Susurros de Sangre y Deseo - Capítulo 6
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6: Capitulo 6 6: Capitulo 6 “Algunos la miraban para admirarla; El, en cambio, la miraba como quien vigila algo que teme perder.” Finalmente, esa noche, vencido por el cansancio y la obsesión, Alessandro se dejó caer en la cama.
Cerró los ojos…
pero su mente no tardó en arrastrarlo a un lugar mucho más oscuro.
Un lugar donde solo existía ella.
Danica estaba bajo él.
Desnuda sobre las sábanas negras, con las mejillas encendidas y los labios entreabiertos, temblando.
Su cabello castaño formaba un halo salvaje en torno a su rostro; sus ojos, húmedos, brillaban de anhelo y rendición.
—Alessandro…
—gimió su nombre, como una súplica, como una condena.
Cada estremecimiento de su cuerpo, cada sonido roto que escapaba de su boca, lo incendiaban más.
Alessandro se hundió en ella con una lentitud tortuosa, sintiendo cada pulso, cada espasmo, cada gemido ahogado.
Danica se arqueó, sus uñas rasgándole la espalda en un intento desesperado por tenerlo aún más dentro.
Gritó su nombre cuando él la embistió, duro, profundo, reclamándola.
Poseyéndola.
Marcándola.
Sus piernas lo rodearon, aferrándolo con fuerza, mientras su cuerpo vibraba de placer y sumisión.
Alessandro gruñó contra su cuello, mordiendo su piel con hambre salvaje.
—Mía…
—jadeó, su voz rota, mientras sentía cómo ella se rendía, cómo su cuerpo explotaba alrededor del suyo—.
Solo mía.
El placer fue brutal.
Un incendio.
Un abismo.
Despertó de golpe.
El sudor empapaba su frente.
El corazón martillaba en su pecho.
Las imágenes ardían tras sus párpados como brasas vivas.
Se pasó una mano temblorosa por el rostro.
Pero era inútil.
Ella estaba ahí.
En su mente.
Una llama que no se apagaba.
Un veneno dulce que corría por sus venas.
Se sentó al borde de la cama, apretando la mandíbula.
—Danica…
—susurró su nombre como un conjuro, como una plegaria, como una maldición.
Pero no era suficiente.
Nunca lo era.
Cerró los ojos y la vio de nuevo; su cabello castaño cayendo en ondas suaves sobre sus hombros, sus labios curvándose en una sonrisa que no era para él, sus ojos brillando con esa chispa de rebeldía que lo volvía loco.
Era perfecta.
Y esa perfección le pertenecía.
Con un gruñido frustrado, se puso de pie y caminó hacia el baño.
Abrió el grifo y dejó que el agua fría golpeara su rostro, pero ni siquiera eso logró calmar el fuego que lo consumía.
Se miró al espejo, y lo que vio lo enfureció aún más: un hombre atrapado entre el deseo y los celos, entre la necesidad de poseerla y el miedo de perderla.
—Es mía —se dijo a sí mismo, con una voz baja y ronca que apenas reconoció como propia—.
No importa lo que haga, no importa quién intente interponerse.
Danica es mía.
Alessandro no era un hombre común.
Heredero de la familia De La Marca, su fortuna no provenía únicamente de sus negocios legítimos: joyerías, bienes raíces, arte de lujo.
Bajo la superficie impecable de su imagen pública, se movían las verdaderas fuentes de su poder: tráfico de piedras preciosas sin registrar, apuestas clandestinas, manipulación bursátil.
La organización que su abuelo fundó había evolucionado con los tiempos, pero conservaba su esencia: dominación absoluta.
Y ahora, su nueva ambición no era un diamante raro ni una propiedad histórica.
Era Danica.
La había vigilado desde la muerte de su padre, protegiéndola desde las sombras.
Eliminando amenazas silenciosamente, comprando voluntades, moldeando su entorno hasta tenerla exactamente donde quería: aislada, vulnerable, y cada vez más cerca de su alcance.
No era casualidad que él hubiera asumido el cargo de director en su instituto.
No era casualidad que el penthouse donde ahora vivía estuviera a nombre de una de sus empresas pantalla.
Cada movimiento era parte de un plan meticuloso que se tejía desde hacía años.
Regresó a su habitación y encendió las pantallas de seguridad instaladas en la pared frente a su cama.
Sus ojos buscaron con ansias entre las múltiples cámaras conectadas al departamento de Danica, y ahí estaba ella: dormida en el sofá de la sala, con su uniforme de porrista ligeramente desarreglado y el cabello revuelto.
Alessandro se inclinó hacia adelante, como si acercarse a la pantalla pudiera acercarlo a ella.
Se veía tan vulnerable, tan perfecta.
Su pecho se llenó de una mezcla de satisfacción y rabia.
¿Cómo podía ella dormir tan tranquila mientras él pasaba noches enteras desvelado por su culpa?
Revisó las grabaciones del día anterior.
Su madre había llevado a Danica al departamento que él mismo había escogido para ellas.
Todo bajo su control, como debía ser.
Sin embargo, algo le molestaba profundamente: Danica había faltado a clases otra vez.
