Te encontré gracias a tu voz. - Capítulo 10
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- Capítulo 10 - 10 Una propuesta inesperada
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10: Una propuesta inesperada.
10: Una propuesta inesperada.
Las semanas siguieron su curso y se convirtieron en meses.
Cada amanecer encontraba a Marcia preparando a Alan, vistiéndolo con la ropa más limpia y presentable que tenía, cargándolo en brazos mientras caminaba hacia el parque donde su voz se había convertido en su única herramienta para sobrevivir.
El aire italiano comenzaba a sentirse menos extraño; las palabras nuevas se mezclaban con su acento latino y, aunque todavía le costaba expresarse, ya no se sentía completamente perdida.
El parque se había vuelto su refugio, su pequeño escenario improvisado, donde cada canción era un suspiro que soltaba al cielo.
Marcia cantaba con el alma.
Cerraba los ojos y dejaba que su voz fluyera suave, clara, llena de una melancolía que tocaba el corazón de quienes la escuchaban.
Muchas personas se detenían unos minutos, dejaban unas monedas y seguían su camino.
Algunos ya la reconocían y le sonreían con familiaridad.
Alan jugaba cerca, siempre bajo la mirada protectora de su madre.
El niño aprendía palabras nuevas, señalaba las palomas, reía con los músicos callejeros y abrazaba a Marcia cada vez que terminaba una canción, como si entendiera que su abrazo era la recompensa más grande.
Un día, entre la gente que pasaba, se detuvo un joven de menos de treinta años, alto, de mirada profunda y porte elegante.
Vestía con distinción, y era evidente que pertenecía a un mundo diferente al de los transeúntes comunes.
Su nombre era Alessandro y, desde el primer momento en que escuchó la voz de Marcia, algo en su interior se movió.
No supo explicar qué era, pero se quedó allí, inmóvil, observando en silencio.
Sus ojos no solo miraban a la joven que cantaba, sino también al niño que jugaba a sus pies.
Alessandro volvió al día siguiente, y al siguiente también, sin que Marcia lo notara al principio.
Se quedaba de pie a una distancia prudente, como si temiera romper el encanto de la canción.
Lo que más le llamaba la atención no era únicamente la voz, sino la expresión del rostro de ella: había dolor, pero también una fuerza suave, una dulzura que contrastaba con el cansancio de sus ojos.
Alan también se convirtió en parte de su interés; el niño reía con pequeños gestos que despertaban en Alessandro una ternura que creía extinguida.
Mientras tanto, en una gran casa a las afueras de la ciudad, su padre Francesco y su abuelo Luca hablaban constantemente del futuro de Alessandro.
Pertenecían a una familia poderosa, conectada a negocios oscuros desde generaciones pasadas.
El abuelo Luca había establecido una regla clara: Alessandro debía casarse antes de cumplir treinta años o la herencia pasaría a manos de su primo Marco, un hombre impulsivo, violento y sin sentido de responsabilidad.
Francesco presionaba a su hijo una y otra vez; le decía que la familia dependía de él, que no podía fallar.
Pero Alessandro cargaba con un secreto doloroso.
Era estéril.
Lo supo después de muchas consultas médicas y, aunque su familia no lo sabía, él sentía que revelarlo sería mostrar debilidad.
Jamás se había enamorado de verdad y tampoco quería engañar a ninguna mujer.
Por eso evitaba compromisos serios y prefería relaciones superficiales que no lo obligaran a enfrentar esa herida.
Se sentía incompleto, incapaz de ofrecer a alguien la familia que su abuelo tanto exigía.
Una tarde, cuando Marcia terminó de cantar, Alan corrió hacia ella y se aferró a sus piernas.
Alessandro dio un paso adelante y, por primera vez, se atrevió a acercarse.
—Disculpa… cantas muy bonito —dijo con voz suave pero firme.
Marcia se sorprendió.
Lo miró con timidez y respondió en un italiano entrecortado: —Gracias, señor.
Hago lo que puedo.
El joven sonrió apenas y miró al niño.
—¿Es tu hijo?
—Sí —respondió ella—.
Él es mi vida.
Alessandro notó la sinceridad en sus palabras.
Había una calidez que pocas veces había visto.
—Se nota que lo amas mucho —añadió.
Marcia bajó la mirada mientras acariciaba el cabello de Alan.
—Es lo único que tengo.
Lo único que me queda.
Él quiso preguntar más, pero no quería parecer invasivo.
Aun así, dejó algunas monedas, más de las que otros acostumbraban, y se marchó.
Desde ese día, Alessandro empezó a entender que no solo lo atraía su voz, sino la historia que intuía detrás de ella.
Volvió todos los días.
A veces se sentaba en una banca cercana; otras, simplemente observaba de pie.
Marcia comenzó a notarlo y al principio se preocupó.
