Te encontré gracias a tu voz. - Capítulo 7
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- Capítulo 7 - 7 Los secretos salen a la luz
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7: Los secretos salen a la luz.
7: Los secretos salen a la luz.
Marcia se fue a descansar pensando en cada palabra de Tifany.
Aunque le parecía extraño todo, sabía que su padre jamás la dejaría desamparada, pero la seguridad de su madre la hacía dudar.
No le quedaba más que obedecerla y esperar hasta la lectura del testamento.
Marcia y Alan sentían la pérdida de José.
Desde su muerte, nada volvía a sentirse igual: los pasillos parecían más fríos, las paredes más silenciosas y el corazón de Marcia más pesado que nunca.
Caminaba por la sala abrazando a Alan, quien jugaba con un carrito azul sin comprender realmente lo que había sucedido.
De vez en cuando levantaba la mirada y preguntaba por su abuelo, con esa inocencia que dolía más que cualquier palabra dura.
Marcia hacía todo por mantenerse firme, pero por dentro sentía que se estaba rompiendo.
El día de la lectura del testamento llegó envuelto en nubes grises.
La lluvia amenazaba con caer sobre Atacames, como si el cielo también estuviera de luto.
Marcia llegó tomada de la mano de Alan, vestida de negro, sencilla pero digna.
Tiffany iba adelante, altiva y seria, caminando como si todo aquello fuera un simple trámite más.
Óscar, su amante, la acompañaba fingiendo ser un amigo cercano de la familia.
Los pocos que sabían la verdad preferían callar, porque el dinero de José pesaba demasiado.
En la oficina del abogado todo olía a madera vieja y a papeles guardados por años.
El licenciado, un hombre mayor de cabello blanco y gafas, revisaba los documentos mientras carraspeaba con discreción.
Marcia observaba cada gesto, cada hoja.
Sentía que algo no estaba bien, aunque no sabía explicarlo.
Tiffany cruzó las piernas, impaciente, como si el tiempo de todos le perteneciera.
Alan jugaba en silencio con un muñeco que su abuelo le había regalado, ajeno a la tensión del ambiente.
El abogado habló con voz grave.
Mencionó cláusulas, fechas, decisiones tomadas en vida por José… y entonces soltó la bomba: según el documento, todo quedaba a nombre de Tiffany.
La empresa, las propiedades, las cuentas… absolutamente todo.
Marcia escuchó aturdida, como si alguien le hubiera puesto una campana en la cabeza y el sonido rebotara sin parar.
Buscó con la mirada al abogado, queriendo escuchar que había algún error, pero él solo leyó lo que tenía frente a él.
—Perdone, licenciado —dijo Marcia con la voz temblorosa—, ¿y yo qué voy a recibir?
Mi papá siempre me dijo que velaría por mí y por mi hijo.
Él no me iba a dejar sin nada.
Tiffany giró el rostro lentamente y la miró con una mezcla de ironía y frialdad.
Sus labios se curvaron en una sonrisa mínima, casi invisible, pero llena de veneno.
—Tu padre hizo lo que creyó correcto —respondió—.
Tú ya eres mayor, tienes manos, puedes trabajar.
Yo me haré cargo de la empresa y de que no te falte un techo, pero no puedes esperar vivir de regalos toda la vida.
El abogado evitó mirarla a los ojos, como si supiera que aquello no estaba bien, como si el peso de la mentira le quemara los dedos.
Pero los papeles firmados eran, aparentemente, válidos, y ante la ley nada podía discutirse.
Marcia apretó fuerte la mano de Alan, sintiendo cómo la injusticia la atravesaba.
Cuando regresaron a casa, el silencio fue aún más pesado.
Marcia se encerró en su habitación y se dejó caer en la cama.
El llanto que había contenido por días salió al fin.
Pero no era solo tristeza: era rabia, impotencia y desamparo.
Alan se acercó y acarició su cabello con sus pequeñas manos, sin decir nada, porque los niños no saben consolar con palabras.
Su presencia fue suficiente para que Marcia respirara con un poco más de calma.
Pasaron los días y Tiffany comenzó a mostrar su verdadero rostro.
Caminaba por la casa como una reina dueña de todo.
Daba órdenes, hablaba fuerte, movía papeles, recibía llamadas, se reunía a escondidas con Óscar y, de vez en cuando, lanzaba miradas de desprecio a Marcia, como si ella fuera una intrusa viviendo de caridad bajo su techo.
