Tabore-Bane: La Forja de la Ciudadela de Zafiro - Capítulo 59
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Capítulo 59: Episodio – 1 Capítulo 20.1 — El Despertar de la Guardiana
El amanecer siguiente llegó más agudo, más brillante, como si los cielos buscaran borrar la debilidad del día anterior, derramando un resplandor dorado sobre el campamento que aún resonaba con los ecos de la fatiga colectiva. Serenya se incorporó lentamente, sostenida por el brazo firme de Elyra; se movía con cautela, su cuerpo aún frágil tras la prueba del día previo, cada músculo protestando con un leve temblor que recordaba el peso del Ouralis latiendo en su interior. Pero en sus ojos ardía la resolución, un fuego interno que la impulsaba a avanzar pese al agotamiento físico, un brillo que parecía alimentarse de la misma tierra que ahora la reclamaba.
Afuera, el campamento resonaba con martillazos y el gemido de la madera; las voces de los hombres se alzaban en el ritmo del trabajo, sonidos de un mundo más allá de su frágil estado, un pulso colectivo que se sincronizaba con el latido profundo que ella sentía bajo la piel. Ese día, Sira no las condujo hacia el bullicio, sino que las guió hasta el bosque en terreno más alto, donde las raíces se retorcían como serpientes guardianas y el aire vibraba con corrientes invisibles cargadas de energía ancestral. Los árboles se alzaban sobre ellas, sus ramas entrelazadas con una mezcla de naturalidad y amenaza sutil, hojas susurrando secretos que solo el viento conocía, mientras la bruma matutina se adhería a la corteza como un velo protector.
Elyra la seguía de cerca, la preocupación grabada en su frente arrugada, la mirada moviéndose con nerviosismo a cada rincón del bosque, escudriñando sombras que parecían alargarse con malicia contenida. Calwen se mantenía atrás, desconfiando tanto de las sombras danzantes como de la hechicería palpable; sus ojos recorrían los alrededores con una mezcla de cautela y sospecha, la mano rozando instintivamente la empuñadura de su espada, listo para cualquier amenaza que emergiera de la espesura verde. Serenya avanzó en silencio sobre el suelo del bosque, como atraída por una fuerza invisible que tiraba de su esencia, un llamado que hacía que sus pasos fueran seguros pese a la debilidad.
En el borde del claro, Sira golpeó la tierra con su bastón, y el impacto vibró como un latido profundo que reverberó en los huesos de todas. Trazó un círculo en el suelo, el gesto deliberado y preciso, como si dibujara un límite entre lo mundano y lo sagrado, la punta del bastón dejando surcos que parecían brillar tenuemente con un fulgor interno. —La piedra no obedece al mandato —dijo, la voz quebrada por el peso de la verdad antigua—. Se somete al pacto. Antes de que las murallas se alcen, la tierra debe conocer a su guardiana.
Como si el propio suelo despertara ante su presencia, Serenya dio un paso dentro del círculo, el corazón tembloroso latiendo con fuerza contra sus costillas, los movimientos prudentes mientras el aire se espesaba alrededor. Cerró los ojos cuando la voz de Sira la instó con urgencia suave: —Busca dentro. Al principio solo sintió el pulso de su propio corazón —rápido, frágil—, pero bajo él había otro ritmo: la respiración de la tierra misma, un vaivén profundo que ascendía desde las raíces hasta envolverla por completo.
Una sensación exultante la conectó con algo antiguo y poderoso, un torrente que hacía que su piel hormigueara con chispas invisibles. La tierra latía dentro de ella, su ritmo reflejando la intrincada red de relaciones entre el suelo, sus criaturas y las fuerzas que daban forma al mundo, un tapiz vivo donde cada hilo vibraba en armonía. —Llámala —murmuró Sira, su voz una suave guía que cortaba la niebla sensorial. Una piedra a los pies de Serenya tembló, se elevó apenas un dedo del suelo, flotando con un leve zumbido, y luego cayó con un golpe hueco cuyo eco reverberó por el bosque como un desafío lanzado al silencio.
Elyra jadeó y corrió hacia adelante, aferrando a su señora con desesperación, los dedos hundiéndose en la tela de su capa. —¡Su cuerpo no puede soportarlo! —exclamó, la voz cargada de angustia cruda—. ¿Pretendes matarla con tus acertijos? Sus palabras eran una protesta visceral, un intento desesperado por proteger a Serenya de las fuerzas desconocidas que acababa de invocar, el miedo haciendo que su agarre fuera casi doloroso. Pero Sira no apartó los ojos de la piedra, fija su mirada en el pequeño fragmento de granito que había respondido a Serenya con obediencia tentativa.
—Si puede hacer esto —susurró con calma contenida, un atisbo de triunfo en su tono—, los muros podrán alzarse sin martillo ni sudor. Sus palabras pintaron un futuro en el que los cimientos de la Ciudadela descansarían sobre el alma misma de Serenya, una visión que colgaba en el aire como una promesa cargada de sombras. —¡No, no lo hará! —protestó Elyra, tirando de Serenya hacia fuera del círculo con fuerza renovada, el pánico tiñendo su rostro pálido. —Elyra… —replicó Sira con un chasquido de voz afilado—. La Ciudadela debe responder a la voluntad de su Guardiana… o caerá, como cayeron otras antes.
Sus palabras dejaban ver el peso de lo que estaba en juego y el delicado equilibrio entre poder y responsabilidad, un recordatorio de ruinas pasadas que yacían ocultas bajo la tierra. La frase colgó en el aire, como un reto a Serenya para que se alzara a su papel, para reclamar el poder que dormía en su interior, mientras el círculo parecía pulsar con expectativa. Serenya alzó la mano, silenciando a Elyra con un gesto sereno. Su voz, débil pero firme, emanaba una autoridad serena que imponía silencio inmediato. —La Ciudadela no puede nacer sólo del sudor —dijo, cada palabra cargada de visión profunda—. Si no está unida a la tierra, se derrumbará. No construiré algo vacío.
Sus palabras eran la confirmación de su comprensión sobre la verdadera esencia de la Ciudadela, una estructura que debía enraizarse en el suelo mismo, fusionando voluntad y elemento primordial. Sira volvió a golpear la tierra, el impacto un llamado a la acción, un desafío a Serenya para que se adentrara en su poder con mayor profundidad, el sonido reverberando como un tambor ceremonial. La resolución de Serenya ardía con más fuerza tras cada fallo, una determinación que la impulsaba a intentarlo una vez más, ignorando el sudor que perlaba su frente y el temblor en sus extremidades.
Al principio levantó pequeñas piedras, luego fragmentos de madera podrida esparcidos por el suelo. El sudor perló su frente con mayor insistencia; las rodillas le temblaron bajo el esfuerzo creciente, pero la tierra respondía con mayor rapidez en cada intento: los materiales vibraban, se elevaban, flotaban hasta encajarse en formaciones precarias, como si el propio terreno respondiera a su voluntad naciente con obediencia tentativa. El claro se llenó de un zumbido bajo, el aire cargándose de partículas de polvo que danzaban en remolinos iluminados por los rayos filtrados, testigos mudos de su progreso. Cada levitación era más fluida, más controlada, un diálogo silencioso entre Serenya y la esencia del bosque que parecía inclinarse ante ella.
Pero el costo se hacía evidente en su respiración agitada, en el leve mareo que nublaba los bordes de su visión, un recordatorio de que el pacto exigía no solo voluntad, sino sacrificio tangible.
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