Susurros de Sangre y Deseo - Capítulo 5
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5: Capitulo 5 5: Capitulo 5 “Algunos amaneceres traen más sombras que luz” El amanecer apenas despuntaba en el horizonte cuando Danica despertó, su cuerpo aún atrapado entre los vestigios de la noche anterior.
Las marcas invisibles de Alessandro seguían adheridas a ella como un tatuaje indeleble: el peso de sus manos, el calor abrasador de sus labios y, sobre todo, el eco de su voz, grave y posesiva, que resonaba en su mente como un mantra “Eres mía, solo mía”.
Se incorporó lentamente, con una resaca emocional que pesaba más que cualquier cansancio físico.
La habitación estaba sumida en un silencio inquietante, rota únicamente por el leve crujido de la madera bajo sus pies descalzos.
El cristal roto seguía en el suelo, brillando como un recordatorio tangible de la tormenta que se había desatado entre ellos.
Alessandro no estaba allí.
No había señales de él, ni siquiera el rastro de su perfume amaderado que solía impregnar cada rincón donde pasaba.
Solo vacío.
Danica se acercó al espejo del baño.
Su reflejo era una sombra de lo que había sido cabello desordenado, sombras bajo los ojos y una marca rojiza en su cuello que delataba la intensidad de la noche pasada.
Tocó el punto con la yema de los dedos, como si al hacerlo pudiera borrar lo sucedido.
Pero no podía.
Alessandro había dejado su huella en ella, una que no desaparecería fácilmente.
—Maldito seas, Alessandro —murmuró para sí misma, aunque su voz carecía del veneno que pretendía tener.
Porque, aunque odiaba admitirlo, una parte de ella lo deseaba con la misma intensidad con la que lo temía.
8:40 am Una figura menuda y ágil surcaba los pasillos del segundo piso del instituto como un torbellino.
Danica, con su uniforme de porrista y el cabello castaño aún suelto, corría con los libros apretados contra su pecho.
Apenas había tenido tiempo de recogerlos de su casillero; el reloj había sido su enemigo esa mañana.
Subió las escaleras a toda prisa, giró a la izquierda y, de repente, se encontró cara a cara con Liam.
—Dani —dijo él, sujetándola del hombro con fuerza, haciendo que los libros de la chica cayeran al piso con un estruendo que resonó en el pasillo vacío.
— ¿Qué demonios haces?
—espetó ella, forcejeando, pero Liam presionó más fuerte.
—Tú y yo tenemos cuentas pendientes —murmuró, su sonrisa torcida impregnada de amenaza.
Sin previo aviso, Liam se abalanzó y le robó un beso áspero, invasivo.
Danica forcejeó, empujándolo con ambas manos, pero sus dedos se cerraban como grilletes en su cintura.
—¡Liam, basta!
—gimió ella, tratando de zafarse mientras él la arrastraba hacia una puerta entreabierta.
Un grito desgarró el aire, pero no fue de ella.
Un golpe brutal sacudió a Liam hacia atrás.
Leandro apareció como un huracán, los puños cerrados y la furia desbordada en sus ojos.
—¡Que la sueltes, idiota!
—rugió Leandro, con los ojos encendidos de furia.
Leandro no perdió tiempo y se lanzó sobre Liam con una furia descontrolada.
Los golpes llovieron uno tras otro, cada uno cargado de una rabia protectora que parecía haber estado contenido durante años.
—¡No vuelvas a tocar a mi hermana!
—bramó mientras lanzaba otro golpe que impactó en la mejilla de Liam, haciendo tambalearse.
El enfrentamiento fue rápido, crudo.
Liam logró conectar una patada en el abdomen de Leandro, haciendo retroceder, pero este se rehízo de inmediato, lanzándose sobre él con la furia de un hermano dispuesto a matar por proteger.
Un cabezazo certero, otro golpe directo al pómulo.
Liam apenas pudo mantenerse en pie.
—¡Basta!
—La voz del rector retumbó como un cañonazo.
Alessandro surgió entre la multitud que empezaba a asomar curiosa en el pasillo.
