Tabore-Bane: La Forja de la Ciudadela de Zafiro - Capítulo 21
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- Capítulo 21 - 21 Episodio – 1 Capítulo 51 — Ecos del Silencio
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21: Episodio – 1 Capítulo 5.1 — Ecos del Silencio 21: Episodio – 1 Capítulo 5.1 — Ecos del Silencio Los picos del norte se habían vuelto insoportablemente silenciosos desde la partida de Eryndor.
El peso del gong que él le dejó oprimía más de lo que su forma de bronce debería permitir, y sus espirales susurraban misterios que Serenya aún no se atrevía a desentrañar.
Caminaba por las galerías al anochecer; afuera, la nieve ardía en tonos dorados bajo la última luz.
Sin embargo, ningún calor penetraba en sus aposentos; cada rincón parecía tallado del mismo silencio que la había tenido prisionera por tanto tiempo.
Había noches en las que ese silencio adquiría filo, como si pudiera cortarla desde dentro.
El eco de sus pasos sobre el mármol helado se alargaba demasiado, devolviéndole una soledad que no había elegido, pero que ahora llevaba como un manto demasiado pesado.
Cada columna, cada arco de la Ciudadela murmuraba historias que no eran las suyas, relatos de conquistas antiguas, de promesas selladas con hielo y hierro.
Y en medio de todo aquello, ella, una intrusa coronada, tratando de recordar dónde terminaban sus propios sueños y empezaban las expectativas ajenas.
Fue en un momento así, cuando se sintió más sola, que el sonido la alcanzó.
Una risa.
Ligera, clara, completamente fuera de lugar entre esos salones de hielo.
Serenya se quedó inmóvil, el pulso acelerándose con incredulidad.
Aquella nota brillante rompió la quietud como una piedra lanzada a un lago congelado, creando grietas invisibles en la superficie de su resignación.
Le tomó un par de respiraciones darse cuenta de que no era un recuerdo, ni un eco de otro tiempo, sino un sonido real, presente, vivo.
Esa risa solo podía pertenecer a una persona.
Su mente se aferró al nombre antes incluso de que su cuerpo reaccionara.
Elyra.
El recuerdo de esa voz había sido, durante años, un refugio secreto en el que se refugiaba cuando las paredes de la Ciudadela parecían cerrarse sobre ella.
Había soñado con esa risa en noches de tormenta, la había confundido con el viento entre las almenas, con el chasquido del fuego en la sala del trono.
Pero nunca había esperado oírla allí, de verdad, arrancando del aire helado algo que se parecía peligrosamente a la esperanza.
Cuando se volvió, el corazón le dio un vuelco.
Elyra estaba de pie bajo el arco del gran salón, un manto de terciopelo esmeralda cayéndole de los hombros, el cabello castaño surcado de leves vetas del tiempo que Serenya no había visto pasar.
Pero sus ojos —aquellos ojos vivos, chispeantes— no se habían apagado.
Brillaban con la misma picardía que, tiempo atrás, había desafiado a Serenya a cruzar ríos descalza, a trepar donde no había senderos, a imaginar ciudadelas donde no existía ninguna.
La luz del anochecer se filtraba por los ventanales altos, atrapándose en el borde del manto de Elyra y arrancándole destellos que recordaban a los prados del valle en primavera.
A su alrededor, el gran salón, acostumbrado a recibir delegaciones severas y banquetes formales, parecía más pequeño, casi acogedor, como si la sola presencia de Elyra hubiera desplazado el centro de gravedad de la estancia.
Serenya sintió que el aire cambiaba; el frío seguía allí, pero retrocedía un paso, como si también él se viera obligado a ceder ante aquella aparición del pasado.
Por un instante, los años se disolvieron, y Serenya volvió a ser la muchacha de los picos dorados.
Corrió hacia ella; el gong de Eryndor permaneció sobre la mesa de mármol, momentáneamente olvidado.
Los pasos de Serenya resonaron por el salón, apresurados, descompasados con la solemnidad del lugar.
Notó cómo la capa que llevaba se abría a su espalda como un ala oscura, pero no se detuvo.
Cada zancada era un salto desde el presente hacia un tiempo que creía perdido.
—¡Elyra!
—su voz se quebró entre risa y llanto mientras se abrazaban, las frentes juntas en el antiguo gesto del valle, respiraciones entrelazadas con recuerdos sin palabras.
Durante unos instantes, ninguna de las dos habló.
No hizo falta.
Las manos de Serenya se aferraron al manto de Elyra como si temiera que se desvaneciera si la soltaba, como una ilusión demasiado perfecta para pertenecer a la Ciudadela.
Podía oler en su cabello un rastro de resina y viento frío, el mismo aroma de las laderas donde habían crecido.
Sintió cómo algo dentro de ella, rígido desde hacía demasiado tiempo, empezaba a aflojarse a la vez que una punzada de miedo la atravesaba: si Elyra estaba allí, si el valle había venido a buscarla, quizá ya no pudiera esconderse detrás de sus excusas.
Las dos mujeres estaban ahora frente al fuego, en los aposentos privados de Serenya.
Una calidez rara chispeaba contra las paredes cristalinas.
Había despedido a las doncellas, dejándolas solas, como en la infancia.
Serenya observaba a su amiga como si quisiera memorizarla de nuevo.
Las lágrimas le llenaban los ojos con una mezcla de añoranza y cariño.
El fuego, reducido casi siempre a mera ceremonia en aquella Ciudadela helada, parecía hoy comportarse de otra manera.
Las brasas respiraban despacio, arrojando lenguas de luz que se reflejaban en el bronce del gong y en las vetas verdes del manto de Elyra.
Cada destello arrancaba matices nuevos a su rostro: las líneas finas en las comisuras de los ojos, la ligera dureza en la mandíbula que antes no estaba, la firmeza de quien había tenido que sostener más de lo que confesaba.
Serenya sintió una punzada de culpa al pensar en todo lo que Elyra habría vivido en su ausencia.
Serenya sonrió entre lágrimas.
—Elyra… no puedo creer que seas tú, de verdad.
La voz le salió ronca, como si no estuviera acostumbrada a pronunciar palabras tan llenas de afecto.
En los últimos meses, sus frases se habían reducido a órdenes, informes, fórmulas cortesanas.
Decir el nombre de Elyra en voz alta era como abrir una ventana en un cuarto cerrado: entraba aire nuevo, pero también el riesgo de que lo que había dentro saliera volando.
Elyra rió y la estrechó aún más.
—Créelo.
Los Picos no dejaban de hablar de ti, así que pensé que mejor venía a ver en qué lío te habías metido.
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