Susurros de Sangre y Deseo - Capítulo 9
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9: Capitulo 9 9: Capitulo 9 “No llegué a tocarte… pero ahora no sé cómo dejar de extrañar lo que nunca tuve.” Eran las cuatro de la mañana de un lunes cualquiera, o al menos eso pensaba Danica cuando un estruendo ensordecedor, acompañado de música que parecía sacada de una fiesta clandestina, la arrancó bruscamente de su profundo y anhelado sueño.
Con el ceño fruncido y un andar tambaleante, se deslizó por el pasillo de su departamento, aún envuelta en la confusión del letargo.
Lo que encontró al llegar a la sala fue algo que jamás habría esperado.
La pared de la cocina, que hasta la noche anterior había sido una estructura sólida y confiable, ahora parecía un acordeón surrealista, plegada y deformada como si un gigante hubiera decidido jugar con ella.
Pero eso no era todo.
En medio del caos, una joven vestida con un impecable uniforme de chef se movía con una agilidad casi teatral, sosteniendo una taza humeante que ofreció con una sonrisa radiante.
—Buenos días, señorita Danica —dijo la chica con una voz dulce pero firme, extendiendo la taza hacia ella.
Danica tomó el café con gesto automático, aunque lo dejó enseguida sobre la mesa del comedor.
Frunció los labios en señal de disgusto.
Odiaba el café.
Siempre lo había odiado.
—Para ella es el batido de frutos rojos, Karen —interrumpió una voz masculina desde el otro lado de la habitación.
Danica giró la cabeza y vio a Leandro, corriendo con energía desbordante sobre una caminadora que claramente no había estado ahí antes.
—¿Qué rayos es esto, Leandro?
—preguntó Danica, con un tono que oscilaba entre el enfado y la incredulidad.
—¿Te gusta?
—respondió él con una sonrisa traviesa, sin detenerse ni un segundo en su entrenamiento.
—No entiendo nada —murmuró ella, frotándose los ojos para despejarse mientras Karen le ofrecía ahora un vaso lleno de un batido rojo vibrante.
Lo aceptó con cierta desconfianza y comenzó a beberlo lentamente.
Leandro apagó la caminadora y bajó con un salto ágil.
Mientras tomaba un par de pesas y comenzaba a ejercitarse, continuó hablando como si todo fuera lo más normal del mundo.
—Verás… Cuando Alessandro nos dijo que compraría el instituto, le pedí que me dejara diseñar los dormitorios.
—Hizo una pausa para cambiar de brazo mientras sostenía las pesas—.
Y ya que somos los hermanos del director, decidí convertir este piso en un único departamento.
Por eso tú tienes la cocina y yo… bueno, parte del gimnasio.
Dani lo miraba sin saber si reír o gritar.
Leandro siempre había tenido esa habilidad especial para convertir cualquier situación en algo completamente fuera de lo común.
Leandro dejó las pesas sobre el suelo con un golpe sordo y caminó hacia la barra del comedor.
Tomó la taza de café que Danica había ignorado y se lo llevó a los labios.
Después de un sorbo pausado, miró a Karen.
—Si ya terminaste aquí, puedes retirarte —dijo con tono cortante pero educado.
Karen asintió sin decir una palabra y salió de la habitación con pasos ligeros.
Danica observó cómo su hermano se giraba hacia ella con una expresión seria que no veía desde hacía tiempo.
—¿Estás bien?
—preguntó Leandro, sus ojos oscuros clavándose en los de ella como si intentara leer su alma.
Dani parpadeó, sorprendida por el cambio repentino en su actitud.
Apartó la mirada y se bajó de la barra donde se había sentado.
—Sí, estoy bien —respondió con un tono defensivo mientras rodaba los ojos—.
No soy una niña frágil.
Leandro dejó escapar una risa breve pero amarga.
—Claro que lo eres —dijo en voz baja, apretando los puños como si recordara algo doloroso—.
Ya perdí a una hermana una vez.
No pienso perder otra.
El comentario hizo que Danica se detuviera por un momento.
Miró a Leandro con algo más que irritación; había preocupación genuina en sus palabras.
