todo era movimiento.
El área trasera del desfile estaba iluminada por grandes lámparas industriales y filas de focos blancos que rodeaban los espejos de maquillaje. Mesas largas estaban cubiertas con brochas, polvos, fijadores, telas, agujas olvidadas, cintas métricas y zapatos de tacón que habían sido arrojados allí con prisa cuando las modelos corrieron hacia la pasarela.
El aire olía a perfume caro, maquillaje, laca para el cabello… y champagne.
Las modelos corrían de un lado a otro entre risas y suspiros de alivio. Algunas todavía llevaban los vestidos del desfile medio abiertos mientras asistentes y estilistas ayudaban a liberarlas de cierres imposibles. Otras se acomodaban el cabello frente a los espejos mientras revisaban sus teléfonos, excitadas por las primeras fotografías que comenzaban a aparecer en redes.
—¡La terraza ya está lista!
—¡Nicole quiere que subamos en diez minutos!
—¡Alguien traiga más copas!
La terraza.
Danica había escuchado a su madre hablar de ella toda la semana.
Una terraza privada en la azotea del edificio histórico que habían alquilado, con vista directa a las elegantes calles del Quadrilatero d’Oro, donde las vitrinas de las grandes casas de moda brillaban incluso de noche. Nicole había mandado instalar mesas de mármol blanco, arreglos de flores frescas y largas guirnaldas de luces cálidas que caerían entre columnas antiguas cubiertas por enredaderas.
Según ella, aquella fiesta no solo celebraría el desfile.
Celebraría el debut de Danica.
Nicole de la Marca estaba en medio de todo aquel caos elegante como si fuera su reino natural.
Su risa clara destacaba por encima del murmullo general mientras uno de los asistentes llenaba varias copas con la champagne recién abierta. Las burbujas ascendían con rapidez en el cristal mientras ella tomaba una de las copas y levantaba la otra mano para abrazar a una de las modelos.
—¡Magnífica! —exclamó Nicole, besando ambas mejillas de la joven—. Estuviste absolutamente magnífica.
Se movía entre las chicas con una elegancia impecable, su vestido oscuro ajustado como una segunda piel mientras repartía elogios y besos con una naturalidad encantadora. Cada felicitación que recibía parecía iluminar aún más su rostro.
—Nicole, el desfile fue perfecto.
—Una colección increíble.
—Milán va a hablar de esto toda la semana.
Ella aceptaba cada palabra con una sonrisa orgullosa, como si aquellas frases confirmaran exactamente lo que ya sabía.
Había sido un éxito.
Las copas chocaban.
Las risas continuaban.
Las felicitaciones llegaban desde cada dirección.
Pero en medio de aquel torbellino de celebración, Danica apenas escuchaba nada.
Porque estaba atrapada en esa mirada.
Los ojos dorados de Alessandro.
Era una mirada que siempre había tenido poder sobre ella. Una mirada que parecía verla completa, desnuda incluso cuando llevaba la ropa más elegante. Una mirada que reclamaba algo… algo que Danica nunca había sabido nombrar del todo.
Hacía días que no la miraba así.
Desde que todo se había vuelto confuso entre ellos, desde la mentira sobre su virginidad, desde Valentino… Alessandro se había vuelto distante, más frío, más controlado.
Pero ahora no.
Ahora la miraba como si el resto del mundo hubiera desaparecido.
Algo en su pecho se encendió.
Un calor lento.
Peligroso.
Deseo… quizá.
Danica no estaba segura.
Solo sabía que jamás se había sentido así con nadie.
Apretó los tulipanes contra su pecho, como si necesitara recordar que aquello estaba ocurriendo de verdad. Los pétalos suaves rozaban su piel mientras sus dedos se cerraban alrededor de los tallos frescos.
Respiró lentamente.
Intentando calmar el ligero temblor que recorría su cuerpo.
Pero era inútil.
Porque cada segundo bajo la mirada de Alessandro parecía intensificar esa sensación.
Ese calor.
Ese impulso oscuro que crecía dentro de ella.
Por un instante, una idea cruzó su mente con una claridad peligrosa.
Deseaba que Alessandro la tomara de la mano…
que la arrastrara lejos de todo aquello…
que la llevara a algún rincón apartado donde nadie pudiera verlos.
Y que la reclamara.
Como si fuera suya.
Danica cerró los ojos un segundo, sorprendida por la intensidad de aquel pensamiento.
¿Se estaba volviendo loca?
