Tabore-Bane: La Forja de la Ciudadela de Zafiro - Capítulo 93
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Capítulo 93: Episodio – 1 Capítulo 33.1 — Refugio en la Fortaleza del Norte
La fortaleza del norte los recibió con una ceremonia silenciosa cuando el Veythriel se alineó junto a la nave de Taelthorn. Las antorchas se alzaron contra la noche montañesa, proyectando un resplandor cálido sobre la escena mientras hombres ataviados con jubones azul plateado del corte real avanzaban para recibirlos, sus pasos resonando con la precisión de un ritual ancestral que evocaba lealtades forjadas en hielos eternos. El viento frío de las cumbres susurraba entre las almenas, llevando consigo el aroma penetrante de pino resinoso y nieve fresca, un contraste vivo con el hedor a sal y humo que aún impregnaba las ropas de los recién llegados.
Calwen encabezó el descenso; sus botas resonaron sobre la piedra con un poder disminuido, el de un soldado que ha perdido mucho, pero que aún se mantiene en pie… había propósito en cada paso, un eco de la disciplina que había sostenido a la Legión a través de la traición y la huida. Elyra le siguió de cerca, con los ojos alerta mientras permanecía junto a Serenya y los mellizos envueltos entre mantas gruesas de lana tejida en los telares del norte, sus pequeños cuerpos acurrucados contra el frío que se filtraba como cuchillas invisibles. La Dama Serenya caminaba con el peso de la pérdida visible en sus hombros encorvados, pero su mirada se alzaba firme, buscando en las sombras de la fortaleza un atisbo de la seguridad prometida.
A su alrededor, los maltrechos restos de la Legión desembarcaban: las armaduras abolladas reflejaban la luz de las antorchas en destellos irregulares, las capas rasgadas ondeaban como estandartes de derrota, pero su porte permanecía erguido, un testimonio silencioso de la voluntad que no se quebraba ni en la adversidad más cruda. Con cada paso sobre la montaña, un hálito de esperanza germinaba en medio de la desesperación, como raíces tenaces perforando la nieve endurecida. Estar de nuevo en tierra firme les devolvía solidez y propósito, el tacto áspero de la piedra bajo sus botas un ancla contra el vaivén traicionero del mar que habían dejado atrás.
Al internarse en la fortaleza, los sonidos del acero resonando y las conversaciones bajas llenaron el aire, un murmullo bajo que se entretejía con el crepitar distante de hogueras alimentadas con leña de abeto. Las murallas de piedra absorbían su cansancio, ofreciéndoles refugio frente a las tormentas que los habían obligado a buscar amparo, sus grietas centenarias guardando secretos de batallas olvidadas y alianzas eternas. Los legionarios avanzaban en filas ordenadas, sus respiraciones formando nubes blancas que se disipaban lentamente, mientras el eco de sus pasos reverberaba en los corredores amplios, tallados por manos que habían domado la montaña misma.
Los médicos los recibieron de inmediato; sus manos, rápidas pero gentiles, atendían a los heridos con la eficiencia de quienes conocían el filo de la muerte demasiado bien. Los sanadores desplegaron sus alforjas de cuero curtido, y de ellas emergieron hierbas secas con aromas terrosos, aceites brillantes extraídos de raíces profundas y vendas limpias que olían a lavanda de las alturas. Revisaban viejas heridas, aplicando ungüentos calmantes mientras gemidos y suspiros se fundían en el aire cargado de humo y expectación, el roce de las telas y el siseo de las cataplasmas creando un ritmo casi hipnótico de curación.
Algunos lloraron, no de dolor, sino por el toque de compasión tras días de sangre y traición, lágrimas que trazaban surcos en rostros ennegrecidos por el hollín y la sal. El simple acto de ser atendidos se convirtió en un bálsamo para sus almas desgarradas, un recordatorio de que la humanidad perduraba más allá de las espadas y las tormentas. En ese instante de vulnerabilidad compartida, los hombres intercambiaban miradas que hablaban de hermanos caídos y juramentos renovados, el calor de las antorchas reflejándose en ojos que brillaban con gratitud contenida.
Por un instante, el gran salón fue más que una fortaleza: se volvió refugio, un respiro en medio del caos que los había perseguido desde la caída de la Ciudadela de Zafiro. Elyra guio a Serenya a través de pasillos de hielo y piedra pulida hasta sus aposentos, el eco de sus pasos amortiguado por tapices tejidos con hilos de plata que narraban sagas de los Picos del Norte. Los mellizos se removieron suavemente entre sus mantas al sentir el frío de las montañas por primera vez, sus pequeños puños agitándose como si protestaran contra el abrazo gélido del aire, mientras Serenya los mecía con ternura instintiva, su aliento cálido protegiéndolos como un escudo invisible.
Las doncellas corrieron presurosas, con rostros iluminados por la sorpresa al ver a la Dama y a sus herederos, sus ojos agrandándose con una mezcla de reverencia y alegría contenida. Los sirvientes extendieron sábanas limpias de lino fino, vertieron agua tibia en cuencos de piedra tallada y encendieron los fuegos que inundaron la estancia de calidez, las llamas danzando con un crepitar alegre que ahuyentaba las sombras. El murmullo de sus voces, el calor del hogar y las manos cuidadosas de las doncellas trajeron sosiego al corazón exhausto de Serenya, un bálsamo que se filtraba en sus músculos tensos como un elixir olvidado.
Por primera vez desde la caída de la Ciudadela, una chispa de paz se encendió en su interior mientras las doncellas cuidaban a sus hijos, murmurando bendiciones antiguas en dialectos montañeses que resonaban como canciones de cuna. En ese momento, sintió esperanza; la sensación de que quizá, solo quizá, un día podrían recuperar su destino, un futuro donde los mellizos crecieran no en exilio, sino en la gloria de una Ciudadela reconstruida. Pero incluso en esa quietud, el peso de la traición acechaba en los bordes de su mente, un susurro que amenazaba con apagar la llama apenas encendida…
En otra estancia, Calwen se presentó ante Taelthorn, narrando con palabras precisas los hechos acontecidos, su voz un hilo tenso que tejía el relato de la traición sin omitir detalle. El señor de los Picos del Norte lo escuchó en silencio, con las manos cruzadas tras la espalda y la mirada fija en la noche nevada más allá de las ventanas empañadas, copos danzando como espectros en la oscuridad. Calwen habló de la traición: de los susurros de Kaelis en la Legión, del silencio de los Ouralis que había sellado su destino, de la caída de la Ciudadela y de la última resistencia de Sira, cuya figura aún ardía en sus memorias como un faro extinguido. Su voz era firme, pero bajo ella se adivinaba la duda, el eco de sus propios fracasos resonando en cada pausa, el peso de ocho mil almas perdidas oprimiendo su pecho.
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