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Tabore-Bane: La Forja de la Ciudadela de Zafiro - Capítulo 81

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Capítulo 81: Episodio – 1 Capítulo 28.3 — El Festín de la Esperanza

Se inclinaron, rostros entre la serenidad y la humildad, los gemelos lloraron entonces, sus voces pequeñas resonando en el aire, inocentes y puras, como si respondieran al peso del momento con su llanto instintivo. Era como si supieran que su llegada había marcado no solo un nacimiento, sino el inicio de un legado que el Pacto sellaría. Mientras los legionarios se dispersaban, los arcos resplandecían bajo el sol del mediodía, los mosaicos cambiando sutilmente bajo el paso de las botas, como si la Ciudadela celebrara en silencio.

El sonido del andar marcial se mezcló con risas y murmullos emergentes, un cambio palpable en el aire que había sido tenso momentos antes. Serenya observaba, flanqueada por Calwen y Elyra, los gemelos dormitando entre sueños tranquilos, mientras la ciudad respiraba bajo sus pies, su pulso sincronizándose con el de sus habitantes. La Ciudadela latía, su piedra palpitando al ritmo de ellos, la mirada de Serenya abarcando la escena llena de asombro y esperanza contenida.

El Pacto de Zafiro era más que una promesa; era un cimiento, el inicio sobre el cual construir el futuro, un eco del juramento inicial en el claro donde la Legión había rugido su lealtad. A medida que el día avanzaba, la Ciudadela se sentía más viva, su pueblo más unido, su propósito más claro, pero bajo esa unidad, un susurro del pantano recordaba pruebas pendientes.

Al mediodía, comenzó el festín: mesas brotando en los patios bañados por el sol, como un súbito estallido de abundancia que transformó el consejo en celebración. Aromas de carnes asadas y pan recién horneado llenaban el aire, entremezclándose con el eco alegre de risas y conversaciones, el humo elevándose en espirales que danzaban con la brisa pantanosa.

Llegaron ofrendas del valle y del pantano: panales de miel dorada goteando dulzor, aves asadas que se deshacían al tacto con jugos aromáticos, panes trenzados de azafrán que brillaban como el sol, y peras luminosas con un resplandor casi interior, sus pieles tersas crujiendo bajo dedos ansiosos. Los soldados se mezclaban relajados, rostros distendidos por primera vez en meses, las cintas en sus muñecas marcando promesa no división, compartiendo jarras que pasaban de mano en mano.

Kaelis se acercó a Elyra, su mirada inquisitiva perforando el bullicio, el polvo de patrulla aún en sus botas. —¿Crees que el Pacto resistirá? —preguntó en voz baja, por encima del clamor de platos y brindis, su mano rozando inconscientemente la cinta azul que aún le picaba la piel.

Elyra sonrió, rozando con los dedos el lazo azul de su muñeca, sintiendo su textura áspera como recordatorio vivo. —Si no lo hace, durará lo suficiente para que las heridas sanen —respondió con serena certeza, sus ojos brillando con la luz del fuego cercano, evocando sus sanaciones previas en barracones sombríos.

Los legionarios alzaban jarras en brindis improvisados, voces unidas en cánticos antiguos que resonaban contra los muros, el zafiro capturando ecos en pulsos luminosos. Darven compartía historias de patrullas con jóvenes reclutas, su risa grave rompiendo barreras restantes, mientras Calwen vigilaba desde un flanco, su postura relajada pero ojos atentos al horizonte pantanoso.

Serenya participaba desde una mesa elevada, los gemelos en cunas cercanas arropados con sedas suaves, su presencia un faro que atraía miradas reverentes. Cada bocado que tomaba era compartido con gestos simbólicos, pan partido y miel untada en labios de capitanes, sellando lazos más allá de palabras. El sol descendía lentamente, tiñendo el cielo de violetas, pero la alegría persistía, un bálsamo contra sombras lejanas.