¿Cómo podía desear algo así?
¿Cómo podía querer despertar esos impulsos tan oscuros en un hombre…?
Aunque Alessandro nunca había sido cualquier hombre.
La pregunta apareció en su mente antes de que pudiera detenerla.
¿Realmente lo amaba?
¿O… simplemente nunca había dejado de hacerlo?
El ruido del lugar regresó de golpe cuando Alessandro se movió.
Su traje oscuro contrastaba con la luz blanca de los focos de maquillaje y el brillo caótico del backstage. En medio de los vestidos colgados, las modelos riendo y los asistentes corriendo, su presencia parecía extrañamente calmada.
Controlada.
Peligrosamente contenida.
Danica apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando él extendió la mano.
Sus dedos se cerraron alrededor de su muñeca.
Pero no fue el gesto brusco que ella recordaba de otras ocasiones.
No hubo urgencia.
No hubo dominio violento.
Fue… suave.
Sorprendentemente suave.
El contacto fue firme, sí, pero delicado al mismo tiempo, como si Alessandro estuviera midiendo cuidadosamente cada movimiento.
Danica se sobresaltó ligeramente.
Porque nunca lo había visto tocarla así.
Como si tuviera miedo de romper algo.
Alessandro no soltó su mano.
Su pulgar se deslizó lentamente sobre el dorso de los dedos de Danica antes de comenzar a guiarla entre el bullicio del backstage. Se movió con naturalidad entre los bastidores, alejándola del grupo de modelos y del círculo de celebración que rodeaba a Nicole.
El corazón de Danica dio un salto.
Un latido fuerte.
Repentino.
Porque por un segundo pensó que aquello iba a pasar.
Que Alessandro la estaba llevando exactamente a ese lugar apartado que su mente había imaginado hacía apenas unos momentos.
El contacto de su mano se sentía como una corriente eléctrica recorriendo su piel
Pero Alessandro caminaba con un control absoluto.
Un control que, en realidad, le estaba costando más de lo que nadie podía imaginar.
Porque desde el momento en que había visto a Danica aparecer al final de la pasarela… algo dentro de él había comenzado a tensarse.
Había intentado mantenerse distante.
Racional.
Pero ahora estaba ahí.
Con ese vestido.
Con los tulipanes que él mismo le había dado.
Y con esos ojos mirándolo como si todavía le perteneciera.
Alessandro apretó la mandíbula apenas un segundo.
Porque la parte más oscura de su mente estaba sugiriendo exactamente lo que Danica había imaginado.
Llevarla a un lugar apartado.
Encerrarla contra una pared.
Reclamar cada parte de ella hasta borrar cualquier recuerdo de otro hombre.
Pero no lo hizo.
Respiró lentamente.
Se obligó a mantener el control.
Porque si perdía ese control… no estaba seguro de poder detenerse.
—Tengo una sorpresa para ti —dijo finalmente, su voz baja mientras seguía guiándola entre los bastidores.
Danica frunció ligeramente el ceño.
Su cuerpo estaba atrapado en una extraña batalla entre emociones opuestas.
La emoción.
La expectativa.
Y una pequeña punzada de decepción que no podía explicar del todo.
Porque una parte de ella…
había esperado algo completamente distinto.
Algo más impulsivo.
Más peligroso.
Más propio de Alessandro.
Pero él no hizo nada de eso.
En lugar de arrastrarla a algún rincón apartado como su imaginación había comenzado a sugerir, simplemente se detuvo frente a ella con esa calma controlada que siempre parecía rodearlo.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Danica finalmente.
Alessandro inclinó apenas la cabeza.
Una leve sonrisa apareció en sus labios.
No era amplia.
No era divertida.
Era esa sonrisa tranquila y contenida que siempre parecía esconder algo más profundo detrás… como si cada gesto suyo estuviera calculado con precisión.
—Que todavía faltaba una sorpresa.
Y entonces ocurrió.
—¡SORPRESA!
Dos voces familiares explotaron detrás de ella.
Danica se giró tan rápido que casi deja caer los tulipanes.
El corazón le dio un salto tan brusco que por un segundo se quedó inmóvil.
—¿¡Melisa!?
—¿¡Sofía!?
Sus amigas prácticamente corrieron hacia ella.
Melisa fue la primera en llegar, lanzándose a abrazarla con tanta fuerza que Danica dio un pequeño paso hacia atrás por el impacto.
