Tabore-Bane: La Forja de la Ciudadela de Zafiro - Capítulo 33
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Capítulo 33: Episodio – 1 Capítulo 10.1 — Las Arenas Susurrantes
Sin saber a qué se enfrentaban, Kaelis y Darven examinaron con más atención Tabore-Bane. El amanecer sobre Tabore-Bane aquel día carecía del ámbar familiar que Kaelis conocía; en su lugar, el horizonte relucía en plata y bañaba la isla con una luz fantasmal que hacía que cada sombra pareciera alargarse con intenciones ocultas. El viento traía susurros, no de agua, sino de algo que se movía debajo, un murmullo sordo que erizaba la piel y hacía que el aire se sintiera más pesado, cargado de una presencia que observaba desde las profundidades.
Kaelis se encontraba al borde del acantilado, observando las arenas cambiantes, sus botas hundiéndose ligeramente en la tierra húmeda mientras el olor salino del mar se mezclaba con un aroma terroso, casi vivo. Las arenas doradas del día anterior se habían transformado en crestas y montículos, con patrones demasiado deliberados para ser obra del azar, como si dedos invisibles hubieran trazado líneas en la superficie durante la noche.
—Eso no son dunas —murmuró Kaelis, apenas audible por encima del viento que azotaba su capa y le traía partículas de arena que picaban en la piel.
Darven apareció junto a ella, el cabello agitado por las ráfagas y los ojos entornados ante el resplandor plateado que hería la vista. —Son marcadores —susurró, escudriñando el paisaje con una intensidad que hacía que sus músculos se tensaran bajo la armadura—. Alguien… o algo está trazando un mapa de la isla. Sus palabras colgaban en el aire, y Kaelis sintió un nudo en el estómago, el mismo instinto que la había mantenido viva en batallas pasadas.
La inquietud se instaló entre ellos como un manto pesado, oprimiendo sus pechos mientras intercambiaban una mirada cargada de preguntas no formuladas. Kaelis alzó la vista al cielo en busca de una señal, una luz, un presagio de consuelo prometido tiempo atrás por los astros que siempre la habían guiado. Nada llegó; el firmamento se extendía infinito sobre ellos, un lienzo vacío apenas interrumpido por nubes flotantes que se movían con lentitud perezosa. Solo el viento y el rumor distante de los movimientos misteriosos de la isla quebraban el silencio opresivo, un sonido como de huesos crujiendo bajo la tierra.
Sombras se movían a su alrededor, sutiles al principio, como reflejos erráticos en la arena, recordándole a Kaelis que no estaban solos. Un escalofrío le recorrió la espalda al comprenderlo: los estaban observando otra vez, ojos invisibles perforando la niebla matinal, haciendo que su mano instintivamente buscara el pomo de su espada. El viento arreció, llevando consigo un frío que no provenía del mar, sino de algo más profundo, más antiguo.
Cuando el día cedió al crepúsculo, el movimiento de la arena parecía deliberado, como si la isla fuera un lienzo pintado con trazos demasiado vastos para comprender, cada cresta capturando la luz menguante en destellos plateados. Los patrones escondían un significado, un código que solo la isla conocía, y Kaelis sintió que el suelo bajo sus pies palpitaba levemente, sincronizándose con su propio pulso acelerado.
¿Quién era el artista? ¿Y qué deseaba de Tabore-Bane? Las preguntas giraban en la mente de Darven, manteniéndolo despierto mucho después de la puesta del sol, mientras el cielo se teñía de púrpura y las primeras estrellas parpadeaban como ojos distantes.
La noche era serena, pero el sueño le eludía, su mente un torbellino de imágenes de mapas vivos y susurros subterráneos. Su desasosiego lo llevó a las orillas orientales, donde el río lamía la arena con intervalos precisos, el agua oscura reflejando la luna en ondas hipnóticas. El ritmo del agua lo calmó un instante, el sonido constante como un latido tranquilizador, pero la paz se desvaneció demasiado pronto cuando sintió un tirón en su interior.
Allí, de pie, su conciencia se agitó con violencia. Una voz profunda pareció emanar desde dentro, resonando en sus huesos como un trueno lejano. —Darven… la isla respira… y pronto, despertará.
La arena palpitó bajo sus pies al compás de aquella voz; la isla entera vibraba con vida y energía, un pulso que subía desde las profundidades y hacía temblar las piedras cercanas. El agua se retiró más allá de lo natural, revelando una espiral grabada en la roca, sus líneas profundas y precisas, como talladas por garras antiguas. De su centro emanaba una luz débil que latía como un corazón, tiñendo de resplandor espectral los contornos a su alrededor, proyectando sombras danzantes que parecían cobrar vida propia.
La voz regresó, retumbando en su mente con una claridad aterradora: —Cuando las arenas se alineen, las puertas se abrirán. Lo que despierte escapará al dominio del hombre y de la bestia por igual.
La advertencia era clara, un peso que se asentó en su alma. Darven tembló al comprender la verdadera naturaleza de su misión, el sudor frío corriéndole por la espalda pese a la noche cálida. No eran exploradores ni rastreadores: eran catalizadores, portadores de un destino que podía romper el mundo.
Lo que yacía más allá no debía ser perturbado, una verdad que lo golpeó como un mazazo. La idea lo estremeció hasta el núcleo, y supo que debía advertir a Kaelis, aunque el miedo a su incredulidad lo atenazaba. ¿Le creería? ¿O lo tomaría por un loco tocado por la isla?
Darven retrocedió tambaleante, con los ojos abiertos de terror y asombro, el suelo pareciendo inclinarse bajo él mientras la espiral brillaba con más intensidad, como si lo retara a quedarse.
Al amanecer, Kaelis lo encontró junto a las rocas, temblando, el rostro pálido bajo la luz matinal que teñía las olas de un gris metálico. Cuando él le habló de la voz y la espiral, ella no dudó, su expresión endureciéndose con una certeza compartida. Había visto su propio presagio: en la selva, había encontrado una reliquia—una máscara de vidrio ennegrecido, cálida al tacto como si guardara un fuego interno, con la misma espiral grabada en la frente, sus líneas brillando débilmente al contacto con sus dedos.
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