Susurros de Sangre y Deseo - Capítulo 8
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8: Capitulo 8 8: Capitulo 8 “Desde la distancia, parecía que nada podía perturbar esa armonía.” Sábado por la mañana, la familia de La Marca se encontraba en el comedor listo para el desayuno.
El sol comenzaba a asomarse a través de las grandes ventanas del salón, iluminando la lujosa mesa de madera tallada donde todos estaban reunidos.
El señor Carlo estaba en la cabecera, su madre a su izquierda, Alessandro a su derecha, Leandro junto a él, y Danica sentada junto a su madre.
La escena parecía idílica, como una familia feliz y unida, pero Danica no compartía ese sentimiento.
La chica no podía evitar que el dolor de cabeza, similar a un martillo golpeando su sien, nublara sus pensamientos.
Aún sentía que el resto de la noche anterior era un rompecabezas con piezas faltantes, sobre todo en lo que respectaba a su cita fallida con Valentino.
Se sentía un poco perdida y vulnerable, como un trapo olvidado, y aún más avergonzada por haber tenido que ser rescatada por Leandro nuevamente.
Aunque genuinamente le recordaba a los tiempos más simples y felices.
— Danica, querida —dijo el señor Carlo con una calma imperturbable, pero que de alguna manera lograba cortar el aire—, dime, ¿todos los papeles respecto a tu herencia ya se solucionaron?
Su voz resonó en la habitación, y aunque sonaba casual, Danica no pudo evitar tensarse.
La pregunta la hizo sentir como si estuviera siendo observada por los ojos de un depredador, uno que estaba esperando ver si sus respuestas encajaban en su trama.
— No —respondió Danica con voz apagada, mientras se frotaba las sienes, como si eso pudiera mitigar el dolor que crecía en su cabeza.
— ¿Qué pasa con eso?
—insistió Carlo, manteniendo el tono de voz tranquilo, pero con una leve presión.
Danica levantó la vista y vio a su madre, quien intervino rápidamente.
Su rostro parecía tenso, pero al menos le ofreció una salida.
— El abogado dijo algo sobre cumplir 18 años —dijo su madre, salvándola de la incomodidad del momento.
Hubo un silencio incómodo en la mesa.
Danica sentía el peso de la conversación sobre ella, como si todos estuvieran esperando algo más.
Alessandro aún estaba visiblemente molesto, su mirada fija en Leandro mientras pensaba en lo que había ocurrido entre él y Danica, aunque no se atrevía a preguntar directamente.
Leandro, por su parte, estaba callado, su rostro impasible, pero sus ojos de vez en cuando se deslizaban hacia Danica, asegurándose de que ella se encontraba bien, como si pudiera sentir la incomodidad que la envolvía.
El desayuno transcurrió sin mayores contratiempos, pero el ambiente seguía siendo pesado.
El señor Carlo y su madre se marcharon juntos, abrazados de una manera que hacía que Danica se sintiera aún más fuera de lugar.
La forma en que se acaramelaban era… asquerosa.
Sintió que todo a su alrededor era una burla.
Regresó a su habitación con pasos lentos, su mente aún llena de pensamientos confusos.
Apenas tuvo fuerzas para quitarse la ropa y acostarse en la cama.
La suave colcha de colores pasteles la envolvía, pero aún así no lograba encontrar consuelo.
Se quedó allí, mirando al techo, sus pensamientos girando sin cesar.
Pronto, el cansancio la venció y se quedó dormida, el calor de la tarde despertándola de golpe.
El sol estaba alto, y el calor abrazante le hizo sentir aún más agotada.
Se levantó, se dio una ducha rápida, y se puso un simple short blanco y una camiseta azul celeste de tirantes, mientras las pantuflas suavemente tocaban el suelo frío.
Con la cabeza aún dando vueltas por las emociones encontradas, decidió que lo mejor sería despejarse dando un paseo por la casa.
Aunque la conocía bien, ya no se sentía como su hogar.
De niña, le fascinaba explorar cada rincón, pero ahora todo parecía extraño y distante.
Abrió la puerta de su habitación y asomó la cabeza, asegurándose de que no hubiera nadie cerca.
Luego, salió al pasillo con pasos silenciosos, explorando de manera errante la mansión que había comenzado a ver con otros ojos.