—¡No nos lo íbamos a perder por nada del mundo! —exclamó riendo mientras la apretaba contra su pecho.
Danica apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que Sofía se uniera al abrazo desde el otro lado.
—¡Danica, estabas increíble! —dijo Sofía con una emoción genuina en la voz—. ¡Parecías una princesa caminando por esa pasarela!
Las tres terminaron enredadas en un abrazo torpe, riendo en medio del caos elegante del backstage.
Durante un momento, Danica simplemente cerró los ojos.
Porque no se lo esperaba.
No había tenido tiempo de imaginarlo siquiera.
Había pasado los últimos días convencida de que sus amigas no podrían viajar para verla. Los horarios, las clases, sus padres, la distancia… todo parecía imposible.
Pero ahora estaban allí.
De verdad.
El perfume familiar de Melisa, el cabello de Sofía rozándole la mejilla, la risa de ambas llenando el espacio… todo aquello le provocó una oleada de emoción tan fuerte que tuvo que apretar los tulipanes contra su pecho para no romper en lágrimas.
Había sido una noche intensa.
Demasiadas emociones.
Demasiada presión.
Pero tenerlas allí… hacía que todo se sintiera real.
Y mucho más hermoso.
—No puedo creerlo… —murmuró Danica riendo suavemente mientras se separaba un poco del abrazo—. ¿Qué hacen aquí?
Melisa la tomó por los hombros y la miró de arriba abajo con exagerada admiración.
—Primero que nada, necesitamos hablar de ese vestido —dijo—. Porque literalmente hiciste que dejaste a todos sin respirar.
Sofía asintió con dramatismo.
—Incluyéndonos.
Danica soltó una pequeña carcajada.
—No lo entiendo… ¿como es que? —añadió, todavía intentando procesarlo—. Me dijeron que era imposible.
Melisa intercambió una mirada rápida con Sofía.
Y entonces ambas señalaron discretamente detrás de Danica.
Danica giró la cabeza.
Alessandro y Leandro estaban justo detrás de ellas.
Observándolas.
La postura de Alessandro era relajada, una mano dentro del bolsillo del pantalón mientras la otra sostenía su copa de champagne y una pequeña sonrisa adornaba su rostro, casi imperceptible. Mientras que Leandro tenía una expresión divertida mientras hacia girar una copa entre sus manos, era como si estuviera en su propia historia.
Cuando Alessandro notó su mirada, Leandro se inclinó ligeramente hacia él.
—Tengo que admitirlo… —murmuró en voz baja, lo suficiente para que las chicas no escucharan—. No pensé que viviría para ver este momento.
Alessandro arqueó una ceja.
—¿Qué momento?
Leandro bebió un pequeño sorbo de champagne antes de responder.
—El momento en que tú sonríes en público.
Alessandro no respondió de inmediato.
Su mirada volvió brevemente hacia Danica, quien había continuado riendo con sus amigas mientras las tres hablaban al mismo tiempo.
—Tuvimos que viajar casi seis mil millas para verlo —añadió Leandro con una sonrisa burlona—. Honestamente, estoy impresionado.
Alessandro soltó un leve suspiro por la nariz, una sombra de sonrisa apenas perceptible apareciendo en su rostro.
—Cállate.
Leandro rió suavemente.
—Solo digo la verdad —Continuo con una sonrisa socarrona
Luego volvió a mirar hacia Danica y sus amigas.
—Valió la pena el viaje.
Mientras tanto, Danica seguía completamente ajena a esa conversación.
No podía dejar de sonreír.
—¿En serio volaron hasta aquí solo por el desfile? —preguntó todavía incrédula.
Melisa levantó las manos dramáticamente.
—Bueno… técnicamente no.
Sofía cruzó los brazos con una sonrisa traviesa.
—Porque si hubiera dependido de nosotras, todavía estaríamos peleando con los vuelos.
Melisa señaló hacia Alessandro con el pulgar.
—Pero ellos aparecieron
Danica volvió a girar la cabeza hacia los chicos.
—Literalmente —continuó Melisa—. Llegaron esta mañana, nos dijo que hiciéramos maletas y media hora después estábamos en camino al aeropuerto.
Sofía asintió.
—Ni siquiera nos dejó tiempo para pensar demasiado
—Además, no sé qué les dijeron a nuestros padres —continuó Sofía entre risas—, porque estaban mucho más felices que nosotras cuando nos subimos al avión.
Melisa soltó una carcajada inmediata.
