Tabore-Bane: La Forja de la Ciudadela de Zafiro - Capítulo 46
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Capítulo 46: Episodio – 1 Capítulo 15.2 — Diálogo en las Sombras
Elyra dormía inquieta junto al fuego; el bosque murmuraba en sus sueños. Su frente se fruncía entre la preocupación y la ansiedad. Calwen, en cambio, no dormía. Sus ojos recorrían el campamento, atentos y tensos, siguiendo las sombras que danzaban con la luz vacilante.
Por fin su mirada se posó en una figura solitaria junto al fuego: Maruk, erguido y silencioso como la corteza de un árbol, el rostro enmascarado, absorbiendo oscuridad. Calwen cruzó el claro; el crujido de sus botas sobre la maleza fue el único sonido que rompió el silencio. El Vigilante no se movió.
—¿También estás despierto? —preguntó Calwen, con voz medida.
Maruk alzó el rostro enmascarado; sus ojos relucieron brevemente, emanando una luz tenue de sabiduría y conocimiento.
—El sueño llega sólo cuando el bosque lo permite —dijo, en susurro suave—. Esta noche, no lo hace. Somos testigos, no dueños. La tierra la ha traído aquí —añadió, inclinando la cabeza hacia la tienda de Serenya, con reverencia en sus palabras.
La mandíbula de Calwen se tensó.
—Y aun así, es mi deber protegerla. Con cada enigma que traes —máscara, susurro, exilio—, me toca sopesar el precio.
Maruk dio un paso al frente, llevando una mano al pecho en un gesto que resultó a la vez formal y sincero.
—Hablas como quien está atado por un juramento —dijo, con voz cargada de comprensión—. Yo también estoy atado. Cadenas distintas, mismo peso. Tú portas el acero; yo, el silencio. Ambos nos alzamos entre ella y la oscuridad. Respétalo, y verás que no somos tan distintos.
Los ojos de Calwen se entrecerraron, la duda aún en su expresión, pero un leve movimiento de cabeza lo traicionó: una aceptación reticente.
—Quizá —dijo, con tono más suave—. Pero ten esto por seguro: si el bosque o el desierto levantan la mano contra ella, el acero responderá antes que el silencio.
Maruk inclinó ligeramente la cabeza, en señal de respeto.
—Que el bosque y el desierto no pongan a prueba tu acero —contestó, con esperanza en la voz.
Se miraron unos instantes, soldado y vigilante, unidos por votos que ninguno podía abandonar, por un respeto mutuo que comenzaba a florecer entre ellos. El fuego entre ellos crepitaba con más intensidad ahora, lanzando chispas que iluminaban brevemente las máscaras y armaduras, destacando las cicatrices invisibles de lealtades pasadas. El aire nocturno se enfrió, llevando consigo el aroma de la niebla que comenzaba a ascender desde el suelo, envolviendo sus figuras en un velo que hacía que sus palabras parecieran ecos de un pacto antiguo. Calwen sintió el peso de esa mirada enmascarada, no como amenaza, sino como espejo de su propio juramento, un reconocimiento silencioso de que ambos cargaban cargas similares en servicio a la misma causa.
Sin más palabras, Calwen volvió al fuego, sus movimientos silenciosos y deliberados, mientras Maruk se desvanecía otra vez en la sombra, difuminado como un espectro. El Claro de Batien durmió bajo la plateada vigilancia de la luna, su luz suave derramando un resplandor frágil sobre el paisaje. Una neblina baja serpenteaba entre la hierba, cubriendo las hogueras de la Legión de Zafiro hasta que su brillo no fue más que brasas flotando en la niebla.
Serenya se había retirado a su tienda. Los hombres de Calwen montaban una vigilia silenciosa, sus escudos formando anillos alrededor del claro, sus rostros firmes y atentos. Más allá, los Vigilantes aguardaban al borde del bosque, sus máscaras pálidas en la oscuridad, observando cada sombra persistente con una intensidad inquietante. El aire pesaba con la expectación del amanecer. La niebla se espesaba, llevando consigo un frío que calaba hasta los huesos, haciendo que los guardias ajustaran sus capas y aferraran más fuerte sus lanzas. En la distancia, el ulular de un búho se mezclaba con el susurro de las hojas, un sonido que parecía cargado de presagios, como si el bosque entero velara en anticipación de algo inminente. Calwen, de regreso a su puesto, escudriñaba la niebla, su instinto guerrero alertado por una vibración sutil en el aire, un pulso que no provenía del viento ni de los animales nocturnos, sino de algo más profundo, más antiguo.
Una leve vibración recorrió el campamento. Los caballos resoplaron, los legionarios aferraron sus lanzas, mirando a sus capitanes con mezcla de desconcierto y alarma. Los Vigilantes giraron las máscaras hacia el norte, rígidos y en tensión, como si percibieran algo más allá del horizonte. Incluso el cuervo agitó las alas, sus ojos de carbón destellando con advertencia, mientras el malestar se extendía por el campamento. La vibración creció, un rumor sordo que hacía temblar las tiendas y erizar la piel, un preludio que tensaba cada nervio, prometiendo revelaciones que cambiarían la noche para siempre.
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