El eco de sus pasos resonó a lo largo de los pasillos vacíos, llenos de puertas cerradas y habitaciones desordenadas.
Algunas de ellas estaban llenas de muebles apilados, otras parecían ser oficinas olvidadas.
“Aburrido”, pensó mientras caminaba, sin rumbo fijo.
Bajó al primer piso y deambuló un poco, hasta que decidió revisar si habian actualizado algún libro de la biblioteca.
Aunque no era una lectora empedernida, siempre había disfrutado de la lectura, especialmente cuando se sentía perdida.
Al entrar, el techo alto parecía extenderse más allá de la vista, y el aire cargado de un suave aroma a papel envejecido la envolvía.
La biblioteca tenía un segundo piso, accesible a través de una pequeña escalera interna, y estantes que se llenaban de libros de todas clases.
Un par de sillones de cuero bien colocados, junto con un escritorio de madera pulida en el centro y lo que más le gustaba eran los ventanales enormes que daban vista al lago y dejando entrar la luz del sol de manera exquisita.
Se acercó a los estantes, y mientras recorría las estanterías, su mente se volvió a centrar en lo que había dejado atrás.
El testamento de su padre, las condiciones del fideicomiso que la convertirían en heredera solo cuando cumpliera los 18 años; pensó en lo que Liam le había dicho al inicio de la semana, pero después de su comportamiento tan poco ético, dudaba de cualquier cosa que viniera de él.
Finalmente, Danica encontró un libro que no había visto antes.
Lo hojeó con curiosidad y, para su sorpresa, la historia que contenía la cautivó.
Era una bella historia de amor de época, algo que en ese momento parecía justo lo que necesitaba.
Lo tomó con delicadeza y se dirigió a uno de los sillones dispuestos por toda la biblioteca, sumergiéndose en sus páginas.
Horas pasaron mientras Danica se perdía entre las palabras del libro, el silencio de la biblioteca envolviéndola con una paz que no encontraba en ningún otro lugar.
La tranquilidad del espacio era justo lo que necesitaba para calmar su mente.
—Te he buscado por todas partes —la voz familiar de Leandro rompió el silencio.
Danica alzó la vista y lo vio de pie en el balcón del segundo nivel, mirándola con una mezcla de preocupación y determinación.
—Me dormí un rato —respondió ella mientras cerraba el libro con cuidado, dejándolo boca abajo para no perder la página.
—Tenemos que hablar sobre lo que pasó ayer —dijo él mientras bajaba las escaleras con pasos firmes.
—No quiero hablar de eso —replicó Danica, evitando su mirada.
Leandro se detuvo frente a ella y, con un suspiro, le tomó los hombros con suavidad, pero firmeza.
—Si no hubiera llegado a tiempo… —su voz se quebró ligeramente antes de continuar—.
Siempre te he querido como a una hermana.
Ahora eres mi hermana.
No sé qué le habría hecho a ese idiota si hubiera llegado un poco más tarde.
Danica bajó la mirada, sintiendo una mezcla de gratitud y vergüenza.
—Gracias —murmuró.
Leandro sostuvo su mirada por un momento antes de sonreír levemente —No pasó a mayores —dijo mientras le acariciaba el cabello con ternura—.
Ahora tienes dos hermanos mayores.
Nadie te hará daño mientras yo esté aquí.
Sin poder evitarlo, Danica se inclinó hacia él y lo abrazó.
Era un gesto reconfortante, totalmente fraternal, ella no quería admitirlo, pero era muy feliz por tener a Leandro nuevamente en su vida.
La puerta de la biblioteca se abrió bruscamente, interrumpiendo el momento.
Alessandro entró con pasos decididos y una expresión oscura en el rostro.
Sus ojos recorrieron rápidamente la escena hasta detenerse en el abrazo entre Danica y Leandro.
—¿Qué está pasando aquí?
—preguntó con voz gélida.
Danica y Leandro se separaron rápidamente.
Ella tomó su libro y se dirigió hacia la puerta sin mirar atrás.
—Nada que te importe —respondió Danica con frialdad antes de salir de la habitación, dejando a los hermanos solos.
Alessandro cerró los puños con fuerza mientras miraba a Leandro con ojos encendidos.
