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Tabore-Bane: La Forja de la Ciudadela de Zafiro - Capítulo 6

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  4. Capítulo 6 - 6 Episodio- 1 Capítulo 23 — Sombras de Elvaria
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6: Episodio- 1 Capítulo 2.3 — Sombras de Elvaria 6: Episodio- 1 Capítulo 2.3 — Sombras de Elvaria Mientras el silencio volvía a alargarse, Serenya sintió formarse en su interior un espíritu de resolución.

Percibió que un momento crucial se alzaba ante ellos.

Un instante que cambiaría el curso de sus vidas.

Estaba lista para dar el primer paso, hacia una empresa tan arriesgada como emocionante.​ La forma en que Taelthorn la observaba —con esa mezcla de cálculo y algo más oscuro, algo que rozaba la desconfianza— le recordó que no se trataba solo de un viaje de maravillas.

Había otras fuerzas en juego: alianzas, reputaciones, secretos incrustados en la piedra de los Picos del Norte como fósiles que nadie osaba desenterrar.

Eryndor, por su parte, inclinó apenas la cabeza, como si reconociera el inicio de una travesía que él mismo había estado esperando.​ —Aelestara no recibe a cualquiera —dijo Eryndor, rompiendo al fin el mutismo, con un deje casi ritual en la voz—.

Sus puentes han visto caer a reyes arrogantes y levantar a vagabundos sin nombre.

Para atravesar sus puertas, no basta con desearlo.

Hay que ofrecer algo a cambio.​ Taelthorn ladeó la cabeza, sin apartar la vista de él.

—¿Y qué crees que podemos ofrecer nosotros?​ —Eso lo decidirá la ciudad —replicó Eryndor, con una sonrisa oblicua—.

Pero vos, mi señor, lleváis en vuestros estandartes el peso de un dominio que ni siquiera la nieve logra enterrar.

Y Lady Serenya… —sus ojos se desviaron hacia ella, brillando con algo cercano a la admiración—, ella lleva en la mirada el mismo filo de las crestas que dejaron atrás.

Aelestara valora aquello que permanece en pie incluso cuando el viento intenta derribarlo.​ Serenya sintió que la sangre le golpeaba en las sienes.

Desde la infancia, Elyra le había repetido que algunas puertas solo se abrían para quienes se atrevían a empujar, incluso si crujían amenazadoras.

Ahora, la puerta que se abría ante ella era una ciudad entera, suspendida entre leyenda y realidad.

No podía evitar preguntarse si estaba lista para cruzar un umbral tan vasto y, sobre todo, si Taelthorn permitiría que saliese de él siendo la misma.​ —Que se preparen los mensajeros —ordenó Taelthorn, finalmente, con un tono que no admitía réplica—.

Si Aelestara existe y abre sus puertas, no seremos los últimos en presentarnos a sus umbrales.​ Eryndor inclinó la cabeza en señal de aceptación, aunque una chispa de advertencia cruzó fugazmente por su rostro, como si hubiera escuchado la promesa de una tormenta en un cielo que otros veían despejado.

—Como deseéis, mi señor.

Pero recordad que algunas maravillas exigen un precio que no se mide en oro ni en banderas desplegadas.​ Aquellas palabras se deslizaron por la sala como una corriente subterránea, casi inaudible, pero imposible de ignorar.

Serenya se preguntó, no por primera vez, qué había visto Eryndor en Aelestara que lo había marcado de esa forma, qué había dejado atrás en sus calles de piedra lunar.

Tal vez no era solo un mensajero de maravillas, sino también el portador de una advertencia que nadie había pedido.​ Cuando la reunión terminó, Taelthorn se retiró con paso medido, sin ofrecerle a Serenya más explicación que una leve inclinación de cabeza.

El eco de sus botas se mezcló con el murmullo del viento en los corredores, y ella lo siguió con la mirada hasta que desapareció tras un arco de piedra.

Eryndor se quedó allí, de pie, observándola con una mezcla de curiosidad y respeto silencioso.​ —Lo habéis conseguido —comentó, cuando por fin estuvieron solos—.

Habéis hecho que un hombre de hielo acepte caminar hacia una ciudad donde la luz manda sobre las sombras.

No es poca cosa, mi señora.​ Serenya esbozó una sonrisa breve, tensa.

—No sé si lo he conseguido yo… o si Aelestara lo ha logrado por mí.​ —Tal vez ambas cosas sean lo mismo —replicó Eryndor—.

Hay lugares que despiertan en las personas decisiones que no tomarían de otra forma.​ Sus palabras la persiguieron mientras abandonaba el salón.

A cada paso que daba por los corredores, la piedra parecía más pesada, más densa; cada antorcha proyectaba sombras que se alargaban como dedos que intentaban retenerla allí.

Y sin embargo, bajo esa presión, su resolución no se quebraba; se endurecía, como el hielo que soporta la tormenta sin resquebrajarse.​ De vuelta en sus aposentos, se acercó al fragmento de piedra glacial que conservaba sobre su mesa —el que su madre le había entregado antes de partir hacia el Norte— y lo sostuvo en la mano.

El frío le recorrió la piel, pero también recordó la promesa que Elyra le hizo al despedirse: “Moldea el silencio hasta que se doble ante ti, gimiendo tu nombre.” Aelestara se alzaba ahora en su horizonte como una promesa distinta, pero el principio era el mismo: cruzar un umbral y obligar al mundo a recordar quién era.​ Apoyó la frente contra el cristal de la ventana.

A lo lejos, entre la bruma, los picos parecían cuchillas apuntadas al cielo.

Por primera vez desde su llegada a los Picos del Norte, la idea de abandonarlos, aunque fuera de forma temporal, no le supo a traición, sino a necesidad.

El Norte la había moldeado, sí, pero no estaba dispuesta a permitir que la consumiera por completo.​ Y mientras apretaba los dedos en torno a la piedra helada, una duda insidiosa se deslizó, suave como una serpiente: si Taelthorn consideraba “peligrosas” las semillas que Eryndor plantaba, ¿qué haría cuando descubriera que la más peligrosa de todas ya llevaba años germinando dentro de ella?​ El anhelo de Serenya tenía raíces profundas, alimentadas por los recuerdos de su tierra natal.

Aquí, en los picos del norte, se sentía prisionera del silencio.

Era un paisaje frío y despiadado que la asfixiaba.

Los montes nevados que se alzaban sobre ella, con su belleza agreste, eran recordatorios constantes de las duras realidades de aquella vida sin indulgencia.​ Seis años atrás había elegido este destino por voluntad propia, al casarse con Taelthorn movida por el amor y la feroz devoción que Elyra había sabido inspirar en ella.

Él era apuesto, poderoso, admirado por todos: un hombre cuya sola presencia imponía respeto.

En privado era gentil; en público, un gobernante firme, de autoridad incuestionable.​ REFLEXIONES DE LOS CREADORES EvanRavinan_123 Your gift is the motivation for my creation.

Give me more motivation!

Wish you all a Merry Christmas.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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