Sin embargo, no estaba dispuesta a dejarse envolver por ese momento emocional.
—Estoy bien —repitió con firmeza, aunque su voz era más suave esta vez—.
Gracias por cuidarme… pero trataré de dormir un poco más.
Con un pequeño bostezo, se dio media vuelta y regresó a su habitación, dejando a Leandro solo en la sala.
Él se quedó allí unos segundos más, mirando hacia donde su hermana había desaparecido antes de soltar un suspiro profundo y volver a su rutina de ejercicios.
A las 7:30 am en punto, el timbre del elevador resonó en el departamento de Dani.
Con una mezcla de cansancio y desinterés, abrió la puerta y se encontró con Sofía y Melisa, sus dos mejores amigas, ambas vestidas con el uniforme de porristas.
Sofía, con su energía siempre desbordante, llevaba una gran sonrisa mientras Melisa caminaba con paso firme, claramente emocionada por la visita.
Danica suspiró, reconociendo esa mezcla de entusiasmo que solo ellas sabían contagiar.
—Esto va a ser interesante… —murmuró entre dientes mientras las dejaba pasar.
Apenas cruzaron el umbral, un grito unísono de Sofía y Melisa resonó por todo el departamento, llenando la estancia de vitalidad.
Danica frunció el ceño, arrugando ligeramente la nariz ante el volumen innecesario.
—¡Este lugar es increíble!
—exclamó Melisa, mirando con ojos deslumbrados cada rincón del lugar, como si estuviera en un sueño—.
¡Este es el sitio perfecto para una pijamada épica!
—Lo había considerado…
—respondió Danica con una leve pausa antes de continuar—.
Les enseñaré el resto del departamento.
Antes de que pudiera decir algo más, una voz masculina interrumpió desde el fondo.
—Hola, chicas.
Las tres se giraron al mismo tiempo, encontrándose con Leandro.
Él estaba medio vestido con los pantalones de deporte azul marino, sus zapatillas deportivas negras y con la camiseta jugando en su mano.
La mezcla de su porte elegante con un toque relajado lo hacía parecer una especie de comandante con algo de chispa, y su presencia llenaba el ambiente con una mezcla de autoridad tranquila y un carisma natural que no pasó desapercibido para una de las chicas en particular.
Sofía tragó saliva, visiblemente afectada y sonrojada.
Había, por razones que ni Danica conocía del todo.
Y ahora, con él de compañero de piso, no tenía escapatoria.
Leandro notó la tensión en Sofía, y una leve sonrisa se dibujó en su rostro, como si disfrutara de la reacción de ella.
Sin perder la compostura, se acercó a Sofía y, con un gesto tranquilo, tomó su mano antes de guiarla hacia su lado del departamento.
Un clic de su control remoto activó una pared corrediza, que se deslizó con suavidad para separar ambos espacios y otorgarles algo de privacidad.
Mientras tanto, Melisa, ignorando el extraño momento, seguía explorando con entusiasmo el lado de Danica como si fuera un parque temático exclusivo.
Recorrió la sala con una mirada curiosa, deteniéndose aquí y allá para admirar cada detalle.
—Tu habitación es impresionante —dijo por tercera vez, sin poder dejar de observar los detalles del lugar, como si nunca hubiera visto algo igual—.
¿Deberíamos esperar a que ellos regresen?
—preguntó, dándose cuenta de que estaban solas en el departamento.
Danica se dejó caer en uno de los sillones de la sala con la elegancia despreocupada que siempre la acompañaba.
Cruzó las piernas y esbozó una media sonrisa al mirar a Melisa.
—Dudo mucho que se acuerden de nosotras en este momento…
—dijo con un tono desenfadado, aunque el brillo divertido en sus ojos la delataba.
Más tarde, en plena clase de química, un joven entró al aula y entregó un papel al maestro.
—Danica Marie, a la oficina del director.
Los murmullos comenzaron antes siquiera de que ella pudiera levantarse.
Con resignación, recogió sus cosas bajo las miradas curiosas de sus compañeros y salió del aula.