—No voy a preguntar otra vez —dijo acercándose a él—.
¿Qué estaba pasando aquí?
Leandro lo miró, sorprendió por la intensidad en su mirada, pero sin mostrar miedo.
Sonrió con amargura, consciente de que Alessandro había cruzado una línea.
—Ya escuchaste nada que te importe —respondió mientras pasaba una mano por su cabello desordenado y comenzaba a caminar hacia la salida.
Alessandro lo siguió con pasos firmes, pero Leandro no parecía dispuesto a ceder.
El ambiente se volvía tenso, cargado de una energía peligrosa.
—¿En serio, hermano?
—Leandro paró en seco y se giró hacia Alessandro, su voz era baja pero cargada de reclamo—.
¿Esto es lo que te preocupa ahora?
Yo protejo a Danica porque es mi familia, y no tengo que dar explicaciones.
Tú deberías aprender a respetar eso.
Alessandro frunció el ceño, los ojos brillando con una ira contenida, pero aún no decía nada.
Leandro lo miró directamente a los ojos, un destello de incomodidad cruzó su rostro, pero no dio su brazo a torcer.
—Sigue buscando peleas en donde no las hay, y vas a terminar pagando el precio —dijo, su tono lleno de amenaza, pero también de cansancio, como si no quisiera seguir con la discusión.
Leandro soltó una risa fría, casi burlona, antes de girarse para irse.
—Estás mal, hermano.
Yo ya estoy cansado de tus paranoias.
No todos tenemos la misma visión que tú —murmuró antes de salir de la biblioteca, dejando a Alessandro solo con sus pensamientos y su creciente desconfianza.
Alessandro permaneció allí, inmóvil, pero su cuerpo temblaba de furia contenida.
Su mente estaba en un torbellino caótico de pensamientos y emociones que no lograba ordenar.
Cada palabra de Leandro, cada gesto, lo había golpeado como una ola furiosa, arrastrándolo a un mar de incomodidad y confusión.
Algo entre Leandro y Danica no cuadraba… algo que no podía entender, pero que lo carcomía por dentro, como una sombra oscura que crecía con cada minuto que pasaba.
El simple hecho de imaginarla tan cerca de su hermano, de verla en los brazos de Leandro, incluso si todo había sido un gesto de consuelo, le resultaba insoportable.
Algo dentro de él se retorcía al pensar en esa cercanía.
No podía soportarlo.
“Celos”, pensó finalmente, como si esas palabras pudieran dar sentido a la tormenta que le quemaba por dentro.
Los celos, esos demonios oscuros e irracionales que se aferraban a su pecho, recorriendo sus venas como un veneno imparable.
Celos que no quería admitir, ni siquiera ante sí mismo, pero que no podía callar.
Su respiración se hizo más pesada mientras el sentimiento de impotencia lo envolvía.
La biblioteca, ese lugar que siempre había sido su refugio, su santuario en medio del caos de su vida, de repente se sentía asfixiante.
Las paredes que solían brindarle consuelo ahora lo presionaban, y el aire, cargado con el dulce aroma a vainilla que siempre asociaba con Danica, lo invadía por completo, intensificando su frustración.
“¿Por qué?”, murmuró en voz baja, casi para sí mismo.
Pero no encontró respuesta.
En su mente, una idea oscura y retorcida comenzó a surgir.
Un pensamiento que lo sacudió como un golpe seco: ¿Fue Leandro quien le arrebató la virginidad a mi Danica?
Esa idea, esa simple posibilidad, lo hizo temblar de rabia y posesión.
La imagen de su hermano tocándola, de estar tan cerca de ella de una manera tan íntima, lo atormentaba.
La sensación de que alguien más pudiera haberla tocado, haberla marcado, despertó una furia que no había sentido en mucho tiempo.
“Lo mato”, pensó, apretando los puños con tanta fuerza que sus uñas enterraron en su piel.
El aire se le volvió más espeso, la biblioteca, que antes era su refugio, ahora lo sentía como una prisión.
El aroma a vainilla, el aroma de ella, lo embriagaba y lo envenenaba al mismo tiempo, empeorando su ira.
Cada rincón de ese lugar parecía invadirlo, como si todo, hasta el aire, estuviera conspirando en su contra.
