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Te encontré gracias a tu voz. - Capítulo 22

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  4. Capítulo 22 - 22 Resistiendo
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22: Resistiendo.

22: Resistiendo.

Pasaron dos días.

El cuarto era pequeño, húmedo y oscuro.

Las paredes tenían manchas de moho y el olor a encierro era tan fuerte que parecía que se podía respirar el polvo.

Marcia seguía amarrada a una silla; las muñecas rojas y lastimadas, el labio partido y el rostro lleno de moretones.

Cada movimiento dolía, pero su mayor tormento no era el dolor físico, sino el no saber dónde estaba Alan.

—Por favor… quiero verlo —suplicó con la voz rota—.

Es solo un niño.

Beatrice sonrió con crueldad.

Se cruzó de brazos y se inclinó hacia ella.

—Vas a verlo cuando yo diga.

No antes —respondió con frialdad—.

Deberías agradecer que, al menos, está vivo.

—¿Qué quieren de mí?

¿Por qué hacen esto?

—Marcia temblaba, pero luchaba por mantenerse firme.

Beatrice suspiró con falsa lástima.

—Porque estorbas, querida.

Porque nunca debiste cruzarte en nuestro camino.

Alessandro estaría mejor sin ti.

Marco estaría mejor sin ustedes.

Y yo… bueno, yo tendría lo que siempre debí tener.

Marcia apretó los dientes.

Sentía rabia, dolor, impotencia… y aun así, valor.

—Alessandro nunca te amará —susurró—.

Aunque me mates, eso no va a cambiar.

El golpe llegó rápido y seco.

La mano de Beatrice chocó contra su mejilla con tal fuerza que Marcia casi cayó de la silla, pero la cuerda la sostuvo.

—Cállate —escupió—.

Ya verás cuánto amor te tiene cuando ni siquiera logre reconocerte.

Eso… si te encuentra.

Mientras tanto, en la mansión todo era caos.

La policía iba y venía, los hombres de la familia buscaban por toda la ciudad.

Alessandro había contactado a toda la gente que podía.

Nadie dormía.

Nadie comía.

Todos vivían solo para encontrar a Marcia y a Alan.

Andrea lloraba en los brazos de Enzo.

—Es mi hija, Enzo… mi niña.

Recién la encuentro y ya la pierdo otra vez —sollozaba—.

Y mi nieto… Dios mío, mi nieto.

—Los encontraremos —respondió Enzo, aunque su voz también temblaba—.

No voy a dejar que nadie les haga daño.

Alessandro caminaba sin descanso de un lado a otro.

Estaba desesperado.

Roto.

—Si les pasa algo… jamás me lo perdonaré.

Jamás.

Marco entró en la sala con gesto grave.

—He hablado con algunos contactos —dijo—.

Nadie sabe nada, pero seguiré buscando.

Luca lo miró fijamente, con esa mirada que atravesaba verdades ocultas.

—Más te vale encontrarlos.

Porque si descubro que sabes algo y lo estás ocultando… no habrá perdón.

Marco tragó saliva y fingió ofensa.

—¿De verdad crees que sería capaz?

Es mi familia también.

Pero por dentro sonreía.

Su plan estaba funcionando.

En el cuarto del secuestro los días se hacían eternos.

Marcia casi no comía.

Beatrice se encargaba de que el sufrimiento fuera constante.

A veces entraban dos hombres, la sujetaban y la golpeaban.

Otras veces la mojaban con agua fría y luego la dejaban temblando en el suelo.

Pero lo peor eran las descargas eléctricas: cortas, precisas… diseñadas para romper el alma.

—Dime… ¿vale la pena?

—decía Beatrice mientras apretaba el dispositivo—.

¿Vale la pena seguir fingiendo que eres fuerte?

Marcia cerraba los ojos.

Pensaba en Alan.

En su sonrisa.

En su vocecita llamándola “mami”.

Y resistía.

—Mientras él esté vivo… sí —respondía—.

Siempre valdrá la pena.

Beatrice fruncía el ceño, molesta por no verla caer.

—Ya veremos cuánto te dura.

Alan, por su parte, estaba en otra habitación.

No era un lugar bonito, pero al menos no lo golpeaban.

Una mujer mayor le daba comida y lo vigilaba.

—¿Dónde está mi mami?

—preguntaba una y otra vez.

—Está descansando —mentía la mujer—.

Pronto la verás.

Alan abrazaba su osito con fuerza, mirando la puerta con ojos tristes.

Aurora no podía dejar de llorar.

Sebastián la abrazaba tratando de tranquilizarla.

—La encontraremos.

Lo juro.

—No soporto pensar que la están lastimando —susurró ella—.

Marcia no se merece nada de esto.

—Lo sé.

Pero Alessandro moverá cielo y tierra.

No va a parar.

De vuelta en el escondite, Marco entró a la habitación donde estaba Beatrice.

—Todo está listo.

Mañana vendrán por el niño.

Marcia escuchó esas palabras desde el otro lado de la pared.

Sintió que el corazón se le detenía.

—No… —susurró—.

No, no, no.

Empezó a forcejear con las cuerdas aunque sabía que era inútil.

Las lágrimas bajaban por su rostro herido.

Beatrice la miró con burla.

—Tranquila, querida.

Se irá con una familia muy rica.

Tendrá una vida mejor que contigo.

—¡Es mi hijo!

—gritó Marcia—.

¡No pueden quitármelo!

¡Por favor!

Marco se acercó y la tomó del mentón con fuerza.

—Claro que podemos.

Y luego… bueno, tú simplemente desaparecerás.

Esa noche, Alessandro recibió una llamada anónima.

Una voz distorsionada habló al otro lado.

—Si quieres volver a verlos, no vuelvas a acercarte al negocio.

Retírate.

Desaparece.

O nunca los encontrarás.

—¿Dónde están?

—gritó Alessandro—.

¡Si les haces daño te mataré!

La llamada se cortó.

Luca apretó los puños.

—Esto es personal.

Alguien nos está declarando la guerra.

Marcia apenas podía mantenerse despierta, pero esa noche escuchó algo más.

Escuchó a Beatrice hablando por teléfono.

—Sí, mañana por la tarde —decía—.

El niño estará listo.

Y la mujer… no te preocupes, ya no será un problema.

Marcia respiró hondo.

Su cuerpo estaba débil, pero su mente comenzó a trabajar.

No podía dejar que se llevaran a Alan.

No podía rendirse.

—Dios… dame fuerzas —susurró.

Alan, en su pequeña cama improvisada, abrazaba su osito.

—Mami, ven pronto —dijo con voz bajita—.

Tengo miedo.

Y en otra parte de la ciudad, Alessandro, sentado en el borde de la cama que compartía con Marcia, tomó entre sus manos ese mismo osito que Alan había dejado atrás.

—Te encontraré —murmuró—.

Lo juro.

No dejaré que nadie les haga daño.

Y por primera vez en mucho tiempo… Alessandro lloró.

Mientras tanto, Marco observaba la ciudad desde lo alto de un edificio abandonado.

El viento movía su abrigo.

—Todo está saliendo perfecto —dijo con frialdad.

Beatrice se acercó y lo tomó del brazo.

—Cuando esto termine, Alessandro será tuyo para destruirlo —sonrió—.

Y él será mío.

Marco asintió.

—Y Marcia… bueno, nadie la volverá a ver.

Pero el destino, como siempre, aún tenía cartas por jugar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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