Sin embargo, en pausas del festín, murmullos sobre el mensaje de Taelthorn resurgían, alimentando especulaciones: ¿llegaría pronto, o traería consigo tormentas de Aelestara? Las cintas azules ondeaban con cada gesto, recordatorios vivos del Pacto, pero el pantano susurraba dudas que el vino no ahogaba del todo. ​

La tarde se extendía en conversaciones profundas, soldados de pantanos y montañas encontrando puntos comunes en rencores compartidos ahora atados, risas estallando como chispas de hogueras alimentadas con leña fresca. Elyra circulaba, su toque aliviando fatigas menores, mientras Kaelis observaba con ojos calculadores, preguntándose si la unidad resistiría pruebas mayores que agravios internos. ​

Al caer la tarde, con las torres ardiendo en tonos violetas y dorados bajo el sol poniente, Serenya llevó a los niños al gran salón, la luz dorada bañando la estancia donde enormes cintas azules se extendían sobre la mesa central, símbolo vivo de la promesa colectiva tejida horas antes. La Legión se reunió, rostros sin máscaras ni reservas por primera vez, manos entrelazadas en silencio mirando hacia Serenya, el aire cargado de expectación solemne.

—El Pacto de hoy no comienza cerrando heridas, sino prometiendo caminar hacia cada amanecer como una sola familia —declaró Serenya, su voz elevándose clara sobre el silencio, resonando en las vetas zafiro que pulsaban tenue—. La Ciudadela acoge ahora vuestras cicatrices y vuestra fuerza —continuó, mano extendida abarcando la sala—. Mañana, que el muro recuerde la unidad que hoy forjamos, evocando el poder del Ouralis que había alzado esos mismos muros.

El silencio envolvió la sala, solo oíbles las respiraciones suaves de los niños y el murmullo leve de las telas rozándose, un momento suspendido donde cada alma sentía el peso del futuro. —Que esta ciudad nunca sea prisión del pasado, sino umbral de incontables futuros —dijo finalmente, tono cargado de benevolencia profunda, un desafío y bendición para construir donde pasado fortaleciera no definiera.

Y mientras legionarios se miraban, sabían dado primer paso nuevo comienzo, pero en sombras ojos, dudas persistían sobre pruebas venideras. Un aplauso se elevó, no atronador pero luminoso auténtico: sonido hueste aprendiendo ser una, rostros iluminados sonrisas multiplicándose, instante todo posible parecía, hogueras encendidas proyectando sombras danzantes unificadas.

Cuando noche avanzó, Serenya se acercó al Ouralis en sanctasanctórum privado, sintiendo solo distancia, energía antes fluida viva ahora murmullo lejano distante, como si parto hubiera drenado parte vital su conexión. Duda asaltó repentina, preguntándose si fuerza menguado tras nacimiento gemelos, su mano temblando ligeramente al rozar cristal pulsante.

Inclinó cabeza instante fragilidad pura, vulnerabilidad expuesta ante piedra eterna, ecos caverna resonando donde Ouralis probado voluntad. Luego regresó aposentos donde futuro dormía forma hijos, pasos lentos resonando corredores ahora silenciosos noche.

Ciudadela palpitaba promesa, cada latido compás Pacto recién sellado, sanctasanctórum Serenya inclinó sobre niños susurró profecía lugar arrullo, voz suave brisa transporta destino, palabras tejiendo velo esperanza misterio. Mientras hablaba, ojos niños cerraban respiración volviéndose tranquila, palabras Serenya promesa: futuro esperanza posibilidad.

Pulso Ciudadela acompasó voz, eco rítmico lazo sellado, instante Serenya no solo alzado fortaleza; fundado porvenir. —Que esta piedra recuerde —murmuró, voz bajando susurro íntimo—. Llegará día solo confianza una, prueba pacto llegue. Entonces, fuerza nacer no solo unidad, sino amor… voluntad pagar precio, sus palabras colgando aire como profecía inminente, cliffhanger tensión creciente.

Más allá muros, pantano aguardaba silencio, aguas reflejando estrellas espejo perfecto, bosque inclinándose escuchando, ramas susurrando secretos viento. Dentro Ciudadela, Llama Zafiro ardía brillante, trenzada nudo juramento cuantos reclamaban futuro, gemelos dormidos respirando aire ciudadela completa, muros piedra latiendo ritmo habitantes, futuro virgen esperando pinceladas vidas… pero precio amor pacto aún por revelarse.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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