“No voy a permitirlo”, murmuró con los dientes apretados, sus ojos oscuros brillando con una determinación peligrosa.
La furia lo recorría por dentro, como una bestia que no se iba a dejar domar.
Se estaba acostumbrando a esa posesividad que sentía por Danica, a esa necesidad de tenerla solo para él.
Ningún hombre, ni siquiera su propio hermano, iba a acercarse a ella de esa forma.
“Si fue él…”, pensó, mirando al vacío con los ojos fijos, como si visualizara a Leandro tocándola, reclamándola de una manera que solo le correspondía a él.
La idea lo atormentaba, y su mente comenzó a formular planes oscuros.
“Voy a hacerle pagar…”, murmuró, un susurro gélido que resonó en el aire de la biblioteca.
No podía permitir que nada, ni siquiera su propio hermano, interfiriera en su dominio sobre Danica.
Porque ella era suya.
Y nadie más la tocaría, ni en su mente, ni en la realidad.
Pero mientras la oscuridad fermentaba en su mente, en otro rincón del mundo, la luz comenzaba a abrirse paso.
Domingo Era temprano en la mañana.
La luz del sol se filtraba suavemente a través de las cortinas de su habitación, despertándola con un resplandor cálido que la invitaba a levantarse.
Danica se estiró lentamente, acomodándose en la cama mientras el frescor del aire matutino entraba por la ventana entreabierta.
Sin prisas, se levantó, vistiéndose con ropa cómoda, con la intención de pasar un rato a solas antes de que el día se llenara de ruido.
El sonido suave de los pasos en las escaleras la acompañó mientras bajaba.
La casa del lago era un refugio de tranquilidad, y Danica se sentía en paz allí, especialmente los domingos.
Aquella casa, rodeada por la naturaleza y el silencio, era el lugar donde encontraba consuelo.
Un lugar donde podía respirar sin la presión de los eventos recientes.
Al llegar a la cocina, la puerta se abrió con suavidad, revelando a Margaret, la cocinera de la familia.
La mujer de cabello canoso y cálido, siempre tan atenta y sonriente, estaba en su lugar, moviéndose con destreza mientras preparaba el desayuno.
Margaret no era solo una empleada; era parte de la familia, la figura matriarcal que había estado al cuidado de Leandro y Alessandro desde su infancia.
La conocía como una abuela, con su dulzura inquebrantable y su sentido del hogar.
—Buenos días, querida —dijo Margaret al verla entrar, sonriendo de inmediato.
Había algo en su mirada que transmitía cariño, como si Danica fuera otra nieta para ella—.
¿Dormiste bien?
Danica sonrió, sintiéndose acogida por la calidez de la mujer.
Se acercó a la mesa, donde ya había un vaso alto con un batido de frutos rojos, fresco y espumoso, esperándola.
La mezcla de fresas, moras y arándanos tenía un color profundo, casi vibrante, y el aroma dulce y ácido que se desprendía del vaso era un abrazo reconfortante.
Danica lo tomó y el primer sorbo fue un estallido de frescura en su boca, el dulzor equilibrado con la acidez perfecta.
Ese sabor le recordó a los días sencillos, a momentos de calma que había perdido entre las sombras de los días turbulentos.
El batido parecía llenar de energía su cuerpo sin la pesadez del café.
—Sí, muy bien, gracias —respondió ella mientras se sentaba, disfrutando del frescor y el sabor del batido que la despertaba por completo.
Margaret comenzó a preparar el desayuno, con su calma habitual.
En la casa del lago, los domingos siempre tenían un ritmo diferente.
Eran días de tranquilidad, sin las prisas del resto de la semana.
Margaret comenzó a sacar de la despensa los ingredientes para una gran cesta de picnic, algo que Danica recordaba bien de sus tiempos en la casa del lago.
En esos domingos, solía salir con la cesta llena de frutas frescas, pan recién horneado y un par de dulces caseros, todo cuidadosamente preparado por la cocinera, para disfrutar al borde del lago.
—¿Te gustaría salir hoy con la cesta de picnic?
—preguntó Margaret con su tono cariñoso, mientras envolvía cuidadosamente las piezas de pan y las frutas—.
Siempre te hacía tanta ilusión aquellos días en los que bajabas con la canasta, buscando un rincón tranquilo junto al agua.
