Tabore-Bane: La Forja de la Ciudadela de Zafiro - Capítulo 85
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Capítulo 85: Episodio – 1 Capítulo 30.1 — La Primera Grieta
La primera grieta en la Ciudadela no nació de la piedra, sino de los hombres. Al amanecer, los rebeldes irrumpieron, sus escudos golpeando las puertas como una ola desatada. Voces cargadas de furia, ira y odio se alzaron, estremeciendo los cimientos mismos de la Ciudadela, un rugido colectivo que parecía rasgar el velo del alba con saña primordial, el eco reverberando en las vetas zafiro como si la piedra misma absorbiera el veneno de la traición.
Por primera vez desde su fundación, la Ciudadela de Zafiro se bañó no en estandartes, sino en la sangre de sus propios hermanos. La visión era un lúgubre recordatorio de que los lazos de lealtad y deber se habían roto, y la Ciudadela se había convertido en un campo de batalla. El aire se espesaba con el hedor metálico de la sangre fresca y el sudor acre de hombres que, horas antes, compartían hogueras y juramentos, ahora enzarzados en un frenesí de golpes y gritos que helaba la médula, el sol naciente tiñendo las primeras manchas rojas con un fulgor acusador que parecía juzgar cada hoja desenvainada.
Calwen se mantenía ante las puertas del sanctum, con sus elegidos hombro con hombro, los escudos firmes contra la marea que llegaba. La determinación endurecía sus rostros, y una voluntad inquebrantable los unía. Una mezcla de ira y tristeza ocupaba sus mentes, ahora obligadas a combatir contra sus propios hermanos de armas, sus mandíbulas apretadas conteniendo rugidos ahogados, los nudillos blancos sobre las empuñaduras mientras el avance rebelde hacía crujir la madera de las puertas bajo embates rítmicos, cada impacto un latido de desgarro en sus almas curtidas.
Detrás de él, el apagado Ouralis palpitaba tenuemente, testigo silencioso de juramentos quebrados y de la hermandad hecha añicos. El sonido del acero al chocar y los gritos de los heridos llenaban el aire, un caos sonoro que se colaba por las grietas de las murallas como humo tóxico, impregnando cada aliento con el sabor amargo de la fractura. Los leales intercambiaban miradas fugaces, un brillo de resolución en ojos que habían visto pantanos y tormentas, pero nunca la podredumbre interna que ahora los devoraba desde dentro.
Sobre todo ello, el Veythriel se alzaba, negro y reluciente bajo el sol de la mañana. Su sombra se extendía sobre el corazón de la Ciudadela, presagio oscuro y ominoso, su casco puntiagudo perforando el cielo como una lanza inmóvil, mientras el viento matutino hacía flamear sutilmente sus velas plegadas, un guardián silencioso que parecía observar el derrumbe con indiferencia eterna. Para los rebeldes, era un navío para huir con Serenya, un medio de escapar del caos que ellos mismos habían desatado, sus voces clamando posesión sobre él entre golpes de escudo. Para los leales, era un símbolo de esperanza, una promesa del retorno de Taelthorn, un faro de luz en la oscuridad, su silueta recordándoles el juramento que aún ardía en sus pechos pese al acero enemigo.
El sanctum vibraba con la tensión acumulada, las piedras zafiro pulsando débilmente como venas agotadas, mientras Calwen alzaba la voz por encima del estrépito, su grito un ancla para sus hombres: “¡Por la Dama y el Señor! ¡No cedáis!”. Los escudos se cerraron en falange más apretada, el roce del metal un juramento tácito, pero la marea rebelde presionaba sin piedad, cada ola trayendo más rostros conocidos convertidos en máscaras de odio, el conflicto interno arañando sus voluntades como uñas sobre piedra. La grieta se ensanchaba, no solo en la lealtad, sino en el alma misma de la Legión, y el Veythriel parecía inclinarse ligeramente, como si el peso de la duda lo atrajera hacia el abismo… pero ¿resistiría la falange el próximo embate, o se rompería bajo la furia desatada?
El hacha de Darven cortaba escudos como madera, mientras sus rugidos resonaban al abrirse paso entre los leales. Cada golpe descendía con fuerza brutal, astillando madera y hueso por igual, el filo dejando surcos humeantes en el aire cargado de polvo y sangre, su figura imponente abriéndose hueco como un toro enfurecido entre corderos. Calwen lo enfrentó de frente, y las chispas saltaron de sus aceros en un frenético intercambio de golpes, el clangor metálico un duelo ensordecedor que ahogaba los gritos periféricos.
Fuerza bruta contra precisión; traición contra lealtad. Antiguos aliados luchaban por la supremacía, y el eco del acero resonaba en la Ciudadela, sombrío, como si solo la sangre pudiera poner fin al conflicto. Darven giraba su hacha en arcos mortales, cada pasada rozando la armadura de Calwen con un chirrido que erizaba la piel, mientras este paraba con espada precisa, desviando el peso letal hacia escudos cercanos que crujían bajo la presión desviada.
La batalla se prolongó sin tregua, ningún bando dispuesto a ceder. Ambos determinados a reclamar la victoria, los leales formando un muro tambaleante de escudos superpuestos, sudor resbalando por frentes contraídas, mientras los rebeldes empujaban con cuñas de lanzas que perforaban brechas mínimas, el suelo ya resbaladizo por la sangre que salpicaba botas y adoquines.
—¡Luchas por fantasmas! —escupió Darven, el rostro contorsionado por el desprecio, saliva mezclada con sudor volando de sus labios mientras alzaba el hacha para un golpe descendente que Calwen bloqueó en el último instante, el impacto reverberando hasta los dientes.
—¡Yo lucho por juramentos! —rugió Calwen, con los ojos encendidos—. ¡Por los niños, por la Dama, por Taelthorn, que aún camina! Cada golpe amenazaba con romper sus líneas, pero Calwen resistía, su espada se abría paso entre el caos con precisión mortal, cortando correas y desarmando a rebeldes que caían con gemidos ahogados, sus hombres tomando valor de su ejemplo incluso cuando los rebeldes presionaban con fuerza cada vez mayor, como si fueran infinitos.
Por encima del estrépito, la voz de Kaelis se elevó, seda envuelta en veneno, cortando el fragor como una daga fina entre costillas. —¡Ella huye! —gritó, levantando el brazo hacia el Veythriel—. ¡La piedra maldice a Serenya, y la tierra la abandona! ¡El señor ha abandonado a su dama! ¿Vais a entregar vuestra vida por una mujer que vuestro señor y vuestra tierra ya rechazan? Sus palabras fueron una chispa, encendiendo un incendio de duda y furia entre los leales, el gesto hacia la nave un puñal visual que hacía titubear brazos armados.
Algunos vacilaron, su resolución tambaleante al mirar hacia el Veythriel, interpretando su presencia como la traición de Serenya, espadas bajando fracciones de segundo que costaban vidas, el caos amplificándose con traidores improvisados que se volvían contra hermanos. La batalla continuó con los hombres de Calwen luchando por mantener su posición frente al incesante asalto rebelde, escudos astillados y formaciones rompiéndose en puntos débiles, el desenlace pendía de un hilo mientras las palabras de Kaelis seguían sembrando discordia y duda entre los leales, cada grito de “¡Traición!” un eco que reverberaba en pechos leales… ¿Cuánto más resistirían antes de que la duda quebrara el muro definitivo?
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