Temió que fuera alguien peligroso.
Sin embargo, sus modales eran respetuosos: nunca se acercaba demasiado, nunca la miraba con morbo, sino con una especie de admiración tranquila.
Una mañana, mientras Marcia cantaba una canción suave para dormir a Alan, él volvió a hablarle.
—Perdona… ¿te gustaría cantar en un lugar mejor que este parque?
Ella lo miró confundida.
—No entiendo… —Trabajo con música.
Conozco gente que podría ayudarte.
Podrías ganar más dinero.
Marcia retrocedió un paso.
Su corazón se llenó de alerta.
—Lo siento… no puedo confiar en extraños.
Alessandro levantó las manos en señal de paz.
—Lo comprendo.
No quiero asustarte.
Solo quería ayudar.
En ese momento, Alan sujetó el pantalón del joven y rió sin miedo.
Ese gesto hizo que Marcia sonriera por primera vez frente a él.
Su sonrisa era sencilla, pero luminosa.
Alessandro sintió que algo se encendía en su interior.
Esa mujer no estaba allí por ambición, sino por necesidad.
Eso la diferenciaba de todas las que conocía.
Muchas solo buscaban su apellido y su dinero, pero Marcia ni siquiera sabía quién era él.
Esa noche, Alessandro volvió a su casa pensando en ella, en su voz, en el niño, en la posibilidad inesperada que se abría frente a él.
Durante la cena habló con su padre.
—Padre… quizá ya encontré a alguien.
Francesco lo miró sorprendido.
—¿De verdad?
Alessandro asintió, aunque bajó la voz.
—Pero es algo complicado… Sabía que su abuelo no aceptaría nada fácilmente.
Sin embargo, esta vez estaba decidido.
Mientras tanto, Marcia seguía con su rutina.
Aunque ahora sentía una mezcla de curiosidad y desconfianza por el joven que la escuchaba cada día, el dolor de la traición de Tifany seguía vivo en su memoria.
Confiar en alguien nuevo le parecía arriesgado.
Una tarde, Alessandro volvió a acercarse.
—Lo haré simple —dijo con calma—.
Me llamo Alessandro.
No te pido que confíes en mí de inmediato.
Solo quiero invitarte a un café.
Tú y tu hijo.
En un lugar público.
Si no te sientes cómoda, te vas y nunca te vuelvo a molestar.
Marcia dudó.
Miró a Alan, luego al joven.
Algo en su mirada sincera la tranquilizó.
—Está bien.
Acepto.
Pero solo un café.
Alessandro sonrió de verdad por primera vez.
—Gracias.
No te arrepentirás.
Fueron a un pequeño local cercano, sencillo y familiar.
Alan comió galletas mientras Alessandro y Marcia conversaban.
Ella le contó pequeñas cosas: que venía de lejos, que estaba sola, que cantaba porque no tenía más opciones.
No dijo toda la verdad.
Él, en cambio, evitó hablar de su familia; mencionó únicamente que trabajaba en negocios relacionados con la música.
Poco a poco empezaron a verse más seguido, no solo en el parque sino también en el café.
Alan ya lo esperaba con emoción.
Alessandro le llevaba pequeños juguetes; nada ostentoso, solo detalles que hacían sonreír al niño.
Marcia empezó a relajarse, aunque aún se protegía.
Sentía que la vida le estaba dando una tregua… sin imaginar que ese encuentro no era casualidad, sino el inicio de un camino lleno de decisiones difíciles.
Una tarde, Alessandro habló con sinceridad: —Marcia… necesito ser honesto contigo.
Yo no soy un hombre común.
Pertenezco a una familia muy poderosa.
Mi abuelo quiere que me case pronto.
Si no lo hago, perderé todo.
Marcia lo miró en silencio, sin comprender del todo.
—Pensé que tal vez tú podrías ayudarme —continuó él—.
Podríamos ayudarnos mutuamente.
Sus ojos se agrandaron.
—¿Me estás proponiendo que me case contigo?
Él respiró hondo.
—No ahora.
No de inmediato.
Solo quiero que lo pienses.
No te pido amor.
Te pido una oportunidad.
Tú tendrías seguridad para ti y tu hijo… una visa definitiva, estabilidad.
Yo cumpliría con mi familia.
Sería un contrato de matrimonio, pero solo lo sabríamos tú y yo.
Las palabras quedaron flotando en el aire.
Marcia abrazó a Alan con fuerza.
Sus pensamientos eran una tormenta.
Por primera vez desde que huyó, alguien le ofrecía estabilidad.
Pero también sabía que estaba frente a un mundo desconocido, peligroso, lleno de secretos.
Y mientras el sol de la tarde caía sobre la ciudad, ambos comprendieron que estaban a punto de cruzar una línea que cambiaría sus vidas para siempre.
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