Te encontré gracias a tu voz. - Capítulo 8
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- Capítulo 8 - 8 Sabía que mi padre no me dejaría desamparada
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8: Sabía que mi padre no me dejaría desamparada.
8: Sabía que mi padre no me dejaría desamparada.
Los días en la empresa se volvieron una rutina pesada para Marcia.
Sus manos olían siempre a aceite de atún y sardina, y su cuerpo terminaba agotado al final de cada jornada.
Trabajaba porque no tenía opción, porque Tifany se lo había impuesto y porque el miedo a quedarse sin techo la ahogaba.
Aun así, cada minuto libre lo dedicaba a pensar en el testamento, en esa verdad que escucho de su madre y de Oscar.
Algo dentro de su corazón le decía que su padre jamás la habría dejado sin nada, que José la amó demasiado como para borrarla de su vida con una firma.
Esa duda se convirtió en su nueva fuerza, en su nueva obsesión.
Necesitaba saber la verdad, no solo por ella, sino por Alan, su pequeño hijo, que merecía seguridad y un futuro lejos de la maldad que ya se respiraba en esa casa.
Una tarde logró salir más temprano del trabajo y se fue a la oficina que había pertenecido a su padre.
Tifany había salido con Óscar y Marcia sabía que esa era su oportunidad.
Se puso a revisar papeles antiguos, carpetas con documentos firmados por José, contratos, pagos, acuerdos.
Todo estaba ordenado, pero nada era lo que ella buscaba.
Necesitaba un borrador, una copia, cualquier cosa que mencionara el testamento original.
Sus manos temblaban cada vez que veía la firma de su padre.
Era como volverlo a sentir cerca, como escuchar su voz diciéndole que todo estaría bien.
Sin embargo, también sentía el peso de la culpa por hurgar en secretos que podían costarle caro.
Aun así, continuó buscando… pero no logró encontrar nada que la ayudara.
Cuando llegó a la casa, fue directo a ver a su hijo.
Alan ya estaba dormido.
Esperó a que Tifany y Óscar salieran, porque casi todas las noches abandonaban la casa por horas.
Apenas los vio alejarse desde la ventana, decidió entrar al despacho privado: ese lugar al que Tifany nunca la dejaba acceder.
Tal vez porque allí guardaba todos sus secretos sucios.
Apenas entró, encendió una luz pequeña y empezó a revisar cajones, libros, sobres, recuerdos.
Encontró fotografías antiguas, cartas que José le escribió a su esposa cuando aún se amaban y también pequeñas notas que él le dejaba a Marcia cuando tenía que viajar.
Mientras leía esas palabras, las lágrimas caían sin permiso, pero no se detuvo.
Entre tantos papeles apareció algo más: un sobre sellado con el nombre de un abogado que ella no conocía.
Ese sobre fue como una chispa en la oscuridad.
Marcia sintió que ahí estaba la llave del misterio.
Se guardó el papel en el bolsillo y cerró todo con cuidado… pero no se dio cuenta de que Tifany había regresado antes de lo previsto.
Cuando bajó las escaleras, se encontró con ella de frente.
Su mirada fría y calculadora la recorrió de pies a cabeza, como si pudiera leerle los pensamientos.
Tifany le preguntó qué hacía despierta a esa hora y Marcia, nerviosa, respondió que solo había bajado a tomar un poco de agua.
La mujer fingió creerle, pero en sus ojos había sospecha.
Eso fue suficiente para que el peligro comenzara a crecer como una sombra dentro de la casa.
Al día siguiente, Marcia fue a buscar al abogado cuyo nombre aparecía en el sobre.
Lo hizo con la esperanza de que él confirmara lo que sospechaba.
Sin embargo, cuando llegó, el hombre la miró con miedo y le dijo que no podía hablar del tema, que había recibido órdenes de destruir todo lo relacionado con el testamento original.
Esas palabras cayeron sobre ella como un balde de agua fría.
Entendió que Óscar y Tifany habían llegado más lejos de lo que imaginaba y que cualquier prueba quizá ya no existía.
Aun así, el abogado, en voz baja, le confesó que José siempre había hablado de ella como su heredera, que la amaba más que a su propia vida y que jamás la dejaría desprotegida.
