Te encontré gracias a tu voz. - Capítulo 6
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6: Nooo..!!
papá!!
6: Nooo..!!
papá!!
Los meses pasaron en un abrir y cerrar de ojos.
Aunque en la casa ya no quedaba mucha paz, Marcia había aprendido a sostener su mundo con cuidado, como si cargara cristal entre sus manos.
Trabajaba, estudiaba en la universidad por las noches y durante el día atendía a su pequeño Alan, que ya tenía dos años y llenaba la casa con su risa limpia.
José estaba orgulloso de su nieto.
Lo llevaba a caminar por la empresa y le decía que algún día todo eso sería suyo.
Le enseñaba a reconocer las latas buenas, a mirar cada detalle de la producción, a escuchar a sus trabajadores.
Para él, ese niño era un regalo tardío de la vida, una segunda oportunidad para hacer las cosas bien.
Alan reía y aplaudía; sus ojos brillaban como el agua al amanecer.
Le encantaba ir a la empresa con su abuelo, y parecía absorberlo todo, como si su pequeña mente quisiera guardarlo para siempre.
Marcia los miraba desde la ventana cuando se iban, apoyada en el marco de la puerta, con una sonrisa que mezclaba ternura y gratitud.
Su padre era el único sostén firme en medio de su vida rota, el único que nunca la había dejado caer.
—Papá, no lo consientas tanto, luego no me va a hacer caso —decía entre risas.
—Tu hijo necesita amor, hija.
El mundo ya es bastante duro como para negárselo —respondía José con voz suave antes de alejarse de casa.
Al regresar, Alan corría torpemente hacia su madre y se aferraba a sus piernas.
Ella le acariciaba el cabello con cuidado, como si tuviera miedo de hacerle daño.
José los observaba y pensaba que todo valía la pena: las discusiones, el cansancio e incluso su propia culpa por no haber estado más presente cuando Marcia era niña.
Tifany, en cambio, mantenía la misma frialdad.
Miraba al niño como quien mira un objeto ajeno.
No era capaz de abrazarlo sin incomodidad.
Hablaba poco con él y menos aún con Marcia; su corazón parecía haber cerrado puertas hacía mucho tiempo.
—No lo malcríes tanto, José.
Los niños que reciben demasiado cariño terminan débiles —decía mientras cruzaba los brazos.
—Lo que debilita es la falta de amor, Tifany.
No lo olvides —respondía él, sin levantar la voz.
A la mañana siguiente, José se preparaba para salir a una de sus habituales visitas a la planta procesadora.
Tenía que revisar cuentas, hablar con socios y asegurarse de que todo marchara bien.
La empresa de enlatados era su orgullo y su carga, aquello que le daba estabilidad… pero a la vez se la quitaba.
Antes de irse, pasó por el jardín.
Alan trataba de levantar una pequeña pelota azul y al verlo corrió hacia él con una sonrisa luminosa.
—Ven, campeón.
Un abrazo de energía para tu abuelo, así me va mejor en el trabajo —bromeó José.
Alan rodeó su cuello con sus bracitos.
Marcia observó la escena y esa imagen se grabó en su corazón sin que ella supiera que sería la última.
—Papá, no vuelvas tarde, por favor —le pidió mientras lo acompañaba hasta la puerta.
—Haré lo posible, hija.
Te lo prometo.
Esta noche cenamos juntos todos —respondió con una sonrisa cansada.
Él se fue.
El sonido del auto alejándose se perdió entre las olas que golpeaban la orilla.
La tarde cayó lentamente.
Alan jugaba en el suelo con unos carritos mientras Marcia preparaba algo ligero para cenar.
El reloj avanzaba.
La noche empezó a cubrirlo todo… y José no regresaba.
Fue entonces cuando sonó el celular de Marcia.
El corazón le dio un salto doloroso.
Corrió a contestar con la esperanza de oír la voz de su padre, pero al otro lado había un hombre de tono grave.
Pronunció su nombre con cuidado.
—¿La señorita Marcia?
Soy oficial de tránsito.
Necesitamos que un familiar venga de inmediato a la carretera principal.
Hubo un accidente.
El señor José… lo sentimos mucho.
El mundo se le cayó encima.
—No… no… tiene que haber un error —susurró ella, temblando, sintiendo cómo se le partía el alma.
El teléfono se le resbaló de las manos.
Su respiración se volvió corta; el aire ya no le alcanzaba.
Alan la miraba desde la sala, como si supiera que algo malo estaba pasando.
—¿Qué pasa?
¿Qué dicen ahora?
Siempre llamando para molestar —dijo Tifany, molesta.
Marcia levantó la mirada.
Sus ojos estaban llenos de lágrimas.
—Mamá… papá tuvo un accidente.
No hubo abrazos.
No hubo consuelo.
Solo silencio frío.
La confirmación llegó horas después: José había muerto en el acto.
Su vehículo había sido impactado por un camión que perdió el control en una curva.
La noticia se extendió por todos lados.
Muchos lamentaron la pérdida del empresario amable que siempre ayudaba a quien podía.
En casa, el dolor tomó forma de vacío.
El funeral fue un día gris, aunque el sol brillaba implacable.
Marcia no soltó la mano de su hijo ni un solo segundo.
Alan no comprendía, pero intuía.
Acariciaba la mano de su madre como si quisiera protegerla.
Tifany lloró, pero sus lágrimas parecían más de rabia que de tristeza, como si la partida de José fuera una ofensa personal.
—¿Por qué, papá?
¿Por qué me dejaste sola justo ahora?
Te necesito tanto… —susurraba Marcia junto al ataúd.
Los días siguientes fueron los más duros.
La casa ya no sonaba igual.
La risa de José se había apagado.
Su presencia se había quedado atrapada en cada objeto, en cada rincón.
Y mientras el dolor aún estaba fresco, Tifany comenzó a mostrar sus verdaderas intenciones.
Tomó el control de la empresa con rapidez: se reunió con abogados, cerró oficinas, movió papeles, hizo llamadas en voz baja.
Una tarde, se sentó frente a Marcia con expresión fría.
—Como comprenderás, tu padre no te dejó nada.
Te quería, sí… pero la empresa es mía.
Y la casa también.
—Eso no puede ser —respondió Marcia, con la voz temblorosa—.
Papá siempre dijo que me apoyaría, que Alan no estaría desamparado.
—Pues se equivocó en prometer cosas que no podía cumplir.
Si quieres seguir viviendo aquí, tendrás que trabajar en la empresa.
De lo contrario, puedes buscar tu suerte en otra parte.
Marcia sintió que la traición la atravesaba como un cuchillo.
Pero no tenía a dónde ir.
Tenía a su hijo.
Tenía sueños.
Y también tenía miedo.
Lo que ella no sabía era que Tifany y su amante, Óscar, habían falsificado el testamento para dejarla sin nada.
La ambición de su madre era demasiado grande, y no estaba dispuesta a perder la oportunidad de quedarse con todo, incluso si eso significaba destruir a su propia hija.
Mientras tanto, Alan, ajeno a las sombras que crecían a su alrededor, seguía corriendo por el jardín.
A veces levantaba los brazos hacia el cielo, buscando a su abuelo invisible.
Como si aún esperara ese último abrazo que nunca llegó.
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