—¡Literal! —añadió—. Mi mamá prácticamente me empujó a hacer la maleta.
Sofía asintió con dramatismo, recordando la escena.
—La mía ni siquiera preguntó demasiado. Solo dijo: “Si Leandro dice que es importante, entonces vayan.”
Danica parpadeó, sorprendida.
Aquello tenía más sentido del que parecía.
Porque si algo sabía con absoluta certeza era que Leandro tenía una forma muy particular de convencer a las personas. No necesitaba insistir demasiado; su sola presencia bastaba para que la mayoría aceptara lo que proponía.
Y si se trataba de Sofía… bueno, Leandro movería cielo, mar y tierra por ella.
Eso Danica lo sabía.
Siempre lo había sabido.
Leandro era peligroso, sí. Impredecible, incluso brutal cuando la situación lo exigía… pero cuando se trataba de proteger o cuidar a alguien que consideraba suyo, su lealtad era casi absoluta.
Lo haría por Sofía.
Y también lo haría por Danica.
Pero Alessandro…
Danica levantó la mirada hacia él.
Sus ojos dorados seguían observándola con esa calma impenetrable que siempre parecía rodearlo.
No.
De Alessandro jamás habría esperado algo así.
Jamás habría imaginado que cruzaría medio mundo… que organizaría un viaje de miles de millas… solo para traer a sus amigas y asegurarse de que ella no estuviera sola en una noche tan importante.
Traerlas desde el otro lado del océano.
Desde Estados Unidos hasta Milán.
Solo para que estuvieran allí con ella.
Algo cálido se movió dentro de su pecho.
Una emoción profunda que mezclaba sorpresa, gratitud… y una ternura que no recordaba haber sentido hacia Alessandro en mucho tiempo.
Sin pensarlo demasiado, Danica soltó a sus amigas.
Luego dio un paso hacia adelante.
Directo hacia sus hermanos.
Antes de que alguno de los dos pudiera reaccionar, los abrazó a ambos al mismo tiempo.
Leandro soltó una pequeña risa sorprendido cuando ella rodeó su cuello con un brazo.
Alessandro se quedó completamente quieto por una fracción de segundo.
Como si no hubiera esperado ese gesto.
Danica besó primero la mejilla de Leandro.
—Gracias.
Luego giró ligeramente el rostro hacia Alessandro y besó también su mejilla.
—Los quiero.
El contacto fue breve.
Pero Alessandro sintió ese roce como si alguien hubiera encendido algo dentro de su pecho.
Leandro, por su parte, levantó una ceja con una sonrisa divertida.
—Bueno… —murmuró—. Esto definitivamente valió el viaje.
Alessandro no respondió
Pero su mirada se suavizó apenas un segundo mientras observaba a Danica regresar junto a sus amigas.
Justo en ese momento, una asistente del evento apareció entre el movimiento constante del backstage.
—Señorita Danica —dijo con una sonrisa profesional—, su madre pidió que le recordara que es momento de cambiarse.
Danica parpadeó.
Su madre había insistido en que, después del desfile, la celebración continuaría con algo más relajado en la terraza. Había preparado otro vestido especialmente para esa parte de la noche.
Uno que, según Nicole, sería perfecto para la fiesta.
—Tengo que cambiarme —dijo Danica a sus amigas.
Melisa abrió los ojos con emoción inmediata.
Sofía dio un pequeño salto.
—¡Nos vemos arriba!
Las tres se abrazaron una vez más, con la emoción todavía flotando en el aire.
Cuando finalmente se separaron, Danica las vio alejarse entre el movimiento del backstage mientras Leandro caminaba con ellas, guiándolas hacia la salida que llevaba a los ascensores.
Leandro se inclinó ligeramente hacia las chicas mientras hablaba, provocando otra ronda de risas.
Y entonces Danica se dio cuenta de algo.
Alessandro no se había movido.
Seguía justo a su lado.
Cuando giró la cabeza hacia él, lo encontró observándola con una expresión imposible de leer.
—Tengo algo más para ti —dijo finalmente.
Su voz era baja.
Controlada.
Alessandro metió la mano dentro del bolsillo interior de su chaqueta y sacó una pequeña caja azul cielo.
Danica reconoció el color de inmediato.
Sus ojos se abrieron con sorpresa.
—¿Es…?
Alessandro no respondió.
Simplemente abrió la caja.
Dentro, descansaba una joya delicada y elegante.