Danica asintió lentamente, sintiendo una mezcla de nostalgia y gratitud.
A pesar de las sombras recientes, había algo reconfortante en esas pequeñas tradiciones que mantenían su vida en equilibrio.
Era una de las pocas cosas que aún la conectaban con su infancia y, por un momento, eso le dio la sensación de que todo podría estar bien, aunque solo fuera por un día.
—Sí, me gustaría mucho.
Es una de las cosas que más disfrutaba —respondió, tomando un sorbo más del batido, disfrutando nuevamente de esa explosión de frescura y dulzura.
Recordó cómo siempre se sentaba junto al agua, escuchando el murmullo del lago mientras disfrutaba de un desayuno tranquilo, lejos de todo el caos.
Margaret sonrió y comenzó a preparar la cesta con los productos que ya había sacado.
Mientras lo hacía, se permitió un pequeño suspiro, como si estuviera reviviendo esos momentos junto a Danica.
Había sido testigo de su crecimiento, de cómo se iba transformando con el tiempo, y siempre sentía una pequeña tristeza cuando los días felices de la infancia parecían desvanecerse.
Pero esa mañana, la joven parecía necesitar ese respiro de paz, y Margaret estaba más que dispuesta a ofrecerlo.
—Hoy será un día perfecto para eso —comentó mientras colocaba una manta en la cesta, como si fuera lo más natural del mundo.
Ya conocía bien la rutina de Danica, esos momentos tranquilos junto al lago, donde podía ser simplemente ella misma.
Danica observó con gratitud cómo Margaret preparaba todo, su amabilidad y el cuidado que ponía en cada detalle.
No era solo la cocinera, era una figura que siempre había estado ahí para ella, siempre dispuesta a darle un pedazo de normalidad en medio de la vida tumultuosa que había sido su familia.
Mientras Margaret terminaba de preparar todo, Danica se levantó de su silla, sintiendo la ligera brisa que entraba por la ventana abierta.
Sonrió, agradecida por esa calma y por la sensación de que, al menos por unas horas, podría escapar de todo.
—Gracias, Margaret —murmuró, y la cocinera le sonrió en respuesta.
—No hay de qué, querida.
Siempre será un placer —respondió, entregándole la cesta con un brillo cálido en los ojos.
Danica tomó la canasta con una mezcla de emoción y serenidad, sabiendo que ese día, al borde del lago, tendría la oportunidad de desconectarse un poco de todo lo que la rodeaba.
El sol ya acariciaba con suavidad la superficie del lago cuando Danica extendió la manta sobre el césped, justo al borde del agua.
El murmullo de las olas suaves, el canto distante de los pájaros y el aroma del pan aún tibio llenaban el aire con una paz casi irreal.
Se sentó con las piernas cruzadas, la cesta a su lado, y dejó que la calma la envolviera, como un abrazo silencioso que tanto había necesitado.
Cerró los ojos por un instante, dejando que el sol acariciara su piel como si intentara borrar las marcas invisibles de tantos días de tensión.
Por fin, sentía que podía respirar.
El aire era cálido, lleno del murmullo suave del viento y el perfume de las flores, sin suspiros rotos ni sombras susurrándole al oído.
Solo ella.
Solo ese instante.
Hasta que el crujido de pasos sobre la hierba la devolvió al mundo real.
Abrió los ojos y lo vio.
Alessandro.
Vestía unos pantalones oscuros y una camisa blanca con las mangas arremangadas, el primer botón desabrochado dejando ver apenas su clavícula.
El cabello algo revuelto por el viento, las manos hundidas en los bolsillos, y esa forma de caminar…
segura, contenida, como si el mundo se acomodara a sus pasos.
Pero esta vez no traía furia.
No había fuego en sus ojos.
Había algo peor: calma.
Una calma tensa, inquietante.
Distancia.
Y, sin embargo, Danica sintió cómo su estómago se encogía.
Maldita sea.
Era su cuerpo el que traicionaba primero.
El pulso le saltó en las muñecas, su piel se volvió más sensible, como si solo con verlo, algo dentro de ella despertara.
Alessandro tenía ese poder.
Siempre lo había tenido.
Incluso cuando la odiaba, incluso cuando la hacía arder de rabia… o de deseo.
