Te encontré gracias a tu voz. - Capítulo 11
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- Capítulo 11 - 11 Un canto de esperanza
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11: Un canto de esperanza.
11: Un canto de esperanza.
Los días en Italia se habían vuelto largos y pesados.
Marcia sentía que caminaba dentro de un sueño extraño del que no podía despertar.
El idioma era un muro enorme: los letreros le parecían símbolos sin sentido y las calles, aunque hermosas, la hacían sentirse aún más pequeña.
Tenía poco dinero guardado, apenas lo suficiente para un día más de comida.
Cada moneda que contaba le hacía temblar las manos, porque sabía que, cuando se acabaran, ya no tendría nada ni a nadie a quien recurrir.
Alan, a pesar de ser tan pequeño, parecía entender que su mamá estaba preocupada.
A veces se acercaba y la abrazaba sin decir palabra, y eso le rompía el corazón.
Marcia quería ser fuerte, quería darle una vida mejor, pero cada puerta que tocaba se cerraba.
Pedía trabajo limpiando, ayudando en cocinas o cuidando niños, pero la barrera del idioma y su situación irregular le ponían las cosas todavía más difíciles.
Regresaba cada tarde a la pensión con los pies cansados… y el alma aún más.
Alan llegaba rendido y se dormía en cuestión de minutos.
Estaba muy cansado.
A la mañana siguiente el dinero casi había desaparecido por completo.
Marcia miró el pequeño billete y las pocas monedas que quedaban sobre la mesa y sintió un nudo en la garganta.
Alan dormía abrazado a su peluche gastado.
Ella acarició su cabello y susurró: —Todo va a estar bien, mi amor —aunque ni ella misma lo creyera.
La desesperación la estaba alcanzando, pero dentro de su dolor todavía quedaba una chispa de esperanza, algo que se negaba a apagarse.
Decidió salir temprano.
Tal vez caminando encontraría algo: algún anuncio, alguna persona amable, algún gesto del destino.
Alan caminaba a su lado sosteniendo su mano.
Bostezaba y frotaba sus ojitos; se notaba que estaba cansado.
Habían caminado bastante cuando encontraron un parque lleno de árboles altos y bancos de madera.
El aire era fresco y había niños jugando.
Marcia miró a su hijo y le dijo con ternura: —Vamos a descansar un ratito, ¿sí?
Se sentó en una banca.
Alan apoyó su cabecita en su regazo: estaba agotado.
Marcia le acomodó la chaquetita para que no sintiera frío y, sin darse cuenta, comenzó a cantar.
Lo hacía de manera suave, como un arrullo.
Su voz se elevó en el aire tranquila y dulce.
Era una melodía que siempre cantaba en Atacames cuando estaba sola.
Aunque ahora estuviera lejos de su tierra, su voz aún tenía esa mezcla de nostalgia y luz que nacía desde el alma.
Alan cerró los ojos y se quedó dormido, respirando con calma.
Mientras tanto, algunas personas que paseaban por el parque comenzaron a notar aquella voz.
Una mujer mayor detuvo su paso y se quedó escuchando.
Un joven se recostó en un árbol y cerró los ojos para sentir mejor la melodía.
Poco a poco, sin que Marcia lo buscara, se formó un pequeño círculo a su alrededor.
Nadie hablaba: solo escuchaban, como si la ciudad entera se hubiera detenido un instante.
Marcia no se dio cuenta al principio.
Estaba concentrada en su hijo, en que descansara.
Su voz temblaba apenas, pero era tan limpia, tan llena de verdad, que tocaba los corazones de quienes la oían.
Cuando finalmente levantó la mirada y vio a las personas frente a ella, se sorprendió.
El corazón le latió fuerte.
No sabía si asustarse o agradecer.
Entonces una mujer se acercó, dejó un par de monedas cerca de ella y sonrió con dulzura.
—Bella voce —dijo la mujer con acento italiano—.
Canta, per favore.
Marcia no entendió todo, pero sí la intención.
Alguien más dejó dinero.
Luego otra persona… y otra más.
Sus ojos se llenaron de lágrimas, no de tristeza esta vez, sino de una extraña mezcla de alivio y emoción.
Su voz, aquello que siempre había sido su refugio secreto, ahora se estaba convirtiendo en su única tabla de salvación.
Respiró profundo, miró a su hijo dormido y decidió seguir cantando.
Eligió canciones que conocía de memoria: melodías suaves, algunas alegres, otras nostálgicas.
Su voz fluía como un río sereno.
Con cada nota sus miedos parecían disiparse un poco.
La gente aplaudía con respeto.
No era un aplauso escandaloso: era una admiración cálida, humana, que la envolvía y le decía, sin palabras, que no estaba tan sola como pensaba.
Cuando terminó, había un pequeño montón de monedas y algunos billetes al lado de la banca.
Marcia los miró sorprendida.
Se llevó una mano al pecho y murmuró: —Gracias… gracias de verdad.
Sabía que muchos no entenderían sus palabras, pero las sonrisas bastaban.
Recogió el dinero con cuidado, sin avaricia, con humildad, como quien recibe un regalo del cielo.
Esa noche, en la pensión, pudo comprarle una cena caliente a Alan: un pequeño plato de pasta y un vaso de leche.
El niño comía feliz sin entender el milagro que había ocurrido.
Marcia lo observaba y las lágrimas le caían silenciosas.
Eran lágrimas de alivio, de cansancio… pero también de agradecimiento.
Tal vez, por primera vez desde que llegó a ese país, vio una luz real al final del túnel.
Al día siguiente volvió al parque.
No con la seguridad de una artista, sino con la esperanza humilde de una madre que busca sobrevivir.
Se sentó en el mismo lugar.
Alan jugaba cerca de ella y, cuando el cansancio lo vencía, Marcia comenzaba a cantar.
La gente la reconocía.
Algunos se detenían a propósito.
Otros incluso le hablaban con palabras mezcladas entre italiano y gestos, pero siempre con respeto.
—Tu voce è magia —le dijo un hombre joven —.
Non fermarti.
Ella sonrió, sin entender del todo, pero sabiendo que era algo bueno.
Su voz se estaba convirtiendo en su trabajo.
No ganaba mucho, pero era suficiente para pagar la pensión, comprar algo de comida y cubrir lo básico.
Y, sobre todo, le daba dignidad.
No estaba robando ni mendigando: estaba entregando algo hermoso, algo que siempre había sido suyo.
Cada noche, cuando Alan dormía, Marcia se sentaba en la cama y cerraba los ojos.
Recordaba las playas de Atacames, el sonido del mar chocando contra la orilla, las risas lejanas, los atardeceres dorados.
También recordaba el dolor, la traición, la soledad… pero ahora, por primera vez, sentía que quizá el destino tenía algo preparado para ella.
Algo diferente a la tristeza que la había acompañado tantos años.
A veces el miedo regresaba: el temor de ser descubierta, de quedarse sin dinero, de enfermarse, de no saber qué rumbo tomar.
Pero entonces miraba a Alan, a su pequeño niño de ojos brillantes, y se repetía a sí misma que no podía rendirse, que cada canción era un paso más hacia una vida mejor.
Así, entre notas suaves y monedas que caían como pequeñas bendiciones, Marcia comenzó a escribir —sin saberlo— el capítulo más importante de su vida.
Uno donde su voz se convertiría en el puente entre su pasado lleno de sombras y un futuro que, por primera vez, empezaba a pintarse con esperanza.
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