Marcia salió de ese lugar con el corazón latiendo fuerte.
No tenía papeles… pero ahora tenía certeza.
Y también sabía que, si seguía insistiendo, algo podría pasarle.
Esa noche, cuando ya estaba en casa con su pequeño, intentó descansar, pero el sueño no llegaba.
Salió a tomar un poco de aire, pero a mitad del camino escuchó voces en la sala.
Bajó en silencio y se ocultó detrás de la escalera.
Desde allí pudo oír claramente la conversación de Tifany y Óscar.
Hablaban de vender parte de la empresa y de “deshacerse de un problema”.
Ese problema, sin duda, era ella.
Marcia sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo cuando escuchó a Óscar decir que había arreglado con unas personas para que se la llevaran fuera del país.
Gente que se dedicaba a la trata de personas.
Alguien pagaría bien por una chica joven y bonita.
Y al niño, Alan, pensaban venderlo a una pareja extranjera que no podía tener hijos.
Tifany no dudó.
No lloró.
No titubeó ni un segundo.
Aceptó ese plan como si estuvieran hablando de objetos, no de seres humanos.
Esa frialdad le atravesó el alma a Marcia.
Sintió que el piso desaparecía bajo sus pies y tuvo que cubrirse la boca para no gritar.
Pero lo más duro no fue eso.
Lo más cruel fue escuchar el secreto que Tifany había guardado durante años.
Entre reproches y culpas, Óscar le preguntó si no sentía nada por Marcia, si no le dolía entregar a su “propia hija”.
Y Tifany respondió con voz cargada de rencor que Marcia nunca fue su hija.
Dijo que ese bebé había sido encontrado en el mar, que José lo llevó a casa justo cuando su propio hijo había nacido muerto.
Confesó que jamás pudo amar a esa niña porque siempre fue un recordatorio de su pérdida, que cada vez que la veía sentía odio, dolor y rabia contra José y contra la vida.
Marcia escuchó aquello y sintió que su corazón se rompía en mil pedazos.
Ahora todo tenía sentido: las miradas frías, las palabras duras, la indiferencia constante.
Nunca fue querida.
Nunca fue aceptada.
Ni siquiera como consuelo.
Se quedó inmóvil, temblando, mientras lágrimas silenciosas corrían por su rostro.
No solo iban a venderla.
No solo iban a arrancarle a su hijo.
Ahora descubría que toda su vida había sido construida sobre un secreto, sobre una mentira que ni el mar pudo esconder.
Quería salir corriendo, quería gritar, pero sabía que cualquier ruido la delataría.
Subió a su habitación con pasos lentos, abrazó a Alan —que dormía tranquilamente, ajeno a todo ese dolor— y juró en silencio que nadie se lo quitaría.
Lo protegería con su propia vida, aunque eso significara huir.
Desde esa noche, Marcia empezó a planear su escape.
Ya no podía confiar en nadie dentro de esa casa.
Ni en la empresa.
Ni en los empleados.
Muchos obedecían a Tifany por miedo o por dinero.
Guardó un poco de ropa en una mochila, algunos ahorros que había logrado reunir y, lo más importante, los documentos de ella y de su hijo.
Cada movimiento lo hacía en silencio, con cuidado, mientras seguía fingiendo que todo estaba bien.
Trabajaba, obedecía, callaba… pero por dentro se preparaba para el momento justo.
Sabía que no tenía mucho tiempo, porque el plan de Tifany y Óscar avanzaba rápido y cualquier día podían venir por ella.
La última noche antes de escapar, se sentó en la cama con Alan dormido en su regazo.
Lo miró con ternura, acarició su cabello y le susurró que todo estaría bien, aunque ni ella misma sabía a dónde irían.
Miró por la ventana hacia la oscuridad y recordó a quien siempre creyó su padre: el hombre que la amó sin condiciones, el único que la hizo sentir hija.
Le pidió fuerza.
Le pidió valor para seguir adelante.
Porque ahora entendía que su vida siempre estuvo marcada por el abandono… pero también por la resistencia.
Y aunque había nacido en el dolor, estaba decidida a construir un futuro distinto para ella y para Alan, lejos de la sombra de Tifany y de los secretos que esa casa guardaba como un cementerio silencioso.
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