Llegó a la oficina del director sin apuro y se dejó caer en una de las sillas, cruzando los brazos mientras la secretaria tecleaba sin prestarle atención.
La clase de química terminó, y ella seguía esperando.
El fastidio le hervía bajo la piel.
Estaba por quejarse cuando la secretaria, finalmente, levantó la vista.
—Puedes pasar.
Danica se levantó, tocó suavemente la puerta y escuchó un “adelante”.
Al ingresar, un déjà vu la sacudió.
El corazón le dio un vuelco, aunque se obligó a mantener la compostura.
Su cuerpo se relajó apenas al ver a su madre… pero volvió a tensarse cuando reconoció al hombre junto a ella: Carlo de La Marca.
—Querida —canturreó su madre con esa voz dulzona que Danica detestaba.
—Ha lamado nuestra atención —intervino Carlo con una sonrisa que no le gustó nada—, y también la de algunos tabloides, que tú y Valentino…
—hizo una pausa deliberada— están involucrados románticamente.
Más que una pregunta, fue una afirmación.
Danica palideció.
No respondió.
Tres pares de ojos la observaban con demasiado interés.
—Nos fascina la idea de esta hermosa relación —declaró su madre, eufórica.
Danica alzó las cejas, finalmente recobrando la voz.
—¿Qué?
¡No!
Yo… Pero Alessandro la interrumpió, dando un paso al frente.
—Padre, Danica tiene dieciséis años.
Esto no es apropiado.
—Tonterías —intervino su madre, ondeando la mano con desdén—.
Casi diecisiete.
Además, Valentino es un caballero.
Con nuestro permiso, no hay razón para preocuparse.
Danica sintió cómo el mundo se cerraba sobre ella.
Era como estar atrapada en una jaula de terciopelo.
—Invítalo a cenar esta noche —dijo Carlo, con tono definitivo—.
No aceptaremos un no por respuesta.
Su madre se levantó y la abrazó, depositando un beso ligero en su mejilla, como si no acabara de ordenar algo que afectaría toda su vida.
Carlo la siguió, dejando tras de sí el perfume de poder y manipulación.
Al cerrar la puerta, el silencio se volvió más denso.
Danica se giró lentamente hacia Alessandro.
—Así que fuiste tú el que fue con el chisme —le dijo con voz cortante.
—No me importa si te acuestas con toda la maldita ciudad —respondió él con frialdad—.
Yo no les dije nada.
No necesito hacerlo, ya todo el maldito mundo los ha visto juntos.
—Eres un imbécil.
—Y tú, una niña ingenua jugando a los adultos.
—¡Idiota!
Danica salió de la oficina con los ojos ardientes de rabia.
Caminó a paso rápido hasta su habitación, sin saber si quería gritar, llorar o desaparecer.
Pero cuando abrió la puerta, algo detuvo su respiración.
Un aroma dulce, envolvente, se apoderó del aire.
Flores.
Tulipanes rojos.
Sus favoritos.
Contó al menos veinte arreglos, cada uno más hermoso que el anterior, repartidos por toda la habitación como un jardín secreto.
En uno de los ramos más grandes, sobresalía una pequeña tarjeta.
La tomó con manos temblorosas.
“Mi amor, disculpa por faltar a nuestra cita.
Nos vemos esta noche.” Siempre tuyo,Val.
El corazón le dio un vuelco.
Sintió un calor en el pecho y, sin poder evitarlo, sus mejillas se tiñeron de rosa.
Nadie había hecho algo así por ella.
Era dulce, considerado, y profundamente romántico.
Se sentía en las nubes.
—Se puede oler el amor en el aire.
—La voz de Leandro rompió el silencio, cargada de diversión.
Danica se giró, sobresaltada.
Lo encontró recargado con aire casual en una pequeña puerta camuflada en la pared, apenas visible a simple vista.
—¿Tú sabías?
—preguntó con una ceja en alto, entre la sorpresa y la sospecha—.
¿Otra de tus “creaciones secretas”?
—Ah, ¿te gusta?
—respondió, señalando el marco de la puerta mientras mostraba cómo se abría sin perturbar la pared—.
