Tabore-Bane: La Forja de la Ciudadela de Zafiro - Capítulo 25
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- Capítulo 25 - 25 Episodio – 1 Capítulo 62 — El Robo del Niño
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25: Episodio – 1 Capítulo 6.2 — El Robo del Niño 25: Episodio – 1 Capítulo 6.2 — El Robo del Niño Los presentes quedaron inmóviles, sus rostros iluminados por el resplandor naranja, sombras danzando en sus facciones como espectros.
El rugido del fuego era ensordecedor, un recordatorio del carácter efímero de la vida mortal, reverberando en los oídos de Eryndor como un trueno eterno.
Cuando el catafalco se disipó por completo, los caballeros inclinaron la cabeza, sus armaduras destellando a la luz rojiza, un gesto de sumisión colectiva.
Las fuerzas que sostenían la ciudadela unieron la esencia de Lord Vaelric a la llama perpetua, uniendo su espíritu al corazón de Ouralis.
El suelo tembló bajo sus pies, mientras un estallido atronador cortaba el aire, eco mismo de la ausencia del Lord, haciendo que el polvo se alzara en nubes finas.
Los pilares de Ouralis gemían como almas en pena, los cimientos de la ciudadela se desplazaban en duelo con crujidos profundos.
Fragmentos de obsidiana, de bordes irregulares y con un resplandor interior pulsante, cayeron desde las bóvedas superiores, golpeando la piedra con un tintineo cristalino, como el eco de una campana lejana que anunciaba cambio.
Una ola de cabezas inclinadas siguió al estruendo; la multitud contuvo el aliento, un silencio atónito roto solo por jadeos ahogados.
Aquellos fragmentos de obsidiana contenían la esencia antigua, el espíritu mismo de la tierra, su superficie negra salpicada de vetas rojas que latían como venas vivas.
Su descenso fue un presagio: la señal de que las energías de la ciudadela se agitaban ante la partida de su señor, un disturbio mágico que erizaba la nuca de todos.
Cuando la multitud alzó la vista, sus ojos buscaron los pedazos que ahora reposaban en el suelo de piedra, brillando con una luz interna que desafiaba la penumbra.
Algunos creyeron que los fragmentos guardaban secretos del pasado, susurros de batallas olvidadas; otros, susurrantes, decían que anunciaban el futuro, vislumbres de tormentas por venir.
Fuera cual fuera la verdad, la presencia del fragmento recordaba la magia ancestral de la ciudadela y los misterios que el entendimiento no podía alcanzar.
Por eso, nadie osó tocarlo, temiendo despertar fuerzas que el fuego eterno acababa de reclamar para sí.
En medio del caos, cuando todos inclinaron la cabeza en duelo colectivo, nadie notó el movimiento del niño.
Las manos de Eryndor se alzaron con la rapidez de un destello, arrebatando un par de fragmentos antes de que los caballeros pudieran verlo, sus dedos pequeños cerrándose alrededor de las formas calientes con una audacia que le sorprendió incluso a él.
El calor de la obsidiana se filtró en su piel como un río de lava contenida, su pulso latiendo al compás de su propio corazón, un ritmo acelerado que le martilleaba en las sienes y le hacía sudar las palmas.
Escondió los fragmentos en los pliegues de su túnica, sintiendo su calor arder contra el pecho como una brasa viva que amenazaba con chamuscar la tela, un secreto peso que lo anclaba al suelo tembloroso.
De pie entre la multitud, los ojos de Eryndor brillaban con un secreto tembloroso, una posesión que ensombrecía la tristeza del momento, mientras los adultos murmuraban oraciones y se persignaban ante los restos del fuego.
El niño sintió un cosquilleo en la nuca, como si ojos invisibles lo observaran desde las profundidades de Ouralis, pero nadie alzó la vista; todos estaban absortos en su luto, ignorantes del transgresor en sus filas.
Mientras los demás lloraban la partida de Lord Vaelric con sollozos ahogados y manos entrelazadas, el corazón del niño se hinchaba de emoción prohibida, un torrente de fascinación que ahogaba el miedo incipiente.
Sus primos, a su lado, seguían con la cabeza baja, ajenos al bulto ardiente que ahora deformaba su silueta infantil.
Entre el rito y la reverencia, el destino lo había elegido en silencio, otorgándole un secreto que guiaría su camino, un artefacto prohibido que parecía susurrar promesas en su mente inmadura.
El pulso oculto del fragmento pareció despertar algo en su interior, un propósito dormido, aguardando el soplo que lo encendiera, como una semilla bajo la tierra esperando la lluvia.
Eryndor apretó los dientes para no jadear ante el calor creciente, imaginando visiones fugaces: llamas danzando en patrones extraños, sombras que se movían con inteligencia propia.
La multitud comenzó a dispersarse lentamente, pasos arrastrados yurrando sobre la piedra, voces bajas intercambiando recuerdos del lord caído, pero el niño se quedó rezagado, fingiendo ajustar su capa para ganar tiempo.
Mientras la multitud se dispersaba, él se mezcló entre ellos, con los ojos brillando ante el conocimiento de su tesoro oculto, el calor propagándose por su torso como un fuego interno que lo llenaba de una vitalidad desconocida.
Cada paso era una prueba, el fragmento rozando su piel desnuda bajo la túnica, enviando ondas de energía que le erizaban los vellos de los brazos.
El mundo a su alrededor estaba a punto de cambiar, y él estaría en el centro de la tormenta, aunque su mente infantil solo captaba ecos de esa verdad mayor.
Pasó junto a un caballero que inclinaba la cabeza en respeto, conteniendo el aliento para no delatar el bulto luminoso bajo su ropa.
Sus primos lo buscaron con miradas preocupadas, llamándolo en susurros: “Eryndor, ven, no te quedes atrás”, pero él respondió con un gesto vago, el corazón latiéndole con fuerza mientras ocultaba su carga.
El aire aún olía a humo y obsidiana caliente, un aroma que se adhería a su piel como una marca invisible.
En la penumbra de las calles empedradas, mientras la procesión se deshacía en grupos dispersos, Eryndor sintió el fragmento palpitar con más fuerza, como si respondiera a su toque, infundiéndole una osadía que no sabía poseer.
Nadie lo detuvo; nadie sospechó del niño silencioso que ahora cargaba el presagio de la ciudadela contra su pecho.
El sol del mediodía luchaba por perforar las nubes grises, proyectando sombras largas que ocultaban su secreto mientras caminaba hacia su hogar humilde en las afueras de la ciudadela.
Cada roce del fragmento enviaba chispas de calor que le recordaban el riesgo: si lo descubrían, el castigo sería severo, desterrado del rito sagrado como un ladrón profanador.
Pero esa posibilidad solo avivaba su determinación, un fuego infantil que lo impulsaba adelante.
Al llegar a la puerta de madera astillada, se deslizó dentro sin ser visto, el fragmento aún latiendo contra su corazón, prometiendo revelaciones que su joven alma apenas podía imaginar.
Su mente, aún joven, no podía comprender la magnitud de lo que acababa de acontecer, pero en lo profundo, algo se agitaba, un hilo del destino que se tensaba invisible, listo para tirar de él hacia lo desconocido.
¿Qué poder dormía en esa obsidiana robada?
¿Qué tormentas desataría en los años por venir?
El niño se acurrucó en su catre, el calor extendiéndose por su cuerpo como una fiebre bendita, mientras el mundo continuaba su duelo ignorante.
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