Te encontré gracias a tu voz. - Capítulo 2
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- Capítulo 2 - 2 La música mi refugio
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2: La música mi refugio.
2: La música mi refugio.
Los días pasaron muy rápido y, con ellos, el secreto que Marcia guardaba comenzó a convertirse en parte de su rutina diaria.
No lo decía, no lo pensaba en voz alta, pero lo llevaba dentro como una piedra pesada en el pecho que le dificultaba respirar.
Cada mañana despertaba con el sonido constante del mar golpeando la orilla y cada noche se dormía escuchando discusiones cada vez más fuertes que atravesaban las paredes de su casa.
Poco a poco aprendió a sobrevivir en silencio; el silencio se convirtió en su escudo… y también en su condena.
Marcia creció rápido, no solo en estatura, sino también en madurez.
A los trece años ya entendía cosas que ninguna niña debería comprender tan temprano.
Observaba a su madre entrar y salir con diferentes hombres desconocidos.
Algunos la miraban con descaro; otros fingían que ella no existía.
Esa mezcla de miradas le provocaba miedo y confusión.
Por eso evitaba quedarse sola con Tifany y respondía solo lo necesario cuando su madre le hablaba.
Tifany seguía igual de distante, fría e indiferente, como si la presencia de su hija le incomodara o le recordara algo que no quería enfrentar.
José continuaba siendo el único refugio emocional de Marcia, aunque su ausencia era cada vez más frecuente.
El trabajo lo absorbía por completo y los viajes se habían vuelto parte de su rutina.
Sin embargo, siempre encontraba la forma de dejarle una nota escrita, un mensaje en el celular o una caricia apresurada antes de irse.
Para Marcia, esos pequeños gestos eran suficientes para sentirse amada y para creer que todavía había alguien en el mundo que se preocupaba por ella.
En el colegio, Marcia destacaba por su comportamiento y sus buenas notas.
Los profesores la veían como una niña responsable, educada y tranquila.
Nadie imaginaba que, detrás de esa apariencia serena, se escondía una tormenta silenciosa.
Algunas compañeras la invitaban a salir o a caminar por la playa, pero Marcia prefería observar y guardar distancia.
Sentía que, si hablaba demasiado, corría el riesgo de romper el frágil equilibrio que sostenía su vida.
Con el tiempo descubrió su gusto por la música.
Le encantaba cantar en voz baja cuando estaba sola, tararear canciones mientras hacía las tareas o mientras miraba el mar perderse en el horizonte.
Su voz era dulce y profunda, cargada de una emoción que ni ella misma sabía explicar.
Cantar le daba paz, como si cada nota fuera un suspiro que liberaba todo aquello que no podía confesar.
La relación con su madre empeoró aún más.
Tifany se volvió más dura y más fría.
Sus palabras eran cortantes y, muchas veces, hirientes.
Marcia sentía que cualquier cosa que hacía estaba mal: si hablaba, molestaba; si callaba, parecía indiferente; si se arreglaba, la criticaban; si no lo hacía, también.
Nada era suficiente.
Ese rechazo constante la hacía sentir invisible e insuficiente.
Las discusiones entre José y Tifany se intensificaron.
Ya no cuidaban las formas ni los silencios.
Los reproches se escuchaban desde cualquier parte de la casa y la tensión podía sentirse en el aire.
Marcia escuchaba desde su habitación cómo el amor de sus padres se desmoronaba poco a poco.
Nadie se lo decía directamente, pero ella sabía, en el fondo, que también formaba parte del problema.
A los catorce años comenzó a pasar más tiempo fuera de casa.
Caminaba sola por la playa y se sentaba sobre las rocas a mirar el horizonte.
Soñaba con una vida diferente, con un lugar donde no tuviera que esconder lo que sentía, donde pudiera reír sin miedo y sentirse libre sin culpa.
El mar se convirtió en su mejor confidente.
Fue entonces cuando su cuerpo empezó a cambiar.
La adolescencia llegó sin pedir permiso.
Su rostro se afinó, su mirada se volvió más profunda y, sin darse cuenta, comenzó a llamar la atención de los chicos mayores.
Aquello la incomodaba, pero también despertaba en ella una curiosidad nueva y desconocida.
Tifany notó esos cambios, y los hombres que la visitaban también.
Ya no la veían como una niña, sino como una mujer en crecimiento.
Eso molestó profundamente a su madre.
La empezó a mirar como competencia en lugar de verla como su hija.
En lugar de protegerla, comenzó a vigilarla, a controlarla y a criticarla.
Sus comentarios sobre su cuerpo y su forma de vestir eran cada vez más crueles.
Marcia no entendía de dónde venía tanto rechazo.
Solo sabía que dolía.
José intentaba intervenir cuando estaba en casa, pero su presencia era cada vez más escasa.
A veces se ausentaba por días y, aunque amaba a su hija, no alcanzaba a ver el infierno silencioso que ella vivía.
A los quince años, Marcia conoció a alguien que cambiaría su vida para siempre: un hombre mayor que ella.
Era carismático, atento y seguro de sí mismo.
Al principio fue amable.
La escuchaba y le decía cosas bonitas que nadie le había dicho antes.
Marcia sintió que, por fin, alguien la veía y la valoraba.
Sin darse cuenta, comenzó a confiar.
A creer en palabras dulces y promesas que parecían sinceras.
Pensó que el amor podía salvarla de todo aquello que le dolía.
Lo que no sabía era que estaba a punto de entrar en una historia peligrosa y dolorosa, una que le traería más heridas y más silencios.
Mientras el mar seguía rompiendo contra la orilla, testigo silencioso de su vida, Marcia caminaba lentamente hacia una decisión que la alejaría de su infancia para siempre… sin darse cuenta de que, en ese camino, comenzaba a perderse a sí misma.
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