Te encontré gracias a tu voz. - Capítulo 14
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- Capítulo 14 - 14 Plan perfecto
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14: Plan perfecto.
14: Plan perfecto.
La ceremonia se acercaba.
Toda la familia de Alessandro estaba reunida en un gran salón decorado con flores blancas y mesas largas llenas de comida italiana tradicional.
Los músicos afinaban sus instrumentos y el aire olía a mar y a vino tinto.
Todos hablaban emocionados porque el nieto favorito de Luca, por fin, iba a casarse.
Francesco caminaba orgulloso, saludando a los invitados, mientras Alan corría feliz entre los jardines, siempre vigilado por Marcia y por una niñera muy talentosa que Alessandro había contratado.
Marco observaba desde lejos, con una copa en la mano y una sonrisa torcida.
Había pasado días planeando, junto a Beatrice, la manera de arruinarlo todo.
Para él no se trataba solo de la herencia, sino también de orgullo y envidia.
No soportaba que Alessandro, el perfecto heredero, lo superara en todo.
Beatrice, por su parte, estaba herida, celosa y poseída por un amor torcido.
No podía aceptar que Alessandro se casara con otra mujer, y menos con alguien como Marcia, a quien consideraba inferior.
Por eso, entre susurros y miradas cómplices, habían organizado una trampa que explotaría en el peor momento.
La boda fue hermosa.
Marcia entró del brazo de Luca, vestida de blanco sencillo, con el cabello recogido y una mirada tímida, pero serena.
Alessandro la esperaba con un traje impecable.
Su expresión era tranquila, aunque distante.
Cuando sus miradas se encontraron, hubo un instante de calma, como si el mundo se detuviera.
Alan, sentado en primera fila, aplaudía feliz y, de vez en cuando, corría a abrazar a Alessandro, quien lo levantaba en brazos con ternura.
Los votos fueron pronunciados con voz firme.
El contrato ya estaba firmado, pero ese momento, frente a todos, los hizo sentir más reales… aunque ninguno lo admitiera.
Durante la recepción todos celebraban, reían y brindaban por los recién casados.
La música llenaba el ambiente y los primos bailaban alrededor de las mesas.
Alessandro se esforzaba por ser atento con Marcia: le hablaba bajito, le ofrecía bebida e, incluso, se permitía bromear con ella.
Alan dormía en una habitación cercana, cuidado por su niñera de confianza.
Parecía que, por unas horas, todo estaba en calma.
Pero Marco se acercó a Beatrice y le susurró que ya era hora.
Ella sonrió como una serpiente y se alejó entre la multitud, caminando con elegancia hacia el pasillo de las habitaciones, mientras dos hombres, pagados por ellos, movían discretamente cámaras y testigos falsos.
Marcia subió un momento a su habitación a arreglarse el vestido.
En el pasillo se encontró con Beatrice, quien le sonrió con falsa dulzura.
—Debes sentirte afortunada —dijo en voz baja—, aunque no durará mucho.
Marcia prefirió no responder.
No quería arruinar su noche.
Entró a su cuarto, pero, de pronto, alguien llamó a la puerta.
Cuando abrió, encontró a Marco.
Él la empujó y entró, tratando de acercarse demasiado, hablándole en tono insinuante.
Marcia retrocedió, nerviosa.
Le pidió que se retirara, pero Marco no le hizo caso.
Intentó tocarla y ella lo empujó con fuerza.
Él se acercó más y le rompió el vestido.
Se sacó la chaqueta y se desabotonó la camisa.
Marcia estaba en la cama, tratando de cubrirse y pidiendo que se fuera.
Justo en ese instante Alessandro entró y vio la escena.
Sus ojos se nublaron de rabia al ver a su primo tan cerca de su esposa.
Beatrice apareció detrás, fingiendo sorpresa, creando la escena perfecta para sembrar duda.
—¿Qué demonios pasa aquí?
—preguntó Alessandro con voz fría.
Marco fingió arreglarse la camisa, tomó su chaqueta y dijo que solo hablaban.
Beatrice insinuó que había escuchado a Marcia pedirle a Marco que la acompañara a la habitación.
Así plantaron la semilla del veneno.
Marcia intentó explicarse, pero Alessandro se quedó en silencio.
La miró con una mezcla de celos y confusión.
Luca apareció de pronto, sin entender lo que sucedía, y ordenó que dejaran todo para después.
Recordó que había invitados en casa y que no era momento para escándalos.
La fiesta continuó, pero la herida ya estaba abierta, invisible, creciendo lentamente.