Su sola presencia era un látigo de autoridad.
Su mirada fría barrio la escena: Liam, maltrecho.
Leandro, respirando como un toro.
Danica, temblando junto a la pared.
—A la dirección —ordenó, su voz como una sentencia inapelable—.
Y usted también, señorita Marie.
La atmósfera en la oficina del rector era asfixiante, densa como una tormenta contenida.
Los tres estaban sentados frente al escritorio de Alessandro, atrapados en un silencio cortante.
Liam, con un ojo inflamado y una sonrisa ladina, jugaba a tamborilear los dedos sobre el apoyabrazos de su silla.
Leandro, rígido como una estatua, mantenía los puños cerrados sobre sus rodillas, mientras la tensión brotaba de sus músculos tensos.
Danica, frágil, mantenía la mirada baja, las manos temblorosas apretadas en su regazo.
Desde el otro lado del escritorio, Alessandro los examinaba como un cazador mide a sus presas.
Sus ojos oscuros se detuvieron un segundo más de lo necesario en la mano temblorosa de Danica…
y en el leve roce de Leandro sobre su piel.
Un músculo en su mandíbula se contrajo, imperceptible para cualquiera menos para quien supiera mirar.
—Yo no comencé los golpes —espetó Liam, rompiendo el silencio como un vidrio estallando—.
Todo fue culpa de tu hermano —añadió, el desprecio goteando de cada palabra.
—Te lo buscaste, imbécil —replicó Leandro en un gruñido bajo, la amenaza todavía latente en su voz.
—¡Silencio!
—tronó Alessandro, golpeando la mesa con la palma abierta.
El sonido resonó como un latigazo en la habitación.
Su mirada se volvió hacia Danica, pero no fue la de un rector interrogando a una alumna.
Fue la de un hombre luchando contra un instinto más oscuro.
—Danica —su voz sonó más suave, pero tensa como una cuerda a punto de mameluco—.
¿Puedes explicarme qué sucedió?
Ella levantó la vista apenas un instante, los ojos grandes y asustados.
Antes de que pudiera hablar, Leandro deslizó su mano sobre la suya, dándole un presionado firme, protector.
Un destello fugaz cruzó el rostro de Alessandro: algo primitivo, salvaje, contenido solo por una capa delgada de autocontrol.
—Ella no vio nada —intervino Leandro con rapidez, su tono cargado de desafío velado—.
Solo llegaba tarde a clases.
Trató de separarnos.
Danica ascendiendo, bajando de nuevo la mirada, aferrándose al silencio.
Alessandro los observará unos segundos interminables.
No dijo nada, pero su mirada parecía despellejarlos vivos.
Cada pequeño gesto —el roce de sus manos, la forma en que Leandro se inclinaba apenas hacia ella, el temblor vulnerable de Danica que no era para él— alimentaba una ira silenciosa dentro de él.
Un fuego frío que ni siquiera la autoridad de su carga logró extinguir.
—Vete a clases —ordenó al fin, su voz tan gélida que las palabras parecieron cortar el aire.
Danica se levantó de un salto, casi tropezando en su prisa por salir.
Cuando la puerta se cerró detrás de ella, Alessandro desvió la mirada de los dos chicos restantes.
Sus ojos eran dos brasas contenidas, y nadie —ni siquiera ellos— podía adivinar cuánto esfuerzo le costaba no dejar escapar todo lo que hervía bajo su fachada.
Sin embargo, su mente estaba llena de pensamientos confusos y emociones encontradas.
No podía dejar de pensar en Valentino, el chico cuya presencia había marcado su vida en formas que aún no alcanzaba a comprender.
Quería buscarlo, quería hablar con él… pero algo dentro de ella se lo impedía.
¿Orgullo?
¿Miedo?
No estaba seguro.
Además, estaba el asunto pendiente del restaurante y la entrevista que aún no había salido publicada.
Su madre y Carlo no habían mencionado nada al respecto, pero esa incertidumbre le pesaba como una piedra en el estómago.
