Te encontré gracias a tu voz. - Capítulo 5
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- Capítulo 5 - 5 Nace mi gran amor
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5: Nace mi gran amor.
5: Nace mi gran amor.
Al día siguiente, Marcia despertó más cansada que cuando se acostó.
Bajó hacia la cocina con pasos lentos y temerosos, como si cada movimiento pesara más que el anterior.
Al cruzar la puerta sintió que el aire se le iba del pecho y que todo el miedo que había sentido al vivir en esa casa regresaba con más fuerza.
José la vio.
Dejó lo que estaba haciendo y se acercó de inmediato.
Sus ojos se llenaron de preocupación al notar el estado de su hija.
La encontraba más delgada, pálida y con la mirada apagada.
Sin decir una palabra, la abrazó con fuerza, envolviéndola como cuando era niña.
Ese gesto fue suficiente para que Marcia rompiera en llanto.
—Papá… —susurró entre sollozos— perdóname.
—No tienes que pedirme perdón por nada —respondió José con la voz quebrada—.
Esta es tu casa, y me alegra que hayas regresado.
Marcia se aferró a su pecho como si temiera que él la soltara.
Lloró todo lo que había callado durante tanto tiempo.
José acariciaba su cabello con ternura, sintiendo rabia consigo mismo por no haber estado cuando más lo necesitaba.
Tifany observaba la escena desde la puerta de la cocina, con los brazos cruzados y el rostro serio.
No se acercó ni mostró preocupación.
Su mirada estaba cargada de juicio, como si aquella imagen confirmara algo que siempre había pensado.
Cuando finalmente habló, su voz fue fría.
—¿Y ahora qué te pasa, niña?
—preguntó sin delicadeza—.
¿Otra vez problemas?
Marcia se separó lentamente de su padre y bajó la mirada.
El miedo regresó de golpe.
José frunció el ceño.
—No empieces, Tifany —dijo con firmeza—.
Nuestra hija necesita apoyo, no reproches.
—Nuestra hija… —repitió ella con ironía—.
Se fue sin decir nada y ahora vuelve como si nada.
—No me fui porque quise… —respondió Marcia en voz baja—.
Yo… yo no sabía qué hacer.
Tifany la miró de arriba abajo.
Algo distinto llamó su atención.
Una intuición amarga cruzó su mente.
—¿Estás embarazada?
—preguntó de golpe.
El silencio llenó la sala.
Marcia sintió que el mundo se detenía.
Sus manos temblaron y sus ojos volvieron a llenarse de lágrimas.
José la miró sorprendido y luego posó su atención en ella.
—Marcia, dime la verdad —pidió con suavidad—.
¿Es cierto?
Ella asintió lentamente.
—Sí, papá.
José cerró los ojos un momento, respiró hondo y volvió a abrazarla.
—Entonces no estás sola —dijo con convicción—.
Nunca vas a estar sola.
Tifany soltó una risa seca.
—Claro… ahora también tendremos que mantener a otro más —dijo con desprecio—.
¿Y el muchacho?
¿Dónde está?
—Se fue —respondió Marcia—.
Me dejó.
—Eso te pasa por no escuchar —replicó Tifany—.
Te advertí que no te metieras en problemas, y si tanto querías, por lo menos debiste cuidarte.
—Basta —intervino José con dureza—.
Ya es suficiente.
Durante los meses siguientes, José estaba cada vez más emocionado por ser abuelo.
Cambió sus rutinas de trabajo, ajustó horarios y trasladó reuniones importantes para poder estar en casa.
No quería perderse ni un minuto de su nieto.
Sentía que ya había fallado una vez con su hija y no estaba dispuesto a repetirlo.
Acompañaba a Marcia a las consultas médicas, le compraba vitaminas y hablaba con ella sobre el futuro, siempre buscando transmitirle paz.
—Vamos a salir adelante —le decía—.
Yo te voy a ayudar a terminar el colegio.
No renuncies a tus sueños.
Marcia asentía agradecida, aunque en el fondo sentía miedo.
El embarazo avanzaba y su cuerpo cambiaba, pero cada vez que sentía a su hijo moverse dentro de ella, algo nuevo despertaba: una fuerza que nunca antes había sentido.
Tifany, en cambio, se mostraba cada vez más distante.
Hacía comentarios hirientes y evitaba involucrarse.
Muchas veces murmuraba cosas que Marcia prefería no escuchar, pero aun así, la joven intentaba mantenerse firme y enfocarse en su bebé.
El día del parto llegó en medio de una tormenta.
José condujo con nerviosismo hasta el hospital, mientras Marcia apretaba su mano con todas sus fuerzas.
—Papá, tengo miedo… —dijo entre contracciones.
—Mírame —respondió él—.
Hija, eres más fuerte de lo que crees.
Lo vas a lograr.
Y tu hijo va a ser un niño sano y fuerte.
Horas después, el llanto de un bebé llenó la sala.
Cuando se lo colocaron en brazos, Marcia sintió que el mundo cobraba sentido por primera vez.
Aquel pequeño cuerpo indefenso sobre su pecho derrumbó todas sus defensas.
Su corazón se hizo más grande.
Supo, sin ninguna duda, que desde ese día su vida giraría alrededor de ese niño.
—Hola, mi amor —susurró con lágrimas en los ojos—.
Mamá está aquí.
José observaba la escena con orgullo.
Sentía que aquel pequeño era ahora su mayor razón para protegerlas.
—Es hermoso —dijo—.
Igual a ti.
Marcia sonrió por primera vez en mucho tiempo.
—Se llamará Alan —dijo con ternura—.
Porque su nombre significa paz y nobleza.
Y eso es lo que quiero para mi vida de ahora en adelante: paz, nobleza… y fuerza.
José no pudo contener las lágrimas.
—Así será, hija —respondió emocionado.
Con el paso de los meses, Marcia retomó el colegio.
Llevaba a su hijo con ella cuando no tenía con quién dejarlo.
Estudiaba de noche y dormía poco, pero no se rendía.
José la ayudaba siempre que podía.
—Estoy orgulloso de ti —le decía—.
No cualquiera puede con todo esto.
Marcia se aferraba a esas palabras para seguir adelante.
Sin embargo, en el fondo sabía que la calma no duraría para siempre.
Tifany observaba todo con un resentimiento creciente, como si la presencia del niño le recordara una herida que nunca había sanado.
Una noche, mientras Marcia arrullaba a Alan, escuchó a su madre murmurar desde la cocina: —Esto no va a terminar bien… Un escalofrío recorrió su espalda.
No sabía que aquella frase sería apenas el comienzo de una serie de acontecimientos que cambiarían su vida para siempre.
Acarició la cabeza de su hijo y, apretándolo contra su pecho, juró protegerlo, incluso si eso significaba enfrentarse a la verdad más dolorosa de todas.
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