Te encontré gracias a tu voz. - Capítulo 16
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- Capítulo 16 - 16 Despertando a la realidad
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16: Despertando a la realidad.
16: Despertando a la realidad.
Al amanecer, la luz entró suave por la ventana, dibujando sombras delicadas sobre las paredes.
Marcia despertó primero.
La cabeza aún le daba vueltas, pero su corazón latía desbocado.
A su lado, Alessandro dormía con el ceño ligeramente fruncido, como si incluso en sueños llevara encima cargas que no sabía soltar.
Ella se quedó mirándolo en silencio, tratando de entender lo que había pasado, lo que había hecho… y lo que sentía.
Un torbellino de preguntas se alojó en su pecho.
¿Había sido un error?
¿Fue solo compasión… culpa… deseo?
¿O tal vez algo más profundo?
Algo que la asustaba, porque no quería volver a amar.
No quería entregarle su corazón a alguien que podía romperlo.
Alessandro despertó minutos después y la realidad cayó sobre ellos como un balde de agua fría.
No dijeron nada al principio.
Solo se miraron en silencio, ese silencio denso que lo dice todo sin pronunciarse.
—No debió pasar —fue lo primero que él dijo, apartando la mirada.
Sabía que debía ser firme, porque si mostraba debilidad, nada volvería a ser igual.
Las palabras le dolieron como una bofetada, aunque quizá era lo que debía esperar.
Aun así, logró esbozar una sonrisa triste.
—Lo sé —respondió en voz baja—.
No te preocupes, lo entiendo.
Pero en realidad no lo entendía.
No sabía qué era lo correcto.
Solo sabía que su corazón se había encogido un poco más.
—Esto no cambia nada —añadió Alessandro, casi como si repitiera un guion aprendido—.
Tenemos un contrato, una historia que sostener.
Nada más.
Ella asintió, sintiendo que el alma se le rompía en silencio.
No iba a rogar.
No iba a suplicar amor.
Ya había sufrido demasiado como para volver a humillarse por alguien.
Recogió sus cosas con calma y fue a darse una ducha.
Necesitaba recomponerse antes de ver a Alan, su motor, su vida entera.
Ese día, el ambiente en la casa se volvió distinto.
No hubo gritos ni discusiones, pero sí una tensión invisible.
Una distancia nueva.
Alessandro estaba más serio de lo normal.
Evitaba mirarla, evitaba quedarse a solas con ella, como si temiera repetir lo ocurrido… o peor aún, como si temiera descubrir que la deseaba.
Marcia trató de continuar con su rutina: llevar a Alan a la escuela, estudiar, cantar a veces en su habitación para calmar su alma.
Pero cada vez que pensaba en esa noche, el corazón le latía con fuerza.
No quería enamorarse.
No debía hacerlo.
Ese matrimonio no era real, no era para siempre.
O al menos, eso se repetía una y otra vez.
Alan, inocente, notó el cambio y se acercó a Alessandro con su alegría habitual.
—Papá Ale, ¿jugamos?
Alessandro lo miró y sonrió.
Con él era distinto.
Con él no tenía barreras.
Alan se había convertido en su refugio, en algo muy parecido a un verdadero hijo.
—Claro, campeón.
Vamos al jardín.
Marcia los observó desde la ventana, sintiendo una mezcla de ternura y dolor.
Él era capaz de amar.
Lo veía en cada gesto con Alan.
Entonces, ¿por qué no podía verla a ella?
¿Por qué se negaba a sentir?
Tal vez porque tenía miedo.
Tal vez porque amarla significaba aceptar que todo había cambiado.
Esa tarde, mientras cenaban, el silencio se volvió incómodo.
En medio de ello, Aurora llamó a Marcia por videollamada y ella salió al balcón para hablar.
—Cuéntame, ¿cómo estás?
—preguntó Aurora—.
Te noto rara últimamente.
Marcia dudó, pero al final habló: —Pasó algo entre Alessandro y yo.
Aurora abrió mucho los ojos.
—¿Algo como… qué algo?
—Algo que no debía pasar —respondió Marcia con voz baja—.
Y ahora él dice que no cambia nada.
Aurora suspiró con fuerza.
—Los hombres son complicados, Marcia.
Pero escúchame bien: no te hagas daño.
Piensa en ti, en Alan.
Si él no quiere verlo ahora, no te rebajes.
Y si sí siente algo… tarde o temprano tendrá que aceptarlo.
Marcia asintió, agradecida por tener a alguien que la escuchara.
Aun así, el dolor seguía ahí: silencioso, profundo, constante.
Esa noche, cuando se cruzó con Alessandro en el pasillo, él se detuvo unos segundos.
Parecía querer decir algo, pero no lo hizo.
Solo murmuró: —Buenas noches.
Y siguió de largo, dejando atrás un corazón que ya había comenzado a latir por él.
Ninguno de los dos estaba listo para admitirlo.
Ninguno estaba preparado para enfrentar lo que eso significaba… ni para aceptar que habían cruzado una línea que no tenía regreso.
Una línea marcada por el destino desde mucho antes de conocerse.
Una línea que ahora los ataba sin remedio, aun cuando fingieran lo contrario.
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