Te encontré gracias a tu voz. - Capítulo 23
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23: El rescate.
23: El rescate.
Habían pasado dos días más y la desesperación aumentaba.
Alessandro estaba reunido con su padre y su abuelo revisando los avances de la búsqueda, cuando su celular sonó con insistencia.
Su corazón latía fuerte cada vez que un teléfono sonaba.
Contestó con voz dura.
—¿Quién habla?
Al otro lado, nuevamente respondió aquella voz fría que llamó el otro día.
—Sabemos que buscas a tu esposa y al niño.
Tenemos algo que decirte, pero esto no es gratis.
Francesco frunció el ceño y le hizo una seña para poner el altavoz.
—Habla —dijo Alessandro, conteniendo la furia.
—Marco nos prometió que si tú salías del negocio, él se quedaba.
Y para asegurarse de eso, nos pidió ayuda.
Así que sabemos dónde los tiene.
Uno de los lugares está en las afueras, en una bodega vieja.
Y al niño… planean venderlo mañana en el puerto.
Alessandro sintió que el alma se le salía del cuerpo.
—Denme direcciones —dijo con un hilo de voz.
—Esto nos conviene a todos —respondió el hombre, y colgó sin más, dejando un silencio pesado en la habitación.
—Nos dividimos —dijo Luca con firmeza—.
Un grupo va por Marcia y el otro por Alan.
—Yo voy por los dos —respondió Alessandro, apretando los puños.
Pero Francesco lo tomó por los hombros.
—No, hijo.
Si caes tú, caemos todos.
Escucha, por una vez.
El llanto de Alan resonaba en la mente de Alessandro aunque no estuviera presente.
—Está bien —aceptó con rabia contenida—.
Pero a mi hijo lo trae alguien en quien confíe.
—Yo mismo iré —afirmó Luca con voz grave.
Y así repartieron hombres, armas y esperanzas, mientras Andrea y Enzo rezaban en silencio, sabiendo que también podían perderlo todo.
En la bodega, Marcia apenas respiraba.
Su cuerpo estaba débil por los golpes y el hambre.
Beatrice se paseaba delante de ella con una sonrisa torcida.
—Mírate, la gran señora… ahora no eres nada —decía mientras jugaba con una botella que llevaba dentro un líquido transparente—.
Un poco de ácido acabará con esa carita bonita.
Marcia apenas podía hablar.
—Déjame ver a mi hijo —suplicó—.
Por favor… —Él no te pertenece —respondió Beatrice con frialdad—.
Ese niño debió ser mío junto a Alessandro.
En otra habitación, Alan estaba en manos de extraños.
Aunque no lo golpeaban, lloraba llamando a su mamá.
Su voz era un cuchillo clavándose en el alma.
La noche explotó en balas cuando los hombres de Alessandro rodearon la bodega.
—¡Policía!
—gritaron algunos para despistar, aunque no lo fueran.
Beatrice se sobresaltó y corrió hacia Marcia con la botella.
—Si yo caigo, tú caes conmigo —gritó.
Pero uno de los hombres chocó con ella en el forcejeo.
La botella se volcó y el ácido cayó sobre el rostro de Beatrice.
Sus gritos llenaron el aire mientras Marcia era liberada por uno de los hombres que llegó hasta ella.
—Tranquila, señora.
Ya está a salvo.
Marcia lloraba, pero solo preguntaba: —Mi hijo… por favor, mi hijo.
Alessandro no estaba allí, pero su padre sí.
Francesco entró entre disparos para ayudar a cubrir la salida, y una bala perdida lo alcanzó en el costado.
Cayó al suelo mientras gritaban su nombre.
—¡Papá!
—gritó Alessandro cuando recibió la llamada desde el otro equipo.
—Está herido, pero vivo —le respondieron.
—Sáquenlo de ahí ya —ordenó con voz rota, mientras corría hacia el puerto.
En el puerto, el segundo grupo seguía a los traficantes que trasladaban a Alan.
Marco estaba allí, nervioso, sabiendo que todo podía explotar.
—Apúrense —decía—, quiero esto terminado ya.
