Te encontré gracias a tu voz. - Capítulo 3
- Inicio
- Todas las novelas
- Te encontré gracias a tu voz.
- Capítulo 3 - 3 Una mala decisión
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
3: Una mala decisión.
3: Una mala decisión.
Después de tanto tiempo sintiéndose invisible en su propia casa, la atención de aquel muchacho llegó como una caricia inesperada.
Él aparecía siempre con una sonrisa segura, con palabras suaves y con una manera de hablar que la hacía sentirse importante.
Por primera vez alguien parecía interesado en lo que pensaba, en lo que sentía y en lo que soñaba.
Él era mayor que ella, varios años mayor, y eso le daba un aire de autoridad que Marcia confundió con protección.
Decía saber cómo funcionaba el mundo, hablaba de planes, de futuro y de oportunidades, cosas que ella apenas comenzaba a imaginar.
Cuando estaban juntos, Marcia sentía que el ruido de su casa desaparecía, que las discusiones, la frialdad de su madre y la ausencia de su padre quedaban lejos.
Al principio todo fue lento y cuidadoso.
Se encontraban en la playa, caminaban cerca del mar y hablaban durante horas.
Él la escuchaba cantar en voz baja y le decía que tenía una voz hermosa.
Esas palabras se quedaban grabadas en el corazón de Marcia; nadie antes había valorado algo tan íntimo de ella.
Poco a poco comenzó a sentirse única, elegida, distinta.
Marcia empezó a mentir para verlo.
Eran pequeñas mentiras al inicio: decir que iba a estudiar con amigas o que se quedaría un poco más en el colegio.
Cada mentira le pesaba, pero el deseo de sentirse querida era más fuerte.
Tifany apenas notaba sus ausencias y, cuando lo hacía, solo lanzaba comentarios hirientes, sin interés real por saber con quién estaba su hija.
José, en cambio, percibía cambios en Marcia.
Notaba que estaba más callada, más distraída, más ausente.
Pero su tiempo era limitado y, cuando intentaba hablar con ella, siempre había una llamada pendiente o un viaje urgente.
Marcia se repetía que no hacía nada malo, que solo estaba viviendo algo que necesitaba, algo que por fin la hacía sentir viva.
Con el paso de los meses, el muchacho comenzó a volverse más presente y más insistente.
Quería saber dónde estaba Marcia en todo momento, con quién hablaba y qué hacía.
Al principio ella confundió ese control con cuidado.
Creyó que era amor, porque nadie antes había mostrado tanto interés por su vida.
Las palabras dulces comenzaron a mezclarse con reproches sutiles.
Hacía comentarios sobre su forma de vestir, sobre las personas con las que se juntaba, sobre su familia.
Decía que su madre no la quería y que su padre nunca estaba, que solo él podía entenderla.
Esas palabras calaban hondo porque tocaban heridas que Marcia llevaba abiertas desde niña.
Poco a poco comenzó a aislarse.
Dejó de salir con sus compañeras del colegio, dejó de cantar en casa y empezó a vivir pendiente de los mensajes y llamadas de él.
Si no respondía rápido, él se molestaba.
Si no hacía lo que él quería, se mostraba frío y distante.
Ese cambio la llenaba de culpa y miedo.
No quería perder lo único que la hacía sentirse especial, lo único que la hacía sentir amada.
Una tarde, después de una discusión sin sentido, él le dijo que, si de verdad lo amaba, debía demostrarlo.
Le aseguró que debía entregarse a él, porque esa era la única manera de demostrar su amor.
Marcia sintió miedo y dudó, pero también sentía que no podía perderlo.
Él le advirtió que, si no estaban juntos de esa manera, buscaría a alguien más.
Marcia no quería volver a sentirse sola, así que aceptó.
Aún dudosa, pero sin pensarlo demasiado, se entregó a él.
En ese momento confundió el amor con la necesidad y aceptó cosas para las que no estaba preparada.
La experiencia no fue nada romántica.
Fue dolorosa, fría y vacía.
Marcia sintió que había vivido lo peor de su vida, pero como no tenía experiencia y nadie le había hablado nunca de ese tema, pensó que quizá era normal sentir eso… o más bien no sentir nada.
Desde entonces, algo en ella cambió.
Dejó de sentirse tranquila y comenzó a vivir con ansiedad.
Aunque él seguía diciéndole que la amaba, sus gestos eran cada vez más duros y sus encuentros más agresivos.
Sus palabras se volvían más exigentes y Marcia empezó a culparse a sí misma cuando él se enfadaba.
Creía que siempre hacía algo mal.
Las discusiones se volvieron frecuentes.
Él levantaba la voz, golpeaba objetos y luego pedía perdón, prometiendo cambiar.
Marcia siempre le creía.
Después de cada pelea, él aparecía con regalos: peluches, pulseras de playa, lazos para su cabello, helados o pequeños detalles sin mucho valor material, pero que para ella significaban el mundo.
No se daba cuenta de que había entregado su confianza a la persona equivocada.
En casa, Tifany no notaba nada, o fingía no hacerlo.
Cuando Marcia intentaba hablar, su madre la interrumpía o la culpaba, diciéndole que ella misma se buscaba sus problemas y que ya no era una niña.
Esas palabras la hacían sentirse aún más sola y más atrapada.
José seguía ausente, sin imaginar que su hija se estaba apagando poco a poco.
Marcia lo miraba cuando llegaba tarde por las noches y pensaba en contarle todo, pero el miedo, la vergüenza y la manipulación que vivía la mantenían en silencio.
Con el tiempo, el muchacho le propuso que se fuera a vivir con él.
Le dijo que así estaría lejos de su madre, que por fin sería libre y que juntos formarían una familia y construirían una vida mejor.
Marcia dudó.
Tenía miedo, pero también estaba cansada de su casa, cansada de sentirse un estorbo.
Una noche, después de una discusión especialmente fuerte con Tifany, Marcia tomó una decisión.
Guardó algunas cosas en una mochila y salió de la casa sin mirar atrás, convencida de que estaba escapando hacia algo mejor, sin saber que en realidad estaba entrando en la etapa más oscura de su vida.
Mientras el mar seguía rompiendo contra la orilla, indiferente a su dolor, Marcia dejó atrás su adolescencia, su hogar y las pocas certezas que tenía, creyendo que el amor sería su salvación y pensando que, al marcharse, por fin dejaría atrás los ataques e insultos constantes de su madre.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com