Se incorporó con lentitud, no por miedo, sino por el peso invisible de su presencia.
Él se detuvo a un par de metros, sin invadir su espacio, pero sus ojos…
sus ojos la recorrían como si aún tuviera derecho.
Como si su simple existencia le perteneciera.
Danica tragó saliva.
No podía evitarlo.
Lo deseaba.
No de la manera dulce o romántica que las chicas soñaban.
No.
Lo deseaba con rabia, con fuego, con el tipo de necesidad que dolía más de lo que calmaba.
—Margaret me dijo que estabas aquí —dijo él, su voz grave, pero sin el filo habitual.
Más baja, más…
íntima.
Ella asintió, conteniendo el impulso de preguntarle por qué la miraba así.
Como si fuera un secreto que quería volver a devorar.
—¿Puedo?
—preguntó, señalando la manta extendida sobre el césped.
Dudó, pero luego asintió.
Él se sentó despacio, con un control que en otro tiempo habría parecido arrogante.
Ahora, era otra cosa.
Más peligrosa.
Más tentadora.
Mantuvo una distancia prudente, pero Danica sentía su presencia como una carga eléctrica a su lado.
No se tocaban, no hablaban, pero el aire entre ellos era espeso, lleno de lo no dicho, de lo que ambos fingían enterrar.
Y cuando él bajó la mirada hacia sus piernas descubiertas por el vestido ligero, cuando sus ojos se deslizaron sin pudor alguno desde su uando sus ojos se deslizaron sin pudor alguno desde sus tobillos hasta el nacimiento de sus muslos, Danica supo que estaba perdida.
El silencio se volvió insoportable.
—¿Te molesta que esté aquí?
—preguntó Alessandro, sin apartar la mirada, pero con una voz que rozaba la dulzura.
Ella negó con la cabeza, aunque por dentro gritaba que sí.
Que sí le molestaba.
Porque cada vez que él estaba cerca, sus muros temblaban.
Sus convicciones flaqueaban.
Su cuerpo hablaba un idioma que odiaba entender.
—Estás…
diferente —susurró ella, incapaz de fingir que no lo notaba.
Él sonrió apenas.
Una sonrisa casi ausente, pero peligrosa.
Porque no era arrogante.
Era real.
—Estoy cansado de luchar contra algo que no puedo cambiar.
Danica frunció el ceño.
—¿Y qué es lo que no puedes cambiar?
Él no respondió enseguida.
Se inclinó hacia atrás, apoyando los codos en la manta, dejando que el sol jugara con la curva de su mandíbula y el contorno de su torso bajo la camisa abierta.
Luego, la miró directamente.
Sin máscaras.
—Lo que siento por ti.
La confesión fue una detonación silenciosa.
Danica se quedó inmóvil.
El aire dejó de fluir.
Su pecho subía y bajaba con esfuerzo, como si esas palabras hubieran robado todo el oxígeno del jardín.
—No…
—empezó, pero su voz se quebró—.
No puedes decirme eso.
—¿Por qué no?
—preguntó él con suavidad, sentándose de nuevo, su rostro más cerca, sus ojos más oscuros—.
¿Porque ya tienes a Valentino?
¿Porque intentas convencerte de que lo nuestro fue solo una fase, un error?
Ella apretó los labios, sintiendo que el temblor de sus manos llegaba hasta el alma.
—Porque me duele, Alessandro.
Porque cuando tú me miras así, siento que soy de nuevo la chica que te necesitaba para respirar, y me juré no volver a serlo.
—¿Y ahora?
—susurró él, tan cerca que el perfume de su piel se mezcló con el de las flores—.
¿Ahora qué sientes?
Danica lo miró.
Y por primera vez en semanas, no huyó de la verdad.
—Siento que quiero besarte hasta odiarme.
Él tragó saliva, sus ojos ardiendo con una mezcla peligrosa de deseo y culpa.
Entonces, otro sonido rompió la escena el motor de una moto apagándose a lo lejos.
Danica giró la cabeza justo a tiempo para ver a Leandro bajando de su Ducati negra, caminando con esa despreocupación elegante tan propia de él, una sonrisa ladeada en el rostro.
—¿Qué es esto?
¿Un picnic y no me invitan?