La instalé para tener acceso entre los dormitorios sin usar el pasillo principal…
más práctico para emergencias —agregó con una sonrisa traviesa—.
Y sí, ayudé a Valentino con esta sorpresa.
Fue su idea, pero yo hice posible la ejecución.
Ella no respondió.
Solo volvió a girarse hacia los arreglos florales.
Los observó en silencio, como si necesitara grabarlos en la memoria.
—También sé que hoy irá a cenar a casa —añadió Leandro con tono casual.
—¿Y tú cómo sabes eso?
—Escuché a Alessandro contárselo a nuestros padres… aunque, para ser sincero, ya toda la ciudad lo sabe —respondió, sacando una revista enrollada de su bolsillo trasero.
Danica frunció el ceño.
Leandro abrió la revista y le mostró la portada.
Primera plana una foto de ella con Valentino, justo cuando se subía a su moto.
La escena era ligeramente borrosa, su rostro no del todo visible, pero inconfundible para quien la conociera.
“Misteriosa chica es vista con el famoso Valentino Roche… Continúa en la página 15.” Abrió la revista.
En la página central, varias fotos a todo color.
Una de la playa, donde ella usaba su chaqueta.
Otra, justo en el momento en que Valentino la besaba.
Una más, cuando la dejaba frente a su edificio.
Pero la imagen más impactante era la de ambos en la moto, con los cascos puestos, en perfecta sincronía.
Se veían felices.
Libres.
Irrealmente perfectos.
Leandro hojeaba aun cuando le quitó la revista y se sentó en la barra, mientras Danica se recostaba en el sillón de la sala, mirando el techo, perdida en un remolino de emociones.
—Danica de La Marca —leyó en voz alta con tono burlón—.
Es la identidad de la joven que ha robado el corazón del chef más codiciado de la ciudad.
Esta misteriosa belleza ha conquistado con su sensu…
Un cojín le voló directo al rostro.
—¡Cállate!
—gruñó ella, sonrojada hasta las orejas.
—Vamos, Dani.
La nota de ustedes ocupa más espacio que el anuncio de compromiso de nuestros padres —río, hojeando más páginas—.
Míralo tú misma, su nota está en la página 27.
Ustedes tienen ¡la doble central!
—No es para tanto —replicó ella, arrebatándole la revista mientras comenzaban a reír juntos.
La risa se cortó en seco al oír una voz familiar, cargada de tensión: —Interrumpo.
Danica se irguió de inmediato.
Alessandro estaba en la puerta, los brazos cruzados y la mirada fija en ellos.
—No interrumpes nada, hermano —respondió Leandro con una sonrisa forzada.
—¿Qué haces aquí?
—Compartiendo un momento con nuestra hermana —dijo con tono casual.
—Necesito hablar con ella.
A solas —remarcó Alessandro, clavando sus ojos en Leandro.
Danica se acercó un poco más a Leandro, como buscando refugio.
—No te vayas —susurró.
La tensión era palpable, como electricidad antes de la tormenta.
Leandro mantuvo la mirada fija en Alessandro, sin moverse.
—No tengo otro lugar donde estar —dijo, sin intención de ceder.
Alessandro caminó hacia el centro de la habitación.
Su mirada pasó de Leandro a los arreglos florales, deteniéndose un segundo más de lo necesario en ellos.
—Ya he hablado con Valentino —dijo al fin, su voz plana—.
Estará en casa a las 8.
Por favor, estén puntuales.
Dicho eso, se dio media vuelta y salió, cerrando la puerta con un leve golpe.
Danica soltó el aire que había estado conteniendo.
—Está insoportable últimamente —murmuró Leandro, tratando de aliviar la tensión—.
Pero bueno, tienes unas cuantas horas para arreglarte.
Iré a buscar a Sofía.
Se puso de pie y caminó hacia la puerta secreta, pero antes de salir, se giró.
—Nos vemos en el vestíbulo a las 7.
Y con eso, la dejó sola de nuevo.
Danica miró a su alrededor, rodeada por tulipanes, con la revista en el regazo y una cita inminente con Valentino.