Esa actitud rebelde lo sacaba de quicio y, al mismo tiempo, lo fascinaba.
Cerró las pantallas con un movimiento brusco y se dejó caer sobre la cama.
Cerró los ojos, rindiéndose al cansancio, pero su mente no tardó en arrastrarlo a un lugar mucho más oscuro…
a ese sueño que lo despertaba una y otra vez desde ella había aparecido en su vida.
“No basta soñar con ella”, pensó con furia.
“Necesito tenerla.
Cerró las pantallas de golpe, se preparó para salir a correr, con un único pensamiento en su mente.
Danica.
El aire helado de la madrugada cortaba su piel, pero Alessandro no sentía nada.
Su mente bullía con pensamientos oscuros.
No permitiría que nada ni nadie se interpusiera.
Ni compañeros de clase.
Ni amigos inútiles.
Ni siquiera la misma Danica.
Cuando regresó, se duchó, se vistió y a las 6:30 a.m.
ya estaba en su oficina del Instituto De La Marca.
Su secretaria, una mujer eficaz a quien no le dirigía palabra más allá de lo estrictamente necesario, entró tímidamente.
—Llame a Berni —ordenó sin levantar la vista de su teléfono.
Berni.
Su mano derecha.
El ejecutor silencioso de sus órdenes más turbias.
Cuando Berni apareció, Alessandro fue directo al grano: —Quiero el informe financiero completo.
Pero sobre todo, quiero el otro informe.
—¿El…
personal?
—preguntó Berni con discreción.
Alessandro asintió.
El informe sobre Danica.
Cada día, cada movimiento.
Quién la miraba.
Quién se acercaba.
Quién merecía desaparecer discretamente del mapa.
Cuando Berni se retiró, Alessandro quedó solo, frente al ventanal que dominaba la ciudad.
Miró el horizonte grisáceo con una determinación brutal.
“Te construiré un mundo donde nadie pueda tocarte” “Un mundo donde sólo existamos tú y yo.” La obsesión lo consumía.
Y era gloriosa.
Muy pronto, Danica no tendría que preguntarse si era libre.
La respuesta sería simple: no lo sería nunca más.
Con una sonrisa apenas visible, Alessandro deslizó su dedo sobre la pantalla de su teléfono.
Una foto de Danica dormida, acurrucada como un ángel caído, llenó la pantalla.
Se juró en silencio “Pronto, mi pequeña.
Pronto sabrás que tu destino siempre ha sido pertenecerme.” Cuando finalmente logró escapar de sus obligaciones laborales al final del día, se dirigió directamente al instituto donde Danica vivía en los dormitorios estudiantiles.
Encendió las cámaras desde su celular para asegurarse de que estuviera allí antes de llegar, pero lo que vio lo hizo detenerse en seco.
Danica no estaba en su habitación.
El corazón de Alessandro comenzó a latir con fuerza mientras revisaba las grabaciones recientes.
Lo que vio lo hizo hervir de ira; Danica había recibido una llamada.
Él subió el volumen para escucharla.
—Hola —contestó ella con una voz insegura al principio, pero luego cambió a un tono meloso—.
¡Valentino!
—dijo con entusiasmo.
El nombre cayó sobre Alessandro como un golpe en el estómago.
Observó con atención cómo Danica corría por la habitación, preparándose para salir.
Llevaba unos jeans ajustados, una blusa de tirantes sencilla y unos tenis negros.
Se veía increíblemente sensual en su simplicidad desarmante.
“¿Valentino?”, pensó Alessandro mientras apretaba los puños con fuerza.
Cada movimiento de ella parecía diseñado para provocarlo, para desafiarlo.
Lanzó su celular contra la pared con tal fuerza que se rompió en pedazos.
Su respiración era pesada, sus pensamientos oscuros.
No podía permitir esto.
No podía permitir que alguien más estuviera cerca de ella.
Danica era suya, aunque ella aún no lo entendiera del todo.
Pero lo haría.
Alessandro se encargaría personalmente de eso.
Sin perder más tiempo, salió del instituto y subió a su auto deportivo negro.
Pisó el acelerador mientras su mente trazaba un plan para devolverla a donde pertenecía, bajo su control absoluto.
Ella era como una joya rara y preciosa, una que debía ser protegida y admirada solo por él.
Nadie más tenía derecho a tocarla, a mirarla siquiera.
Y si alguien intentaba interponerse entre ellos, Alessandro estaba dispuesto a hacer lo necesario para eliminar cualquier obstáculo.
Mientras conducía por las calles iluminadas por las luces del atardecer, una sola idea dominaba su mente: Pisó el acelerador mientras su mente trazaba un único plan.
“Danica será mía.
Completamente.” Y si el precio era destruirla, aceptaría pagarlo con una sonrisa.
Porque Alessandro De La Marca no compartía sus tesoros.
Y Danica era la joya más preciosa de su colección.
**** Una pequeña manta azul se extendía sobre la arena dorada de la playa, ondeando suavemente con la brisa del atardecer.
El sol, en su descenso pausado, pintaba el cielo de tonos anaranjados y rosados, mientras las olas susurraban al romper en la orilla.