—bromeó, dejando caer su chaqueta sobre la hierba mientras se acomodaba sin esperar respuesta, justo entre los dos.
La tensión se disipó de golpe.
Danica soltó una risa suave, sorprendida por lo natural que se sentía su presencia.
Leandro tenía ese extraño poder de romper el hielo sin esfuerzo, de volverlo todo más simple.
—Margaret me preparó la canasta —explicó Danica.
—¿Y guardó algo para mí o tengo que pelear por un trozo de pan?
—preguntó con dramatismo falso, haciendo que Danica negara con la cabeza, divertida, mientras le ofrecía una manzana de la cesta.
La conversación fluyó sin esfuerzo, entre recuerdos, anécdotas y silencios cómodos.
Alessandro no hablaba mucho, pero tampoco se ausentaba.
Observaba, escuchaba, e incluso soltó una risa breve cuando Leandro se burló de una de sus antiguas manías infantiles.
Por primera vez en mucho tiempo, los tres compartieron un momento que no estaba teñido de celos, tensión o secretos.
Solo la calidez del sol, el murmullo del lago y una tregua tácita que, aunque frágil, les permitía respirar juntos.
Danica no sabía cuánto duraría esa paz, pero mientras durara, pensó, iba a aferrarse a ella con todas sus fuerzas.
Desde uno de los balcones principales de la mansión, Nicole sostenía una taza de café caliente entre las manos.
Su bata de seda se movía suavemente con la brisa matinal, y sus ojos estaban fijos en la escena que se desarrollaba junto al lago.
A su lado, Carlo se acomodaba contra la barandilla de hierro forjado, también con una taza en mano, el rostro relajado por la quietud del momento.
Abajo, cerca del agua, una manta extendida y una cesta de picnic eran el centro de una imagen apacible: Danica, Alessandro y Leandro compartían una mañana serena.
Las risas suaves y el tono tranquilo de su conversación llegaban hasta el balcón en forma de murmullos reconfortantes.
—Mira eso…
—murmuró Nicole, con una sonrisa cálida—.
Es bonito verlos así.
Como si no existiera nada más en el mundo que ellos tres y ese lago.
Carlo asintió sin apartar la mirada.
—Siempre se han llevado bien.
Pero Leandro…
—hizo una pausa, como eligiendo sus palabras—, él la cuida con una devoción que a veces me sorprende.
Nicole giró ligeramente el rostro hacia él.
—Sí.
Creo que para él, Danica es más que una hermanastra.
Es como…
una pequeña hermana que proteger.
Desde el principio fue así.
Como si tuviera que hacerse cargo de ella en todo momento.
—Y lo hace bien —dijo Carlo con suavidad—.
Es reservado, pero con ella se le nota la calma.
Supongo que tener a Danica cerca le da equilibrio.
Alessandro, en cambio, siempre ha sido más visceral, pero hasta él parece relajado hoy.
Nicole sonrió, sus ojos fijos en la imagen de los tres jóvenes junto al lago.
—Tal vez este lugar les está haciendo bien a todos.
Incluso a nosotros.
Carlo bajó la vista hacia su esposa con una sonrisa lenta, genuina, y deslizó un brazo alrededor de su cintura.
—¿Tú crees?
—Lo creo —respondió ella, apoyando la cabeza en su hombro—.
Después de tantos años de decisiones difíciles, de vidas separadas, de intentar volver a empezar…
esto se siente como un respiro.
Carlo besó su frente con ternura, su mirada aún anclada en el lago.
—No sé qué vendrá, pero si ellos están bien, y tú estás aquí conmigo…
entonces ya ganamos algo.
Nicole soltó una risa suave y cerró los ojos por un momento, disfrutando del abrazo y de la tranquilidad.
—A veces, la paz no necesita grandes gestos.
Solo una mañana como esta.
Desde abajo, Danica lanzó una carcajada ligera, y Alessandro le ofreció un vaso con jugo mientras Leandro decía algo que hizo reír a los tres.
Carlo apretó un poco más el abrazo, como si quisiera guardar ese instante para siempre.
—Sigamos construyendo esto —susurró él.
—Juntos —respondió Nicole.
Y, por unos minutos más, se quedaron ahí, en silencio, observando a sus hijos compartir una mañana sin sombras.
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