Un collar oro blanco, cuya cadena fina reflejaba la luz blanca del backstage con un brillo suave y sofisticado.
En el centro colgaban dos pequeños dijes.
El primero era una diminuta llave de oro blanco, delicadamente trabajada, con un diseño elegante y minimalista. La cabeza de la llave tenía un pequeño detalle circular que recordaba las piezas clásicas de alta joyería.
El segundo dije era un pequeño candado de plata, perfectamente pulido, con una forma suave y elegante. En su superficie brillaba discretamente una pequeña incrustación de diamante diminuto que capturaba la luz cada vez que la cadena se movía.
Era sencillo.
Fino.
Elegante.
Exactamente el tipo de joya que una casa como Tiffany diseñaría.
Algo delicado, pero lleno de significado.
Danica llevó una mano a su pecho, sorprendida.
—Alessandro…
Por un momento no supo qué decir.
Él sacó el collar de la caja con cuidado, dejando que la cadena se deslizara entre sus dedos
—Pensé que te gustaría.
La voz de Alessandro seguía siendo tranquila.
Pero sus ojos no se apartaban de ella.
Había algo más en esa mirada.
Algo más profundo.
Porque aquella joya no era solo un regalo.
La pequeña llave.
El pequeño candado.
Un símbolo simple.
Pero cargado de intención.
Danica lo miró otra vez.
Durante un instante el ruido del backstage —las risas, los pasos apresurados, las conversaciones lejanas— pareció desvanecerse alrededor de ellos. Como si el mundo entero se hubiera reducido a ese pequeño espacio entre los dos.
—Es… hermoso —murmuró finalmente.
Alessandro no respondió de inmediato.
En lugar de eso, levantó ligeramente el collar.
—Déjame.
Danica sintió un pequeño estremecimiento recorrerle la espalda.
Asintió suavemente y, casi por instinto, levantó una mano para apartarse el cabello hacia un lado, dejando al descubierto la curva delicada de su cuello.
El gesto fue simple.
Pero Alessandro sintió cómo algo se tensaba dentro de su pecho.
Porque aquel movimiento —tan natural, tan confiado— parecía una invitación silenciosa.
Se acercó un paso más.
La cadena fría del collar rozó ligeramente la piel de Danica cuando él la colocó alrededor de su cuello.
Sus dedos rozaron su nuca mientras buscaba el pequeño broche.
El contacto fue breve.
Pero suficiente.
Danica contuvo el aliento.
Porque la sensación de sus dedos sobre su piel fue inesperadamente intensa. No era solo el roce de la joya fría… era el calor de su mano, la cercanía de su cuerpo, el perfume sutil que siempre parecía acompañarlo.
Cada pequeño movimiento de Alessandro enviaba un escalofrío suave a lo largo de su espalda.
Cuando finalmente cerró el broche, sus dedos permanecieron allí un segundo más de lo necesario.
Como si no quisiera apartarse todavía.
Danica apenas respiraba.
Alessandro deslizó lentamente la mano desde la nuca de Danica hacia la base de su cuello.
Luego, con un gesto firme pero contenido, rodeó su cuello con una sola mano.
No era un agarre violento.
Pero tampoco era inocente.
Sus dedos descansaban allí con una seguridad que hizo que Danica sintiera cómo un estremecimiento recorría todo su cuerpo.
Alessandro se inclinó entonces, ladeo su cuello ligeramente, su rostro se acercó lentamente al oído de Danica.
Su aliento caliente rozó su piel cuando habló en un susurro bajo, grave.
—Eres mía.
Las palabras cayeron suaves.
Pero el efecto fue inmediato.
Danica sintió cómo un escalofrío profundo le recorrió la espalda, extendiéndose hasta la base de su columna.
Alessandro recorrió parte de su piel expuesta y deposito una serie de pequeños besos en sus hombros
Cuando se apartó, Danica todavía sentía el calor de su boca sobre su piel, se giro para verlo, sus ojos dorados ardían de deseo, justo como ella había deseado.
Alessandro le sostuvo su mirada un último instante.
Luego, como si recuperara de golpe el control que había estado a punto de perder, dio un paso atrás.
—Nos vemos arriba —dijo con calma.
Y sin esperar respuesta… se dio la vuelta y se alejó entre el movimiento del backstage.
Dejando a Danica sola.
Con la piel ardiente justo donde sus labios se habían posado, con el corazón y el pulso acelerado. Lo deseaba y el la deseaba.
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