Te encontré gracias a tu voz. - Capítulo 21
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- Capítulo 21 - 21 Desaparecidos
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21: Desaparecidos.
21: Desaparecidos.
Los días pasaron y, para Marcia, la idea de tener una mamá y un papá que la amaban incondicionalmente era lo mejor que le había pasado en la vida.
Dividía su tiempo entre su casa, su esposo, su hijo, sus padres, la universidad y el canto.
Aunque eran días muy ajetreados, disfrutaba de cada actividad.
Sentía que, por fin, su vida tenía un sentido completo.
Una tarde, Marcia salía de la universidad.
La niñera había llevado a Alan a recogerla.
Apenas la vio, el pequeño corrió a abrazarla, como siempre hacía.
Luego comenzó a hablar sin parar de sus dibujos y de la maestra nueva que le había tocado en clase.
Ella sonreía, escuchándolo con ternura, intentando aparentar calma, aunque por dentro siempre vivía alerta.
La vida le había enseñado a no confiarse nunca del todo.
—Mami, ¿podemos comprar un helado?
—preguntó Alan con sus ojitos llenos de ilusión.
—Claro, campeón —respondió ella, acariciándole el cabello—.
Hoy te has portado excelente.
Lo que ninguno de los dos sabía era que, a unos metros, Marco y Beatrice los observaban desde un coche oscuro con vidrios polarizados.
Marco apretaba la mandíbula.
Sus manos tensas se clavaban en el volante.
—Es ahora —murmuró—.
Alessandro no los va a proteger esta vez.
Beatrice sonrió con frialdad.
—Mientras más rápido, mejor.
No quiero más errores.
Esperaron el momento justo.
Marcia y Alan caminaron por una calle tranquila, camino al parque donde solían sentarse un rato antes de volver a casa.
Fue entonces cuando un hombre alto, con gorra y chaqueta negra, se acercó a Marcia fingiendo pedirle una dirección.
—Scusi, signora… ¿via Garibaldi?
—balbuceó, como si apenas manejara el idioma.
Marcia sonrió con amabilidad.
—Sí, mire, debe ir por allá… No alcanzó a terminar.
Dos hombres más aparecieron por detrás.
Uno la sujetó fuerte por la cintura y el otro tapó su boca con un pañuelo impregnado en un olor penetrante.
—¡Mami!
—gritó Alan, aterrado.
—¡ALAN!
—intentó gritar ella, pero su voz se perdió en la tela.
El pequeño trató de correr hacia ella, pero Beatrice lo tomó en brazos fingiendo ser una madre desesperada protegiendo a su hijo.
—Tranquilo, cariño.
Tu mamá está bien.
Ven conmigo, yo te llevo con ella —dijo con voz dulce, aunque sus ojos seguían fríos.
Alan lloraba desesperado.
—¡Suélteme!
¡Quiero a mi mamá!
La gente pasaba, miraba… pero todo parecía una confusión cotidiana en una ciudad grande.
Nadie intervenía.
Nadie podía imaginar lo que realmente estaba ocurriendo.
Uno de los hombres arrastró a Marcia hacia una camioneta estacionada a pocos metros.
Aun mareada, ella luchaba, movía las manos, rasguñaba, intentaba soltarse.
—¡Déjenme!
¡Mi hijo!
—alcanzó a gritar antes de que la empujaran dentro del vehículo.
La puerta se cerró de golpe.
El motor rugió.
Todo fue demasiado rápido.
Alan seguía llorando, atrapado en los brazos de Beatrice.
—¿Dónde está mi mamá?
—sollozaba.
Marco se acercó entonces.
Alan lo conocía como un amigo de la familia.
—Tu mamá subió a buscar algo.
Vamos a alcanzarla.
No llores, campeón.
El niño, temblando, solo pudo asentir.
En cuestión de segundos, los dos vehículos desaparecieron entre el tráfico.
Cuando Marcia despertó, la cabeza le daba vueltas.
Estaba en un cuarto oscuro, húmedo, con paredes sucias.
Sus manos estaban atadas.
Sus pies también.
—Alan… —susurró—.
Alan… No hubo respuesta.
El pánico le atravesó el pecho como una daga.
—¡ALAN!
—gritó con todas sus fuerzas.
La puerta se abrió.
Beatrice apareció.
Impecable.
Hermosa.
Y cruel.
Su sonrisa estaba cargada de desprecio.
—Deja de gritar.
Nadie te va a escuchar.
—¿Dónde está mi hijo?
—preguntó Marcia con la voz rota—.
¿Qué le hicieron?
Beatrice se encogió de hombros.
—Está bien cuidado.
Vale mucho dinero.
No te preocupes.
Marcia sintió cómo el corazón se le partía en mil pedazos.
—Por favor… no le hagan daño.
Llévense todo lo que quieran, pero no lo toquen.
Beatrice la miró con burla.
—Qué lástima que seas tan ingenua… Eres un estorbo para Alessandro y para todos.
Pero el niño… él sí tiene un gran futuro lejos de ti.
Las lágrimas inundaron el rostro de Marcia.
—Él es un niño… no les ha hecho nada… Beatrice se acercó y le dio una bofetada seca.
—Cállate.
Dos hombres entraron después.
Uno acercó un dispositivo y le aplicó una descarga eléctrica corta en el brazo.
Marcia gritó de dolor.
Era evidente que querían quebrantarla.
—Esto recién empieza —dijo uno de ellos con frialdad.
Mientras tanto, Alessandro llegó a casa y no encontró ni a Marcia ni a Alan.
La mansión estaba extrañamente silenciosa.
El celular de Marcia estaba apagado.
Sintió algo helado recorrerle el cuerpo.
—No… —susurró.
Llamó a Aurora.
Llamó a Sebastián.
Llamó a Andrea.
Llamó a Enzo.
Nadie sabía nada.
El miedo se convirtió en desesperación.
—¡Si les hicieron algo, juro que los mataré!
—gritó, golpeando la mesa con furia.
Luca y Francesco intentaron calmarlo, aunque ellos mismos estaban devastados.
—Los encontraremos —le prometieron—.
Te lo juramos.
Y mientras todos buscaban… Marco sonreía en silencio, fingiendo preocupación, como si no supiera nada.
En el oscuro encierro, Marcia siguió gritando el nombre de su hijo hasta quedarse sin voz, sin fuerzas, sin esperanza… Pero, aun así, algo permanecía vivo dentro de ella: Una feroz determinación de protegerlo, cueste lo que cueste.
Porque, por encima del miedo, del dolor y del encierro… Seguía siendo madre.
Y una madre nunca se rinde.
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