Tabore-Bane: La Forja de la Ciudadela de Zafiro - Capítulo 60
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Capítulo 60: Episodio – 1 Capítulo 20.2 — El Poder de la Tierra
Con un esfuerzo supremo que hizo que venas se marcaran en su cuello, el suelo tembló violentamente, abriéndose en una zanja poco profunda, la tierra replegándose como tallada por manos invisibles que obedecían solo a su comando. El espectáculo era tan sobrecogedor como inquietante, una visión real del poder que habitaba en Serenya, el barro humedeciéndose con un brillo extraño mientras raíces expuestas se retorcían en respuesta. La Ciudadela tomaba forma, sus cimientos puestos no sólo en piedra y madera, sino en la esencia misma de la tierra, un vínculo que hacía que el claro entero pareciera contener el aliento.
Fuera del bosque, el trabajo cesó abruptamente. El silencio repentino fue la respuesta al espectáculo hipnótico que se alzaba ante ellos, un cese que se extendió como una onda. Los hombres dejaron caer sus mazos con clangores metálicos, sus voces se apagaron mientras observaban las vigas alzarse y colocarse por sí solas, la estructura de la Ciudadela erigiéndose como por arte de magia, madera crujiendo al encajarse con precisión sobrenatural. El asombro recorrió al grupo, mezclado con temor visceral, mientras los hombres luchaban por comprender el poder que impulsaba aquella construcción, rostros congelados en expresiones de incredulidad.
Algunos cayeron de rodillas, susurrando plegarias entrecortadas, rostros alzados en reverencia ciega; otros murmuraban maldiciones ahogadas, los ojos abiertos de espanto puro, manos temblando sobre herramientas abandonadas. El corazón de Elyra se contrajo con fuerza, la preocupación por Serenya y por el frágil equilibrio de su empresa patente en su voz temblorosa. —¿Lo oyes? —susurró con urgencia creciente—. El miedo los quebrará más rápido que el hambre. Su advertencia reflejaba la tensión invisible que pendía sobre ellos, un hilo a punto de romperse.
El rostro de Sira permanecía impenetrable, su expresión una máscara que ocultaba todo pensamiento, ojos fijos en la escena como una estatua antigua. —O los templará —respondió con serenidad absoluta—. Seguirán al poder, sea por guerra o por miedo. La cuestión es si ella podrá sostenerlo lo suficiente para construir su sueño. Sus palabras eran una reflexión profunda sobre el liderazgo y el poder que Serenya empuñaba, un recordatorio de que la prueba real no residía en demostrar fuerza, sino en mantenerla ante el caos.
Serenya, pálida pero intacta por el momento, alzó de nuevo las manos, la mirada fija en la forma creciente de la Ciudadela, sudor resbalando por sus sienes. El suelo volvió a estremecerse bajo sus pies con mayor violencia, más madera elevándose desde el bosque para deslizarse en la zanja, guiada por el propio terreno como si raíces invisibles la arrastraran. Serenya vaciló repentinamente, las rodillas cediendo bajo el peso abrumador, su cuerpo al borde del colapso total, sostenida sólo por los brazos tensos de Elyra que la aferraban con desesperación.
—¡Mira lo que le arrebata! —gritó Elyra, la voz aguda de miedo incontrolable—. La piedra le roba la fuerza. ¿Cuántas más antes de que se quiebre por completo? Era una súplica desesperada, una advertencia de que el cuerpo de Serenya no resistiría las exigencias implacables de modelar la Ciudadela, lágrimas asomando en sus ojos. Sira habló con calma absoluta, el tono firme e inalterable como la roca misma. —La Ciudadela se alzará —declaró—, y cada piedra cobrará su precio, igual en fuerza. Ese es el pacto.
Sus palabras revelaron el costo verdadero de la Ciudadela: la propia esencia de Serenya serviría de combustible para su ascenso, un intercambio que no admitía negociación. La visión de Serenya se tornó borrosa al instante; su respiración, entrecortada y jadeante; el gusto metálico del cobre le llenó la boca, señal inequívoca de que su cuerpo empezaba a rebelarse contra la sobrecarga, sangre sutil tiñendo su saliva. Los hombres en torno a ella permanecieron divididos, sus reacciones un reflejo crudo del miedo y la devoción que inspiraba su poder desatado.
