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Tabore-Bane: La Forja de la Ciudadela de Zafiro - Capítulo 5

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  4. Capítulo 5 - 5 Episodio- 1 Capítulo 22 — Semillas Peligrosas
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5: Episodio- 1 Capítulo 2.2 — Semillas Peligrosas 5: Episodio- 1 Capítulo 2.2 — Semillas Peligrosas Durante la hora siguiente, el Errante continuó tejiendo visiones de Aelestara.

Describió torres de cristal que crecían como árboles, con facetas que destellaban como mil diamantes bajo el sol.

Habló de aeronaves con forma de peces plateados, surcando el cielo con una gracia imposible, sus cascos resplandeciendo con una luz etérea.

Narró lagos suspendidos en el aire, con cascadas que fluían hacia arriba mientras el viento las devolvía, en una danza perpetua de agua y aire.​ A medida que hablaba, la imaginación de Serenya florecía, alimentada por las palabras de Eryndor.

Imaginó jardines con flores que cantaban al abrirse, cuyos pétalos centelleaban con una suave luz irisada.

En su visión, las alas de los pájaros refractaban la luz del sol en colores vivos, y su canto llenaba el aire con melodía.

La ciudad de Aelestara cobraba vida en su mente: un lugar de maravilla y magia que anhelaba con toda el alma.​ Sin proponérselo, comparó aquella visión con los corredores de la ciudadela: pasillos largos que tragaban el sonido, salas donde las antorchas parecían parpadear con cansancio, patios donde el hielo se aferraba tenazmente a la piedra como un recordatorio de que allí, incluso la estación más amable era solo una tregua.

En Aelestara, según Eryndor, la luz misma parecía una criatura viviente; en los Picos del Norte, la luz era una visitante tímida que huía en cuanto el invierno fruncía el ceño.

Esa comparación clavó una espina más profunda en su pecho.​ La hora pasó como un sueño.

Cuando Eryndor finalmente guardó silencio, Serenya sintió como si despertara de un largo letargo, con los sentidos aguzados y las visiones aún vibrando en su mente.

Una parte de ella quería exigir más detalles, aferrarse a cualquier resquicio de información que le permitiera imaginar, con precisión de arquitecta, cada puente, cada arco, cada sala de aquella ciudad suspendida entre cielo y tierra.

Otra parte temía que cuanto más supiera, más insoportable se volvería su vida entre las piedras heladas del norte.​ Cuando terminó, un vacío le pesó en el pecho.

Un anhelo volvió a resonar en las cámaras vacías de su corazón.

Se volvió hacia la ventana; el paisaje desolado se extendía ante ella como una tumba helada.

Los picos cubiertos de nieve relucían bajo la luz pálida —hermosos, sí, pero fríos, implacables y sin vida.​ La semilla del anhelo echó raíces más hondas.

Sabía que sería difícil librarse de la inquietud que ahora la dominaba.

Y, sin embargo, mientras el viento ululaba contra las cristaleras como si quisiera colarse dentro y arrancarle la resolución recién nacida, una pregunta comenzó a formarse, silenciosa pero tenaz: si Aelestara existía de verdad, ¿cuánto tiempo más podría soportar seguir contemplándola solo a través de las palabras de otro?​ Una voz irrumpe desde la columna más lejana, cortante como agua helada al amanecer.

Lord Taelthorn avanzó, su presencia tan pesada como el gélido viento que rugía fuera de los muros de la ciudadela.

Su cabello negro enmarcaba un rostro de facciones severas; sus ojos, duros como el acero, brillaban en la penumbra con una intensidad que hizo sentir a Serenya como bajo la mirada de un juez implacable.​ —Te oí, Eryndor.

Hablabas de Aelestara —murmuró, su voz carente de emoción, pero impregnada de ligera burla—.

¿Crees que su belleza será alguna vez nuestra?​ La pregunta sonó más a desafío que a duda.

Serenya sintió encenderse dentro de ella una chispa de desafío, una llama alimentada por determinación y frustración.

Sostuvo la mirada de Taelthorn, sin apartar los ojos.​ —Insisto —respondió con firmeza, pese al torbellino que crecía en su interior—.

Nosotros, los soberanos de los Picos del Norte, debemos contemplar las maravillas que existen más allá de nuestras fronteras.

Somos parte de un mundo, mi señor.

Más allá de esta ciudadela hay belleza, hay maravillas.​ Mientras hablaba, el recuerdo de Elyra cruzó por su mente como un destello: “El mundo está lleno de umbrales, Serenya, y la vida se vive cruzándolos.” Las palabras de la amiga que la empujó a no temer puertas nuevas resonaron, mezclándose con el silencio expectante del salón.

Era como si dos montañas distintas tiraran de ella en sentidos opuestos: la prudencia de su linaje y el impulso de aquella voz de viento y puertas.​ El rostro de Taelthorn permaneció inescrutable, pero Serenya podía sentir su duda, pesada como una sombra dispuesta a quebrar su resolución.

Conocía bien aquella mirada, aquel tono.

Y le infundían un mal presentimiento.​ —¿Estás segura?

—replicó Taelthorn, con una sonrisa sarcástica teñida de superioridad.

Su mirada, aguda como una lanza, se clavó primero en Serenya y luego se deslizó hacia Eryndor.​ —Plantas semillas peligrosas, Errante… —dijo con voz baja y amenazante, como la advertencia de una bestia en acecho.​ Eryndor alzó las manos con gesto de inocencia, aunque sus ojos brillaban con diversión.

—Yo solo riego lo que ya esperaba brotar —respondió, con voz tan suave como la seda.​ El salón quedó en silencio; únicamente se oía el golpeteo del viento contra las altas ventanas.

Serenya sostuvo la mirada de Taelthorn, inmóvil.

Por un instante, el tiempo mismo pareció detenerse.

Solo el lento danzar del polvo en la luz moribunda indicaba que el mundo aún existía.​ El eco de la palabra “peligrosas” se quedó suspendido en el aire, como una campana de bronce que tardaba en dejar de vibrar.

Serenya se preguntó si Taelthorn temía más la idea de perder el control sobre ella que los riesgos reales de un viaje hacia lo desconocido.

A su lado, Eryndor parecía perfectamente cómodo en el filo de esa tensión, como un caminante de cuerda floja habituado a los abismos.​ —Entonces iremos… —pronunció al fin Taelthorn, las palabras cayendo como una piedra en el agua quieta, creando ondas de tensión que se expandieron por toda la sala.

Serenya sonrió, aunque un escalofrío le recorrió la espalda.

La incertidumbre la envolvió; su tono no era de entusiasmo, sino de resignación.

Como si supiera que esa decisión traería consecuencias imposibles de evitar.​ La reacción de los pocos presentes fue casi imperceptible: un sirviente apretó la bandeja entre las manos hasta que los nudillos se le pusieron blancos; un aprendiz cerca de la puerta entreabierta contenía el aliento; una llama en un candelabro cercano titiló como si un soplo invisible hubiera pasado demasiado cerca.

La ciudadela, siempre silenciosa, parecía contener su propia respiración.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES EvanRavinan_123 Creation is hard, cheer me up!

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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