Tabore-Bane: La Forja de la Ciudadela de Zafiro - Capítulo 22
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- Capítulo 22 - 22 Episodio – 1 Capítulo 52 — Sombras y Fuego
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22: Episodio – 1 Capítulo 5.2 — Sombras y Fuego 22: Episodio – 1 Capítulo 5.2 — Sombras y Fuego Su tono ligero no engañó del todo a Serenya.
Bajo la burla había un filo de preocupación, una nota baja que solo alguien que la conociera tan bien habría notado.
Elyra la sostuvo a la distancia de un brazo para examinarla, como si evaluara los estragos que la altura, la soledad y Taelthorn habían dejado en ella.
Sus dedos rozaron fugazmente la tela pesada de la túnica de Serenya, ese símbolo de su nueva condición que parecía pesar tanto como el gong.
Serenya la observó de cerca.
—Has cambiado.
Las montañas han dejado su marca en ti.
Lo dijo casi con reverencia.
Sabía reconocer en Elyra la huella de los vientos más altos, de las noches en que solo el canto y el fuego mantenían alejadas a las sombras.
Había una gravedad nueva en la manera en que se sentaba, en el modo en que clavaba la mirada en los detalles de la estancia, como evaluando todas las posibles salidas, todos los peligros.
Elyra ya no era solo la amiga de las correrías juveniles: era alguien que había aprendido a leer el mundo como se lee una cornisa bajo la nieve, buscando dónde podía ceder.
Elyra sonrió con amplitud.
—¿Y tú no?
Mírate: filo por todos lados.
Medio temía que este lugar te convirtiera en hielo.
Serenya rió suavemente, mirando hacia la ventana.
—A veces siento que lo ha hecho.
Esta Ciudadela es tan silenciosa, Elyra… algunos días olvido cómo suena mi voz.
La confesión flotó entre ellas un instante, más pesada que cualquier copo de nieve.
Afuera, la última luz se deshacía sobre las terrazas, pintando de cobre las barandas y los pináculos, pero dentro de la estancia cada palabra parecía absorberse por las paredes sin dejar eco.
Serenya se dio cuenta de que no había dicho algo tan honesto en mucho tiempo.
No a Taelthorn, nunca a sus consejeros.
Y sin embargo, con Elyra, las palabras habían encontrado su camino solas, como el agua que reconoce el cauce antiguo del río.
Elyra se inclinó hacia ella, los ojos centelleando.
—Oh, no me digas eso.
Todavía oigo el fuego en ti.
Antes soñabas con torres de luz, ¿recuerdas?
Dime que no has dejado de soñar.
La pregunta no era inocente.
En los valles, los sueños de Serenya habían sido una broma compartida, algo que se gritaba al viento entre carreras y escaladas.
Allí, en la Ciudadela, los sueños se habían vuelto armas, monedas de cambio, cadenas invisibles.
Serenya sintió el peso de todas las noches en las que había mirado las estrellas desde el balcón del norte, preguntándose en qué momento su deseo de construir algo grande se había transformado en la obligación de sostenerlo.
Serenya vaciló; su voz se volvió baja.
—Sigo soñando.
Más que nunca.
Pero aquí… los sueños parecen peligrosos.
No se atrevió a mirar directamente a Elyra al decirlo.
Jugó con el borde de su manga, siguiendo con los dedos la costura rígida del emblema de Taelthorn.
Sabía que, en aquel lugar, un sueño mal pronunciado podía convertirse en acusación, en sospecha de traición o debilidad.
Había aprendido a tragarse los más oscuros, a vestirlos de prudencia y cálculo.
Admitir que los seguía teniendo era como reconocer que una parte suya se negaba a obedecer del todo.
Elyra bufó, negando con la cabeza.
—Los sueños siempre son peligrosos, Serenya.
Ahí está la mitad de la diversión.
Sus palabras arrancaron a Serenya una sonrisa fugaz.
Elyra hablaba como si el peligro fuera un viejo conocido al que una aprende a invitar al fuego, no a esconder bajo la cama.
Esa ligereza no era irresponsabilidad; Serenya lo sabía bien.
Era la forma en que Elyra se negaba a dejar que el miedo tomara asiento a la mesa.
En el valle, esa actitud había sacado a Serenya de su cueva interior más de una vez.
Ahora, en la Ciudadela, esa misma actitud era una chispa temeraria en un cuarto lleno de pólvora.
Serenya rió apenas, la mirada perdida de nuevo en la ventana.
—¿Alguna vez te arrepientes?
Por impulsarme hacia Taelthorn… Por hacerme dejar los valles verdes por esto… Al pronunciar “esto”, hizo un gesto amplio, abarcando tanto el lujo frío de sus aposentos como las sombras que se acumulaban en las esquinas, la sensación de estar siempre observada, siempre evaluada.
No era una acusación abierta, pero había en sus palabras una herida que aún no había terminado de cicatrizar.
Una parte de ella quería que Elyra negara cualquier responsabilidad; otra, más silenciosa, deseaba que admitiera que también había tenido miedo por ella.
La expresión de Elyra se suavizó.
—¿Arrepentirme?
No… preocuparme, tal vez.
Te empujé porque los valles te quedaban pequeños.
Eras más grande que ellos, Serenya.
Taelthorn te dio una corona— —O una jaula —replicó ella con amargura—.
Eso nunca lo sabrás.
La respuesta salió más rápida de lo que Serenya pretendía.
Había un filo en su voz que no era para Elyra, sino para la Ciudadela entera, para Taelthorn y para la versión de sí misma que había aceptado aquel destino sin medir todas las consecuencias.
Sin embargo, al verla encogerse apenas, como si hubiera recibido el golpe, Serenya sintió un remordimiento inmediato.
Si alguien había creído de verdad en su grandeza, había sido Elyra.
Elyra apretó con firmeza la mano de Serenya, conciliadora.
—Entonces rompe los barrotes si sientes que estás presa.
Siempre has sido la que trepa más alto que nadie.
Y si olvidas quién eres, te lo recordaré… como siempre.
Las palabras se deslizaron con una naturalidad dolorosa.
Había tanta verdad en ellas como promesa.
Elyra no le ofrecía soluciones fáciles, no le prometía rescatarla de la Ciudadela ni arrancarle la corona de la cabeza.
Le devolvía, en cambio, la responsabilidad que siempre había sido suya: la de elegir qué hacer con aquello que le habían puesto entre las manos.
En ese apretón de dedos, Serenya sintió la fuerza de todas las tardes de infancia en que Elyra la había obligado a mirar más allá del siguiente pico.
Serenya sintió cómo una lágrima le corría por la mejilla mientras apoyaba la frente contra la de Elyra.
—¿Siempre?
—susurró.
La pregunta salió cargada de más cosas de las que nombraba: miedo a perderla de nuevo, al tiempo que las había separado, a que el peso de la Ciudadela las cambiara de formas irreconocibles.
“Siempre” sonaba, allí, demasiado grande, casi una osadía.
Y sin embargo, en ese momento, Serenya necesitaba aferrarse a una palabra que no fuera “tal vez”, “depende” o “mientras Taelthorn lo permita”.
Elyra sonrió, también entre lágrimas.
—Siempre.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES EvanRavinan_123 Creation is hard, cheer me up!
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