El mundo parecía haberse detenido en un suspiro eterno.
Danica estaba sentada con las piernas cruzadas sobre la manta, abrazando sus rodillas mientras observaba el horizonte difuminarse en un espectáculo de colores.
A su lado, Valentino terminaba de acomodar una tabla de charcutería que parecía sacada de un cuento de hadas: quesos finamente seleccionados, uvas jugosas, fresas bañadas en chocolate, cerezas en almíbar y pequeños volcanes de chocolate que prometían derretirse al primer bocado.
Cuando Valentino le había propuesto ver el atardecer con una copa de vino, Danica no imaginó que él llegaría con tantos detalles pensados para ella.
Había algo en su forma de ser que la desarmaba: su atención paciente, su risa que sabía a hogar, su mirada profunda que parecía verla de verdad, sin máscaras.
Toda la tarde había transcurrido entre risas, bromas tontas y conversaciones inesperadamente profundas.
Incluso se habían burlado de videos absurdos en redes sociales.
Todo era fácil con él.
Natural.
Valentino era un caballero en toda la extensión de la palabra: atento, carismático, dulce.
Pero lo que más desconcertaba a Danica era cómo la miraba.
No como si quisiera poseerla, sino como si quisiera protegerla, cuidarla, descubrirla.
Esa ternura encendía algo cálido en su pecho, algo que creía haber perdido hacía tiempo.
Involuntariamente, su mente comparó.
Alessandro.
Su exnovio, ahora su hermanastro, era todo lo contrario: serio hasta la rudeza, grosero, incapaz de un gesto sencillo de amabilidad.
Sus recuerdos con él no eran más que un collage de momentos fríos y amargos.
Pero junto a Valentino, esos recuerdos comenzaban a desvanecerse como huellas borradas por el mar.
—Entonces, tu madre se casa la próxima semana —comentó Valentino mientras llenaba sus copas de vino tinto.
Su voz era baja, como una caricia.
Danica asintió, sintiendo un leve rubor trepar por sus mejillas.
—Sí —murmuró, jugueteando nerviosamente con el borde de la manta.
Hubo un pequeño silencio cómodo entre ellos, roto solo por el murmullo de las olas.
—¿Y quieres que sea tu acompañante?
—preguntó él finalmente, su voz tan suave que Danica casi creyó haberlo imaginado.
Ella bajó la mirada, apenada.
Apenas llevaban unos días conociéndose, pero había algo en él que la hacía sentir segura, como si hubieran compartido mil vidas anteriores.
Como si confiar en él fuera lo más natural del mundo.
Un soplo fresco cruzó la playa y Danica tembló ligeramente.
Valentino lo notó al instante.
Sin decir una palabra, se quitó su chaqueta y la colocó sobre sus hombros.
El calor de la prenda y su aroma —una mezcla de madera, cítricos y algo inconfundiblemente suyo— la envolvieron, provocando que cerrara los ojos un instante.
Olía a tardes de verano.
A refugio.
A hogar.
—Gracias…
—susurró ella, más abrumada por el gesto que por el frío.
Antes de que pudiera decir algo más, Valentino se inclinó y, con infinita delicadeza, tomó su mentón entre sus dedos, obligándola a levantar la mirada.
—Me encantaría —dijo finalmente, y su sonrisa tenía algo de promesa, algo de eternidad.
El corazón de Danica dio un salto torpe en su pecho.
Y entonces, sucedió.
Un beso.
Dulce.
Tierno.
Breve como el roce de un suspiro.
Pero lleno de una calidez que se deslizó por todo su cuerpo, como la luz del atardecer colándose entre las sombras.
Cuando se separaron, Valentino no dijo nada más.
No hizo falta.
Sus miradas hablaban en un idioma silencioso que ambos entendían.
La noche pasó entre risas, anécdotas tontas y miradas que prometían futuros posibles.
Cuando finalmente llegaron al nuevo departamento de Danica, ella no quería que ese momento terminara.
Valentino la acompañó hasta la puerta, casco en mano, sonriendo de esa manera que ya comenzaba a reconocer como peligrosa para su corazón.
Danica estaba a punto de despedirse cuando recordó: —¡Tu chaqueta!
—exclamó, corriendo hacia él.
Valentino se giró, se quitó el casco y, con una sonrisa traviesa que la dejó sin respiración, respondió: —Ahora es de mi novia.
Y sin esperar réplica, montó su moto y desapareció en la distancia, dejando tras de sí el eco de sus palabras en el aire.
Danica se quedó inmóvil, el corazón palpitando desbocado, el rostro ardiendo.
¿Su novia?
¿De verdad?
Una risa nerviosa escapó de sus labios mientras corría escaleras arriba.
Ya en su habitación, con el pijama puesto y la chaqueta de Valentino apretada contra su pecho, cerró los ojos, sonriendo contra la tela impregnada de su aroma.
Por primera vez en mucho tiempo, Danica no temía al futuro.
Lo esperaba, con el corazón abierto, sabiendo que, quizás, la vida aún tenía guardados para ella momentos de felicidad pura.
De amor real.
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