Tabore-Bane: La Forja de la Ciudadela de Zafiro - Capítulo 7
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- Capítulo 7 - 7 Episodio- 1 Capítulo 24 — El Reflejo de la Reina Perdida
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7: Episodio- 1 Capítulo 2.4 — El Reflejo de la Reina Perdida 7: Episodio- 1 Capítulo 2.4 — El Reflejo de la Reina Perdida En aquellos primeros inviernos, Serenya había creído de veras que podía tallar su lugar en la cordillera septentrional del mismo modo en que, de niña, apilaba piedras junto al río hasta formar torres imposibles.
Con Taelthorn a su lado y la promesa de una ciudadela que respondiera a su visión, el Norte parecía un desafío digno, no una condena.
Pero, con el tiempo, el eco de sus pasos en los pasillos empezó a sonar más hueco, y las risas de los primeros meses se deshilacharon, reemplazadas por conversaciones medidas y silencios cada vez más largos. Sin embargo, la cordillera septentrional albergaba sus propias sombras.
Una historia oscura persistía en los pasillos como una presencia espectral.
La primera reina de Taelthorn, Elvaria Draemveil, había muerto en circunstancias misteriosas.
La causa de su muerte era motivo de susurros y especulaciones.
Sus aposentos permanecían cerrados, sellados como una tumba.
Nadie hablaba de Elvaria.
El silencio que rodeaba su recuerdo era opresivo, un peso constante sobre los picos, como la nieve que jamás se derrite. Serenya había aprendido pronto a reconocer las miradas que se cruzaban a su espalda cuando su nombre se enlazaba, inevitablemente, con el de la antigua reina.
Al principio, pensó que se trataba de simple comparación, la curiosidad natural de quienes evalúan a la nueva soberana frente a la sombra de la anterior.
Pero a medida que pasaban los años y el silencio persistía, aquella sensación se transformó en algo más denso, como si toda la ciudadela respirara un secreto que nunca se le había concedido el derecho de conocer. Los pensamientos de Serenya volvieron a Elvaria, preguntándose qué había ocurrido realmente, qué secretos se ocultaban tras los muros de piedra de la ciudadela.
Cuanto más lo meditaba, más crecía su desasosiego, una certeza difusa de que había mucho más de lo que nadie se atrevía a contar. Esa inquietud se intensificó aquella noche, mientras recorría sola el corredor que conducía a la torre oriental.
Las antorchas arrojaban destellos vacilantes sobre los tapices antiguos, donde batallas olvidadas se repetían en silencio.
El sonido de sus pasos resonaba sobre el suelo de piedra, acompasado, casi ritual.
Sin embargo, en medio de ese ritmo controlado, una sensación de ser observada se coló bajo su piel como un escalofrío. Sus ojos se deslizaron, casi contra su voluntad, hacia la puerta sellada que sabía correspondía a los antiguos aposentos de Elvaria.
El hierro de los cerrojos opacos parecía absorber la luz de las antorchas, y la madera oscura estaba tan pulida por el tiempo que reflejaba una sombra distorsionada de su propio rostro.
Nadie se acercaba a aquel umbral sin razones concretas, y aun entonces, lo hacían con paso apresurado, como si temieran despertar algo que dormía detrás. Se detuvo frente a la puerta.
El silencio en ese tramo del corredor era más profundo, como si el sonido mismo evitara permanecer allí.
Extendió la mano, sin tocar todavía la madera, y la retiró un instante después.
Elyra le había enseñado que las puertas existían para ser cruzadas, pero también que algunas exigían respeto, incluso cuando se deseaba arrancarlas de cuajo. —Elvaria —murmuró en voz apenas audible, probando la textura del nombre en la lengua, como si fuera un conjuro—.
¿Qué te ocurrió en estas montañas que ahora reclaman también mi aliento? No obtuvo respuesta, pero el aire pareció enfriarse unos grados, un soplo que no provenía de las rendijas del techo ni de las ventanas lejanas.
Serenya dio un paso atrás, con el corazón acelerado sin saber bien por qué.
No creía en espectros, al menos no en el sentido que los ancianos murmuraban junto al fuego; pero creía en las huellas que las vidas dejaban en los muros, en los ecos que se negaban a morir. Se obligó a apartarse y seguir adelante, ascendiendo por la escalera de caracol hacia la galería cubierta que miraba al Este.
Desde allí, los Picos del Norte se desplegaban como una muralla interminable, y más allá, invisibles pero presentes, se extendían las tierras donde había nacido.
Mientras contemplaba la línea de oscuridad que ocultaba el sur, la figura de Elvaria regresó a su mente, superpuesta con la suya propia, como dos siluetas talladas sobre la misma roca. ¿Qué habría pensado Elvaria la primera vez que se asomó a esos mismos ventanales?
¿Había sentido también la mezcla de fascinación y asfixia, de poder y encierro?
¿Había tenido, como Serenya ahora, la tentación de volver la mirada hacia otros horizontes, hacia ciudades de luz que solo se mencionaban en susurros? La decisión de viajar a Aelestara, que horas antes había parecido una chispa de esperanza, adquirió un matiz más oscuro mientras su mente tejía analogías inevitables.
Si la primera reina había desaparecido envuelta en misterio, ¿qué clase de destino esperaba a la segunda cuando comenzara a caminar entre maravillas lejanas y secretos no resueltos en casa? El viento golpeó los cristales, y el sonido la hizo retroceder un paso.
En la superficie del vidrio vio, por un instante, su reflejo desdoblado: Serenya de los Picos del Norte, reina entre glaciares, y Serenya de los valles, hija de montañas doradas, amiga de Elyra.
Dos vidas superpuestas en un solo cuerpo, como dos ríos cruzando la misma garganta, erosionando la roca con fuerzas opuestas. —No dejaré que estas sombras me definan —susurró, cerrando los ojos—.
Ni las de Elvaria, ni las de Taelthorn, ni las de estas paredes heladas. Al abrirlos, la imagen de la ciudad flotante cobró fuerza renovada.
Aelestara no era solo un lugar de maravillas; podía ser también un espejo donde confrontar aquello en lo que se estaba convirtiendo.
Un sitio donde la luz, si era tan intensa como Eryndor describía, no permitiría que las sombras se ocultaran con tanta facilidad como en los recovecos de la ciudadela. Y, sin embargo, mientras se alejaba de la galería y volvía sobre sus pasos por el corredor silencioso, la puerta cerrada de Elvaria pareció seguirla con la mirada.
La idea absurda la obligó a acelerar el paso.
Porque, aunque se repitiera que no creía en fantasmas, no podía evitar sentir que, antes de marchar hacia la ciudad de la luz, alguien —o algo— en aquellas habitaciones selladas aguardaba el momento exacto para reclamar su atención. REFLEXIONES DE LOS CREADORES EvanRavinan_123 Merry Christmas.
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