La noche de bodas fue distante.
Alessandro decidió quedarse en otra habitación, alegando cansancio.
Marcia se quedó sola, mirando el vestido roto que, horas antes, representaba esperanza.
Ahora sentía un frío desconocido en el pecho.
Al día siguiente, Alessandro le habló cortante.
Le dijo que no quería problemas ni dramas.
Cumplirían el contrato, pero él haría su vida como mejor le pareciera.
Marcia escuchó en silencio, sin lágrimas.
Solo con ese dolor mudo que la acompañaba desde niña.
Entendió que su matrimonio sería un refugio para Alan, pero una tormenta para su corazón.
Pasaron las semanas y Alessandro se sumergió en el trabajo: largas reuniones, viajes, noches enteras fuera de casa.
En su oficina se refugiaba en sus antiguas costumbres.
Coqueteaba con sus secretarias; algunas veces era evidente, tanto que Marcia los encontraba juntos, teniendo intimidad sin pudor.
Él se comportaba como si nada.
Apenas la miraba.
Solo era amable cuando Alan estaba presente.
Con el niño era diferente.
Jugaban en el jardín, lo llevaba a pasear, lo ayudaba con sus primeras palabras en italiano.
Para Alessandro, Alan se volvió una luz que lo hacía sentir menos vacío.
Beatrice continuaba apareciendo.
Se presentaba de improviso en la casa o en la oficina, siempre con excusas.
Llevaba regalos para Alan y fingía ser amable con Marcia, pero cuando estaban a solas sus palabras eran afiladas.
—Él no te ama —le decía—.
Solo eres un nombre en un contrato.
Marcia la escuchaba en silencio, apretando las manos, intentando no derrumbarse.
Beatrice aprovechaba cualquier oportunidad para estar a solas con Alessandro.
Se acercaba demasiado, lo provocaba, y aunque él sabía que era peligroso, muchas veces cedía, tratando de olvidar el caos que había en su vida.
Marco, por su parte, no dejaba de molestar.
En reuniones familiares hacía comentarios envenenados, insinuaba cosas, sembraba dudas.
Luca lo observaba con severidad, pero no siempre intervenía.
Francesco intentaba mantener la paz, aunque su prioridad era proteger el apellido y el negocio.
Mientras tanto, Marcia se refugiaba en Alan: en sus risas, en sus abrazos.
Se prometía a sí misma ser una buena madre, sin importar el vacío que sentía en su matrimonio.
Aprendía más italiano, trataba de adaptarse, pero cada noche se preguntaba si había cometido un error al aceptar aquella vida.
Un día, mientras Marcia caminaba por el jardín, Alessandro la alcanzó.
Su rostro estaba cansado.
Le dijo en voz baja que no quería más escenas, que confiaba en ella, pero que también necesitaba espacio.
Marcia respiró hondo y respondió que no buscaba controlarlo; solo pedía respeto.
—aunque no me ames —dijo—, merecemos tratarnos con dignidad.
Por Alan.
Alessandro la miró fijamente.
Por un instante pareció querer decir algo más, pero se contuvo.
Asintió y se marchó, dejando tras de sí un silencio lleno de cosas no dichas.
Esa noche hubo una cena familiar.
Todos estaban presentes.
La mesa larga estaba iluminada por candelabros.
Luca observaba a cada uno con ojos de águila.
Beatrice apareció de nuevo, radiante, sentándose demasiado cerca de Alessandro.
Marco brindó por “la felicidad” de los recién casados, con un tono tan sarcástico que cualquiera podía notarlo.
Marcia respiró hondo, fingió una sonrisa, sostuvo la mano de Alan y, en su interior, se prometió no rendirse.
Aunque el mundo se empeñara en hacerla sentir pequeña.
Aunque el amor que empezaba a nacer en su pecho solo recibiera espinas.
Con el paso de los días, la distancia entre Marcia y Alessandro se volvió rutina.
Él vivía su vida de soltero dentro del matrimonio, mientras ella ejercía el papel de esposa sin serlo realmente.
Cuidaba de Alan, asistía a eventos, mantenía la apariencia que la familia necesitaba.
Pero, por dentro, algo comenzaba a cambiar: cada vez que veía a Alessandro con otra mujer, sentía un dolor que no entendía.
Porque, muy en el fondo, sin quererlo, había empezado a amarlo.
Un amor silencioso, herido, que luchaba por no crecer, sabiendo que en aquella casa nada era seguro… ni siquiera el futuro.
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