Pero las luces de los autos de los hombres de Luca iluminaron la zona.
Los traficantes dispararon.
Los hombres de Alessandro respondieron.
En medio del caos, Marco intentó huir.
Uno de los disparos impactó en su espalda.
Cayó al suelo sin poder moverse, mientras Alan era rescatado por Luca, que lo abrazó con fuerza.
—Tranquilo, pequeño.
Ya estás con nosotros.
El niño lloraba, pero se aferró a su bisabuelo.
En el hospital, Marcia estaba conectada a sueros.
Su cuerpo dolía, pero el mayor dolor era no tener aún a Alan en sus brazos.
Cuando la puerta se abrió y Alessandro entró con el niño, Marcia rompió a llorar.
—Mi amor… —dijo abrazándolo con torpeza por la debilidad—.
Perdóname por todo lo que te hice pasar.
Alessandro se arrodilló junto a la cama.
—Soy yo quien debe pedir perdón.
Juré protegerlos y fallé.
Pero ya no más.
Luca entró después, cansado pero firme.
—El niño está bien.
Y Francesco está en cirugía.
Los doctores dicen que sobrevivirá.
Todos respiraron aliviados.
Andrea y Enzo llegaron también, abrazando a su hija perdida y recuperada.
Beatrice fue llevada a un hospital bajo custodia.
Su rostro quedó marcado para siempre.
En su soledad comprendió, tarde, que su obsesión la había destruido.
Marco, por su lado, quedó paralítico.
Nadie quiso hacerse cargo de él, ni siquiera los socios a quienes había vendido el alma.
Terminó en un hospital público, abandonado, cosechando el odio que él mismo regó durante años.
La familia de Alessandro decidió no hundirse en la venganza.
El dolor ya había hecho suficiente daño.
Pasaron semanas de recuperación.
Francesco volvió a caminar, aunque con dificultad.
Alan no se separaba de su abuelo y bisabuelo.
—Nonno, juega conmigo —decía.
Alessandro miraba a Marcia con otra luz en los ojos.
Un amor verdadero, ya sin máscaras ni contratos.
—Te amo —le confesó una noche—.
Y quiero que sigamos juntos, no por obligación, sino porque eres mi hogar.
Marcia sonrió con lágrimas.
—Yo también te amo.
Aunque me hiciste sufrir, aprendimos.
Y ahora somos una familia.
Andrea y Enzo agradecían cada día por haber recuperado a su hija y conocer a su nieto.
El negocio familiar también cambió.
Luca decidió limpiar lo más posible su vida.
—He cometido errores —dijo en una reunión—, pero no quiero que Alessandro herede sangre y miedo.
Quiero que herede paz.
Y aunque no todo pudo cambiar de inmediato, dieron pasos hacia un futuro distinto.
Más limpio.
Más digno para Alan y el bebé que pronto llegaría.
Porque un día Alessandro llegó a casa con una noticia.
—Hay un bebé que perdió a sus padres al nacer.
Nadie lo reclama.
Pensé que… Marcia lo miró emocionada.
—Que podríamos darle un hogar.
Y así fue.
Adoptaron a una pequeña niña, a quien llamaron Luna, porque llegó en la noche más tranquila de sus vidas.
La casa volvió a llenarse de risas.
Alan corría detrás de su hermanita.
Alessandro y Marcia caminaban tomados de la mano.
Y aunque las cicatrices nunca desaparecieron, aprendieron a vivir con ellas, agradeciendo que, después de tanto dolor, la vida les regaló una segunda oportunidad.
No solo de amar, sino de ser verdaderamente libres.
Mientras, en otro lugar del mundo, Tiffany quedaba desolada tras perderlo todo.
Perdió su empresa, dinero y poder.
Su amante, Óscar, con artimañas le hizo firmar unos papeles en los que le cedía todo.
Luego escapó con su nueva novia, una mujer muy joven pero con una vida desordenada.
La vida empezó a darles un poco de paz, pero está paz era algo momentaneo, pues a lo lejos nuevos enemigos estaban trazando sus planes…
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