Una noche, mientras cenaban en silencio, Tiffany decidió romper ese frágil equilibrio.
—Desde mañana vas a empezar a trabajar en la empacadora —le dijo sin rodeos—.
Ya no puedo mantenerte sin que hagas nada.
Si quieres seguir viviendo aquí, tendrás que ganarte tu lugar.
Y olvídate de estudiar, eso es un lujo que ya no puedes darte.
Marcia levantó la mirada, sorprendida.
El corazón le dio un vuelco doloroso.
Nunca había imaginado que su vida podía cambiar tan abruptamente.
Alan comía su sopa sin entender que en esa mesa se estaban decidiendo los rumbos de su futuro.
—Pero… mamá —susurró—, estoy estudiando veterinaria.
Me falta mucho, pero es lo que sueño.
Y además tengo a Alan, no puedo dejarlo solo.
Yo… —No me llames mamá —la interrumpió Tiffany con voz dura—.
Y deja de soñar.
Los sueños no pagan cuentas.
Si quieres seguir bajo este techo, harás lo que te digo.
Marcia sintió que algo dentro de ella se quebraba de nuevo, pero esta vez en silencio, como cuando una ola rompe lejos en el mar y nadie la escucha.
Solo asintió y guardó sus palabras.
Discutir con Tiffany era como gritarle al viento: inútil y agotador.
Al día siguiente, la empacadora ya no era la misma.
Tifany había puesto su toque, y la rutina de las mujeres y hombres que trabajaban allí se había transformado en rostros cansados y manos agrietadas.
Hacían largas filas para poder recibir su almuerzo.
Cuando Marcia llegó, muchos la miraron con curiosidad: la conocían como la hija del dueño, pero ahora estaba allí como una más, con delantal y gorra, recibiendo instrucciones de un supervisor indiferente.
El trabajo era duro, repetitivo, agotador.
Pero al mismo tiempo, era el único refugio que tenía para no pensar en todo lo que había perdido.
Durante los descansos llamaba a casa para saber de Alan.
Tiffany había contratado a una niñera, pero Marcia sentía culpa por no estar con él.
El pequeño preguntaba por ella a cada rato y su voz al teléfono era una mezcla de ternura y melancolía.
Una tarde, Marcia estaba saliendo del trabajo cuando escuchó, sin querer, una conversación que heló su sangre.
Tiffany y Óscar estaban en una oficina contigua.
La puerta quedó entreabierta y sus voces se filtraron como cuchillas.
—Todo salió perfecto —decía Óscar—.
El testamento falso nadie lo va a cuestionar.
Y con la empresa en tus manos, pronto podremos vender una parte y mover el dinero.
—Sí —respondió Tiffany con tono satisfecho—.
Y esa muchachita no sospecha nada.
Cree que su padre la dejó sin nada.
Qué ingenua.
Mientras siga creyendo que depende de mí, la tendré controlada.
Marcia apretó los puños, sintiendo que el corazón le latía tan fuerte que parecía querer escapar de su pecho.
Entonces lo entendió todo: su padre no la había abandonado.
No la había dejado sin nada.
Alguien le había arrebatado su derecho.
La traición era real.
Y venía de su propia madre.
Esa noche, cuando llegó a casa, Tiffany la esperaba en la sala, sentada en uno de los sillones caros que José había comprado.
La miró de arriba abajo, evaluando si aún le convenía seguir tolerando su presencia.
—A partir de ahora —dijo Tiffany— también te encargarás de revisar pedidos en la noche.
La empresa necesita compromiso, y tú me lo debes.
Marcia la miró con calma.
Sabía la verdad, pero debía ser inteligente.
No podía ponerla sobre aviso.
Tenía que esperar y pensar en un plan.
Ya no era la niña que callaba por miedo ni la adolescente rota.
Ahora era madre, y estaba dispuesta a luchar por su hijo y por la memoria de José, aunque tuviera que hacerlo sola.
—Haré lo que tenga que hacer —respondió con voz firme—, pero no porque te deba nada… sino porque quiero salir adelante con mi hijo.
Tiffany sonrió con desprecio, creyendo que la tenía dominada, sin imaginar que su hija ya no era la niña que podía manejar a su antojo.
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