Tabore-Bane: La Forja de la Ciudadela de Zafiro - Capítulo 35
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Capítulo 35: Episodio – 1 Capítulo 10.3 — El Mensaje del Fragmento
Dos guardianes. Tierra y agua, inmóviles ahora, su presencia haciendo que el aire se espesara. Kaelis tembló cuando susurró: —Una mano invisible nos ha dirigido hasta aquí, el aliento entrecortado por el terror.
Los gigantes inclinaron la cabeza al unísono, rindiéndose tributo entre sí, sus movimientos perfectamente sincronizados como un ritual ancestral. El guardián nacido del agua alzó el brazo, y una onda de luz recorrió la arena formando un círculo a su alrededor, el suelo brillando con runas efímeras.
Una presión invisible oprimió el pecho de Darven, haciéndole difícil respirar, el aire volviéndose denso como melaza. Columnas verticales de energía se alzaron, cerrándolos en una jaula de luz y sonido en espiral, el zumbido perforando sus cráneos.
Los guardianes los observaban, sus ojos fijos en ambos; las posibilidades de huida habían desaparecido, el círculo completándose con un chasquido final. La isla los tenía justo donde los quería, atrapados en su red invisible.
El fragmento de Eryndor, el que Serenya le había confiado, ardía en su bolsillo como una brasa viva, su calor traspasando la tela y quemando la piel. Era su única forma de enviarle un mensaje, un lazo frágil con el mundo exterior. El ojo del gigante se fijó en él, percibiendo la presencia del fragmento con una intensidad que hacía brillar su iris plateado. Kaelis comprendió al instante lo que eso significaba, un nudo de urgencia formándose en su garganta.
—Quieren ese fragmento —dijo entre dientes, con urgencia, mientras la jaula descendía lentamente, las paredes de piedra talladas con murales antiguos pasando junto a ellos, relatando historias de eras olvidadas en glifos desgastados por el tiempo.
Los ecos de esas imágenes se alzaban, tenues como sueños: susurros de un pasado perdido, figuras encorvadas ofreciendo tributos a entidades colosales. —Esta jaula… es un ascensor —murmuró Darven, la voz temblorosa pero firme, mientras el descenso continuaba con un zumbido constante.
Kaelis mantenía la espada desenvainada, vigilando las sombras que danzaban en las paredes, la hoja reflejando destellos multicolores. —Entonces, eso significa que abajo… alguien nos espera —replicó, apretando con fuerza el pomo, sus músculos se tensaron bajo la armadura, listos para el combate.
Llegaron a un salón inmenso, cuyo techo desaparecía en la oscuridad infinita, un vacío que parecía absorber la luz. Columnas en forma de cáliz ascendían y se perdían entre las sombras, sus superficies grabadas con espirales entrelazadas. En el centro se alzaba un altar rodeado por nueve arcos, cada uno resplandeciendo con un color distinto, pulsando en secuencia como un corazón multicolor.
Los arcos pulsaban con energía, derramando tonos multicolores sobre el suelo de obsidiana pulida, creando charcos de luz que se movían como líquido. Kaelis sintió una mezcla de maravilla y repulsión, el aire cargado de ozono y un aroma antiguo a piedra húmeda. Sobre ellos, un orbe suspendido giraba lentamente, proyectando haces de luz que danzaban por las paredes, hipnotizando la vista.
Cuando Darven se acercó, atraído por un impulso inexplicable, el orbe se encendió con furia, proyectando espirales que se transformaron en imágenes vívidas: un mapa estelar con constelaciones desconocidas girando en patrones imposibles, figuras encapuchadas pasando fragmentos de cristal de mano en mano en un ritual solemne.
Un destello emergió del fragmento en su bolsillo, respondiendo desde el interior de su abrigo con un calor súbito, sin que él lo notara al principio. El orbe se apagó lentamente, su tarea cumplida, dejando un silencio resonante. Kaelis exhaló, la tensión cediendo ligeramente, al intuir que habían encontrado lo que buscaban, un nudo en su pecho aflojándose por primera vez.
Como obedeciendo a un impulso primordial, Darven sacó el fragmento y lo apretó con fuerza entre las palmas, el cristal brillando intensamente entre sus dedos. Así, envió el mensaje a Lady Serenya, una oleada de energía fluyendo a través de él. Al soltarlo, el fragmento flotó levemente y se desvaneció entre los pilares de obsidiana sobre ellos, disolviéndose en motas de luz. El gesto fue simple, pero a su alrededor todo pareció serenarse: el cometido estaba cumplido, las luces atenuándose.
El peso en sus mentes se alivió, un alivio palpable envolviéndolos como una manta. Habían sobrevivido, y el agotamiento los golpeó de golpe. El fragmento había cumplido su propósito, dejando solo ecos de su poder.
—Kaelis —dijo Darven, respirando por nariz y boca, agotado, el sudor resbalando por su rostro—. No podemos ocultarle todo esto. Lady Serenya debe saber lo que duerme bajo esta isla: las voces, las espirales, los guardianes. Debe ser advertida antes de que sea demasiado tarde, su voz ganando fuerza con cada palabra.
Kaelis se giró bruscamente, con los ojos afilados como acero desenvainado, la mandíbula tensa. —No. Ella escogió estas tierras; que descubra sus verdades por sí misma. Nuestra misión era explorar la isla, y ya lo hemos hecho. Nuestra obligación termina aquí, replicó, el eco de sus palabras resonando en el salón.
Se acercó un paso, la voz baja, cortante como filo, el aire entre ellos cargado de tensión. —Si la isla la pone a prueba, que busque su aprobación… o que perezca.
No cargaremos con ese peso por ella; cargaremos, en cambio, con el peso del silencio, un juramento tácito colgando en la oscuridad, mientras las sombras se alargaban amenazadoras.
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