Su corazón latía más rápido de lo que le gustaría admitir.
Danica revolvía el armario con frustración.
Varias prendas yacían esparcidas por el suelo, descartadas sin piedad.
Nada le parecía adecuado.
No quería parecer una niña.
No después del comentario condescendiente de Alessandro, ese idiota arrogante que creía conocerla.
Eligió un vestido corto de seda gris perla.
Tenía un corte clásico, pero con la caída justa sobre sus curvas, como si la tela hubiese sido confeccionada para recordar a cada espectador que era una mujer, no una muñeca.
Una abertura discreta en el costado permitía que su pierna se deslizara con cada paso, y el escote, moderado pero preciso, enmarcaba su cuello y clavícula con una elegancia cargada de intención.
En lugar de los tacones convencionales, se puso las zapatillas de cristal de diseño exclusivo que su madre le había conseguido la última Navidad.
Un regalo caro, brillante, inútilmente lujoso, como todo lo que intentaba compensar la ausencia.
“Un premio de consolación”, había pensado Danica entonces.
Pero esa noche, eran una declaración silenciosa: no necesitaba que nadie la validara.
Su cabello caía en ondas suaves sobre sus hombros, y algunos mechones acariciaban su rostro con la precisión de una caricia intencionada.
El maquillaje, perfecto en su discreción, realzaba sus facciones con una naturalidad calculada.
Un bolso blanco de cuero fino, minimalista pero de líneas impecables, colgaba de su brazo como la rúbrica de un lienzo caro.
Al mirarse al espejo, no vio a la chica insegura del pasado.
Vio a una mujer que sabía el poder que podía ejercer…
aunque un nudo de nervios aún palpitara en su estómago.
El ascensor descendía mientras ella contenía un suspiro.
En el vestíbulo, el ambiente era animado.
Algunos estudiantes jugaban billar, otros conversaban en los sillones.
Pero ella solo buscaba una cosa.
O a alguien.
Leandro la esperaba con su habitual mezcla de carisma y amenaza velada.
Traje negro, camisa blanca abierta justo lo suficiente para insinuar pecado, y una corbata roja que parecía un susurro de peligro.
—Estás preciosa, cariño —dijo con una sonrisa que bordeaba lo insolente—.
Espero que Valentino lleve frenos para esas curvas.
Danica le lanzó una mirada asesina, pero sus labios se curvaron ligeramente, incapaces de resistirse del todo.
Aceptó su brazo sin una palabra Afuera, una limusina negra los esperaba, impecable bajo la luz dorada del atardecer.
Leandro le abrió la puerta con teatralidad.
Danica subió primero, alisando la tela de su vestido al sentarse.
Y entonces lo vio.
Alessandro ya estaba allí.
Sentado al fondo, como una sombra elegante.
Su traje oscuro impecable, su postura rígida, la mandíbula tensa.
Pero lo que verdaderamente la desarmó fueron sus ojos.
Esos ojos que la devoraban con una mezcla brutal de deseo reprimido y celos asesinos.
La recorrió con la mirada.
Desde la delicada curva de su cuello hasta las zapatillas de cristal.
Su ceja tembló apenas, un gesto casi imperceptible.
Pero lo sintió.
Lo supo.
Le dolía.
Danica sostuvo su mirada un instante.
Le devolvió el fuego.
Porque sabía.
Sabía lo que pensaba.
Sabía que no podía dejar de imaginarla con otro.
Alessandro no apartó la vista.
Pero algo en él parecía a punto de romperse.
La limusina se puso en marcha.
El silencio entre ellos era un campo minado.
—Vaya —murmuró él finalmente, con una sonrisa sin humor—.
Supongo que ya no te vistes como una niña.
Danica alzó la barbilla, desafiándolo.
—Supongo que ya no necesito que tú me digas cómo hacerlo.
Leandro carraspeó suavemente.
Como si saboreara la tensión, sin intención de intervenir.
Un espectador privilegiado de una obra cruel.
La limusina se detuvo frente a la casa del lago.
El aire afuera era fresco, casi helado.