Algunos se arrodillaron con fervor, presionando la frente contra el suelo húmedo, murmurando votos de lealtad eterna; los rostros alzados en adoración fanática. Otros empuñaron lanzas con manos temblorosas, como si el acero pudiera protegerlos de lo desconocido que se manifestaba ante ellos. Un joven soldado gritó con voz vibrante de emoción pura: —¡Ella es la elegida! ¡La tierra se inclina ante ella! Su voz cortó el aire, propagando un eco de esperanza. Otro, presa del pánico absoluto, exclamó: —¡No! ¡Está hechizada! ¡Ningún mortal debería empuñar semejante poder!
Su grito destilaba miedo y repulsión visceral. El grupo se convirtió en un torbellino de emociones enfrentadas, reflejo del caos que el poder de Serenya había desatado, voces alzándose en un coro desordenado de alabanzas y maldiciones. Calwen permaneció aparte, inmóvil como una estatua, los ojos fijos en Serenya con intensidad febril. Su figura, frágil y tambaleante, pero de voluntad intacta, lo estremecía hasta lo más profundo, cuestionando todo lo que creía saber. ¿Podría el acero protegerla aún? ¿Podría el escudo de un mortal acompañarla adonde ella estaba yendo, más allá de lo humano?
Las preguntas cruzaron su mente como relámpagos, sembrando una inquietud creciente que le atenazaba el pecho. El claro bullía ahora con la energía liberada, tierra removida formando montículos frescos, mientras el sol ascendía más alto, iluminando la escena con un resplandor que parecía amplificar el drama. Serenya luchaba por mantenerse erguida, cada inhalación un esfuerzo, pero su mirada permanecía fija en la zanja que se ensanchaba, un testimonio vivo de su dominio naciente, aunque el precio se cobrara en oleadas de debilidad.
Sira bajó su bastón con deliberación; el leve zumbido del poder aún recorría el aire del bosque, cargado de residuos etéreos. Su voz crepitó como ramas secas al prenderse fuego, encendiendo una nueva realidad con solemnidad absoluta. —Ya estás lista para empuñar el Ouralis —dijo, reconociendo con gravedad que Serenya podía ahora dominar aquel poder antiguo, un umbral cruzado irreversiblemente.
Las palabras parecieron abrirle una conexión más profunda con la tierra y su energía primordial, un flujo que hacía que su piel vibrara con pulsos sutiles. Los ojos de Serenya brillaron con una determinación feroz, inquebrantable; su cuerpo irradiaba propósito a pesar del agotamiento, ya no era sólo una líder: era un conducto del Ouralis, un recipiente para la energía ancestral que moldearía la Ciudadela y su destino entero. Los cimientos de su Ciudadela estaban puestos con solidez, fusionados al suelo en un pacto vivo.
Pero también lo estaban el miedo y la incertidumbre entre sus hombres, una inquietud palpable que se extendía como niebla desde los rostros divididos. El poder de Serenya y su vínculo con las fuerzas antiguas anclaban la base misma de la Ciudadela; la piedra y la tierra eran sólo medios, vehículos para algo mayor que latía bajo la superficie. Mientras los hombres observaban, sus rostros reflejaban dudas y temores profundos, mandíbulas tensas, miradas evasivas que delataban el conflicto interno.
El ascenso de la Ciudadela sería un viaje hacia lo desconocido, un sendero plagado de riesgo e incertidumbre creciente, pruebas que pondrían a prueba no solo su fuerza, sino la lealtad frágil de quienes la seguían. Sin embargo, permanecieron inmóviles, atrapados por la visión de Serenya que se alzaba ante ellos, sabiendo que su destino estaba irremediablemente unido al de ella, un lazo forjado en el espectáculo mismo. El bosque parecía contener el aliento, ramas inmóviles, mientras el sol filtraba rayos que iluminaban la zanja ahora estable, un presagio de murallas futuras que se elevarían bajo su voluntad.
Pero en los ojos de algunos, el temor persistía como sombra alargada, susurrando dudas sobre si el poder que los unía no los consumiría a todos antes de completarse. La tensión colgaba en el aire, un hilo tenso que vibraba con la promesa de conflictos venideros, mientras Serenya, aún sostenida por Elyra, alzaba la vista al horizonte donde la Ciudadela incompleta aguardaba su toque final.
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