Te encontré gracias a tu voz. - Capítulo 12
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- Capítulo 12 - 12 Nos conviene a los dos
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12: Nos conviene a los dos.
12: Nos conviene a los dos.
Marcia y Alan regresaron a la pequeña pensión en silencio.
La noche había caído sobre la ciudad y las luces parecían temblar sobre el asfalto húmedo.
Alan se aferraba a la mano de su madre con sueño, apoyando la cabeza en su brazo, mientras ella caminaba sin saber realmente hacia dónde se dirigía su vida.
Aún escuchaba las palabras de Alessandro resonando en su mente: una propuesta de matrimonio, una protección, una vida nueva… pero también una posible cárcel disfrazada de oportunidad.
Al cerrar la puerta del cuarto dejó a Alan sobre la cama y lo cubrió con la manta.
El niño se quedó dormido casi al instante, ajeno a la carga que su madre llevaba sobre los hombros.
Marcia se sentó en la orilla de la cama, tomó aire y apoyó la cabeza entre sus manos.
Pensó en Ecuador, en su padre José, en el amor que siempre le dio, en todo lo que perdió.
Pensó en Tifany, en la traición, en la mentira que la llevó a un destino que jamás imaginó.
Ahora estaba sola en un país desconocido, sin derechos, sin papeles, sin familia, sin dinero, con un niño pequeño al que debía proteger.
—¿Qué debo hacer?
—susurró mientras miraba el techo oscuro—.
Dios mío… dime qué hago.
Pero el silencio fue su única respuesta.
Sabía que su vida como cantante callejera no duraría para siempre.
Cada día era una lucha nueva.
El peligro rondaba en cada esquina y tarde o temprano alguien podía intentar hacerles daño.
Entendía que la propuesta de Alessandro no era romántica ni dulce ni justa.
Era un trato frío, un acuerdo por conveniencia: él necesitaba casarse y mostrar estabilidad, y ella necesitaba seguridad para su hijo, comida, techo, estudios… una oportunidad real de futuro.
Pasó la noche en vela mirando a su hijo dormir.
Acarició su cabello una y otra vez, preguntándose si algún día él entendería el sacrificio que estaba a punto de hacer.
Al amanecer ya tenía una decisión tomada.
No pensó en ella.
Pensó en Alan, porque su hijo merecía algo mejor que una vida de miedo e incertidumbre.
Alessandro llegó al parque a la hora de siempre, con una mezcla de ansiedad e interés escondida bajo su elegancia natural.
La buscó con la mirada entre la gente y, cuando la encontró, caminó hacia ella con paso firme.
Marcia tragó saliva, respiró hondo y lo miró a los ojos.
—Ya tienes una respuesta —dijo él en voz baja, intentando no sonar desesperado.
—Sí —respondió ella—.
Acepto.
Aceptaré casarme contigo.
Pero quiero algo claro: quiero respeto y quiero que Alan esté a salvo.
Siempre.
Alessandro asintió con seriedad.
—Eso tendrás.
Te lo prometo.
Tu hijo será tratado como mi hijo.
Le daré mi apellido, mi protección, mi nombre.
Y tú tendrás una vida segura.
Nunca te faltará nada y jamás te obligaré a nada que no quieras hacer.
Entonces hablaron del contrato.
Era un documento detallado y frío, como toda transacción importante en la familia de Alessandro.
Allí decía que el matrimonio debía mantenerse intacto durante diez años, sin posibilidad de divorcio en ese tiempo.
Si después decidían separarse, Marcia recibiría una compensación económica… pero Alan seguiría siendo su hijo y él sería legalmente su padre.
También estaba estipulado que la intimidad solo ocurriría si Marcia lo deseaba.
Alessandro no la presionaría jamás.
—Es tu seguridad y la mía —explicó—.
Yo necesito estabilidad frente a mi familia.
Tú necesitas estabilidad para tu hijo.
Esto nos conviene a ambos.
Marcia leyó cada línea con el corazón oprimido.
Entendía que estaba entregando parte de su libertad, que su vida quedaría unida a la de un hombre que apenas conocía.
Pero también entendía que, en el mundo real, los sueños no se cumplen solos… y ella ya no tenía nada más que perder.
Firmó.
Alessandro la miró un largo instante.
No había emoción romántica, pero sí un profundo respeto.
—Gracias por confiar en mí.
No te arrepentirás.
Ese mismo día la llevó a conocer a su familia.
Viajaron a una mansión en las afueras de la ciudad, una enorme casa rodeada de jardines y vigilada discretamente.
Alan se aferraba a la mano de Marcia, mirando todo con ojos curiosos.
La puerta se abrió y un hombre alto, de cabello gris y mirada dura, los recibió.
Era Francesco, el padre de Alessandro.
Detrás apareció Luca, el abuelo: un hombre mayor de presencia imponente y ojos fríos.
—Así que tú eres la chica —dijo Luca, examinándola como si fuera una pieza de ajedrez—.
Y este es el niño.
Marcia sintió un escalofrío, pero sonrió con educación.
—Sí, señor.
Soy Marcia, y él es mi hijo Alan.
Francesco intervino: —Alessandro dice que te casarás con él.
Y que el niño es suyo.
Alessandro habló entonces: —Sí, papá.
Fue una historia del pasado.
Nos reencontramos… y ahora quiero hacer lo correcto.
El abuelo los observó con detalle, evaluando cada gesto.
—Mientras cumplas con lo que se espera de ti, muchacha, no tendrás problemas.
Pero recuerda que ahora formas parte de nuestra familia.
Y nuestra familia no tolera errores.
Marcia asintió, apretando la mano de Alan.
En silencio se juró protegerlo pase lo que pase.
Las semanas siguientes fueron una tormenta de preparativos: vestidos, documentos, arreglos, ensayos.
La boda debía ser perfecta, elegante, impecable, digna de la familia a la que Marcia estaba entrando.
Ella se sentía fuera de lugar, como si viviera una vida prestada.
Pero cada vez que miraba a Alan encontraba fuerzas para continuar.
Una noche, mientras estaban solos en la sala de la mansión, Alessandro habló con sinceridad.
—Sé que esto no es fácil para ti.
Sé que estás aquí por tu hijo.
Y te prometo que haré todo para que no te arrepientas.
Yo también estoy atrapado en una vida que no elegí.
Solo te pido que finjas frente a mi familia.
Que nos queremos.
Que somos felices.
Tratemos de hacer esto más llevadero.
Marcia lo miró.
Por primera vez vio al hombre detrás del heredero: alguien que también cargaba expectativas, obligaciones y silencios.
—Solo quiero que Alan sea feliz —respondió —.
Si eso está asegurado, yo soportaré lo que sea.
Y así, entre acuerdos, silencios y promesas, se fue sellando un destino que cambiaría sus vidas para siempre.
Marcia sabía que su libertad se había ido rompiendo poco a poco: primero en su casa, luego en el amor equivocado, después en el dolor y en la traición.
Pero también sabía que era fuerte.
La vida la había hecho resistente.
Ahora debía aprender a sobrevivir en un mundo nuevo, lleno de lujos… pero también de sombras, secretos y peligros.
Y en medio de todo eso, solo una verdad la sostenía: Alan lo era todo.
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