Pero dentro del vehículo, ardía.
Leandro bajó primero.
Ajustó los puños de su camisa con una sonrisa distraída y caminó hacia la casa como si supiera que la escena más intensa aún estaba por empezar.
Danica descendió después.
El viento le acarició las piernas, pero el verdadero escalofrío vino cuando sintió a Alessandro justo detrás de ella.
El portazo de la limusina retumbó como un disparo.
Ella se giró, apenas.
Él ya estaba allí.
Demasiado cerca.
Demasiado intenso.
—¿No te parece muy corto ese vestido?
—susurró, su voz grave, afilada como una hoja.
Danica apretó los labios.
Pero él no le dio oportunidad de responder.
Avanzó un paso.
La acorraló contra el vehículo, sin tocarla… pero invadiéndola completamente.
Una mano apoyada junto a su cabeza.
Su aliento, cálido, rozándole la mejilla.
Su pecho, apenas separado del suyo.
—No tienes idea de lo que me hiciste —sus palabras eran veneno envuelto en seda—.
No puedo dejar de imaginártelo.
Con él.
Tocándote.
Besándote.
Y tú…
dejándolo entrar.
Cerró los ojos un segundo.
Como si luchara consigo mismo.
—Me enferma.
Me rompe.
Danica tragó saliva, el corazón disparado.
Estaba demasiado cerca.
Su aroma a madera y especias oscuras la envolvía como una trampa.
Los ojos de Alessandro bajaron a sus labios.
Estaba atrapada entre el deseo y el miedo, entre la historia y la herida.
Los dedos de Alessandro se posaron en su mentón, levantándole el rostro con una suavidad que contrastaba con la intensidad de su mirada.
—¿Mentiste?
—murmuró, el aliento caliente rozando su piel—.
¿O es verdad que otro ya tocó lo que era mío?
La cercanía era un filo.
Sus labios se inclinaron peligrosamente, apenas rozándola.
Era una amenaza envuelta en seda, una promesa que dolía.
Entonces, la tensión se quebró.
—Qué curioso.
Juraría que las cosas no se “poseen” así —dijo una voz seca y controlada.
Valentino.
Apareció en silencio, como si hubiera nacido de las sombras, los ojos clavados en Alessandro con precisión quirúrgica.
Tenía las manos en los bolsillos de un abrigo Burberry de lana negra.
No levantó la voz.
No hizo un gesto brusco.
Pero su presencia era más letal que un arma.
Alessandro ni siquiera retrocedió.
Se giró apenas, con una media sonrisa ladeada.
—Interesante elección de momento.
¿Vienes por ella o por la escena?
—espetó con una chispa de burla venenosa.
Valentino ladeó apenas la cabeza, los ojos oscuros como el fondo del lago.
—Vengo por lo que es importante —dijo—.
Y por recordarte que no eres intocable.
Alessandro bufó una risa, pero en su mandíbula se marcó la rabia.
—Ten cuidado con lo que insinúas, chef.
A veces el calor de la cocina abrasa más de lo que crees.
—Estoy acostumbrado al fuego —replicó Valentino, avanzando un paso—.
Pero algunos hombres no sobreviven ni al primer hervor.
El silencio que siguió fue como una cuerda tensa a punto de romperse.
Danica sintió la electricidad recorrerla.
Eran dos tormentas enfrentadas.
Y ella, en el centro.
Finalmente, Alessandro se apartó sin más.
Sonrió como si hubiera ganado, cuando en realidad acababa de retirarse.
—Nos vemos dentro, muñeca —dijo con voz baja, para ella, y se perdió en la noche.
Valentino no lo siguió con la mirada.
Se volvió hacia Danica, y esta vez su expresión se suavizó, aunque el filo seguía en sus ojos.
—¿Te hizo daño?
Ella negó, aunque el temblor en sus manos decía otra cosa.
Valentino extendió su brazo.
—Ven.
No dejaremos que alguien arruine lo que apenas comienza.
Danica lo tomó.
Mientras caminaban hacia la casa del lago, supo que esa noche no iba a olvidarse jamás.
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