Era como si cada aspecto de su vida estuviera rodeado por una nube densa e impenetrable que no la dejaba ver con claridad lo que venía.
Mientras caminaba hacia su aula, sintió una sombra oscura pesando sobre ella: la mirada posesiva y ardiente de Alessandro desde aquella oficina.
Aunque no había dicho nada directamente, Danica sabía que algo en él había cambiado desde el incidente… algo que no podía ignorar por mucho más tiempo.
*** Unos minutos más tarde, ya en el gimnasio, el trío favorito se preparaba para la práctica del día.
Llevaban puestos uniformes esoss de porristas que parecían diseñados directamente desde un catálogo de “¿Cómo verte ridículamente disponible en la preparatoria?”: faldas cortas blancas con una línea azul, tops con aperturas estratégicas para “ventilar” el pecho, y sudaderas deportivas que apenas lograban darles un aire de falsa inocencia.
Todo iba relativamente tranquilo, hasta que…
—¡Queridaaaa!
—La voz inconfundible de su madre resonó desde la entrada del gimnasio como si estuviera presentándose en un desfile de alta costura.
Dani sintió cómo la sangre se le congelaba en las venas.
Todos los ojos se posaron sobre ella.
Perfecto.
Exactamente lo que necesitaba.
—Mamá, ¿qué haces aquí?
—preguntó, corriendo hacia la entrada, deseando poder desintegrarse en partículas subatómicas.
—¡Lo olvidaste, tontita!
Hoy vamos a ver el departamento que encontré para ti —anunció su madre con una emoción desbordante, como si acabara de ganar un premio de lotería.
Dani ni siquiera tuvo oportunidad de cambiarse, se dejó la sudadera de la escuela, clásica adolescente de preparatoria con su uniforme de porrista, traía su cabello recogido en la una sola coleta.
Subió a la limusina asignada a su madre, porque claro, nada dice “adolescente normal” como una limusina negra estacionada frente al gimnasio de una preparatoria.
El trayecto fue breve.
Menos de cinco minutos después, se encontraban frente a una torre de departamentos que parecía salida directamente de un catálogo titulado “Cómo humillar a tus vecinos”.
La fachada relucía en mármol y vidrio como un monumento a la arrogancia.
—El tuyo es el pent-house —anunció su madre, entregándole la noticia como si fuera un trofeo olímpico—.
Alessandro lo escogió para ti.
¿No es un encanto?
Dani sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
No porque fuera un penthouse.
Sino porque Alessandro había decidido dónde debía vivir.
Otra jaula.
Más bonita, sí.
Pero jaula al fin.
Puso los ojos en blanco con tanta fuerza que casi se los disloca.
—¿Por qué siempre tiene que meterse en lo que no le importa?
—murmuró entre dientes.
Su madre, ignorando el tono claramente hostil de su hija, continuó tecleando en su celular mientras caminaban hacia el vestíbulo.
—Cariño, Alessandro solo quiere asegurarse de que estés bien cuidada mientras nosotros no estamos en la ciudad.
Desde que tu padre murió…
sé que te has sentido sola —dijo mientras, en un gesto que Dani odiaba, mojaba su dedo en saliva y le alisaba un mechón de la coleta.
Ahí estaba.
La carta del “tu padre murió”.
Un clásico infalible en el repertorio emocional de su madre.
Dani suspiró, resignada.
Su madre solía desaparecer durante periodos de cuatro a seis meses, y ahora, con su nuevo matrimonio, ni siquiera sabía qué esperar.
Esta semana la había visto más veces que en los últimos seis meses combinados.
—Nos casaremos la semana que viene, el sábado —continuó su madre mientras avanzaban por el vestíbulo, justo cuando el gerente las saludaba con una sonrisa—.
Nos iremos ese mismo día a nuestra luna de miel y luego viajaremos a Italia, al desfile que tenemos programado a finales de septiembre.
Ustedes nos alcanzarán más tarde; Alessandro ya tiene todas las indicaciones.
Debíamos ser un cliché andante: una madre despreocupada y su hija porrista, vestida aún con el uniforme.
Por un lado, le agradaba la idea de tener su propio espacio; no quería pasar demasiado tiempo en casa con Alessandro.
Hasta ahora, sus pequeñas intromisiones en su departamento la habían dejado mentalmente agotada.
Subieron al elevador.
Su madre introdujo un código secreto digno de una película de espías.
Al llegar al penthouse, Dani quedó boquiabierta.
Era como si Pinterest y una revista de diseño hubieran tenido un hijo y lo hubieran criado con esteroides de influencer.
Paredes de ladrillo estilo neoyorquino, una sala con un sofá blanco empotrado en el suelo, y una chimenea que gritaba “mírame”.
La cocina era un sueño: granito por todas partes, una isla enorme y una alacena tan grande que podría usarse como búnker en caso de apocalipsis.
Todo ya estaba surtido con sus productos favoritos.
Sospechoso.
Muy sospechoso.
—¿Por qué está todo amueblado?
—preguntó Dani, cruzando los brazos.
Su madre no respondió directamente; simplemente continuó explorando el lugar como si fuera su propio logro personal.
En el segundo piso, las habitaciones seguían el mismo patrón de lujo exagerado.
Una estaba vacía, probablemente para “proyectos creativos” que Dani nunca iba a empezar.
La otra era digna de una princesa millennial: cama con sábanas de seda negra, un vanity rosa palo y un clóset lleno de ropa nueva.
Por supuesto, había también una terraza con jacuzzi y sillones de exterior que parecían más cómodos que cualquier cama en la que Dani hubiera dormido jamás.
—Espero que te haya gustado —dijo su madre finalmente mientras se ajustaba el bolso al hombro—.
El lugar ya está pagado y listo para ti.
Dani se encogió de hombros, tratando de no parecer demasiado impresionada.
—Está bien…
pero ¿no te parece un poco excesivo?
Su madre la miró como si acabara de sugerir vivir en una cueva.
—Cariño, en una semana tu apellido será Danica De La Marca —dijo con una sonrisa triunfal.
Sintió un nudo en el estómago, áspero y apretado, como si la noticia le raspara desde dentro.
Cambiar su apellido era como borrar la última conexión que tenía con su padre.
Pero su madre no parecía notar su incomodidad.
—Sé que no es lo que tú habrías escogido —continuó en tono conciliador mientras le ponía las manos sobre los hombros—, pero Carlo me hace feliz.
¿Podrías intentarlo por mí?
Dani asintió lentamente, más por inercia que por convicción.
—Lo intentaré —murmuró, aunque por dentro sentía que estaba traicionando algo importante.
La sonrisa de su madre fue tan amplia que casi iluminó todo el penthouse.
Sin más ceremonias, la dejó frente a los dormitorios del instituto, como quien entrega un paquete y se marcha sin mirar atrás.
Dani disfrutó del aire fresco mientras caminaba hacia su habitación, tratando de procesar todo lo que acababa de suceder.
Encendió la chimenea, se quitó los tenis blancos reglamentarios y se puso sus pantuflas favoritas con forma de conejo.
Fue a la cocina y sacó una botella de vino porque, bueno, ¿por qué no?
Sentada frente al fuego, todavía con el uniforme de porrista puesto, tomó un largo trago directamente de la botella.
Las lágrimas comenzaron a brotar antes de que pudiera detenerlas.
Su madre se casaba en menos de una semana.
Alessandro estaba nuevamente en su vida y no sabía cómo manejarlo.
El aniversario de la muerte de su padre se acercaba rápidamente, y encima estaba el asunto con Liam, del cual no había hablado con nadie porque… claro, ¿qué mejor manera de lidiar con problemas emocionales que embotellarlos?
“Soy básicamente un meme emocional con Wi-Fi y traumas sin procesar.” —pensó, mientras tomaba otro trago y dejaba que las lágrimas cayeran libremente.
Apenas era miércoles, y ya sentía que había vivido un mes entero en tres días.
Finalmente, exhausta tanto física como emocionalmente, quedó dormida en el sofá, con la botella aún en la mano y las pantuflas colgando precariamente de sus pies.
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